Capítulo 1: El Límite de la Memoria
La carretera de piedra se abría ante mí como un camino hacia lo desconocido. Me detuve justo en la entrada del pueblo, donde el aire ya olía al dominio del Duque. Mis ojos, negros como la noche, recorrieron el horizonte. Mi piel morena clara se sentía firme bajo la luz del día; ya no era la piel de la niña que agachaba la cabeza.
Miré hacia atrás, hacia el camino por el que una vez me obligaron a huir, y el recuerdo me golpeó con la fuerza de un rayo.
Me vi a mí misma tirada en el barro, con la risa burlona de Gumersindo resonando en mis oídos. Me habían echado como a un animal porque me negué a ser su amante, porque mi dignidad valía más que sus favores. Recordé el peso del estiércol de caballo que su esposa, ciega de celos, volcó sobre mi cabeza mientras el pueblo me escupía. A pesar de ser huérfana, de haberles servido desde niña haciendo todo tipo de labores y de haberles entregado mi magia de sanación para que ellos cobraran fortunas a mi costa, me trataron como basura.
Apreté los puños. Sentí el calor de mi don en las palmas de mis manos, ese poder que tanto les enriqueció y que tanto me agotó.
—Ya no más —susurré para el viento—. Ya no soy esa niña huérfana a la que pueden obligar.
Había sufrido suficiente. Había limpiado suficientes suelos y curado suficientes heridas ajenas mientras las mías seguían abiertas. Me merecía una vida nueva, una vida donde mi cuerpo y mi magia me pertenecieran solo a mí. Me merecía ser feliz, y no iba a pedir permiso para ello.
Volví la vista hacia el frente, hacia el pueblo del Duque. Ajusté mi ropa, que aunque sencilla, resaltaba las curvas de mi cuerpo con una dignidad que ninguna humillación pudo quitarme.
—Aquí es donde comienza mi nueva historia —sentencié con voz clara—. Esta vez, voy a escribirla yo.
