Animales Nocturnos

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Sinopsis

¿Qué pasa cuando una abogada que no siente nada en su jaula de cristal, le compra una noche a una muchacha de la calle que apaga la mente para sobrevivir? Ginebra Aristeguieta tiene veintisiete años, una carrera impecable y un vacío que el éxito no logra llenar. Dánae tiene veinte, vive al ritmo del asfalto y ha convertido la disociación en su única herramienta de defensa. En un botiquín de mala muerte donde el olor a kreso se mezcla con el del ron barato, sus mundos colisionan. No hay promesas de amor, solo un intercambio comercial que busca anestesiar el dolor de estar vivas. Pero en la oscuridad de la noche caraqueña, la honestidad es el vicio más peligroso de todos. Bienvenidos a una historia de supervivencia, disociación y la búsqueda de algo real en medio del naufragio.

Genero:
Drama/Mystery
Autor/a:
Mizu
Estado:
Completado
Capítulos:
12
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo: Clavos sin cruz

Víctor Naranjo era un viejo zorro que le había encontrado el truco a la miseria. Comunista jubilado de los que antes gritaban revolución a todo pulmón, descubrió con los años que el capitalismo salvaje tenía un encanto innegable, sobre todo si lo que vendías era oscuridad por horas.

Agarró una casona vieja al pie de las escalinatas de El Calvario y la destripó por dentro. Borró a Fidel y al Che Guevara de las paredes con una mano de pintura barata, arrancó los crucifijos dejando solo los clavos oxidados en el yeso desnudo, y montó su negocio. Se construyó unos cuartos para el pecado, le clavó espejos cuarteados a las paredes y puso sábanas que alguna vez olieron a limpio.

Termina lo que nunca has empezado, parecía gritar el lugar en cada rincón oscuro. Era un purgatorio de pisos de losa roja y toallas percudidas.

A Víctor no le sorprendía nada de lo que cruzaba esa puerta, pero siempre se reía por lo bajo con los cazadores novatos. Como aquel incauto que llegó un domingo de febrero.

El tipo sudaba, empujando por la espalda a una muchacha que parecía sacada de un comercial de champú. Era la clásica novia inmaculada, de esas de misa dominical y primera comunión, que si le hablabas de un brasier de encaje se persignaba pidiendo perdón al cielo. El carajito tragaba grueso en la recepción, creyendo que había coronado el Everest del morbo al convencer a esa virgen de vitrina de ensuciarse los zapatos en el centro de Caracas. Pudieron haber encontrado la solución en la parte de atrás de cualquier Renault, pero él quería llevarla al barro.

Lo que el idiota no sabía, era que el destino siempre canta su propia canción y le mete un bemol a la ecuación.

Cuando entraron al pasillo asfixiante, el tipo esperaba lágrimas. Esperaba que ella se abrazara a sí misma, aterrorizada por el olor a cera roja y sudor viejo.

La muchacha se detuvo frente a la puerta del cuarto. Miró la cerradura oxidada, soltó un suspiro largo y se volteó hacia él.

—Te tardaste, caballero —le dijo. La voz no tenía ni un gramo de inocencia.

Antes de que el tipo pudiera reaccionar, la “niña buena” se asomó hacia la recepción.

—Víctor, me mandas una toalla extra y prende el ventilador antes de entrar, que este cuarto siempre es un horno —le gritó al viejo, con la naturalidad de quien pide un café en la panadería.

Qué maldita intuición. El novio se quedó blanco, petrificado en el pasillo. La santa se conocía la pensión de pies a rabo.

Una vez que pasaron el pasador, la inmaculada se quitó el disfraz por completo. Víctor, apoyado en el mostrador de la entrada, escuchó la metamorfosis a través de las paredes de bloque sin frisar.

«Fuera la ropa. Tócame aquí. Sirve una copa. Mírate ahí».

La escuchó exigir y mandar. El tipo era un simple peón en un tablero que ella dominaba a la perfección. La escuchó haciendo acrobacias en el piso de losa, pidiendo porros a la habitación, armándose su propio paraíso terrenal a la medida de su hambre. Era una clase magistral de lujuria disfrazada de decencia. «Suave, que duele... lo hago por ti», gemía ella, controlando cada maldito segundo del encuentro.

Esa era la verdadera historia de la pensión de El Calvario. El lugar donde las máscaras de la alta sociedad se derretían con el calor del asfalto. Víctor Naranjo lo sabía mejor que nadie: los títulos, el estatus y la moralina no sirven para nada cuando se apaga la luz. No hay hambre más feroz en esta ciudad que la de una niña buena cuando por fin nadie la está mirando.