Único
Koo tenía 18 recién cumplidos. 1.65 de cuerpo delgado, liso y andrógino-trans: sin tetas, solo pecho plano y suave, hombros estrechos, cadera un poco ancha que delataba sus curvas sutiles, culo redondo y firme, y lo más importante —su coñito rosadito, depilado, apretado como el de una virgen, siempre traicionero y chorreando jugos cuando pensaba en lo prohibido—. Vivía en la casa grande con su papá Namjoon de 51 años, 1.90, fornido, barba gris espesa, pecho peludo y una polla gruesa que Koo había Nam, 1.90, tatuado, olor a cigarro y sudor, verga venosa y pesada, y sus primos gemelos Tae y Jimin, 25 años, 1.80, cuerpos de rugby, pollas gruesas y curvadas que Koo había visto en el baño compartido.
Desde los 15 Koo se masturbaba en secreto pensando en ellos: imaginaba que lo descubrían tocándose el coñito, lo desnudaban y lo convertían en la puta secreta de la casa, la que solo existía para recibir polla familiar. Con 18, no aguantaba más la tensión.
Esa noche, después de la cena, Koo se quedó en el living con una camiseta holgada y shorts deportivos sin ropa interior. El coñito ya le chorreaba, dejando una mancha oscura y húmeda en la tela entre las piernas. Los cuatro hombres estaban en el sofá grande, bebiendo cerveza, hablando fuerte, pero sus miradas se clavaban en él cada pocos minutos.
Nam rompió el silencio, con su voz grave y dominante.
—Ven aquí, Koo… siéntate en las piernas de papi.
Koo se levantó temblando, piernas flojas. Se sentó a horcajadas sobre el regazo de su padre, sintiendo la polla dura de su padre presionando justo contra su coñito a través de la tela fina, le agarró las caderas con manos grandes y ásperas, moviéndolo despacio, frotando el coñito empapado contra su erección.
—¿Sabías que te hemos oído gemir en tu cuarto todas las noches, putita? —le susurró al oído, mordisqueándole el cuello—. Sabemos que te metes los dedos en ese coñito rosadito pensando en nosotros… en tu propio padre, en tu tío, en tus primos… ¿verdad, hijo?
Koo jadeó, caderas moviéndose solas, coñito rozando la verga del padre y dejando jugos en sus pantalones.
—Sí… papi… lo siento… pero no puedo parar… quiero… quiero que me usen… que me hagan suyo… que me rompan el coñito…
SeokJin se levantó y se acercó por detrás. Le bajó los shorts de un tirón, exponiendo el culo redondo y el coñito rosadito brillando bajo la luz tenue del living. Metió dos dedos directamente en el agujero húmedo y los movió.
—Entonces dilo, sobrino… dilo como la zorra incestuosa que eres desde que te creció este coñito.
Koo gimió alto, voz quebrada:
—Soy… soy la puta de la familia… el hijo que quiere que papi, tío y primos le revienten el coñito rosadito… úsenme… conviértanme en su cumdump casero… por Jimin y Tae se acercaron, pollas ya fuera, gruesas, venosas, goteando pre-semen.
—Vamos a la habitación grande de papi —ordenó Nam—. Ahí vamos a romperlo como se merece… sin que nadie del barrio escuche cómo grita nuestra putita familiar.
Lo llevaron casi arrastrando al dormitorio principal de Nam. Lo desnudaron entre los cuatro: camiseta quitada, shorts arrancados, quedando Koo completamente desnudo. Pecho plano temblando, coñito rosadito abierto y chorreando jugos por los muslos, culo expuesto y listo.
Lo tiraron boca arriba en la cama king size. Su padre se subió primero, le abrió las piernas de par en par hasta que los músculos dolían, y le clavó su polla gruesa de un empujón brutal, rompiendo la resistencia del coñito apretado. Koo gritó de placer, paredes internas estirándose alrededor de la verga de su propio padre.
—Toma, hijo… papi te está follando el coñito que siempre fue suyo… ¿te gusta sentir la polla de tu padre abriéndote, zorrita? —gruñó, embistiendo profundo y lento al principio, luego más rápido y salvaje, bolas peludas golpeando contra su culo.
Koo lloriqueó, lágrimas de placer cayendo:
—Sí… papi… fóllame… rómpeme el coñito… soy tu puta… tu hijo sucio… lléname de tu leche…
Jin se arrodilló al lado de su cabeza, le agarró el pelo y le metió la verga en la boca, follándole la garganta sin misericordia.
—Chupa, sobrino… traga la polla de tu tío… vas a aprender a ser la letrina de la familia desde la garganta hasta ese coñito rosado… traga hasta las bolas, perra —le decía, empujando hasta que Koo arcaba y la baba le corría por la barbilla y el cuello.
Diego se subió a un lado, le lamió y mordió los pezones planos del pecho, dejando marcas rojas mientras succionaba.
—Este pecho liso… perfecto para que tus primos lo marquen mientras papi te preña el coñito —decía Jimin, pellizcando y retorciendo.
Tae se colocó entre las piernas, metió dos dedos en el culo junto a la polla de Carlos que seguía bombeando en el coñito.
—Tu culito también es nuestro, primito… vas a tener dos pollas dentro pronto… prepárate para que te abramos como nunca.
La primera ronda terminó rápido: Nam gruñó y le llenó el coñito de chorros calientes y espesos, semen saliendo por los lados mientras seguía empujando.
—Toma la leche de papi… siéntela dentro de tu coñito apretado, zorra… vas a caminar chorreando toda la semana.
Jin se corrió directo en la garganta hasta que Koo tragó gimiendo y tosiendo, leche blanca saliendo por las comisuras.
Sus primos tomaron turno: Jimin se metió en el coñito recién llenado, follándolo duro mientras Tae le metía la polla en la boca.
—Ahora te folla tu primo mayor… ¿te gusta el sabor de la familia en tu coñito rosadito, putita?
Cambios constantes durante horas.
Lo pusieron en cuatro patas: Jimin detrás clavándole el coñito a toda velocidad, haciendo que su culo rebotara; Tae debajo follándole la garganta profunda; Nam y Jin a los lados obligándolo a masturbarlos.
—Vamos, toca a papi y tío, putita… queremos corrernos en tu cara.
Semen lloviendo sin parar, Jimin le llenó el coñito otra vez, Tae le pintó la cara con chorros calientes, Nam y Jin se corrieron en su pecho plano, dejando hilos blancos colgando.
Luego, su papá y su tío metieron sus pollas juntas en el coñito rosadito, estirándolo hasta lo imposible. Koo chilló de placer y dolor, squirteando a chorros alrededor de las vergas, salpicando las sábanas y los muslos de los hombres.
—Miren cómo squirtea la zorrita… se corre con dos pollas de familia en su coñito apretado… qué puta tan degenerada y sucia —se burlaban, riendo mientras bombeaban sin parar.
Después su tío y su primo Jimin forzaron sus vergas gruesas en el culo al mismo tiempo, Koo gritando
—¡Más! ¡rompan mi culo de puta! —mientras Tae le follaba la garganta y Nam le frotaba el clítoris hasta hacerlo squirtear de nuevo.
Su padre y su primo Tae le follaron el coñito y su tío se puso de espalda a Tae para follar el culo de Koo, mientras Jimin le follaba la boca. Koo perdió el conocimiento por segundos de tanto placer extremo, despertando con más semen chorreándole por todas partes, vientre ligeramente abultado de tantas corridas dentro.
No pararon. Lo pusieron de rodillas en el suelo, rodeado. Le mearon dentro del coñito y culo abiertos, diciendo “toma el pis de la familia, letrina… báñate en nuestra marca… bebe lo que sobra”. Luego lo follaron con el caliente de semen y orina, alternando agujeros sin descanso.
Lo obligaron a sostener corridas en la boca abierta antes de tragar: “No te la tragues todavía, zorra… muéstranos lo llena que está tu boquita de semen de papi, tío y primos… ahora bebe todo”.
Al amanecer, Koo era un desastre: cuerpo cubierto de semen seco y fresco en capas, cara pintada como máscara blanca pegajosa, pecho plano lleno de mordidas y pellizcos, coñito rosadito hinchado, rojo, abierto e irreconocible, goteando un río constante de leche familiar, pis y squirt mezclado. Culo palpitante. Estaba tirado en la cama empapada, sonriendo con ojos vidriosos y voz rota.
—Gracias… papi… tío… primos… me rompieron el coñito… soy su puta para siempre… la cumdump de la casa… su hijo sucio…
Carlos le dio una palmada posesiva en el culo destrozado y le escupió en la cara.
—Buena zorra… esto es solo la primera noche. A partir de ahora, todas las mañanas vas a despertar con una polla dentro de tu coñito rosadito, todas las tardes vas a chuparnos en el living mientras vemos fútbol, y todas las noches vas a dormir con semen chorreándote. Eres nuestra propiedad, putita. Nuestra letrina familiar.
Koo solo asintió, coñito contrayéndose de anticipación. Sabía que nunca volvería a ser la misma… y no quería.