BETELWEAZEL: La nieve negra

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Sinopsis

En las tundras del norte, donde el frío devora pueblos enteros y las señales de telégrafo llegan desde nadie sabe dónde, algo comienza a moverse bajo la nieve. Quill, un viajero nervioso con más preguntas que respuestas, se une a un pequeño grupo conocido como Betelweazel. Lo que parecía un simple encargo pronto se convierte en una travesía por pueblos abandonados, señales extrañas y enemigos que parecen saber demasiado. Mientras avanzan por un territorio donde cada puente puede ser una emboscada y cada mensaje puede significar guerra, el grupo descubre que algo mucho más grande se está gestando en la oscuridad del norte. Y la nieve... ya no es blanca.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
lildud
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Acto 1: Una chispa bajo la tundra

Aquella noche fue la que desencadenó una serie de sucesos que los relatos posteriores describirían como la época más oscura de San Sombrío, un periodo que terminó hace ya más de diez años. Resulta curioso que el propio nombre de la ciudad hiciera referencia, incluso entonces, a la cantidad de oscuridad que —metafóricamente hablando— albergaba entre sus calles.

Me presento pueden llamarme El testigo, y seré su cordial narrador en esta aventura, mi especie los búhos, somos observadores y para mi, este caso me cautivó desde el principio. Meses de trabajo e investigación me permitieron construir una versión más… digerible de los acontecimientos. Metafóricamente hablando, otra vez.

Claro está, muchas de las inconsistencias se deben a lo extremadamente difícil que resulta reconstruir una historia cuando solo se cuenta con fragmentos de un diario, testimonios incompletos, dos idiomas distintos y ninguna maldita fecha en el diario.

Por lo tanto, mis interpretaciones —hablando desde mi gran modestia— son probablemente la versión más perfectamente original que encontrarán.

Pero volvamos a la narración.

Aquella noche la región estaba cubierta por una ventisca constante. El frío dominaba la taiga, y la nieve comenzaba a teñir todo de un blanco pálido conforme uno se acercaba más al norte. El único sonido era el crujir de las ramas de los pinos, doblándose bajo el peso de la nieve.

Era un paisaje tranquilo, pero también incómodo. Casi hostil para cualquiera que no estuviera acostumbrado a esas tierras.

De pronto el silencio se rompió, el ambiente callado fue interrumpido por un sonido grave, rítmico, pesado. Un galope.

Desde la tormenta emergió finalmente la silueta de un Toredo. La enorme criatura avanzaba con fuerza entre la nieve, tirando de una carroza que luchaba por abrirse paso contra la ventisca. Sus patas gruesas terminaban en pezuñas anchas, perfectas para el terreno irregular. Un espeso pelaje rígido lo protegía del frío, y de su boca sobresalían dos colmillos curvados, desgastados por los años.

La carroza que arrastraba estaba hecha de maderas finas cuidadosamente talladas. En su interior había asientos de cuero tan bien acolchados que, sin duda, el trasero de cualquier pasajero lo agradecería durante años. Las ventanas de cristal, cubiertas por cortinas gruesas, impedían que aquel infernal frío se colara dentro.

Al frente, como único conductor, se encontraba Alder, un águila real y también el líder del grupo.

En palabras escritas por el propio Quill:

«No sabemos demasiado sobre su pasado. Lo único que sabemos con certeza es que nos dio un hogar y una familia con la que contar.»

Dentro de aquella carroza viajaba el grupo protagonista de esta trágica serie de acontecimientos.

Los Betelweazel.

Un pequeño equipo de detectives encargado de resolver los problemas menores de la ciudad de San Sombrío.

Entre ellos se encontraba quién, debo admitir, terminó convirtiéndose en mi favorito personal: Quill.

Un mapache fumador y siendo la adición más reciente al grupo.

Sí, exactamente como lo han leído. Aquella pequeña máquina de humo registraba absolutamente todo en su diario.

Para cualquier otra persona este detalle podría parecer irrelevante, incluso una excusa torpe para hacer que alguien suene interesante. Pero para mí aquella manía resultó ser una auténtica mina de oro. Gracias a ese diario pude reconstruir buena parte de lo que hicieron nuestros protagonistas durante su viaje por la tundra.

Cuando comenzaron los eventos de esta historia, Quill llevaba aproximadamente cinco meses formando parte del grupo.

No era particularmente extrovertido. Si necesitaba desahogarse, prefería escribir, fumar… o encontrar cualquier excusa posible para evitar conversaciones incómodas con su propio equipo.

Aun así, trabajaban bien juntos.

Sus casos rara vez pasaban de robos menores o investigaciones simples. San Sombrío era, hasta entonces, una ciudad bastante tranquila. Al menos dentro de lo razonable.

Era una mezcla curiosa entre lo rural y lo industrial. Sus calles reflejaban tanto a las antiguas civilizaciones que habitaron la región como a las máquinas traídas por la nueva revolución industrial.

La ciudad recibió su nombre por la enorme montaña que se alza junto a ella. A partir del mediodía, esa montaña bloquea el sol y deja al pueblo en sombra durante la mayor parte del día.

El condado de las Praderas estaba gobernado por Grizzlock, un enorme oso pardo querido por la mayoría de sus ciudadanos. Fue él quien permitió que Alder fundara el grupo Betelweazel para encargarse de los problemas menores de la ciudad.

Conviene entender también cómo funciona el poder en estas tierras.

Cada región posee un mandatario encargado tanto de su capital como de los tratados comerciales con las demás regiones.

La principal es la región de las praderas.

Le siguen la región seca, dominada por sabanas y desiertos; la región tropical, compuesta por junglas, pantanos y costas; y finalmente la región gélida, esta última es la protagonista de nuestra historia. Es un territorio aislado de los tratados comerciales, donde sus habitantes vivían prácticamente dentro de una burbuja formada por taiga y tundra.

Y, como pronto descubrirían los Betelweazel, también por secretos.

Pero aquella noche era diferente.

Sin previo aviso, esa misma mañana Grizzlock les había entregado una postal con la misión del día. Una orden breve y extrañamente vaga: investigar cualquier movimiento sospechoso en el corazón de la tundra y traer información sobre lo que fuera que estuviera ocurriendo en aquella enorme franja salvaje que separa las praderas de San Sombrío de las aguas congeladas del norte.

Revisando otras postales de misiones anteriores, resulta evidente que esta carecía de información. Normalmente los Betelweazel recibían instrucciones con mucho más contexto. Según las notas de Quill, aquello les permitía salir con mapas, planes e incluso estrategias improvisadas.

Pero esa noche viajaron con la mente completamente en blanco.

Aun así, todos sospechaban lo mismo.

Kaelum ese nombre había dominado las noticias durante casi una década. Kaelum, un oso polar, era el hermanastro menor de Grizzlock. Su relación terminó rota hace años… tan rota como las ramas de los pinos que se partían bajo la nieve esa misma noche.

Los reporteros inventaron todo tipo de historias sobre lo ocurrido entre ambos hermanos, pero hay un punto en el que todos parecen coincidir:

«Kaelum fue desterrado a la tundra».

Muchos de los hilos que componen este relato —documental, investigación o como prefieran llamarlo— se construyen a partir de testimonios subjetivos. La desinformación circulaba con libertad y, como suele ocurrir, el miedo resultaba ser una herramienta extraordinariamente útil.

Según los rumores más persistentes, durante los últimos ocho años Kaelum había estado formando un ejército rebelde para reclamar el trono de su hermano. Como si se tratara de alguna monarquía trágica sacada de una obra teatral. La exageración poética de algunos periodistas siempre me ha parecido francamente ridícula.

Fuera cierto o no, el equipo estaba entrando en territorio hostil y ninguno de ellos estaba preparado para las temperaturas que dominan esas tierras.

En palabras escritas por Quill: «Dentro de la carroza reinaba el silencio. Miradas incómodas. Manos ocupadas con cualquier distracción posible.»

La escena parecía cualquier cosa menos un equipo funcional.

La única luz provenía de una lámpara llena de luciérnagas de fuego, pequeñas criaturas capturadas por exploradores en los bosques profundos y vendidas a buen precio en los mercados de San Sombrío. Alimentadas con ciertas plantas de las regiones volcánicas, estas luciérnagas emitían un brillo cálido capaz de iluminar caravanas enteras.

Su esperanza de vida, según los criadores, puede superar los cien años en las mejores condiciones.

Por el momento, también eran su única fuente de calor.

Quill, atrapado en aquel silencio incómodo, jugueteaba constantemente con su cajetilla de cigarros. El gesto nervioso de alguien que conoce demasiado bien el impulso de fumar. Una mirada pesada. Un deseo casi físico de llenar sus pulmones de humo.

Pero no lo hacía. Por simple cortesía hacia sus compañeros dentro de la carroza.

Todos sabían que el silencio sería temporal.

Sobre todo por Rocco, este sujeto, debo admitir, me permitió entender que dentro de aquel grupo realmente había alma y corazón. Una relación orgánica entre ellos, a pesar de lo que el lector descubrirá más adelante.

Rocco era, sin duda, el miembro más bocazas del equipo.

Un tejón con un parche blanco cubriendo su ojo izquierdo. Para esta expedición llevaba una gruesa chamarra verde, perfectamente preparada para el frío.

Y, como era de esperarse, no tardó demasiado en intentar romper la tensión.

—¿Por qué no esperas hasta llegar a un lugar seguro, locomotora andante?

Lo dijo al aire, con ese tono sarcástico que siempre utilizaba cuando la situación comenzaba a incomodarlo.

Nadie respondió, no pasó mucho cuando la sonrisa de Rocco se desvaneció lentamente.

La carroza volvió a hundirse en el mismo silencio incómodo de antes.

No diría que Quill odiara a ese tejón tuerto. De hecho, en sus notas lo describe como un gran aporte al equipo… aunque probablemente lo hacía por pura conveniencia, ya que Rocco es un reo bajo libertad condicional.

Mientras continúe trabajando con los Betelweazel, seguirá siendo un hombre libre. Alder se asegura de recordárselo cada vez que es necesario mediante el pequeño dispositivo eléctrico que lleva sujeto al tobillo.

En caso de que alguna vez se le ocurra intentar escapar. Mientras no esté buscando atención, Quill parece tolerarlo bastante bien.

Mientras más avanzaban la nieve se hacía más espesa, incluso una tormenta de nieve se dio. Lo que dificultaba la vista y el viaje.

Posterior a esas notas, en realidad no ocurrió demasiado durante el viaje.

Quill, sin embargo, se encargó de dejar muy claro cuánto lo detestó.

«El viaje parecía eterno.»

Desconozco si Quill era una persona particularmente impaciente o si simplemente estaba sufriendo por no poder llenar su tráquea de tabaco durante horas.

Mientras tanto, Alder viajaba fuera de la carroza, guiando al Toredo a través de la ventisca. Oriana lo ayudaba a mantener el rumbo. Entre la tormenta y la densidad del bosque, perderse en aquella taiga era demasiado fácil. Desde su asiento le daba instrucciones constantes a través de la pequeña ventanilla que conectaba la cabina con el exterior de la carroza.

Al revisar las notas de Quill sobre Oriana, encontré algo cercano a la admiración. En sus propias palabras: «No soy alguien que admire mucho a las figuras que la gente suele idolatrar. Pero hago una excepción con mis compañeros. Sobre todo con Oriana.»

Oriana era la estratega de campo del equipo.

Una flamenca de largo cuello que parecía irradiar elegancia incluso en medio de una tormenta de nieve. Le gustaba llevar siempre su gorro de piloto y un abrigo de cuero marrón que, según varios testimonios, era casi tan famoso como ella misma. Además de eso, era una geóloga experta y, con diferencia, la miembro más dedicada del grupo.

El propio equipo parecía evitar hacerle preguntas sobre su pasado. Todo indica que atravesaba algún tipo de duelo.

Curiosamente, ese silencio sobre el pasado era una constante entre todos los miembros del grupo. Algo que, en su momento, me pareció una coincidencia absurda.

Hasta que finalmente entendí por qué. Pero eso es un asunto para más adelante.

Aquella noche, Oriana permanecía completamente concentrada en mantenerlos dentro de la ruta. Se guiaba con una brújula de acabado dorado y un antiguo mapa de la región que el grupo había encontrado antes de partir, olvidado en la bodega de una librería de San Sombrío.

Conseguir una copia de ese mapa para esta investigación me costó bastante más de lo que debería admitir públicamente. Digamos simplemente que implicó entrar sin permiso en un sótano y comparar documentos durante varias horas.

Al contrastarlo con mapas actuales, calculo que el original tiene cerca de noventa años. Algunas rutas ya no existen. Otras han sido bloqueadas por la vegetación o reemplazadas por caminos más recientes.

Pero aquella noche era lo único que tenían para orientarse en medio de la tormenta.

El viaje continuó de esa forma hasta que, de pronto, la carroza se detuvo en seco.

La ausencia total de fechas en las notas de Quill hace imposible saber con exactitud cuánto tiempo llevaban viajando, pero estimo que debieron de ser unas tres horas.

Escucharon a Alder descender de su asiento y abrir la puerta de la carroza.

—Hasta aquí llega el viaje. La noche y la tormenta no nos permitirán avanzar más.

Hablaba con ese tono serio y reservado que parece haber sido su estado natural.

Luego caminó hacia la parte trasera de la caravana y sacó algunos troncos. Con ayuda de Rocco lograron encender una pequeña fogata.

El fuego creció lentamente, tiñendo la nieve cercana de un naranja cálido que invitaba a acercarse y robarle un poco de calor.

Dentro de la carroza llevaban provisiones congeladas para unos diez días. La mayoría eran latas de sopa bastante aburridas, algunas verduras y un par de golosinas. Nada particularmente emocionante.

El grupo se sentó alrededor del fuego mientras calentaban la comida. El vapor salía de las latas abiertas y se mezclaba con el aire helado de la tundra.

Suficiente excusa para que Quill finalmente encendiera un cigarro.

En sus notas insiste en que no es un consumidor habitual de tabaco. Sin embargo, también admite que en situaciones que lo ponen nervioso suele concederse ese pequeño lujo.

Alder, por su parte, no se unió al grupo.

Permanecía cerca del risco que había detenido el avance de la carroza, observando la oscuridad más allá de la tormenta.

Quill se apartó de la fogata para no molestar a los demás con el humo y se acercó a él.

Apenas notó su presencia, Alder habló.

—Detrás de estas colinas y esos árboles hay un enemigo que no conocemos. Necesito que todos den lo mejor de ustedes —Hizo una breve pausa antes de continuar—. Al amanecer volaré por encima del bosque. Intentaré encontrar un refugio donde podamos resguardarnos.

Quill permaneció un momento mirando el paisaje cubierto por la nevisca que bloqueaba casi toda la visibilidad. Terminó su cigarro y regresó junto al fuego.

Después de la cena, Alder improvisó un pequeño refugio con ramas para que el Toredo pudiera descansar lo más abrigado posible.

El grupo se retiró a dormir dentro de la carroza. Todos excepto Alder, él se quedó afuera haciendo guardia, con una escopeta completamente cargada entre las garras.

Toda la noche.

Algo que, debo admitir, también terminé sufriendo yo mientras investigaba este caso. Aunque, claro, mi única amenaza real era quedarme dormido sobre montones de papeles y testimonios contradictorios.

Quién diría que aquella noche sería una de las últimas en las que dormirían con tranquilidad. No porque sus vidas dependieran de mantenerse despiertos como Alder, sino por algo peor: el miedo a que dormir sea equivalente a entregar el arma a tu enemigo y confiar en que no apriete el gatillo.

A la mañana siguiente, Quill fue el último en despertar.

El sueño le había pesado más que al resto. Cuando abrió los ojos seguía medio aturdido, y apenas tuvo tiempo de despabilarse antes de escuchar una discusión afuera de la carroza.

La voz de Rocco fue la primera en reconocerse, acompañada de esa risa burlona que parecía seguirlo a todas partes.

—No jodas, jefito. Tienes unas ojeras tan marcadas que podría guardar dinero ahí.

Se estaba burlando de Alder, claramente satisfecho consigo mismo.

Desde el otro lado, Oriana no parecía encontrarle ninguna gracia.

—Prometiste que cambiaríamos turnos cada seis horas para que pudieras dormir.

Su tono no era exactamente enojo, pero se acercaba bastante.

Cuando finalmente Quill salió de la carroza, todavía acomodando las almohadas que había usado durante la noche, encontró a Alder ignorando ambos comentarios mientras terminaba de desayunar una lata de sopa.

Después se quitó la gruesa chamarra que lo había protegido del frío durante la noche y extendió sus alas. Sin decir una palabra más, dio un salto desde el risco cercano.

Se lanzó al aire.

Un par de potentes aleteos bastaron para que ganara altura sobre los árboles. Sin la ventisca de la noche anterior, ahora podía reconocer mejor el terreno.

Aun así, debía ser cuidadoso.

Si realmente había enemigos en la zona, lo más probable era que estuvieran preparados para derribar cualquier exploración aérea. Alder mantuvo los ojos atentos a cualquier destello sospechoso entre los árboles.

Su vuelo duró aproximadamente siete minutos.

Cuando regresó, aterrizó cerca del campamento y volvió a ponerse la chamarra con total calma.

—Hay una villa a unos cinco kilómetros al noreste —anunció—. No vi señales de actividad. Probablemente esté abandonada… pero no vamos a confiar en eso.

Mientras volaba, Alder ya había estado organizando el plan.

Algo curioso de leer en las notas de Quill es lo meticuloso que era al registrar cada palabra que el líder del grupo dictaba. Los planes de Alder eran directos, sin rodeos, y cumplían exactamente con lo que exigía la misión.

En esta ocasión, la estrategia era simple.

Se acercarían con la carroza lo suficiente y luego continuarían a pie. La idea era dejarla a unos trescientos metros del pueblo para no anunciar su llegada.

Antes de partir revisaron el equipo: Lámparas de luciérnagas, cuchillos y bengalas.

Alder llevaba su escopeta completamente cargada. Oriana preparó su rifle de francotirador; ella se quedaría en una posición elevada por si algo salía mal.

Quill, en cambio, se quedaría atrás cuidando la carroza, lejos del riesgo. Muchas de las quejas de Quill sobre las misiones giraban precisamente en torno a eso. En su propio diario lo resume así: «Siempre termino lejos del peligro. Lejos de vivir algo digno de escribir en este diario.»

Y, siendo justos, probablemente tenía razón.

Quill no estaba exactamente al mismo nivel que sus compañeros cuando se trataba de enfrentar criminales. No parecía el tipo de sujeto que hiciera preguntas con un puño en la sien.

Después de recoger todo, el equipo borró cualquier evidencia de que alguien hubiera acampado en esa zona. Empacaron el equipo y volvieron a enganchar al Toredo a la carroza.

Claramente tenían experiencia en… digamos, eliminar rastros, conviene recordarlo.

Emprendieron entonces el segundo tramo del viaje.

La taiga comenzaba a desaparecer lentamente, dando paso al primer territorio real de la tundra.

A medida que avanzaban, el paisaje se volvía cada vez más hostil. La temperatura descendía y la nieve se volvía más espesa. Una vez más, nadie hablaba durante el trayecto.

La comunicación entre ellos dejaba bastante que desear. Una terapia familiar probablemente habría ayudado.

Aunque este viaje era más corto que el anterior, el silencio incómodo parecía ser la rutina normal para aquel grupo de ermitaños.

Estaban completamente fuera de su elemento.

Calcularon la distancia guiándose por los árboles y los pinos de la zona. Cuando llegaron a la última franja boscosa se desviaron del camino hacia una pequeña área que los ocultaba por completo.

Desde allí, Oriana calculó la distancia hasta la villa.

A esa distancia, era prácticamente imposible que alguien escuchara la carroza acercarse y así, el resto del trayecto lo harían a pie.

Al dejar la carroza escondida tras los grandes árboles de la zona, las indicaciones fueron claras.

Oriana volaría hacia un risco desde el cual pudiera observar toda la escena y mantener un tiro preciso. Quill se quedaría junto a la carroza por si era necesario huir.

Era, en esencia, el conductor de escape.

Alder y Rocco avanzaron a pie por el bosque en dirección al pueblo. Alder llevaba su escopeta entre las alas, listo para disparar a cualquier cosa que se atravesara.

Rocco, en cambio… parecía estar disfrutando el paseo.

—¿No te emociona esta luna de miel que decidimos tener? —comentó, claramente satisfecho con su propio sarcasmo.

Alder lo ignoró mientras examinaba el terreno entre los árboles. El lugar era perfecto para una emboscada: metros y metros de arboleda densa, nieve profunda y el viento resonando entre la madera.

—Jefito, ¿no cree que si hubiera una armada rebelde veríamos señales claras? —Rocco observaba el entorno mientras hablaba—. Bloqueos en las rutas, restos de combate… algo.

Hizo un gesto amplio con las manos.

—Está todo demasiado tranquilo.

—Eso parece ser exactamente lo que planean —respondió Alder con su habitual seguridad fría.

Entre los árboles comenzaron a verse las primeras chozas del pueblo.

Era el asentamiento más cercano a la frontera con la región de las Praderas y, al mismo tiempo, el más lejano del corazón de la tundra. Aquella pequeña comunidad marcaba el inicio real de ese territorio helado.

Su nombre era Condado Térmico.

Antes de avanzar más, Alder detuvo a Rocco colocando su ala en su pecho. Ambos se agacharon junto a un tronco caído y observaron el pueblo.

Ningún movimiento, ninguna voz… nada. Solo el viento balanceando los letreros colgantes de algunos negocios.

Las chozas estaban construidas con troncos gruesos y techos de paja sujetos con correas de cuero. Frente a las entradas había pequeños cuencos de carbón que probablemente servían como iluminación nocturna. Las puertas de madera tenían bisagras de hierro cubiertas por escarcha, y las ventanas mostraban vidrios sucios empañados por el frío.

Rocco se apartó del brazo de Alder con evidente confianza.

Cruzó el camino que crujía bajo la nieve compactada y caminó hacia la primera choza exagerando el movimiento de sus brazos, como si estuviera paseando por un mercado en lugar de infiltrándose en un pueblo sospechosamente vacío.

Apoyó ambas manos sobre la ventana sucia para mirar dentro.

El interior estaba completamente revuelto con mesas volcadas, sillas tiradas y libros abiertos y dispersos por el suelo. Había sido un saqueo evidentemente.

Rocco se volvió hacia Alder y gritó:

—¡Jefito! Vas a querer ver esto.

Alder respondió con una mirada cargada de molestia por todo el sigilo que acababa de irse al demonio, pero aún así se acercó.

Y sí, puedo confirmar que no se trataba de ninguna fuerza sobrenatural ni de algún misterio inexplicable. Aquello era un desalojo. Uno realizado con clara ausencia de permiso… o de cualquier conversación amistosa.

Algo que nuestros amigos tardarían poco en confirmar.

Alder derribó la puerta de una patada y examinó el interior en busca de pistas. La escena parecía congelada en el momento exacto del abandono.

Una cobija colgaba a medio desprender de la pared, arrancada con tanta fuerza que había arrancado también los clavos que la sostenían.

En el centro del pueblo se alzaba una posada. Era fácil distinguirla del resto de las construcciones: más amplia, con dos pisos y varias alas laterales.

Las puertas estaban cerradas con llave. Pero una fuerte patada de Alder solucionó ese problema.

Dentro, la escena era aún más clara.

La posada —que también funcionaba como hotel— mostraba señales de un desalojo violento. Sacos de oro habían sido abiertos y vaciados. Las despensas del lugar estaban saqueadas. Las habitaciones de huéspedes habían sido registradas por completo.

Cajones en el suelo, cobijas de piel rasgadas y las decoraciones de oro abandonadas entre los escombros.

Mientras tanto, lejos del pueblo, Quill seguía en la carroza.

Guardaba provisiones y herramientas en una mochila grande, preparándose por si era necesario escapar sin previo aviso. También aflojó la cuerda del Toredo, para poder liberarlo rápidamente si la situación se volvía peligrosa.

Esperaba una señal.

La bengala de seguridad o la de peligro.

Cualquiera.

Mientras su mente comenzaba a llenarse de pensamientos inútiles, se dedicó a registrarlos en su diario. Cada uno de ellos.

Pero entonces algo interrumpió su concentración.

Un crujido en la nieve. Al principio fue débil.

Luego se repitió.

Pisadas profundas hundiéndose en la nieve blanda.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente, no dudó y corrió hacia el Toredo, tomó la mochila y se preparó para escapar si era necesario.

Las pisadas seguían acercándose.

Más cerca y más cerca.

Quill quería huir, pero la curiosidad lo mantuvo inmóvil.

Como un niño esperando abrir un regalo en navidad.

El sonido se detuvo, y entonces, desde las sombras, apareció algo.

Pequeño y blanco…

Un diminuto rabonejo salió dando saltitos entre la nieve. Apenas una bolita de pelo con patas, tan ligera que el viento parecía empujarla.

Quill soltó el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.

Las criaturas de la tundra rara vez se acercaban tanto a los viajeros. Pero los rabonejos eran inofensivos. Curiosos, incluso.

Omitiré las tres estrofas que Quill dedicó a describir al animal. No aportaban nada importante.

Reconstruir el orden exacto de los acontecimientos con las fuentes disponibles ya es suficientemente complicado como para añadir poesía sobre conejos de nieve. Es posible que este momento ocurriera antes de que Alder y Rocco entraran a la posada… o quizá después.

Nadie lo sabe con certeza.

Volviendo al pueblo, Alder y Rocco terminaron de derribar las puertas de varias chozas. Tal como había sospechado Rocco, no parecía haber ninguna armada rebelde en ese lugar.

El ruido que provocaron fue suficiente como para despertar a cualquiera… incluso a alguien en plena hibernación.

Si había alguien allí, estaba escondido.

O ya no quedaba nadie.

Justo antes de salir de una de las habitaciones, Rocco se detuvo.

Ladeó la cabeza.

—Carajo…

Miró hacia la puerta entreabierta de uno de los cuartos.

—Alder… algo se movió ahí dentro.

Alder volvió inmediatamente hacia la choza, escopeta en mano.

—¿Y qué esperas? —murmuró mientras apuntaba hacia el cuarto—. Ve a revisar.

Rocco le respondió levantándole el dedo medio.

Luego caminó hacia la habitación.

A paso lento…

Exageradamente lento…

Solo para desesperar a Alder..

Rocco apenas puso un pie en la habitación. Miró a su alrededor y, al no ver nada sospechoso, volteó hacia Alder. Levantó ambos pulgares con una sonrisa, indicando que no había nada.

Alder bajó el cañón de la escopeta, visiblemente más tranquilo.

La puerta se cerró de golpe entre ambos.

Rocco no desaprovechó la oportunidad de gritar.

—¡Alder, ayuda! ¡¡¡Alder!!!

Alder corrió hacia la habitación y derribó la puerta con el hombro, esperando encontrar una escena mucho peor.

Antes de continuar, me veo obligado a hacer una pequeña aclaración histórica.

Hace treinta años, las regiones principales firmaron un tratado cultural. En lugar de imponer uno de los idiomas dominantes, decidieron mezclar los tres más hablados y crear una lengua común que facilitara el comercio y la diplomacia.

Una solución elegante… al menos para quienes participaron en ella, pero, la región gélida no formó parte del acuerdo.

Ellos conservaron su idioma original: nursio.

Durante la estadía de Kaelum en la tundra ya existía un resentimiento considerable hacia las otras regiones, por lo que aprender el idioma común nunca fue una prioridad. Como resultado, muy pocas personas fuera de la región gélida podían entender siquiera una palabra de nursio.

Continuemos.

Cuando Alder entró en la habitación vio a Rocco forcejeando con un cuchillo que apuntaba directamente a su estómago.

Quien sostenía el arma era un pequeño niño alce.

Detrás de él, escondidos en el armario estaban su madre y lo que parecía ser su hermana menor.

Alder sujetó el brazo del niño y le quitó la navaja con facilidad. El pequeño retrocedió de inmediato hacia su madre. Los tres comenzaron a hablar entre ellos en nursio.

La madre, aún de rodillas, intentó dirigirse a los recién llegados, nadie entendía una palabra.

No existen registros fonéticos en el diario de Quill sobre lo que dijeron en ese momento, por lo que me resulta imposible reconstruirlo.

Alder se agachó lentamente y extendió una mano hacia la familia. Con la otra apoyó su palma sobre el pecho, eso era un gesto internacional de paz, utilizado antes de la unificación de lenguajes.

La familia estaba en pésimas condiciones: sucios, demasiado delgados; parecía que habían estado comiendo cualquier cosa que encontraran.

La madre observó el gesto de Alder durante unos segundos… y finalmente lo imitó.

—Los llevaremos a la carroza y les daremos de comer —dijo Alder sin apartar la mirada de ellos—. Luego veremos si podemos evacuarlos.

Se puso de pie e hizo un gesto con las alas y las manos, intentando indicarles que lo siguieran. No parecía que hubieran entendido.

Pero en ese momento algo más estaba a punto de salir mal.

Mientras tanto, Quill seguía junto a la carroza, se había distraído acariciando al pequeño rabonejo cuando escuchó un sonido extraño proveniente de los árboles.

Era una melodía mecánica: repetitiva y molesta.

Pero tenía un patrón.

«… – – – …»

Quill frunció el ceño y entendió que no era música.

Era una señal de auxilio proveniente de un telégrafo.

Se levantó de inmediato. El rabonejo se asustó y escapó dando saltos rápidos entre la nieve.

Quill corrió hacia el bosque siguiendo el sonido. El eco rebotaba entre los troncos, pero la dirección era clara.

El aire frío le quemaba los pulmones mientras corría, respiraba con dificultad, probablemente consecuencia de años fumando.

Finalmente se desplomó en la nieve, jadeando.

Al girarse sobre la espalda vio las copas de los árboles. Y entonces lo notó.

Plataformas de madera y puentes suspendidos entre los troncos.

Eran de la misma madera que las chozas del pueblo. Tenían cuerdas para sujetarse al caminar, y la nieve caía lentamente desde los bordes.

Alguien estaba moviéndose allí arriba.

En uno de los troncos había una escalera, Quill la vio… y antes de subir sacó su pistola de bengalas.

Intentó cargarla, sus manos temblaban. Por el frío. Por el miedo.

La bengala chocaba torpemente contra el metal del arma.

—Vamos… vamos… —murmuró entre dientes.

Finalmente encajó y respiró hondo.

Colocó la pistola entre sus dientes y comenzó a subir la escalera. Cuando estuvo cerca de la plataforma asomó primero la cabeza.

Había un puesto de vigilancia con un telégrafo, rodeado de puentes escondidos entre las ramas que conectaban los árboles.

Sobre la plataforma había un soldado esquimal.

Vestía un traje blindado azul con una máscara táctica. En el visor se distinguía una marca la bandera de la región. Encima del equipo llevaba cueros y pieles que se confundían fácilmente con el follaje.

El soldado estaba recibiendo la señal de auxilio.

Parecía desesperado mientras hojeaba un pequeño diccionario de Morse para poder responder.

Quill apoyó ambos brazos en el borde de la plataforma mientras sus piernas aún permanecían en la escalera.

Apuntó la pistola de bengalas, era capaz de incendiar toda la estructura. Pero sus manos temblaban demasiado y dudó.

En ese momento el soldado tomó su rifle y salió corriendo por uno de los puentes en dirección al pueblo, donde estaban Alder y Rocco.

Quill no lo pensó más. Se subió a la plataforma y comenzó a perseguirlo sin bajar la pistola de bengalas.

La persecución siguió exactamente el mismo trayecto que Alder y Rocco habían recorrido a pie.

Solo que esta vez… por encima del bosque.

El soldado corría con decisión. Parecía haber entendido el mensaje… y también de dónde había sido enviado.

Quill intentaba seguirlo, pero los puentes entre los árboles no eran rectos. Rodeaban las copas, esquivaban ramas, serpenteaban entre la nieve acumulada. La vegetación estorbaba tanto la vista como el paso.

Aun así, Quill no se detuvo.

En el pueblo, Alder y Rocco ya habían logrado sacar a la familia de la choza. Caminaban con cautela cuando notaron algo extraño.

Las copas de los árboles se movían. De entre ellas emergió el soldado, rifle en mano.

Alder reaccionó al instante. Empujó a la familia de vuelta dentro de la casa justo cuando el rifle comenzó a disparar. Bala tras bala.

Los proyectiles atravesaron las ventanas y la puerta. El silbido del metal cortando el aire llenó la habitación. Astillas y fragmentos de vidrio explotaron hacia todas partes.

Rocco se lanzó sobre la familia para cubrirlos con su propio cuerpo.

Se refugiaron en el cuarto trasero. Cuando el rifle se quedó sin munición y expulsó el cargador con un sonido metálico que resonó por todo el pueblo.

Alder aprovechó el momento para asomarse.

Entonces vio algo que antes no habían notado.

Las plataformas y una red completa de puentes ocultos entre los árboles.

Esperó que Oriana… o Quill… también lo hubieran descubierto.

Mientras tanto, Quill finalmente alcanzó al soldado.

Se cubrió detrás de un tronco y apuntó hacia la plataforma donde el esquimal había tomado posición.

Cerró los ojos.

Y apretó el gatillo.

La bengala salió disparada con un silbido agudo. Cruzó el aire como una estrella roja antes de explotar entre las ramas del árbol.

Durante un segundo eterno el bosque se iluminó.

Ese destello fue suficiente para que Alder lo entendiera.

Quill.

El fuego alcanzó primero al soldado.

Las llamas treparon por su abrigo de pieles en cuestión de segundos, envolviéndolo como si el propio árbol hubiera decidido prenderse.

El soldado gritó, fue un grito crudo, desgarrador.

Luego cayó.

Su cuerpo golpeó la nieve varios metros más abajo, aún envuelto en fuego. Una mancha roja oscura comenzó a expandirse bajo su casco.

Quill no tuvo tiempo de pensar en lo que acababa de hacer.

Las llamas se extendían hacia él.

Vio una bajada entre los árboles y corrió hacia ella mientras el fuego avanzaba a sus espaldas.

Bajó por las escaleras casi tropezando.

Cuando tocó el suelo vio la plataforma ardiendo sobre su cabeza… y el cadáver quemándose en la nieve.

Había matado a alguien.

Corrió hacia las chozas.

Alder también había salido para verificar la situación.

Pero al mirar hacia el sur reaccionó de inmediato.

Empujó a Quill de vuelta hacia los árboles.

Cinco figuras avanzaban entre la nieve, se movían rápido. Llevaban rifles largos colgados del pecho y parecían conocer el terreno mucho mejor que cualquiera de ellos.

Sus rostros apenas se distinguían bajo las capuchas.

Quill no perdió tiempo y disparó la bengala de ayuda, era la señal para Oriana.

Apenas terminó de hacerlo cuando una ráfaga de balas cruzó frente a su rostro.

El aire se rasgó con un silbido seco.

Sintió el viento del proyectil pasar tan cerca que casi le cortaba la piel.

Las balas golpearon la madera detrás de él. Las astillas saltaron en todas direcciones mientras los troncos se desgarraban bajo el impacto.

El olor a resina fresca llenó el aire.

Alder y Rocco permanecían refugiados dentro de una choza.

Una escopeta contra cinco rifles.

Las probabilidades eran horribles.

Quill se quitó la mochila e intentó cargar otra bengala.

Sus manos seguían temblando.

Mientras tanto, los atacantes avanzaban utilizando el terreno, aunque sus movimiento parecían algo torpes como derivados del miedo.

Uno se movía entre pequeñas elevaciones de nieve.

Otro se cubría detrás de una pila de leña congelada.

Dos más corrían de choza en choza usando las paredes como protección.

No parecían perfectamente coordinados…

Uno de ellos llegó hasta la puerta donde se escondían Alder y Rocco.

Quill sintió un nudo en el estómago.

El atacante pateó la puerta con violencia.

La madera se estrelló contra la pared interior.

En ese mismo instante la escopeta de Alder explotó como un trueno dentro de la tormenta.

El eco retumbó en todo el pueblo.

Luego se escuchó un grito en un idioma que Quill no entendía.

Cabe mencionar que en notas posteriores, Quill afirma haber deducido el significado aproximado de ese grito.

Algo relacionado con despedirse de su rodilla.

Alder, quien estaba acostado en el suelo al borde del cuarto trasero, había disparado justo cuando el atacante entró por la puerta.

Todos los perdigones impactaron en su rodilla.

El resultado… fue poco elegante.

Las paredes de madera quedaron decoradas con una mezcla de tonos rosados y carmesí.

Los otros cuatro reaccionaron de inmediato.

Levantaron sus rifles y descargaron una lluvia de balas contra la choza.

La madera se partía.

Las paredes se astillaban.

Las ventanas explotaban en fragmentos brillantes.

La nieve saltaba en pequeñas explosiones blancas cada vez que un disparo fallaba.

Quill escuchó a Rocco gritar desde dentro.

Una bala le había rozado el brazo.

Quill tenía la bengala lista.

Pero si disparaba… podía incendiar la casa donde estaban sus compañeros.

Apretó la pistola con fuerza.

Y decidió esperar.

Desde los árboles vio a Rocco salir arrastrándose por el interior de la choza.

El cadáver del primer atacante yacía frente a la puerta. La sangre seguía extendiéndose lentamente sobre la nieve.

Rocco tomó el rifle del muerto.

Se dejó caer de hombro contra el suelo y disparó mientras rodaba hacia una pequeña depresión del terreno.

Un movimiento torpe… pero efectivo.

Desde su posición Quill vio caer a otro atacante.

La bala de Rocco había impactado directamente en el visor del casco.

El punto más frágil de todo el equipo.

Los tres restantes buscaron cobertura detrás de las fachadas de las chozas… o incluso detrás de la propia carroza.

El intercambio de disparos continuaba.

Entonces apareció un destello en la montaña.

Un brillo metálico.

Como si el sol los estuviera observando desde la distancia.

Un segundo después, la cabeza de uno de los atacantes se sacudió violentamente hacia atrás.

La bala le atravesó el cráneo.

Oriana.

Los dos restantes corrieron hacia otra choza intentando cubrirse tanto de Rocco como de Oriana.

Quill aprovechó el momento, apuntó al techo de una casa. Y disparó su última bengala.

El fuego prendió rápido.

Las llamas trepaban por las paredes y el techo de paja seca. El humo negro comenzó a elevarse hacia el cielo gris.

Los dos atacantes se vieron obligados a salir.

Uno apenas dio un paso afuera cuando Rocco lo abatió con el rifle.

El otro corrió directamente hacia los pinos.

Hacia Quill.

Había visto desde dónde salió la bengala.

Quill no tuvo tiempo de reaccionar, cuando un peso cayó sobre él desde atrás. Un brazo fuerte rodeó su cuello.

Sintió el metal frío contra la piel, era un cuchillo, largo y afilado.

La hoja descansaba justo sobre su garganta, un milímetro más… y su piel se abriría.

Levantó la vista hacia la montaña.

El brillo del visor de Oriana seguía allí, ella podía disparar en cualquier momento… pero no lo hacía.

Entonces Alder y Rocco salieron de la choza, pero no estaban solos, detrás de ellos estaba la familia de alces.

El hombre que sujetaba a Quill gritaba algo desesperado. Señalaba a la familia… luego a ellos.

Quill no entendía las palabras. Pero entendía el mensaje.

«Bajen las armas… o él muere.»

El cuchillo presionó un poco más. La punta atravesó ligeramente la piel. Quill cerró los ojos cuando un disparo explotó.cayó sobre la nieve, seguido de un silencio.

¿Era este el final?

¿Había muerto Quill?

¿Me había quedado sin mi redactor de campo?

—Oye.

Quill abrió los ojos. Rocco estaba inclinado sobre él.

—Por poco te hacen una autopsia en la yugular —dijo—. ¿Sigues entero?

Presionaba su propio brazo. Una bala lo había alcanzado, y el retroceso del rifle había dejado un hematoma terrible.

A pesar de ser pesado de mierda… Rocco tenía cierta empatía.

Alder también se acercó y en su rostro había preocupación, aunque intentaba esconderla bajo su habitual silencio.

Los tres levantaron la vista hacia la montaña vieron una bengala verde ascendía lentamente hacia el cielo gris.

La señal de Oriana, todo estaba bien.

Fin del acto I