I.
Seúl era un desastre. No me malinterpreten, me refiero a que hay demasiada gente en las calles; es algo normal, pero hoy especialmente se siente más pesado que nunca. Estamos a finales de noviembre, es invierno, ¿por qué hay tantas personas afuera? Como sea, tal vez me gustaría ser una de ellas: caminar por las frías calles y luego entrar a un café donde el aroma sea delicioso.
Pero mi triste realidad es que estoy sentada en la parte trasera de mi auto, de camino a una reunión familiar. A papá se le ocurrió la magnífica idea de hacer una cena un domingo a las siete de la noche, justo cuando estamos a 3 °C.
—Aún no entramos en diciembre y ya hay nieve interrumpiendo el paso —se quejó Jeremy, mi chofer.
—Te dije que la mejor opción era quedarnos en casa. Pude haberlo hecho; tomar chocolate caliente y ver caricaturas toda la noche —respondí fastidiada, viendo a través de la ventana cómo caían los copos.
Odiaba las reuniones familiares porque solo se habla de negocios y de cuándo voy a casarme. Primero: no tengo nada en contra de los negocios, me gusta gastar dinero en mí, pero es realmente aburrido cuando se extienden tanto. Y segundo: soy una chica de dieciocho años que apenas está cursando su último año de preparatoria, ¿por qué debería casarme tan pronto? Ni siquiera he pensado en mi futuro con alguien y, si lo hiciera, sé que no les importaría; me casarían con la persona que mejor les plazca.
Por cierto, soy Chaeyoung. Bueno, ya mencioné que tengo dieciocho años; tengo mucho dinero por venir de una familia importante, tengo amistades y, en general, todo lo que cualquiera desearía. Realmente siempre he tenido una buena vida, incluso cuando vivía en Nueva Zelanda -porque sí, soy de allá, aunque mis padres son coreanos-. Llevamos cuatro años viviendo aquí, pero creo que nunca me he sentido satisfecha. He tenido dinero y viajes, pero los usé para tapar cómo me sentía realmente. A veces quiero mandarlo todo a la mierda, pero mi estilo de vida no me lo permite.
Y ese es solo uno de mis tantos delirios, los cuales no puedo terminar de desglosar porque ya hemos llegado al restaurante: italiano, de arquitectura antigua y con una fachada increíblemente lujosa.
—Ya llegamos, señorita —dice Jeremy antes de bajarse, dar la vuelta y abrirme la puerta del coche—. Será una noche larga, disfrútela, "princesa" —soltó con un tono sarcástico.
Jeremy es especial; es una de las pocas personas que realmente considero íntimas. Él sabe muchas cosas de mí; es como el hermano mayor que nunca tuve -bueno, sí tengo uno, pero es un idiota en su máxima expresión-. Jeremy tiene solo veintiséis años y ya es el chofer de una de las familias más importantes del país, algo increíble. Tal vez porque es joven y soñador como yo, congeniamos tan bien.
Después de despedirme de Jeremy y prepararme mentalmente, entré al restaurante. Sentí una sensación extraña, como si me faltara algo. Ignorando eso, una vez dentro, se me acercó un camarero.
—Por aquí, lady Park —me guió hacia la zona de la terraza. Cómo no, mi padre siempre de ostentoso.
Tengo que admitirlo, estaba superlindo: decorado con mesas blancas elegantes, luces y faros de colores cálidos; era como una zona romántica. Y ahí estaban los "reyes" de mi vida (irónicamente): mi familia.
—Qué bueno que llegas, pensé que jamás aparecerías —soltó mi padre con una sonrisa que pude jurar que era falsa.
—No tenía más opción. Era esto o no viajar en yate el domingo —solté, sentándome al lado de mi hermano y mirándolo con cara de pocos amigos.
—A veces creo que eres demasiado directa, ¿no, linda? —me dijo mi tía, reprochándome con la mirada.
Apenas los meseros terminaron de servir los platos, mi padre suspiró; fue uno de esos suspiros previos a soltar una "gran noticia", aunque obviamente para mí no tenía nada de grande. Papá se aclaró la garganta y lo soltó:
—Hoy hablé con Jeong y me dijo que su hijo, Yuno, ya regresó de Londres —empezó.
¡Lo sabía! Sabía que esas palabras serían puro veneno. Fue tanto el impacto que me ahogué con el agua. Escuché a mi abuelo decir por lo bajo: "Qué maleducada".
—El muchacho se graduó con honores y se va a hacer responsable de la firma en este país —continuó mi progenitor—. Es nuestra oportunidad; juntarte con él sería lo mejor para ti y para la familia.
—Tu padre tiene razón, pequeña. Esa familia es de las mejores con las que nos hemos afiliado. Y ese muchacho es muy elegante y guapo; te sentaría bien.
Tras ese comentario, mi hermano dejó caer los cubiertos y soltó una carcajada malvada.
—Sí, claro —dijo Chanyeol apenas recuperó el aire—. Ese chico tan sofisticado con... —volteó a verme con mala cara— ...alguien tan anticuada como Chaeyoung. Sería como crear un híbrido.
La mesa quedó en silencio. Yo solo sentí que me hervía la sangre.
—¡Chanyeol, respeta! —reprendió mi madre—. No hables así de tu hermana. Tal vez sea un poco rebelde, pero todo se puede arreglar.
—Vaya, gracias por el cumplido —dije con una sonrisa fingida.
—Estoy totalmente de acuerdo con que la vayan llevando por el buen camino desde ahora; así no sale "desviada" como tu sobrina, Hyeon —soltó mi abuela hacia mi madre.
Mi madre agachó la cabeza y mi padre puso una expresión dura.
—De verdad no entiendo qué hicimos mal. Nos esforzamos tanto por ella y nos decepcionó así —soltó mi madre, nostálgica.
—Esas personas no merecen ir al cielo. Y con todo respeto hacia Lisa, era tan buena muchacha... Esas juntas que tenía no la llevaron a nada bueno —dijo mi padre muy serio.
Si se lo preguntan, hablan de mi prima Lisa. Salió del clóset hace dos semanas diciendo que es lesbiana, o que "no le gustan las pollas, sino las conchas", porque eso fue exactamente lo que dijo. Y bueno... digamos que la familia ha estado de luto. Ella, más que mi prima, es mi mejor amiga, y sí me siento un poco decepcionada de que sea así; pero es su vida. De igual manera, ni religiosa ni biológicamente está correcto eso.
—Yo solo espero que tú no salgas volteada también por juntarte mucho con ella —y esa fue Nayeon, mi insufrible prima.
Todos, por segunda vez, quedaron en silencio. Qué hipócritas son.
—No digas esas cosas, Nay. Rosie is not like that —habló su padre, al cual detesto; siempre tan imbécil con su acento británico, pero esta vez le doy la razón.
No soy así. Nunca.
En fin. Después de silencios incómodos, comidas deliciosas (porque tenía que admitirlo) y más martirios sobre temas que no me agradan, se acabó la cena. Cuando salimos del restaurante, y me despedí de mis familiares, sentí que vi la luz.
—¿Vas a venir con nosotros a casa o harás algo más? —me preguntó mamá mientras caminábamos hacia los autos, envolviéndose en su abrigo de piel.
Chanyeol, que caminaba a mi lado ajustándose la bufanda, no tardó en meterse donde no lo llamaban:
—No debería hacer nada más. Es de noche, hace un frío de locos y mañana hay clases. Debería ir directo a dormir.
Solo por llevarle la contraria -y, sinceramente, para escapar de mi realidad aunque fuera por unas horas- decidí que no volvería con ellos.
—En realidad, tengo que reunirme con una amiga —solté con toda la seguridad del mundo, ignorando la mirada de reproche de mi padre—. Ya me están esperando, así que no se preocupen por mí.
Mamá asintió no muy convencida, y Chanyeol solo rodó los ojos mientras subían a su propio auto. Caminé unos metros hacia donde Jeremy ya me estaba esperando, puntual como siempre, con el motor encendido y la calefacción al máximo. Al verme llegar sola, bajó del coche y me abrió la puerta con una media sonrisa.
—¿A dónde vamos, my lady? —me preguntó Jeremy, guiñándome un ojo mientras sostenía la puerta.
—A donde sea, menos a casa —le respondí con una sonrisa cansada, de esas que pesan más que el frío que hacía afuera.
No dijo nada más. Solo sonrió, asintió y subió al coche. Jeremy empezó a conducir sin rumbo, una rutina que ya conocíamos bien: dar vueltas por Seúl hasta que algún lugar me llamara la atención.
Después de veinte minutos rodando (literalmente), entramos a una zona llena de puestos de comida rápida y tiendas de conveniencia. De repente, un local captó mi atención. Era una cafetería llamada "Soo's Coffee".
Le pedí a Jeremy que se detuviera. Por fuera era encantadora: paredes blancas con detalles grises y unas luces rosas que le daban un aire mágico bajo la nieve. Algo en mi interior me gritó que tenía que entrar, así que lo hicimos.
Y... wow.
Por dentro era mucho más linda: pequeña y sencilla, pero con una comodidad que me hizo soltar los hombros por primera vez en todo el día. No me sorprendió que no hubiera clientes, dada la hora y el clima. Solo había una chica detrás de la barra.
Jeremy me sacó de mi trance:
—Te espero —dijo, señalando una mesa en la esquina antes de sentarse.
Me acerqué al mostrador. La chica estaba de espaldas, moviendo su cuerpo de un lado a otro mientras ordenaba unos vasos. Parecía estar en su propio mundo.
Me aclaré la garganta.
—Buenas noches, disculpa... —pero ella no respondió. Seguía en su baile particular.
—Hola, disculpa... —repetí un poco más fuerte, pero seguía sin recibir respuesta.
Escuché la risita burlona de Jeremy al fondo. Estaba a punto de darme la vuelta indignada cuando de repente, la escuché. Una voz suave, un poco ronca pero melódica, empezó a tararear con un inglés bastante tierno:
—"This night is sparkling, don't you let it go. I'm wonderstruck, blushing all the way home..."
Estaba cantando "Enchanted".
Como si por inercia hubiese sido, se dio la vuelta de golpe. Al verme, pegó un brinquito del susto.
Yo me quedé congelada. Primero, porque esa chica era... preciosa. Y segundo, porque estaba cantando una de mis canciones favoritas en todo el mundo.
Se quitó los auriculares rápidamente, los dejó sobre el mostrador y se acomodó un mechón de cabello tras la oreja. Me miró con una sonrisa apenada que le iluminó toda la cara.
—¡Ay! Lo siento muchísimo por el show —dijo, soltando una risita nerviosa—. ¿Esperaste mucho?
—Oh, no, no fue tanto —me apresuré a responder, sintiendo un calor extraño en las mejillas que nada tenía que ver con la calefacción del local.
Ella me dedicó una sonrisa angelical. Por alguna razón, me puse nerviosa, y no sabía qué decir. Y así fue cómo solté lo primero que me pasó por la cabeza:
—¿Te gusta Taylor Swift?