Capítulo 1
El ERROR DE RAQUEL
Preparé el adobo para la carne utilizando la misma receta que años atrás me enseñó mamá. Utilicé vino tinto, una pequeña medida de aceite de oliva, ajo, sal, pimienta, orégano, romero y finas especias de la India.
Reconozco que soy exageradamente meticuloso para calcular la medida precisa de cada ingrediente. Creo que la buena mesa debe caracterizarse por ser tan exacta como una operación matemática, esta resulta bien o mal, no hay términos medios.
Es curioso, justo en este momento recuerdo que mi psicoterapeuta aseguraba que mi trastorno obsesivo compulsivo era apenas uno de mis más insignificantes problemas. Eso sí, nunca quiso responderme el porqué de su estupefacción cuando observó los trazos de mi dibujo… En fin.
Suelo medir el peso de cada filete, eso me da el cálculo exacto de cada uno de los ingredientes con los que potencializo su sabor. Prefiero la textura que da el horno a la que da el asador. Es mejor girar la perilla de la temperatura a que los dedos queden sucios con el polvillo del carbón.
El tiempo de horneado también debe ser muy preciso, varía conforme a la altitud del lugar en que cocinas, no es lo mismo al nivel del mar que en tierras altas. Esa fue una lección de mayor complejidad que implicó el desperdicio de muchos filetes, pero valió la pena.
Por otra parte, la presentación en el plato debe causar un impacto visual que estimule al cerebro a incrementar la sensación de apetito. Definitivamente el arte culinario es sofisticado y complejo, no es para cualquiera.
Finalmente, solo me resta sentarme a disfrutar del alimento no sin antes dirigir escasas, pero sentidas palabras a la verdadera artífice de esta cena.
Querida Raquel: sean dadas las gracias por tu generoso acto de proporcionar a esta mesa el ingrediente principal para mi deleite. También me permito aclarar que lamento profundamente si hubo un error de interpretación de tu parte. Cuando te susurré al oído que si venías a mi casa, yo disfrutaría hasta el último centímetro de tu cuerpo, no quise decir exactamente que tendríamos sexo.
Galiel Enoc