Embarr - Los Cuatro Elementos (Libro I)

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Sinopsis

Thomas Gryffin es un chico de trece años cuyo único refugio son sus fantasías de Elfos y Hadas. Esos sueños le han hecho un niño solitario, pero todo está a punto de cambiar. Cuando su querida Tía Sophie cae víctima de un veneno élfico, el mundo de Thomas se quiebra. Para salvarla, deberá seguir los consejos de un enigmático personaje que lo lleve hasta Embarr, la isla secreta de las Hadas, un lugar donde la magia es real y el peligro, letal. Thomas tiene solo una misión: reunir cuatro elementos para revertir el maleficio. Pero Embarr está gobernada por Reinas Hadas y Elfos guerreros, y años de tiranía se lo pondrán muy difícil. Mientras lucha por su vida y desentraña los secretos de la isla, deberá enfrentarse a la verdad más aterradora: él no es un simple soñador. Si fracasa, Tía Sophie morirá y la única guía que tiene podría ser la verdadera enemiga. Descubre el inicio de una aventura donde la línea entre la fantasía y el destino se desvanece.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
AleGomezBersano
Estado:
Completado
Capítulos:
16
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Thomas Gryffin

Afuera, en el patio trasero, el viento barría con todo a su paso: hojas secas, pequeñas ramas y otros restos. Una tormenta nocturna había dejado su huella en los árboles, y en los charcos, que ante la ausencia del sol aún permanecían regados como lagunas vistas desde gran altura. 

Todo eso imaginaba un chico vestido de pijama mientras espiaba por la ventana de su cuarto; la tempestad no lo había dejado dormir muy bien. Contemplaba curioso lo que hacía una anciana, allí abajo, en el patio trasero. Abrigada con una bata de color rosa, la mujer intentaba poner de pie a unos pequeños enanos de yeso que adornaban el jardín. Luego se ocupó de reacomodar varias macetas caídas y depositar algo de comida en una casilla para aves. Cuando terminó con sus quehaceres regresó a la casa, pero no le fue tan fácil llegar, un remolino de hojas secas la envolvió. Con desesperada avidez sacudió los brazos para quitárselo de encima, y luego corrió para dejarlo atrás.

Antes de entrar a la casa, la anciana miró hacia arriba y le sonrió al muchacho, y en el momento justo en que el que se oyó el cierre de la puerta, algo impactó frente a él, contra el vidrio de la ventana. Fue un golpe duro y amortiguado. El chico pensó en un ave que, desorientada por los fuertes vientos, no había podido elevarse lo suficiente y pasar por encima de la casa. Abrió la ventana y con la mirada buscó muy preocupado a un mirlo, a un cuervo o a una paloma en el piso intentando alzar vuelo. Pero no, no encontró nada.

Le restó importancia al asunto del ave y regresó a la cama, pero antes de echarse sobre el colchón encendió la radio que tenía sobre la mesita de luz. La resfriada voz de un locutor confirmó lo que afuera era obvio.

— … Para hoy Martes 28 de octubre de 1958, las lluvias se repetirán en toda la región, con vientos del norte ... — giró el dial hacia un punto cualquiera y por casualidad dejó sonando a Connie Francis y su “Carolina Moon”, uno de los temas del momento.

A pesar de haber tenido uno de esos sueños, aquel cielo teñido de gris plomo prometía ser otro día aburrido en la vida de Thomas Gryffin. Tres cosas importantes siempre ocurrían en esos sueños: bosques misteriosos, criaturas fantásticas, e increíbles aventuras en donde Hadas y Elfos eran los protagonistas. Desde la cuna se había acostumbrado a oír historias sobre mundos ocultos, llenos de magia y misterio, y con el paso de los años, todo aquello fue transformándose en una obsesión; o al menos eso creían en su escuela.

Thomas tenía trece años y vivía en Hudpridd, un tranquilo pueblo ubicado al oeste de Gales bajo la tutela de la hermana de su madre, la querida Tía Sophie.

Sus padres habían fallecido hacía siete años en un accidente aéreo cuando regresaban de un viaje de negocios por Egipto. El avión en el que volaban había sufrido un confuso desperfecto en los motores y se había precipitado sin remedio frente a las costas de Cardiff.

Sophie había sabido apaciguar con amor tan terrible pérdida, pero la ausencia de sus padres perseguía al muchacho; era un desagradable ardor en la boca del estómago que aparecía y desaparecía cuando le daba gana.

Para Thomas, sus padres habían tenido el mejor empleo del mundo, y los admiraba por ello, y eran todo un ejemplo de esfuerzo y dedicación. Christopher Gryffin y Helen Austen habían sido, durante más de una década, director y curador del museo local. Además de ello, como actividad extra curricular, planeaban llevar adelante un negocio familiar especializado en antigüedades. “Gryffin e Hijo: Antigüedades con Historia”, había sido el nombre elegido para cuando el momento de independizarse llegara.

Cada tres meses, el matrimonio Gryffin realizaba un tour de compras por distintos países, buscando y escarbando en montañas de lo que otros llamarían basura, a los más variados objetos que después pondrían a la venta.

Como hobby, su padre tenía la peculiaridad de coleccionar toda clase de cosas que pudieran esconder un potencial enigma, fueran estas chucherías u objetos de gran valor. De tanto en tanto, Christopher conservaba para sí mismo algunos de esos artículos para luego, junto a su hijo, inventarle una historia o investigar a fondo su origen.

Helen, en cambio, era lectora compulsiva. Leía todo lo que tenía al alcance y parecía que nunca le bastaba aprender cosas nuevas, cualidad que Thomas había heredado.

La casa que compartían por aquel entonces era, sin dudas, el lugar que más extrañaba. A pesar de que ésta hubiera sido destinada a exhibir reliquias y colecciones literarias, resultaba toda una aventura pasear por sus cuartos atestados de vitrinas y bibliotecas.

Después de que Cristopher y Helen fallecieran, el inmueble fue vendido para saldar cuentas atrasadas. Por fortuna, esto no sucedió con las colecciones de su padre ni con los libros de su madre. Sophie se había encargado de salvaguardarlos en el garaje de su propia casa, trasformado ante la ausencia de un automóvil, en depósito de recuerdos. Thomas lo visitaba cuantas veces podía y la frecuencia de estas incursiones le había permitido catalogar todo en su mente con asombroso lujo de detalles. Sabía con exactitud qué cosas encontrar y dónde, porque cada objeto lo transportaba hacia un preciado recuerdo.

Tommy”, como su tía acostumbraba llamarlo, era un jovencito delgado y no tan alto; por entonces medía un metro sesenta. Piel blanca, ojos verdes y cabello castaño bien peinado no eran las características que mejor lo definían, sino un espíritu vivaz y lleno de energía.

Podría decirse que Thomas Gryffin era como cualquier otro chico, sólo que, a diferencia del resto, él casi no tenía amigos. Aun así era el centro de atracción para las bromas y el menosprecio, dado que aquella virtud de elogiable imaginación lo ponía tanto en aprietos como en ridículo.

Sus compañeros de colegio no lo comprendían, o más bien no entendían esa ferviente admiración por mundos mágicos y criaturas fantásticas. La única persona que sí lo entendía era Tía Sophie, pues ella misma promovía toda esa fantasía con los cientos de relatos que le contaba. Algunos hablaban de tierras gobernadas por hadas, de castillos milenarios, de monstruos y guerreros todopoderosos. Aquellas historias eran tan sorprendentes y tan vívidas que uno podía confundirlas con la realidad.

Desde la muerte del matrimonio Gryffin, Sophie y Thomas compartían el mismo hogar, una de las tantas viviendas ubicadas sobre la pendiente de una loma poco pronunciada, al pie de una calle angosta que conducía a la principal del pueblo. La casa estaba hecha de madera, pintada de tenue color amarillo, con el techo a dos aguas y tejas oscuras carcomidas por el viento y la lluvia. Era amplia, con varias habitaciones: comedor, cocina, tres dormitorios, dos baños, chochera y un hermoso patio.

Que a Thomas no lo visitaran sus compañeros de escuela entristecía mucho a Tía Sophie, convertida desde hacía años en su única amiga y confidente. Era una mujer espléndida, tenía sesenta y seis años y no los aparentaba en lo más mínimo, sino todo lo contrario. Su cabello lacio y generoso, de color gris con tonos dorados, caía sobre sus hombros en perfecta combinación con los elegantes vestidos que acostumbraba a lucir. No salía muy a menudo de la casa, pues adoraba pasar la mayor parte del tiempo en el patio, cuidando de sus flores o sentada al lado de la fuente ornamentada a la cual, a veces, parecía hablarle.

Aquel martes, Thomas salió de su cuarto como lo hacía todos los días: con mucha hambre y pocas ganas de ir a la escuela, deslizándose por una de las barandas de la escalera como si fuera un tobogán. Corrió hasta la cocina guiado por el exquisito olor a pan tostado. Sophie lo esperaba con el desayuno servido: una gran taza de té, galletitas, tostadas, mermeladas, y un vaso con jugo de naranjas recién exprimidas.

La cocina era su lugar favorito de la casa, allí conversaba con tía Sophie sobre muchas cosas, como por ejemplo: de la escuela y los exámenes, de las películas que se proyectaban en el cine local, o de los viejos días de campo en las afueras de Huddprid.

Luego de beberse toda la taza de té, Thomas miró el reloj de pared y se apresuró con el vaso de jugo; faltaba media hora para entrar a clases.

Antes de partir rumbo a la escuela se despidió de su tía con un beso. Salió por la puerta principal y allí se quedó, inmóvil durante unos segundos, al comienzo de la escalera del porche. Se sentía más desganado que de costumbre, no por la lluvia que acechaba en el horizonte, sino porque debería soportar el asedio inquebrantable de Larry: el abusivo del colegio. Este sujeto, calificativo mejor no le cabía, era un muchacho corpulento, grosero y mal hablado, que no tenía otro pasatiempo más que fastidiarlo.

— Hoy no va a ser la excepción… — dijo en voz baja con resignación, y tomó luego el mismo camino de todas las mañanas. El colegio no se encontraba muy lejos, tan solo a unas cuantas cuadras cruzando la avenida principal del pueblo.

Hudpridd era hermoso, no muy grande, pero albergaba un puñado de buenas historias entorno a las ruinas de un castillo medieval y paisaje acogedor.

El pueblo pertenecía al condado marítimo, situado al margen del océano Atlántico. Dada esa condición, el puerto local gozaba de gran dinamismo, donde la pesca constituía la principal actividad comercial. Para Thomas, aquel sitio era de lo mejor. Le encantaba pasar horas observando el movimiento diurno y admiraba la inquieta vida de los marinos.

Además de largas y numerosas playas, los alrededores de Hudpridd contaban con tres pequeños lagos, a los cuales solía ir con tía Sophie para disfrutar de memorables picnics.

Se hallaba cruzando la avenida principal, cuando oyó que alguien le gritaba.

— ¡Eh, Tommy, espera!, ¿No querrás que piense que me estás evitando, o sí? — profirió una voz gangosa.

Thomas la reconoció y echó a correr de inmediato. Al alcanzar la vereda de enfrente pasó a toda velocidad junto al puesto de diarios del Sr. Davies e hizo caer una pila de ejemplares, ganándose una merecida reprimenda. Después continuó su huida por la misma acera y por entre medio de la gente que se molestaba por la brusquedad con la que eran desplazados. Algunos puesteros que ofrecían la mercadería en la puerta de sus negocios se enojaban con tanto ajetreo, y con la vista perseguían el correr de los chicos calle abajo, como si con ello infligieran un castigo bien merecido.

El muchacho dobló en la primera calle a su derecha y, esquivando tachos de basura, ingresó en un angosto callejón. Antes de que pudiera salir por el otro extremo, un clavo que sobresalía de un poste de luz se le enganchó en el suéter, arrancándole un pedazo y provocándole una caída de lo más tonta. Esto le dio tiempo a sus perseguidores para que lo alcanzaran.

— ¡Ya basta! ¡Déjenme en paz! — recriminó Thomas. — ¿No se cansan?

— ¡Levántate, infeliz! ¿No sabes comportarte como un hombre? — vociferó un muchacho de ojos saltones que recordaba la cara de un sapo. Este era Larry.

— Claro que soy un hombre… — dijo pretendiendo no tener miedo. — sólo que UNO contra TRES. — agregó señalando con la cabeza a dos muchachos que aparecían por detrás de Larry. Se llamaban Paul y Lars, y se la pasaban riendo a espaldas de éste, regodeándose con la mala fortuna de las víctimas que atacaban.

— Te lo has ganado, Gryffin, nadie insinúa que soy un cobarde. — dijo el abusador y cerró la mano derecha, preparando su puño para golpear.

Antes de que alguno de los dos se moviera, una voz susurrante invadió el callejón.

— ¡Déjenlo! ¡Déjenlo en paz y váyanse! — manifestó alguien a quien nadie podía ver.

Los incrédulos ojos de Larry giraron en todas direcciones mientras que Paul y Lars huyeron despavoridos al grito de: ¡Fantasmas! ¡Hay fantasmas en el callejón! ¡Salgamos de aquí!, y se perdieron al doblar la otra esquina. Larry ni se movió, quedó paralizado a punto de golpear a Thomas en un ojo.

— Q, qu, ¿quién está ahí? Da la cara que esto no es gracioso… — atinó a balbucear. Nadie contestó, y de la nada, una brisa fría se hizo presente sacudiendo algunos volantes pegados en las paredes, arrastrando otros del piso, ahuyentando a un grupo de palomas apostadas en los techos lindantes.

Larry dedujo que sólo se trataba del viento, por lo que se dispuso a retomar sus asuntos. Nuevamente preparó el puño derecho, y nuevamente la rumorosa voz lo sentenció:

— ¿Que no lo entiendes…? — se hizo una pausa de tres segundos y concluyó con: …Larry? — cuando el bravucón oyó su nombre, soltó a Thomas de inmediato, olvidándose de todo, y desapareció del callejón tan veloz como un relámpago.

Thomas retrocedió con cautela, escrutando cada centímetro a su alrededor. Él también pensaba en fantasmas, pero en su interior algo le decía que se trataba de una presencia amiga, y por ello no temió. Sonrió agradecido, se acomodó la ropa lamentando lo del suéter roto y recogió sus libros. Antes de salir del callejón espió con sigilo; por fortuna no había nadie, así que pudo retomar la calle rumbo a la escuela.

Absorto en pensamientos lógicos que explicaran lo sucedido en el callejón, el muchacho no advirtió que otra vez estaba llegando tarde al salón de clases. Para ganar tiempo atravesó el prado de tréboles que era el orgullo del Sr. Mc Cully, el jardinero del colegio. Si éste lo atrapaba pisoteándolo sería su fin, no sólo porque lo delataría con el director, sino porque lo haría trabajar con él durante semanas hasta reparar el daño.

El Hudpridd College era la única institución educativa del pueblo. Construido en un principio como Residencia Real, no fue hasta el año 1291 que se fundó como Colegio. Poseedor de un imponente estilo fortificado, gozaba de gran misterio por haber sido marco histórico de famosos relatos sobre caballeros artúricos, disputas de nobles y, en ocasiones, hasta de brujería.

Thomas adoraba pasear por sus extensos campos de pasto prolijamente cortado, y adentrarse en el pequeño bosque aledaño. Solía ir allí durante el recreo para sentarse bajo un árbol y escribir en su cuaderno de anotaciones, o como él prefería llamarlo: “Cuaderno de Campo”; donde tenía asentado todo lo que le interesaba saber sobre hadas, elfos y criaturas mágicas.

Aquel 1958 era su segundo año de estudios secundarios y le costaba adaptarse. Las cosas ya no funcionaban como antes, como cuando se compartía la inocencia de ser niño. Esta se había perdido en sus compañeros pero no en él, y por ello, se sentía más solo que nunca.

Pasó por la puerta principal como un caballo desbocado y tomó el corredor oeste. Patinó un largo trecho antes de llegar a la puerta de su salón. Se metió la camisa dentro del pantalón, y en él, a la altura de las pantorrillas, se lustró los zapatos llenos de polvo. Antes de entrar, se pasó una mano por el flequillo para lucir más presentable.

Respiró hondo, y tratando de no generar revuelo con su llegada, abrió muy lentamente la puerta del aula. De nada le sirvió tanta cautela, se oyó un chirrido horrible a madera y bisagras mal aceitadas que hizo que todos sus compañeros de clase dejaran de escribir y levantaran sus cabezas para ver de qué se trataba. Madame Thompson, la profesora de historia, lo observó a través de unos anteojos de grueso marco rojo con claro gesto de desaprobación. Meneando la cabeza de lado a lado, le ordenó que se sentara.

De camino al pupitre Thomas podía sentir a cada una de las miradas perforándole la cara, haciéndolo sentir más miserable y humillado. Al verlo pasar, dos chicas le sonrieron sin poder ocultar la picardía que en sus ojos había. Mmm…, eso sí que es raro: Katy y Sally saludándome… ¿Estarán locas?, pensó en un milisegundo. Al pasar frente a Lars, notó que éste le hacía una mueca estúpida. Ni bien Thomas miró hacia otro lado, sus libros volaron por los aires y él cayó al piso. Larry, quién se sentaba detrás de Lars, le había puesto la traba. Agachándose un poco, el gorila le advirtió que eso era sólo el comienzo, apenas una pizca de su venganza por lo que había pasado en el callejón. Le dejó en claro que no se olvidaba de aquello y que pagaría caro su atrevimiento.

Mientras todos reían y Madame Thompson imponía orden en la clase, el muchacho juntó sus cosas y se sentó. Avergonzado por completo, se auto recriminaba con preguntas como: ¿Por qué me suceden estas cosas? ¿Por qué soy tan torpe?

Sacó los libros correspondientes a la clase del día y trató de acoplarse a la misma.

— Historia…, maldita sea… — dijo en voz muy baja. Parecía como si todos los años repasaran lo mismo. Además, la voz de Madame Thompson aportaba el ingrediente clave para que la clase fuera aburrida: aquella mujer hablaba casi sin respirar y poseía un registro de voz tan agudo como irritante.

Thomas miraba con aversión el título de su libro: “Historia Contemporánea”. No pudo evitar distraerse. Observó por una de las ventanas a los campos del colegio y a los árboles en la distancia, quedando sumido en su propia fantasía. Pensaba en los cuentos de tía Sophie, los imaginaba con gusto. Era la manera con la que evadía, aunque fuera por un rato, las penas del mundo que conocía y del cual se sentía ajeno.

Pasaron varios minutos sin preocuparse de lo que sucedía a su alrededor, hasta que un llamado de atención lo trajo de regreso a la realidad.

— ¡Thomas!, ¿Qué pasa que no escuchas? — preguntó Madame Thompson, a su lado en ese momento. — ¿Qué tienes entre las hojas?...MUÉSTRAMELO. — le ordenó. Antes de que él pudiera entregárselas, la profesora se las quitó y las examinó una por una. El resto de clase se estiró tanto como pudo para ver lo que ocurría. Algunos rieron por lo bajo, otros se miraron sorprendidos, y Larry lanzó una risotada desagradable.

— ¡¿Otra vez, Thomas?! ¿No habíamos solucionado este tema? — demandó la profesora, indignada y agitando las hojas arrebatadas. Todos en la clase rompieron en carcajadas.

Lo que provocaba la risa colectiva era la razón de que en el colegio siempre se burlaran de él, de que lo vieran como a un bicho raro. En otras oportunidades ya había sido sorprendido, varias veces, por dibujar en horas de clases. Esbozaba en ellos hadas en pleno vuelo, guerreros en armas, monstruos gigantes y castillos de cristal a los pies de cascadas majestuosas.

Madame Thompson le pidió que la acompañara. Salieron al corredor y allí lo reprendió en privado.

— Gryffin, sé que no eres mal chico, pero estas cosas no hacen más que perjudicar tu formación. No me dejas otra alternativa más que comunicarle esto a tu tía, a ver si ella puede ponerle fin a tus desvaríos con mundos mágicos. — concluyó con tono muy severo, percibiéndose cierta decepción.

Cinco minutos después regresaron al salón para terminar la jornada de la mejor manera.

A las 15hs en punto sonó la campana que anunciaba el fin de otro día de escuela. Thomas se demoró a propósito en acomodar sus libros, dado que sabía muy bien lo que le esperaba a continuación. Y suponiendo que Larry podría estar ahí afuera, en cualquier lugar, aguardando para darle una golpiza, optó por retirarse lo más lento posible; tal vez, su archi enemigo lograría calmarse un poco.

Abrió la puerta del aula y asomó la cabeza, luego miró por el corredor hacia ambos lados. Estaba vacío, era buena señal. Corrió casi en puntas de pie hasta alcanzar la puerta principal, como si fuese un agente secreto procurando no hacer ruido. Al salir del colegio volvió a escudriñar el perímetro. Seguía con suerte, no veía a nadie; caso contrario, una multitud de chicos se hallaría expectante, con ticket de primera fila para no perderse el espectáculo de la tarde: “Gryffin El Raro Vs. Larry El Sapo Gorila”, pensó imaginando un colorido pasacalles.

Pronto llovería, así lo indicaban las esponjosas nubes a punto de reventar, por lo que Thomas se apresuró en regresar a su casa. Sin que fuera ese su propósito llegó hasta el comienzo del callejón por el cual había pasado en la mañana. Se detuvo a pensar una ruta alternativa, pero decidió cruzarlo de todos modos porque significaba un atajo considerable. Ingresó en él corriendo, y tuvo que esquivar de un salto a un gato que salía de un bote de basura caído. Cuando llegó al final del trayecto giró hacia la izquierda tan bruscamente que no pudo evitar chocar contra algo que lo derribó. Se levantó de un tirón y comenzó a pedir disculpas, pero, para su sorpresa, no había nadie tendido en el piso como él imaginaba. Sin embargo, una mujer envuelta en una capa color bordó se alejaba de la escena sin siquiera haberle reprochado por el accidente. A Thomas le llamó mucho la atención no haberla lastimado, podía apostar que el golpe había sido tremendo. Pero, más allá de eso, le pareció ver algo que lo exaltó e hizo que miles de alertas internas se le dispararan: podría jurar que la desconocida dama sostenía en su mano izquierda el trozo de suéter que había quedado enganchado en el poste de madera del callejón donde la voz susurrante se había escuchado.

Vacilante la observó alejarse y doblar la otra esquina. Durante un par de segundos se debatió entre si era sensato ir tras ella o no. Dado que la tormenta empeoraba en truenos y relámpagos, optó por volver a casa. Necesitaba tranquilizarse.

— Este día no ha sido uno de mis “mejores peores”. — pensó al mismo tiempo que se fastidiaba por ello.

Luego de los inusuales eventos en el callejón, Thomas creía que lo estaban siguiendo. Sentía como si lo observaran desde arriba y eso lo ponía muy nervioso; miraba al cielo pero no había nada a qué temerle, aunque creyó ver a un meteorito caer. Caminó lo más rápido que pudo, volteando de tanto en tanto para comprobar que detrás de él no iba nadie.

— Por suerte la lluvia ahuyentó a Larry, seguro que su madre pasó por él con el coche. — se dijo en voz baja.

Metros antes de llegar a la empinada callecita que lo conducía hasta su casa divisó unos destellos de luces azules y rojas que giraban en círculo continuo. Pensó en lo peor. Las piernas se le aflojaron y un sudor frío le corrió por la espalda: una ambulancia estaba estacionada frente a su puerta. Con miedo y angustia se dirigió al chofer y le preguntó qué sucedía. Éste le contó que venían a revisar a una señora mayor que había reportado mareos y malestar general.

Veloz como una flecha entró en la casa, subió las escaleras y entró en la habitación de su tía. Sophie se hallaba recostada en su cama con dosel de elegante roble inglés.

Tres personas más estaban allí: dos enfermeros y el Dr. Grint, un viejo amigo de la familia que ordenaba su maletín sentado sobre un baúl de madera ubicado al pie de la cama.

— ¿Qué sucedió Dr.? ¡Dígame por favor! — exigió saber muy compungido.

— ¡Thomas! ¡Qué bueno es volver a verte! — dijo el anciano en voz baja. — No ha pasado nada, debe haber comido algo que estaba en mal estado. Ahora se siente mejor, pero sería bueno que la vigiles esta noche; sólo por si acaso… — le aconsejó al oído, y luego se retiró junto con los enfermeros de la ambulancia.

Thomas observó a su tía quién desde la cama le devolvía una cándida sonrisa.

— No te preocupes, Thomas, hoy estuve en el patio comiendo duraznos de los árboles y me temo que abusé de ellos; creo que comí media docena… — le confesó. — Cuando empecé a sentirme mareada llamé urgente al Dr. Grint.

— ¿Estás segura de que fue eso? Siempre estás comiendo de ésos árboles y nunca te ha pasado nada… — indagó el chico.

— Sí, querido mío, no te preocupes. Ahora ven, acércate y cuéntame cómo te fue en el colegio. — solicitó ella con ternura palmeando un costado del colchón para que su sobrino se sentara.

Thomas no pudo negarse a esos encantos maternales y fue junto a ella. Le contó con lujo de detalle lo sucedido, desde el callejón hasta que había regresado a la casa. Cuando mencionó lo de la voz susurrante notó un cambio repentino en el semblante de Sophie, así que prefirió obviar el resto que involucraba a la extraña mujer para no sobresaltarla.

Dispuesto a colaborar con su recuperación, pensó que sería buena idea llevarle un plato caliente a la cama. Bajó a la cocina y preparó una rica sopa de arvejas con trocitos de carne y queso. Volvió al cabo de media hora, cargando una bandeja con dos platos para poder cenar juntos allí en la habitación.

— ¡Dios mío, Thomas! ¡Qué sorpresa! ¿Cuándo aprendiste a cocinar? — exclamó Sophie maravillada.

— Aprendí de ti. Te he observado tantas veces que terminé por aprenderme varias recetas. Además, lo encuentro divertido.

— ¡Jajaja! No dejas de sorprenderme…; eres igual a tu padre.

Tomaron la cena sin prisa y aprovecharon el momento para ponerse al día. Sophie le consultó, entre otras cosas, sobre los exámenes que tendría el mes siguiente. Thomas estaba algo atrasado con sus estudios, y si nadie lo presionaba, luego sería peor. Se preocupó también por el constante acoso de Larry, pero más le preocupaban las reiteradas notas que debía devolver firmadas a Madame Thompson.

Thomas, quién respetaba cada palabra que emitía su tía, no dudó en preguntarle cierta cosa que lo perseguía y que, a su vez, le servía de respuesta a todo lo anterior.

— Tía, ¿soy un tonto por creer en que las hadas y los elfos existen?

— No, por supuesto que no. Jamás pienses eso. Que la mayoría de las personas no crean en algo no quiere decir que tal cosa no exista. — aseveró la tía.

— Pero nadie sabe con certeza si existen o no…

— Pasa que no todos saben TODO sobre hadas…, como piensa Madame Thompson, por ejemplo.

Aquel intercambio de ideas incitó a Tía Sophie para seguir hablando, y continuó con la frase que Thomas siempre esperaba oírle decir: “Las hadas existen…”. Más que una explicación, ella ofrecía toda una lección al respecto, con elementos claros que denotaban gran sabiduría. Acomodándose la almohada en la espalda, le contó que en el mundo se debatían varias opiniones acerca del verdadero origen de las hadas. Algunos afirmaban que, tanto las hadas como los elfos, habían nacido fruto de la imaginación del hombre, que al concentrarse tanto en seres mágicos y extraordinarios, un día simplemente cobraron vida en todo mundo.

Otros, en cambio, aseguraban que el reino de las hadas era tan antiguo como el nacimiento del primer ser humano, y a éste lo conformaban ángeles caídos desde el mismo cielo, y que ya no podían regresar o descender a los infiernos.

Aprovechando el interés de Thomas por seguir oyendo, Sophie relató, como tantas veces ya había hecho, la teoría que más le agradaba a su sobrino. Era una que decía lo siguiente:

Una vez, se hallaba Eva a orillas de un río bañando a sus hijos cuando escuchó a Dios que la llamaba. Temerosa, Eva escondió a quienes aún no había bañado para que éste no los viera. Pero Dios, quién todo lo ve y todo lo sabe, le preguntó si junto a ella se encontraban todos sus hijos. Eva mintió, respondiéndole que sí. Entonces, El Señor, como castigo le dijo que aquellos a los que había ocultado permanecerían invisibles por siempre ante los ojos de los hombres. Y fueron, justamente esos niños y sus descendientes, quienes se convirtieron en Hadas y Elfos.”

— ¿Alguien conoce la ubicación exacta del mundo de las hadas? — preguntó Thomas.

— Se sabe que es un reino oculto, cuya locación escapa a una zona geográfica en particular. La gran mayoría concuerda en que se la puede ver en el horizonte, adoptando la silueta de una isla. — aseguró Sophie.

— ¿Y tú sabes dónde está esa isla? — inquirió siempre curioso él.

— ¡Dios mío, pero mira la hora que es! — exclamó su tía chequeando el reloj de pared. — No te preocupes por eso, y concéntrate más en tus estudios. Y ahora vete a dormir que yo necesito descansar. Mañana tienes colegio y deberías llegar a tiempo…, para variar. — le ordenó guiñándole un ojo. Él la obedeció sin chistar y se retiró a su cuarto, que se ubicaba justo frente al de ella. Por precaución dejó la puerta abierta.

La habitación de Thomas era pequeña, pero para él un verdadero santuario. Lo separaba del mundo real durante varias horas y así podía sumergirse en lo que más le apasionaba: mundos mágicos, con hadas, elfos y guerreros. En dos paredes exponía con orgullo sus propios dibujos, plasmando en ellos todo lo que admiraba de los cuentos de tía Sophie.

Su cama era bastante grande y confortable, ubicada al lado de la única ventana de la cual colgaban cortinas blancas translúcidas que ondeaban hacia fuera, donde una prístina luna llena lo bañaba todo con su luz. Se dejó caer de espaldas sobre el colchón y allí quedó tendido, mirando a través de la ventana que a su vez daba al patio trasero. Comenzó a imaginar miles de cosas. Pensaba en lo bueno que sería vivir en algún lugar donde no existieran las penas; en ello se detuvo un rato largo, hasta perderse en meros desvaríos. La brisa suave de la noche agitaba las hojas de los árboles y emitía un arrullo tan seductor que, en cuestión de minutos, lo indujo al más profundo de los sueños.

Ya pasada la medianoche, un ruido que venía desde afuera lo despertó. Tal vez es otra paloma a la deriva, supuso adormilado. Encendió la luz del velador, abrió bien los ojos y examinó la habitación. Al no ver nada raro, se arropó de nuevo e intentó dormirse. No le costó mucho.

Al rato comenzó a soñar que alguien lo llamaba, pero no veía nada más que un fondo negro y dos ojos verdes que lo miraban sin parpadear, expectantes. También comenzó a transpirar, y a medida que pasaban los minutos, el sudor se hizo más y más copioso. La incomodidad lo hizo rodar de un lado al otro del colchón. De pronto, los brillantes ojos miraron hacia abajo, para luego cerrarse y desaparecer. En ese preciso instante, Thomas despertó.

Afuera, la suave brisa se había transformado en viento de tormenta y hacía flamear las cortinas. Se levantó y fue hasta la ventana para cerrar los postigos, y antes de hacerlo, echó un vistazo al patio trasero. Algo muy raro sucedía, pues con la ayuda del alumbrado público podía ver que en el jardín nada se movía, ni una rama, ni una hoja; además, el único sonido audible era el de las gotas de lluvia que comenzaban a repiquetear sobre el techo de madera.

Súbitamente, el suministro eléctrico se desvaneció.

Parecía un apagón general. Sólo la luna, que se filtraba por entre nubarrones, iluminaba parcialidades del patio y el interior de la casa.

Desesperado, Thomas tanteó a ciegas en su mesita de luz y sacó de uno de los cajones la linterna que siempre tenía a mano. Quiso encenderla, pero estaba tan nervioso que los dedos resbalaron. Cuando pudo sostenerla bien oprimió el botón de encencido y enfocó en todas direcciones. Se concentró en el pasillo, en la puerta del cuarto de Tía Sophie. La luz penetró en la negrura y lo primero que iluminó fue a una silueta que pasaba caminando justo frente a la cama de su tía. Antes de que pudiera hacer o decir algo, la puerta se cerró de golpe.

¡Pavor!, sintió Thomas, como si hubiera visto un fantasma.

Por un segundo dudó en seguir, pero su coraje pudo más. No iba a dejar que nada le sucediera a su tía, así que se calzó las pantuflas y salió de la habitación.

De camino no dejó nunca de iluminar a la otra puerta, nada más le prestaba atención a la aureola del haz de luz que emitía la linterna.

Abrió la puerta con cuidado y miró detrás de ésta. No había nadie.

Tal vez estoy tan cansado que imagino cosas, pensó. Fue hasta la cama y examinó a su tía. Sophie aun dormía. El chico se acercó y en voz baja le preguntó si se encontraba bien. Ella no contestó, ni siquiera se movió. Volvió a hablarle, pero tampoco obtuvo respuesta.

— ¿Qué pasa, tía? ¿Estás bien? ¡Despierta, por favor! — reclamó asustado.

— No puede escucharte, querido…, y tampoco puede hablar. — se oyó decir a una voz que llegaba desde las sombras. — La vida de tu tía corre grave peligro. — sentenció.

Thomas se dio vuelta y apuntó la linterna hacia dónde su instinto le dictó. Horrorizado descubrió a una mujer, de pie, en un rincón, con la mirada puesta en el vértice exacto que formaban dos de las cuatro paredes. Y antes de que volviera a parpadear, alcanzó a ver un par de alas translúcidas en la espalda de aquella extraña. Un par de alas como las de un ángel, que al cabo de un par de segundos se hicieron completamente invisibles.