El Entrenador

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Sinopsis

A Ellen le preocupa el estado de ánimo de su amiga Laia, después de que haya pasado la noche con Jared, su amor platónico de la universidad. ¿Será porque Laia sabe que no va a conseguir nada más que sexo con él, y ella está enamorada, o es que ocurrió algo más esa noche?

Genero:
Romance
Autor/a:
ElenaTomas
Estado:
Completado
Capítulos:
31
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1. ¿Qué pasó anoche?

Ellen se levanta temprano. Regresó pronto de la fiesta de anoche, que los veteranos de la universidad celebraban en el campus. En realidad, no habría ido, pero su amiga Laia insistió, porque quería encontrarse con Jared, su amor platónico de los últimos cuatro años.  Fueron juntas, se tomó una copa y cuando dejó a Laia en buena compañía, volvió a casa antes de la media noche. No se enteró de la hora de regreso de su amiga, pero conociéndola, lo más seguro es que llegara poco antes de que ella se levantara para ir a desayunar a la cafetería de la plaza.

Ellen y Laia se conocieron en la universidad. Ambas provenían de familias adineradas. El padre de Laia era director de una gran multinacional. Su madre, marchante de arte. Los dos viajaban constantemente y la idea de que su única hija viviera en un piso compartido, cercano a la universidad donde cursaría Derecho, les pareció la idea más acertada.

Los padres de Ellen eran propietarios de un importante bufete, donde su hijo mayor, Dante, ya había empezado a ejercer la abogacía. Ellen decidió estudiar Derecho no solo por tradición familiar, sino porque quería hacerse cargo de todos los casos que el bufete de sus padres rechazaban: desahucios injustos, extradiciones injustas... y otras causas que para Ellen también eran injustas.

Cuando conoció a Laia y la invitó a compartir el piso que sus padres le habían comprado cerca de la universidad, le pareció una gran oportunidad para huir del control que sus padres tenían intención de ejercer sobre su carrera, sus prácticas y su vida. Ambas tenían muchas cosas en común, pero la mayor diferencia que existía entre ellas era que, mientras Ellen tenía el propósito de aprender y ejercer su profesión para cambiar el mundo, Laia buscaba la salida más fácil para entrar en el mundo laboral, con la influencia de sus padres, a través de las puertas que le abriría la carrera de Derecho. Las dos eran muy inteligentes, estaban llenas de vitalidad y les gustaba mucho divertirse, aunque a Laia parecía que le costaba más encontrar la diversión sin la ayuda del alcohol. Eso era algo que a Ellen desesperaba, pues veía cómo su amiga perdía el control con varias copas de más y eso la disgustaba. Intentaba sacarla del ambiente de fiestas universitarias donde el alcohol siempre era un invitado indispensable, pero Laia se había enamorado locamente de Jared, un estudiante un año mayor rque ella, al que quería seguir allá donde fuera. A pesar de que habían terminado la carrera el pasado año, Ellen y Laia seguían viviendo juntas en el mismo piso. Ellen había empezado a trabajar, a media jornada, en un pequeño bufete del centro, donde solían llevar casos de maltrato. Sus padres habían puesto el grito en el cielo por semejante decisión, pero su hermano Dan les convenció de que podía ser una buena opción para que se diera de bruces con una dura realidad, que posiblemente la animara a unirse al bufete familiar al poco tiempo. Laia había conseguido un puesto en una de las empresas de su padre y en todo el año había ido a trabajar solo un par de meses. Cobraba un importante sueldo tanto si se presentaba a la oficina como si no, y cumplía religiosamente las indicaciones de su padre, cuando le pedía que hiciera de perfecta anfitriona en las recepciones que su empresa organizaba para ejecutivos que venían de visita. Quizás no necesitaban nada más de ella, era una labor que no le disgustaba y tenía libertad económica. No tenía más aspiraciones profesionales, por el momento.

Cuando Ellen regresa a casa, después de tomar un suculento desayuno y sumergirse en la lectura del libro que la tenía enganchada, se sorprende al ver a Laia tumbada en el sofá:

—Te has levantado muy pronto, ¿no? ¿La resaca? —le pregunta.

Laia hace un leve movimiento con su cabeza como respuesta.

—¿Has desayunado? —sigue preguntando Ellen— No hay mucho para elegir, pero un café con aspirinas y una tostada puede que te venga bien.

—No tengo hambre —responde Laia, casi en susurros.

—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?

—No.

Ellen se sienta a su lado. Conoce el estado resacoso de su amiga, pues lo ha visto en demasiadas ocasiones, pero esta vez, nota algo distinto.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

—No.

—¿Qué pasó anoche?

—Nada.

A Laia le cuesta hablar, y no solo por el dolor de cabeza, que ya ha empezado a remitir, después de tomarse un par de aspirinas, sino porque siente una fuerte opresión en el pecho.

—Laia, algo te pasa, y me parece que no es solo por los efectos secundarios de una borrachera. ¿Quieres contármelo?

—No —tras esa rotunda respuesta, Laia se levanta del sofá y se mete en su habitación.

Sin duda, Laia está disgustada y Ellen sospecha que sea por algo ocurrido con Jared. Hacía un par de años, cuando habían pasado de tener conversaciones sobre jurisprudencia y artículos legales, a temas más personales, Laia se había hecho ilusiones sobre la relación que podría iniciar con ese chico, al que llevaba dos años observando desde la distancia. Sin embargo, la noche que ella pensaba que sería la que se dieran su primer beso, lo encontró con la lengua metida en la boca de otra chica de su clase. Eso la sumió en una profunda tristeza que le costó varios días abandonar.

La expresión que había en la cara de Laia esa mañana, antes de que se levantara del sofá para irse a su habitación, era muy parecida a la de aquella noche.

Ellen espera pacientemente a que su amiga decida levantarse varias horas después. Parece algo más descansada, pero la tristeza no ha desaparecido de su rostro.

—¿Estás mejor? —le pregunta Ellen.

—Mejor —responde Laia —. Me voy a dar una vuelta.

—¿Te acompaño?

—No. Gracias.

—Laia, espera, ¿qué te pasa?

—Nada.

—Habla conmigo. Sea lo que sea, contarlo seguro que te hace sentir mejor.

—No lo creo. Me voy.

Aunque insiste un poco más, Ellen no consigue que su amiga le comparta lo que le abruma. Se queda preocupada, pero no sabe qué más hacer. Laia era muy extrovertida, siempre le había contado todo lo que le preocupaba, lo que sentía, lo que pensaba. Ese silencio la había desconcertado, pues no era nada habitual en ella.

Al ver que no regresa en toda la tarde, Ellen la llama por teléfono en varias ocasiones, pero Laia no responde. Solamente le envía un mensaje, casi al anochecer, para decirle que va a quedarse a dormir en casa de sus padres.

Durante los siguientes días, Laia se muestra algo distante, y por mucho que Ellen intenta convencerla de que le cuente lo que le pasa, su amiga le insiste en que todo ha quedado olvidado y que no tiene por qué preocuparse.

Pero Ellen se preocupa, y más cuando un par de semanas después, Laia rechaza ir a una fiesta en el campus, a la que Jared iría seguro, porque la organizaban los de su promoción. Y es que Jared había encontrado un buen negocio organizando las fiestas universitarias, a pesar de que habían pasado ya dos años desde que él había dejado de ser alumno.

—Pues yo sí que voy a ir —le dice Ellen, a ver si así consigue animarla—. Me ha invitado Dan, dice que también van a ir sus amigos de la uni...

—Diviértete —le dice Laia sin más.

Ya se había arreglado para salir, pero el hecho de que Laia rechazara esa fiesta tan rotundamente, hace que Ellen tome una determinación:

—No, Laia, no pienso divertirme, porque no me muevo de aquí hasta que no me cuentes qué te pasa.

—Que no me pasa nada, no seas pesada.

—Te conozco desde hace mucho tiempo, Laia, y no has rechazado ir a una fiesta, ni cuando tenías 38 de fiebre. ¿Qué pasa?

—Que he madurado. Ya no me interesan las fiestas universitarias. Quizás me esté haciendo mayor y eso está lleno de niñatos.

—Te compraría ese argumento en cualquier otro momento. Pero justamente, a esta fiesta están invitados los exalumnos, así que no solo encontrarás niñatos.

—No me interesa.

—¿No te interesa la fiesta o no te interesa Jared?

Al escuchar su nombre, el rostro de Laia cambia ligeramente y, aunque lo intenta disimular, no puede evitar que se le frunza el ceño levemente.

—¿Es por él? —insiste Ellen— Vamos, Laia, sé que es por él y por algo que ocurrió aquella noche. ¿Qué pasó? ¿Lo viste liándose con otra?

—No —Laia intenta contener las lágrimas, pero no puede.

—¿Qué pasó? Sabes que puedes confiar en mí.

—Soy una imbécil, Ellen.

—No, no lo eres. Eres una tía genial, muy guapa y muy lista. Y no soporto verte así. Cuéntame qué ocurrió.

—No soy lista. Soy una idiota. Una idiota borracha y estúpida que...

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué pasó?

—Estuve con Jared —empieza a decir Laia con voz trémula—. Me acosté con él.

—¿Y? ¿Pasó de ti? ¿Te trató mal?

—Me utilizó.

—¿Te utilizó? ¿Qué quieres decir? ¿Sólo quería sexo?

—Sí.

—Y tú querías algo más, ¿no? ¿Se lo dijiste?

Laia no responde. Baja la cabeza y deja que las lágrimas resbalen por su rostro. Ellen se acerca a ella, la rodea con sus brazos e intenta calmarla:

—Ya sabes cómo es, Laia. Lo has visto con muchas mujeres durante todo este tiempo. Estás encaprichada de él desde primer curso, pero ya sabías que él tenía otro tipo de interés. Es un imbécil. Un cerdo y un imbécil. Pero él se lo pierde, cariño. No tiene ni idea de lo que se está perdiendo por...

—No es eso. Sabía que solo sería sexo. Me lo dijo —dice Laia, apoyada en el hombro de su amiga.

—Bueno... Pues ya está. Tú aceptaste, tú también quisiste. No pasa nada. Tienes que olvidarte de él. Ya sabes que no vas a conseguir nada de él. Olvídalo.

—No puedo.

—¡Claro que puedes! No te merece. Ha sido solo sexo, vale, pues ya está. No esperes nada más de él.

—No estaba solo —le dice Laia y Ellen la aparta. La mira a los ojos y espera que siga hablando—: Eran dos.

—¿¡Qué!? ¿Te acostaste con...?

—Fui su juguete, y yo no quería... No quería, pero estaba allí y...

—¡Espera! ¿¡Abusaron de ti!?