Florescencia

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Sinopsis

Cuando Julie se muda de la metrópolis de Seattle a la pequeña ciudad de Goldmont durante el verano de su segundo año de secundaria, sus prioridades son claras: pasear por los pintorescos barrios y el bosque, sacar fotos hasta que su cámara no dé más, tal vez buscarse un empleo de medio tiempo para costear su preciado hobby, y evitar cualquier tipo de contacto con la gente de su edad. No quiere amigos nuevos; tuvo suficiente con las últimas. Pero cuando el destino tiene planes para ti, poco y nada puedes hacer para evitarlo. Mientras pasea casualmente en una librería, un grupo de adolescentes entra al local con intenciones de grabar una escena para un corto. A pesar de sus prioridades, Julie se queda para observar el proceso, tanto por lo peculiar de la actividad como por la apariencia dispareja del grupo. Nunca se hubiera imaginado que este pequeño acto de curiosidad terminaría dejando su vida patas para arriba. Kiki y Ben, amigos de la infancia, hacen un especial esfuerzo por integrarla al grupo a pesar de sus resistencias. Acostumbrada a amistades apáticas, la calidez con la que la reciben deja a Julie en un incómodo estado de confusión. Especialmente Ben, cuya incansable amabilidad despierta todo tipo de emociones inesperadas en su interior. A través del territorio inexplorado minado de sus miedos, puede que la espere una decepción sin precedentes o una amistad salvadora... y, por qué no, el amor.

Genero:
Romance
Autor/a:
Valeria Laurino
Estado:
Completado
Capítulos:
44
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

1 – Soledad y mudanza

La última foto que tomé en Seattle antes de que nos mudáramos fue un plano general del edificio de mi secundaria. Era una mañana de sábado, así que el terreno estaba mayormente vacío excepto por algunas pobres almas que tenían actividades de sus clubes. Un conjunto de nubes de distintas densidades escondía parcialmente el sol y causaba una ausencia de contrastes que hacía que el edificio se viera incluso más deprimente y desolado de lo que ya era. Una buena representación de cómo ese lugar me había hecho sentir durante los últimos meses. Era increíble cómo las fotos a veces hacían eso si lograbas captar el momento justo: podrías contener una vida entera en un segundo congelado. Y supongo que era apropiado atrapar un mal año de mi vida dentro de una foto antes de mudarme a otra ciudad. Me dio una especie de cierre.

En realidad, ya me estaba acostumbrando a vivir la secundaria sin amigas. Recientemente, me había dado cuenta de que tampoco las necesitaba demasiado; me gustaba pasar tiempo sola y con mis padres, y tenía menos distracciones para estudiar. No me hubiera matado pasar dos años más así; en realidad, seguramente me habría beneficiado mi futuro académico. Pero ni bien mis padres mencionaron que estaban pensando en mudarse, sentí una chispa encenderse en mi pecho. Me agradaba la idea de nunca más pisar ese edificio o compartir clases con gente que no tenía interés en mí. De todas formas, no era como si mi vida cotidiana fuera a cambiar mucho cuando nos mudáramos. No estaba dejando nada atrás y no tenía intenciones de encontrar nada nuevo tampoco. Mis padres tenían sus propias razones para mudarse: principalmente, estaban cansados de vivir en una gran ciudad donde no se sentían seguros, y no podían imaginarse a sí mismos viviendo allí después de retirarse. Creo que nuestros intereses se alinearon un poco en ese aspecto, así que después de varios meses de entrevistas laborales por teléfono y mirar los clasificados, tomamos la decisión los tres juntos y, cuando terminó mi año escolar, empacamos y nos fuimos.

El viaje desde Seattle hasta Goldmont fue de unas seis horas y en ese lapso vimos el paisaje cambiar de rascacielos a edificios bajos, casas y finalmente nada excepto bosque. Hicimos algunas paradas en el camino y pude estrenar mi nuevo rollo con algunas imágenes del paisaje. Papá me dijo que debería empezar a acostumbrarme a ver tanto verde porque nuestro destino estaba rodeado de él, y yo sentí la chispa en mi pecho brillar más fuerte.

Cuando pasamos el cartel de bienvenida en la carretera, papá se puso tan emotivo que tuvo que detener el auto y dejar que mamá condujera el resto del camino. Goldmont era la ciudad natal de mi papá y no había vuelto a verla desde el funeral de su madre, casi veinte años atrás. Se limpió lágrimas de los ojos y giró su cabeza para mostrarnos a mamá y a mí una cálida sonrisa. Atenta y rápida, logré capturar su expresión en una fotografía y él me dijo que querría una copia de ella más tarde, sin importar si había salido borrosa o fuera de foco por el movimiento del auto. Mi papá era un llorón naturalmente, pero nunca lo había visto así de emocionado excepto en las fotos de su boda o de mi nacimiento. La pura felicidad en sus ojos me sorprendió y deseé con todo mi corazón que la ciudad siguiera siendo igual de maravillosa como él la recordaba.

Las primeras casas que pasamos estaban lejos de la carretera y prácticamente escondidas detrás de los árboles (si bien no era una ávida defensora de las metrópolis, no podía imaginar vivir tan alejada de la ciudad), pero a medida que seguimos avanzando, el bosque dio lugar a una carretera curva que se abría a ambos lados de la ruta. Mientras papá indicaba que había que girar a la izquierda, yo bajé la mirada hacia el mapa que había impreso de la ciudad. Vista desde arriba, Goldmont tenía forma más o menos de ojo. La calle curva en la que estábamos tenía una forma apenas ovalada y daba la vuelta alrededor de la ciudad entera como un par de párpados; dos calles dentro del óvalo se cruzaban entre sí en el centro y lo dividían en cuatro cuadrantes. En el centro del ojo, a modo de pupila, en la intersección de esas dos calles, estaba la plaza municipal. De ahí las calles surgían en diagonales y cuadrículas en iguales cantidades, lo cual hacía que todo se viera como una confusa telaraña. A lo lejos al oeste, había unas sierras que iban hacia el sur y continuaban más allá del límite la ciudad. Antes de las montañas, por afuera de la circunferencia en el cuadrante sudoeste, había un enorme lago conectado a un río angosto que venía del sur junto a las montañas.

Mientras mamá nos llevaba por la calle circular hacia el cuadrante sudeste, bajé mi ventanilla para dejar entrar la brisa de verano. El aire olía a pino y tierra seca, mezclado apenas con asfalto caliente. A mi izquierda, podía ver los tupidos árboles que marcaban el límite de la ciudad, y a mi derecha, las cercas traseras de unas muy pintorescas casas. Cuando pasamos por el centro, tuve un vistazo de la plaza municipal circular hacia mi derecha. Seguimos yendo hacia el sur unos minutos más y luego papá indicó dónde hacer el giro hacia la derecha para llegar a nuestra calle. Diez cuadras después, mamá bajó la velocidad y detuvo el auto. Los tres nos quedamos un momento en silencio observando nuestra nueva casa por la ventanilla.

Si eres como yo y solo has vivido en departamento, puedes imaginarte lo entusiasmada que estaba de ver la casa a la que nos estábamos mudando. Tenía dos pisos y un garaje; la madera de las paredes estaba pintada de blanco, mientras que la puerta y ventanas mantenían su marrón brilloso original.

Al caminar hacia el pórtico, los tres intercambiamos miradas y risitas antes de que mamá girara la perilla y abriera la puerta. Nos encontramos con un pasillo medianamente angosto que llegaba a la otra punta de la casa. Respiramos profundo y dimos nuestros primeros pasos adentro sobre un lindo piso de parqué oscuro. Hacia nuestra derecha estaba la puerta del garaje; en la misma pared, más al fondo, estaba la escalera, que era del mismo tono de marrón que la puerta y las ventanas. Del lado izquierdo, había aperturas para dos habitaciones. La más cercana a la entrada iba a ser la sala de estar y la segunda, el comedor. Contigua a este, sin nada más que un cambio de baldosa para diferenciar, estaba la cocina. Mis dos padres eran cocineros, así que la cocina era la parte más importante de la casa. En nuestro departamento de tres ambientes solían tener problemas para guardar todos sus utensilios y frecuentemente se quejaban de la falta de espacio. Pero nuestra nueva cocina tenía una encimera con forma de L que ocupaba las dos paredes del fondo, y había una isla con cuatro taburetes entre esta y el comedor. Y ambas por supuesto tenían muebles profundos y espaciosos. Mamá casi lloró cuando los vio, a pesar de que ya había visto todo por fotografía.

El comedor tenía una gran ventana desde la que se podía ver el jardín, así que volvimos al pasillo principal y abrimos la puerta de vidrio que llevaba al patio. Sentí que se me elevaba el espíritu cuando vi el tamaño de ese jardín. Había un árbol cerca de la ventana de la cocina que brindaba una linda sombra al patio y otro árbol más hacia el fondo a la derecha para darle alivio del sol al césped. No podía creer que iba a vivir en una casa espaciosa y con tanto verde. Papá me dijo que había algo incluso mejor y me pidió que lo siguiera al piso de arriba.

La escalera terminaba en un pasillo angosto pero largo. Papá abrió la única puerta que había en el lado izquierdo del pasillo para revelar un amplio cuarto con su propio baño en suite. Este sería de mis padres, por supuesto. En el lado derecho del pasillo había dos puertas: la del fondo era el baño —mi propio baño personal— y la más cercana a la escalera era mi cuarto. Papá abrió la puerta con una sonrisa expectante y estuve a punto de preguntarle por qué estaba tan emocionado de mostrarme una habitación vacía, pero luego entré y vi que en el lado opuesto de la puerta había otra puerta de vidrio similar a la del pasillo de abajo. Detrás de la puerta había un balcón de madera lustrosa con barandal blanco. Solté un grito ahogado y me apresuré a través de la habitación para apoyarme en el borde. Desde aquí tenía vista completa las copas de los árboles del jardín y, si estiraba mi brazo, podía rozar con mis dedos una de las ramas largas del árbol que estaba encima del patio hacia la izquierda; en algún momento cuando el árbol creciera un poco más, seguramente cubriría mi balcón con un lindo manto de sombra. Pero la mejor parte era la vista más allá de nuestro jardín. Suspiré maravillada cuando levanté la mirada y vi las montañas a la distancia. Podía notar que la ciudad estaba levemente en bajada, lo cual permitía que los picos de las montañas fueran visibles entre las casas. Mis padres se acercaron al borde y nos tomamos un momento de calma y silencio para absorber todo. Con esta vista, poco y nada importaba el hecho de no tener amigas.

El camión de la mudanza llegó media hora más tarde y pasamos el resto del día cargando muebles pesados a través de puertas angostas o ventanas con los ayudantes de la mudanza. Yo traté de contribuir cargando cajas más pequeñas, pero la realidad es que me distraje mucho tomando fotos y casi no aporté nada. Decidí que iba a usar las 36 fotos del rollo para documentar ese día, porque se sentía importante para nuestra familia. A veces simplemente sabes cuando te encuentras en un lugar especial, incluso si no estás seguro aún el porqué. Así que tomé fotos de mis padres moviendo muebles o desempacando sus utensilios de cocina y encontrando que tenían lugar de sobra para comprar más si quisieran. Sus expresiones eran una maravilla. Tomé fotos del jardín, la escalera, las habitaciones vacías, mi balcón, mis padres parados en distintos lugares de la casa discutiendo cómo organizar los muebles. No quería desperdiciar ni una foto. Cuando llegué a la última del rollo, el sol ya se estaba escondiendo detrás de las montañas, el camión de la mudanza se había ido hacía una hora y estábamos todos exhaustos. Ubiqué la cámara sobre la mesa de la televisión y los tres nos sentamos en el sofá con los brazos alrededor del otro y unas grandes y genuinas sonrisas. Era un nuevo comienzo para todos.

Mamá había sabiamente considerado que estaríamos ocupados durante el día y destruidos al final de él, así que antes de que empezáramos nuestro viaje desde Seattle había preparado unos buenos sándwiches para el almuerzo y la cena. Así que después de comerlos entre suspiros de cansancio y contento, subimos las escaleras, nos maldijimos a nosotros mismos por no haber hecho las camas más temprano, y caímos dormidos casi inmediatamente.