El Diablo
El ruido de la fiesta era una masa informe de risas ensayadas y el tintineo de hielos golpeando el cristal de copas llenas de alcohol que costaba más que el alquiler promedio en Seúl. Para Kim Taehyung, el sonido era un eco lejano, como si estuviera bajo el agua. Estaba impecable; su traje de corte italiano se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, y su cabello oscuro estaba peinado con esa clase de descuido estudiado que gritaba éxito.
—Tae, en serio, te va a dar un aneurisma si sigues apretando la mandíbula así —dijo Park Jimin, su mejor amigo, mientras balanceaba una copa de champán con una mano—. Relájate. Es solo una cena.
Taehyung no respondió. Sus ojos estaban clavados en el epicentro de la luz, allí donde Jeon Jungkook, el heredero de la mitad de un imperio y el hombre que ocupaba cada uno de sus pensamientos desde hacía cinco años, reía con espontaneidad. Jungkook no necesitaba esforzarse; su carisma era una fuerza de gravedad propia. Y en ese momento, esa gravedad atraía a una mujer de vestido esmeralda.
—Mira cómo lo mira —susurró Taehyung, con la voz llena de un veneno que no era para Jungkook—. Ella sabe exactamente lo que está haciendo. Y él... él es tan inocente que ni siquiera se da cuenta de que ella está a un paso de proponerle matrimonio allí mismo, entre los canapés.
Jimin suspiró, dándole una palmada en el hombro que pretendía ser reconfortante, pero que solo sirvió para que Taehyung se sintiera más solo.
—Me voy a la barra. Esa chica de la esquina me está mirando como si fuera un postre y tú me estás tratando como a un mueble. Si decides dejar de ser un mártir, búscame.
Taehyung asintió sin mirarlo. Se quedó solo en medio de la marea de gente, sintiendo cómo el nudo de su corbata empezaba a apretarse hasta asfixiarle. “Daría lo que fuera”, pensó, y esta vez sus labios se movieron, dejando escapar las palabras en un aliento apenas audible.
—Daría todo por estar con él. Por ser yo quien lo hiciera reír así. Cualquier cosa.
Se dio la vuelta, necesitando huir antes de que sus celos se volvieran visibles para el resto de la junta directiva. Caminó por el pasillo que conducía a la zona de juegos del club privado, un lugar donde el ruido de la fiesta se filtraba de manera amortiguada. El salón era una estancia de techos altos, paneles de madera oscura y una iluminación tenue que caía sobre las mesas de fieltro como charcos ámbar.
Justo cuando cruzaba el umbral, una bola de billar, la número ocho, rodó por el suelo de madera y se detuvo suavemente contra la punta de sus zapatos negros.
Taehyung bajó la vista hacia la esfera negra y luego la levantó. Al fondo de la sala, apoyado sobre un taco de billar, estaba un hombre que no recordaba haber visto en la nómina de la empresa. Era delgado, casi parecía brillar bajo las luces bajas, y sus ojos eran dos hendiduras oscuras que parecían estar analizando la composición de su alma.
—Oye —dijo el hombre. Su voz era un barítono profundo, con una textura rugosa, como una combinación de papel de lija y terciopelo—. Tráeme eso, ¿quieres?
Taehyung, confundido por el tono pero extrañamente incapaz de negarse, recogió la bola. Caminó hacia él, notando que el aire, a medida que se acercaba, cambiaba de temperatura. Ya no olía a la fiesta; ahora olía a ginebra fría, a tabaco de pipa y a ese aroma ozonizado que flota en la atmósfera segundos antes de que un rayo impacte contra la tierra.
—¿No te han enseñado que es de mala educación ignorar a los invitados? —preguntó, dejando la bola sobre el borde de la mesa.
El hombre sonrió, pero no fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de un tiburón que acaba de encontrar una grieta en la jaula.
—¿De verdad darías lo que fuera, Taehyung? —preguntó el desconocido, ignorando su queja—. Porque el “lo que fuera” suele ser un precio que la mayoría de los humanos no saben calcular. No es una moneda que simplemente puedas sacar de tu billetera.
Taehyung se quedó helado. Sus manos, que hace un segundo estaban calientes por la agitación de la fiesta, empezaron a temblar ligeramente.
—¿Cómo... cómo sabes mi nombre? ¿Y cómo has oído lo que he dicho? Estaba solo.
—Nunca estás solo cuando pides deseos tan fuertes. —El hombre dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal con confianza—. Y sobre tu nombre... digamos que leo muchas listas.
Taehyung retrocedió, pero su espalda chocó contra la mesa de billar. El desconocido no se detuvo hasta que estuvieron a centímetros de distancia. De cerca, el hombre era devastadoramente atractivo, de una forma que resultaba casi dolorosa de mirar. No había imperfecciones en su piel, ni un solo poro fuera de lugar.
Antes de que Taehyung pudiera formular otra pregunta, el hombre le puso una mano en la nuca. Sus dedos estaban fríos, pero allí donde tocaban, su piel ardía. Sin previo aviso, lo besó. Sabía a licor de cereza amarga y a algo antiguo, como ceniza. Taehyung, contra toda lógica, no lo apartó. Se dejó llevar por la sensación de ser devorado por un extraño, sintiendo un hambre repentina por el hombre que lo estaba sujetando con tanta fuerza que parecía querer fusionarse con él.
Cuando el extraño se separó, sus labios estaban rojos y su mirada era más oscura que antes. Taehyung jadeó, tratando de recuperar el oxígeno que el otro le había robado.
—Eres... eres increíblemente atractivo —logró decir, con la voz quebrada—, y probablemente el mejor besador que he conocido en mis veintiocho años de vida, pero estoy enamorado de otra persona. Así que, quienquiera que seas, gracias por el momento, pero me voy.
El hombre soltó una carcajada, un sonido corto que resonó en la madera de la sala.
—Lo sé. Sé que amas a ese pedazo de carne sin gracia. Pero ese es el punto, Taehyung. Soy el Diablo. Y si quieres a ese chico, puedo ponértelo en las manos. Puedo hacer que te adore hasta que le pidas que se detenga.
Una risa nerviosa escapó de Taehyung mientras se ajustaba la chaqueta, buscando algo que hacer con las manos.
—¿El Diablo? ¿En serio? ¿Y dónde están las llamas y el azufre? Mira, si eres un actor contratado por Jimin para animarme, dile que se pasó de la raya con el beso.
—¿Quieres pruebas? —el hombre arqueó una ceja—. Pídeme algo y te lo daré. Lo que sea.
Taehyung lo miró con escepticismo, cruzándose de brazos. —Bien. Deseo probar el mejor helado de chocolate del mundo. Y lo quiero ahora. No mañana. Ahora.
—Concedido —dijo el hombre, chasqueando los dedos.
Lo que siguió fue un desenfoque de la realidad Taehyung no supo cómo, pero de repente estaba fuera del club, caminando hacia un deportivo negro mate que parecía una sombra sólida estacionada en la acera. El hombre abrió la puerta del copiloto.
—Sube. No querrás que se derrita antes de que lleguemos.
Condujeron por Seúl a una velocidad que debería haber atraído a toda la policía de la ciudad, pero los semáforos parecían ponerse en verde justo antes de que llegaran, y los demás coches se apartaban como si una mano invisible los empujara. Llegaron a una pequeña tienda en un callejón de Hannam-dong que Taehyung, a pesar de vivir en la zona, jamás había visto.
Entraron. El lugar estaba vacío, excepto por un anciano que parecía estar esperándolos. El hombre señaló una vitrina.
—Cacao de las tierras altas, fermentado en barricas de roble y mezclado con leche de vacas que escuchan ópera. El mejor del mundo, Taehyung. Pruébalo.
Taehyung tomó una cucharada de la copa que el anciano le entregó. Sus ojos se cerraron al instante. Era una epifanía. No era solo dulce; era una explosión de sabores que nunca supo que existían.
—Es... es increíble —admitió, lamiéndose los labios—. De acuerdo, tienes buenos contactos. ¿Y ahora qué?
—Ahora, pagas —dijo el hombre, quedándose de brazos cruzados—. Yo pongo la magia, tú pones los wones. Soy el Diablo, no tu patrocinador.
Taehyung, incrédulo, sacó su cartera y pagó la cuenta astronómica por solo dos bolas de helado. Salieron a la calle fría.
—¿Eso es todo? ¿Esa es tu gran demostración? —preguntó mientras volvían al coche—. Podría haber encontrado este sitio en un blog de comida si hubiera buscado lo suficiente.
—Aún no me crees —susurró el hombre mientras arrancaba el motor—. Bien. Vamos a mi oficina. Allí el ambiente es un poco más... revelador.
No volvieron a la fiesta. Se detuvieron frente a un club en una zona industrial que no tenía nombre, solo una luz roja tenue sobre una puerta de metal. Al entrar, el volumen de la música electrónica le dio un golpe en el pecho. A medida que avanzaban, notó algo extraño. Todos en el lugar se detenían al paso del hombre. Algunos bajaban la cabeza en señal de respeto; otros lo miraban con hambre. Él no los miraba; caminaba con el mentón en alto, guiando a Taehyung hacia una zona privada al fondo.
Subieron unas escaleras de caracol y entraron en un despacho que parecía sacado de una película de época. Había estanterías que llegaban al techo, una chimenea que rugía con fuego azul y un escritorio de mármol negro. El hombre pasó por detrás de una pesada cortina de terciopelo. Fue un movimiento fluido, un parpadeo. Cuando salió por el otro lado, ya no llevaba el traje negro de la fiesta.
Ahora vestía una chaqueta azul oscuro profundo, con una solapa de brocado carmesí intrincado, como si sangre hubiera sido tejida en la tela. Llevaba varias cadenas de plata al cuello y unos pendientes largos que brillaban con la luz del fuego. Se veía más letal, más regio y, por alguna razón, mucho más peligroso.
—Siéntate, Taehyung —dijo, señalando una silla de cuero—. Tenemos negocios que tratar.
Sobre el escritorio apareció un documento grueso, encuadernado en piel oscura.
—Siete deseos —explicó el hombre, sentándose frente a él—. Puedes pedir lo que quieras. La lealtad de Jeon Jungkook, su deseo, su vida, si te apetece. Todo a cambio de algo que para ti no tiene valor, pero que para mí es la única moneda que importa, tu alma.
—Mi alma. Qué cliché. ¿De verdad esperas que firme un contrato por mi alma como si nada?
El hombre se inclinó hacia adelante. Con un movimiento rápido, tomó el extremo de la corbata de Taehyung y tiró de ella, obligándolo a inclinarse sobre el escritorio hasta que sus rostros quedaron separados apenas por una delgada capa de aire.
—¿Qué valor tiene para ti, Taehyungie? —su aliento rozó los labios de Taehyung—. ¿Has visto alguna vez tu propia alma? ¿Sabes de qué color es? Si no sabes qué es, ¿por qué te da tanto miedo entregarla a cambio de la única cosa que te hace querer seguir respirando?
Taehyung tragó saliva. —Sigo pensando que eres un loco con mucho dinero.
—Ustedes los humanos son tan visuales. —Tan necesitados de pirotecnia. —Suspiró el desconocido, como un profesor cansado de un alumno lento.
De repente, la luz de la oficina se extinguió, dejando solo el resplandor azul de la chimenea. Taehyung sintió un escalofrío que le recorrió la columna. De la espalda del hombre, rompiendo la tela de su costoso traje, brotaron dos alas negras. Eran inmensas. Pero no eran las alas majestuosas de un ángel; eran alas raídas, con plumas que parecían hechas de ceniza, llenas de cicatrices, como si hubieran sido arrastradas por el fango de mil batallas.
Y luego estaban los cuernos. Dos astas negras, curvas y afiladas como obsidiana, brotaron de su frente, perdiéndose entre su cabello oscuro. Se quedó sin palabras. Pero no sintió el terror paralizante que debería haber sentido.
—Vaya —susurró, con la voz llena de una extraña adoración—. Me gustan las alas. Son... hermosas.
El desconocido soltó un gruñido que sonó casi como un ronroneo y, con un movimiento fluido de su mano, las alas y los cuernos desaparecieron. La luz volvió a la normalidad.
—¿Debo llamarte Lucifer? —preguntó Taehyung, tratando de recuperar la compostura.
El hombre soltó una risa auténtica esta vez. —Lucifer suena demasiado occidental, demasiado... dramático. Llámame Yoongi. En este lado del mundo, este nombre me sirve bastante bien.
Taehyung miró el contrato sobre la mesa. Pensó en Jungkook y luego miró a Yoongi, el Diablo que vestía mejor que cualquier idol de K-pop y que lo miraba como si fuera el postre más exquisito del menú.
—Siete deseos —repitió Taehyung.
—Siete —confirmó Yoongi, ofreciéndole una pluma estilográfica que se sentía pesada y fría en la mano.
Taehyung no lo pensó más. Sabía que se estaba condenando, pero el calor que irradiaba Yoongi era mucho más tentador que cualquier cielo prometido. Firmó con trazo firme. El Diablo tomó el documento y lo guardó con una sonrisa que Taehyung tardaría meses en comprender.
—Bienvenido al Infierno, Taehyung. Prometo que será el viaje más divertido de tu vida. Ahora, dime... ¿Qué es lo primero que quieres cambiar para tu querido Jungkook?