CORAZON DE FUEGO

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Sinopsis

Tharros es un dragón… y debería estar muerto. Vive oculto entre humanos, fingiendo ser uno de ellos, mientras busca la verdad sobre la guerra que destruyó a su especie. Alethea es humana… hasta que su poder despierta. Algo en su sangre no es normal, y cuanto más intenta ignorarlo, más imposible se vuelve. Cuando sus caminos se cruzan, los secretos empiezan a romperse: dragones esclavizados, traiciones enterradas y una historia que nunca fue contada como realmente ocurrió. Pero hay algo peor… ellos están conectados. Y mientras el mundo se prepara para una nueva guerra, tendrán que decidir: seguir luchando por lo que queda… o destruirlo todo para reconstruirlo desde cero. Pero... algunos secretos cambian vidas… y otros, destruyen mundos.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Siham
Estado:
En proceso
Capítulos:
44
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo sin título 1

En el reino de Everia, donde el sol se ponía detrás de las montañas de piedra y el viento susurraban secretos en los oídos de los árboles, La aldea de Brindlemark estaba sumida en un silencio espeso, inquietante, como si el mismísimo aire se negara a moverse. Hasta los pájaros enmudecieron, y el crujido de las hojas secas bajo los pies era suficiente para provocar un escalofrío. El viento, helado y cortante, susurraba secretos antiguos en los oídos de los árboles, arrastrando consigo un presentimiento que se enredaba en la piel. En lo alto, el sol se desangraba lentamente tras las montañas de piedra, tiñendo el cielo de un rojo encendido que parecía una advertencia.

La plaza central hervía de tensión. Una multitud se había congregado en silencio, los rostros marcados por la mezcla imposible de temor y esperanza. Algunos se abrazaban como si fuera la última vez, mientras otros alzaban la vista al cielo, con ojos tan abiertos que apenas pestañeaban. La respiración colectiva era irregular, quebrada, como si todos esperaran algo... o a alguien.

Entonces sucedió.

Un rugido ensordecedor rasgó el cielo, profundo y gutural, como si el mundo mismo se quejara desde sus entrañas. Las nubes temblaron. El suelo vibró. Un murmullo de pánico creció como un eco que nadie podía detener. Cabezas se alzaron al unísono, y los más jóvenes gritaron al ver la silueta inmensa que se aproximaba.

Tharros.

El dragón de fuego surcaba el cielo como una sombra ardiente, sus alas tan vastas que oscurecían la luz crepuscular. Cada aleteo desplazaba masas de aire con violencia, agitando el cabello y la ropa de la multitud, haciendo temblar las ventanas y rechinar las puertas de las casas. Las escamas que cubrían su cuerpo —una sinfonía de rojos encendidos, naranjas fulgurantes y destellos dorados— reflejaban la luz como si llevara un incendio sobre la piel.

El caos estalló.

Gritos. Carreras. Llantos. Algunos aldeanos corrían a ciegas buscando refugio, chocando entre sí, tropezando con barriles, con piedras, con sus propios miedos. Las madres apretaban a sus hijos contra el pecho; los ancianos apenas podían moverse. Las campanas de alarma comenzaron a sonar, tarde y sin fuerza, como si también tuvieran miedo.

Pero Alethea, hija del herrero Godric, no se movió. Permanecía inmóvil en el centro del tumulto, como una estatua tallada en calma. Su cabello castaño volaba al viento, y sus ojos verdes resplandecían con una intensidad inusual. No era miedo lo que sentía. Era algo más profundo. Más antiguo.

A su lado, Elara, su mejor amiga, palidecía con cada segundo que pasaba. La respiración le temblaba en el pecho, y sus manos aferraban con fuerza la manga del vestido de Alethea.

—¿Qué pasará si... si el dragón ataca? —murmuró Elara, la voz rota por el pánico.

Alethea no respondió de inmediato. Seguía observando la figura que descendía, como si cada movimiento del dragón tejiera un hechizo imposible de romper.

—No lo sé —dijo por fin, con un brillo de emoción en la voz—. Pero siempre he querido verlo... así. Tan cerca. ¿Puedes imaginarlo, Elara? Volar por encima de las montañas... sentir el viento frío en la cara... sobre el lomo de una criatura como esa.

Tharros descendía con una majestuosidad aterradora, como si la tierra misma lo reclamara. Sus ojos, dos brasas encendidas, se posaron directamente sobre Alethea, atravesando el aire y el miedo como una flecha. Algo invisible pasó entre ellos. Una corriente antigua, poderosa, indescifrable.

Cuando sus patas golpearon el suelo, la plaza tembló como si un terremoto hubiera sacudido el corazón de la aldea. La multitud enmudeció, contenía la respiración. Nadie se atrevía a moverse.

Tharros se acercó, cada paso un trueno sordo. Las llamas que brotaban de sus fauces iluminaban los rostros aterrados, pero también revelaban otra cosa en el rostro de Alethea: fascinación.

Y entonces, el dragón extendió una garra. Elara gritó, pensando que todo acabaría en un instante.

Alethea no se movió. Solo cerró los ojos... y esperó.

Pero el golpe nunca llegó.

La mirada del dragón se posó suavemente sobre ella. Como si confirmara algo. Como si la reconociera.

Y en ese instante, Alethea lo supo. No era un monstruo. Era un guardián. Un aliado. Un llamado. Un crujido de pasos sobre la piedra quebró el hechizo.

Sir Valoric, un joven guerrero Brindlemark, se adelantó con la espada desenvainada. Su armadura reflejaba la luz del crepúsculo como un espejismo, y su rostro era una máscara de tensión.

—¡No te acerques más! —advirtió, firme—. No queremos hacerte daño… pero lo haremos si es necesario.

Tharros giró la cabeza lentamente hacia él, sus ojos llameantes reflejando una mezcla de desdén y paciencia. No gruñó. No atacó. Solo lo miró como quien observa a un niño jugando con un arma que no comprende.

Y luego volvió a mirar a Alethea.

Ella sintió un tirón invisible en el pecho. Como si una fuerza más antigua que las montañas la arrastrara hacia él. El aire vibraba con una energía extraña, densa, como si el mismísimo destino estuviera por revelarse.

—Parece que ha venido por ti… —susurró Elara, su voz temblando entre el asombro y el terror.

Alethea dio un paso adelante, sus manos temblaban, pero sus ojos estaban fijos en Tharros. El calor que irradiaba el dragón era casi sofocante, pero no retrocedió. Cada paso la acercaba más a algo desconocido… y profundamente suyo.

Y entonces, lo escuchó.

Una voz, poderosa y profunda, resonó en su mente.

—Soy Tharros. El último de mi especie.

He venido a buscar a quien posea un corazón puro y valiente.

¿Eres tú esa persona?

Alethea tragó saliva. No entendía cómo era posible, pero esas palabras estaban dentro de su mente, retumbando como un eco que siempre había estado allí, esperando.

Antes de que pudiera responder, un nuevo sonido interrumpió la conexión: el rechinar de armaduras, el golpeteo de botas, y el grito de una orden.

Un grupo de soldados del rey irrumpió en la plaza, sus espadas desenvainadas y sus escudos alzados. El líder —un hombre alto, de rostro severo y una cicatriz profunda en la mejilla— se adelantó con voz atronadora.

—¡Alto! ¡No permitiremos que te lleves a nadie, bestia! —bramó—. Eres un monstruo… y esta noche, morirás.

El rugido de Tharros fue inmediato. No de miedo, ni siquiera de ira, sino de advertencia. Un rugido que hizo temblar las piedras del suelo y que arrancó un gemido de los caballos que intentaban soltarse de sus amarres.

Alethea supo que debía actuar.

El caos estalló una vez más: soldados rodeando la plaza, aldeanos huyendo, gritos, confusión. Y entre todo eso, la voz de Tharros volvió a retumbar en su mente, esta vez más

—Me moveré. Prepárate.