Donde se nos olvidó el adiós

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Sinopsis

El 15 de enero no se acabó a medianoche. Se quedó a vivir en el vapor de mi ducha, en el temblor de mis manos que no sabían cómo sostener un teléfono y en el silencio de un Dios al que, por primera vez, me atreví a gritarle que era un mentiroso. ​Me habían dicho que yo era un roble. Que las hijas de hombres como mi padre no se doblan, que sostenemos la casa sobre los hombros mientras el mundo se cae a pedazos. Pero ahí estaba yo, desintegrándome bajo el agua caliente, dándome cuenta de que se les había olvidado enseñarme lo más importante: cómo respirar cuando el aire se va con ellos. ​Ese día, el teléfono sonó con esa vibración que uno reconoce antes de contestar. Esa que trae el peso de lo irreversible. ​A miles de kilómetros de casa, en una ciudad que no me pertenecía, me convertí en una extraña para mí misma. La "mujer de mármol" que todos admiraban se quebró como cristal barato. No hubo elegancia en mi dolor. Hubo pánico, hubo un nudo en la garganta que me impedía tragar y una rabia sorda contra un cielo que me devolvía un eco vacío. ​Me decían que la vida sigue. Que el tiempo es un bálsamo. ¡MENTIRA! La vida no sigue, se arrastra. Y el tiempo no es un bálsamo, es un juez indiferente que te obliga a caminar mientras llevas un cadáver en la memoria. ​Esa tarde, mientras el agua golpeaba mi espalda, tomé una decisión que me perseguiría durante meses: abandonar todo. Huir de la mirada de mi madre, del relincho de mi yegua, de la finca que mi padre amaba. Creí que si me alejaba lo suficiente, el dolor se cansaría de seguirme. ​No sabía que la ausencia es un animal que sabe rastrear en la oscuridad. Y que mi única salvación no estaba en la huida, sino en el barro que tanto intentaba evitar.

Genero:
Drama
Autor/a:
Norbis
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El 15 de enero

El 15 de enero no se acabó a medianoche. Se quedó a vivir en el vapor de mi ducha, en el temblor de mis manos que no sabían cómo sostener un teléfono y en el silencio de un Dios al que, por primera vez, me atreví a gritarle que era un mentiroso.

Me habían dicho que yo era un roble. Que las hijas de hombres como mi padre no se doblan, que sostenemos la casa sobre los hombros mientras el mundo se cae a pedazos. Pero ahí estaba yo, desintegrándome bajo el agua caliente, dándome cuenta de que se les había olvidado enseñarme lo más importante: cómo respirar cuando el aire se va con ellos.

Ese día, el teléfono sonó con esa vibración que uno reconoce antes de contestar. Esa que trae el peso de lo irreversible.

A miles de kilómetros de casa, en una ciudad que no me pertenecía, me convertí en una extraña para mí misma. La "mujer de mármol" que todos admiraban se quebró como cristal barato. No hubo elegancia en mi dolor. Hubo pánico, hubo un nudo en la garganta que me impedía tragar y una rabia sorda contra un cielo que me devolvía un eco vacío.

Me decían que la vida sigue. Que el tiempo es un bálsamo.

Mentira. La vida no sigue, se arrastra. Y el tiempo no es un bálsamo, es un juez indiferente que te obliga a caminar mientras llevas un cadáver en la memoria.

Esa tarde, mientras el agua golpeaba mi espalda, tomé una decisión que me perseguiría durante meses: abandonar todo. Huir de la mirada de mi madre, del relincho de mi yegua, de la finca que mi padre amaba. Creí que si me alejaba lo suficiente, el dolor se cansaría de seguirme

No sabía que la ausencia es un animal que sabe rastrear en la oscuridad. Y que mi única salvación no estaba en la huida, sino en el barro que tanto intentaba evitar.