Qué mala señal

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Sinopsis

En las novelas románticas, todo empieza perfecto. En la vida de Ashton, empieza con una puerta a golpes, una ducha fría… y un chico que la tira al suelo en el pasillo y sigue caminando como si nada. Hunter no es grosero. Tampoco especialmente amable. Es… insistente. Observa demasiado. Y, por alguna razón, parece decidido a no ignorarla. Ashton sabe reconocer una mala señal cuando la ve. Lo que no tiene tan claro es por qué esta vez no puede apartarse.

Genero:
Romance
Autor/a:
Alo
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Otro día, otra caída

Las novelas románticas mienten desde la primera página.

El primer día siempre empieza igual: los rayos del sol caen exactamente sobre la cara de la protagonista, los pájaros cantan, el cabello obedece.

Ella se despierta radiante, baja las escaleras flotando y el universo conspira sutilmente para ponerla en el camino del chico.

Si esto fuera una novela romántica, mi día habría empezado mucho mejor. Pero me desperté porque mi madre casi derriba la puerta a golpes.

El agua de la ducha estaba fría. El bus casi se fue sin mí. Mi cabello decidió ejercer su derecho constitucional a la libertad de expresión y ningún cepillo del mundo iba a convencerlo de lo contrario. Me puse unos jeans gastados, una camiseta negra, unas zapatillas que jamás en su vida habían tenido contacto con el jabón. Bajé las escaleras, no había nadie, me comí el desayuno caminando y para cuando llegué al instituto, con los audífonos enredados y el estómago a medias, tenía la certeza absoluta de que mi vida no era, ni de lejos, el tipo de historia que alguien querría leer.

Y eso era perfecto, porque así nadie esperaba demasiado de mí.

Y, en retrospectiva, demuestra que a veces una no sabe absolutamente nada sobre su propia historia. Hasta esa mañana de martes.


Hay días en que el universo te manda señales claras de que deberías haberte quedado en cama. Yo recibí tres: el agua fría de la ducha, el bus que casi se va sin mí, y el tipo que me tiró al suelo en el pasillo sin siquiera voltear a ver qué había destruido a su paso. Y para colmo tenía la materia que menos comprendía.

Tengo una teoría sobre la clase de biología con el profesor Mick: nadie que entre ahí sale siendo mejor persona. Llevas veinte minutos escuchando hablar de mitocondrias y algo en tu interior muere de forma silenciosa e irreversible. Es básicamente lo contrario de la fotosíntesis.

Ese martes en particular yo llevaba dieciocho minutos resistiendo el proceso cuando la puerta se abrió. Mick tenía esa expresión de hombre que lleva treinta años explicando lo mismo y siendo interrumpido y ya hizo las paces con eso. Pero entrando al salón estaba alguien que claramente no había hecho las paces con nada: manos en los bolsillos, cabello oscuro revuelto, cara de "preferiría estar en cualquier otro continente". Alto, bronceado, ojos que desde donde yo estaba —al fondo del laboratorio— ya se veían verdes. El tipo de persona que en una novela romántica aparecería en el capítulo uno.

Qué mala señal.

Mick dijo algo sobre un alumno nuevo. El alumno nuevo hizo el mínimo esfuerzo social requerido para no ser expulsado:

— Hola. Me llamo Hunter.

El salón reaccionó con el entusiasmo que genera cualquier cosa nueva en un lugar que lleva meses siendo exactamente igual. Algunas chicas se enderezaron en sus sillas. Alguien carraspeó. Yo lo observé con la objetividad clínica de quien lleva dieciocho minutos estudiando biología y tiene el juicio algo nublado.

Sí, era guapo. Injustamente guapo, de hecho. El tipo de guapo que parece no estar haciendo ningún esfuerzo, lo cual o es genético o es una mentira muy bien ensayada. Si esto fuera una de esas novelas que tanto odiaba, aquí sería donde la protagonista siente que el corazón se le acelera y el mundo se pone en cámara lenta.

A mí lo que se me aceleró fue la irritación al reconocerlo. Era el tipo que me tiró al suelo en el pasillo sin siquiera frenar, como si yo fuera parte del mobiliario.

Entonces Mick señaló una mesa.

La mía.

Por supuesto.

Hunter recorrió el salón con la mirada antes de moverse, con esa calma de quien nunca ha tenido que correr para alcanzar un bus en su vida. Cuando llegó a mi altura y se sentó, no dijo nada. Yo tampoco.

Lo cual hubiera estado bien, de no ser porque dos segundos después, sin mirarme, sin preámbulo, con los ojos todavía al frente, dijo:

— Tienes el libro al revés.

Me miré el libro y efectivamente, sí lo estaba.

Lo miré. Me miró. Tenía una comisura de la boca ligeramente levantada, lo suficiente para que no pudiera llamarlo sonrisa, pero tampoco pudiera ignorarlo.

El primer día. Llevaba en esta escuela literalmente dos minutos.

— Lo sé. —dije con una sequedad que esperaba ocultara la vergüenza.

— Entonces lo estás leyendo mal.

— También lo sé.

Volví a mirar al frente. Mick seguía hablando. La bendita célula seguía siendo incomprensible. Y mi nuevo compañero de laboratorio seguía teniendo esa media sonrisa pegada en la cara como si el mundo entero fuera un chiste privado al que solo él tenía acceso.

Dos horas.

Dos horas mirando el reloj como si pudiera intimidarlo para que avanzara.


Cuando sonó la campana recogí mis cosas en tiempo récord. Estaba a dos pasos de la puerta —dos pasos, la libertad al alcance de la mano— cuando su voz llegó desde atrás:

— Oye.

No me detuve.

— Ariel.

Me detuve.

Maldita sea.

Me giré. Estaba apoyado en la mesa, brazos cruzados, con toda la actitud de alguien que tiene todo el tiempo del mundo y ha decidido gastarlo en mí específicamente.

— ¿Cómo te llamas? —preguntó.

— Acabas de llamarme Ariel dos veces.

— Sé que no te llamas Ariel. Por eso pregunto.

Lo miré tres segundos. Él me devolvió la mirada sin parpadear, genuinamente curioso, sin el rastro de timidez que hubiera sido lo apropiado para alguien nuevo.

— Ashton —dije al fin.

Asintió, despacio, como si estuviera archivando la información en algún lugar importante.

— Tienes cara de Ariel, Ashton.

Hubo un silencio de exactamente un segundo. Uno de esos silencios en que el salón entero, sin querer, presta atención.

— Y tú —dije— modales de cangrejo.

Alguien soltó una carcajada. Hunter abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla. Por primera vez en lo que llevaba de conocerlo —que eran aproximadamente ciento cuarenta minutos— no tenía nada que decir.

Salí antes de que tuviera una respuesta.

Lo cual habría sido más fácil si no hubiera tenido la sensación persistente de que ya lo había hecho y que esto... recién empezaba.