"666"
Hacía ya un largo rato que los hermanos Pérez cargaban con su prisionero, y su peso muerto comenzaba a sentirse, más aún si se tiene en cuenta lo estrecho del túnel por el cual iban.
En realidad, en sus manos no tenían a un prisionero, más bien, según el propio Jefe les había dicho, era la posible solución al problema que afectaba a todo Níxiter.
Por la cabeza de Akira Pérez no cruzaba otra idea que la de terminar con la misión y descansar, aquello les había costado más de lo que deseaban. En cambio, su hermana melliza, Cora, estaba demasiado intrigada por averiguar la identidad de quien transportaban como para pensar en el cansancio. La misión nunca había sido clara, el Jefe tan solo les había dicho que recogieran un bulto que iba a llegar por el túnel de evacuación poco después de la media noche. Y lo raro de todo aquello, para los mellizos Pérez, era que hacía mucho tiempo que un humano no regresaba a Níxiter.
Después de cerca de una hora, ambos salieron del túnel que transitaban y se internaron por uno de los cientos adyacentes. Caminaron en línea recta por casi veinte minutos, hasta que por fin germinaron a la frescura de la noche, en medio de un bosque siniestro bañado por la luna más plateada y redonda que se podría uno imaginar.
—Será mejor que paremos un rato. Vayamos a Cronos —sugirió Akira aflojando sus brazos.
—¿¡Qué le ves a ese lugar de mala muerte?! —preguntó Cora y dejó caer la parte del prisionero que le tocaba cargar.
—Es el único sitio de por aquí dónde podremos comer algo y pasar la noche; estoy cansado de llevar a este para todos lados —dijo el mellizo en referencia a lo que traían dentro de una bolsa arpillera atada con soga—. Tal vez consigamos que alguien nos lleve hasta la ciudad —acotó.
—No, nada de eso, el Jefe fue muy claro cuando nos dijo que nadie debe enterarse de lo que estamos haciendo y de qué cosa estamos transportando… —le contestó su hermana.
—Bueno…, ya sé, pero aunque sea alquilemos un carro…
—¿Y con qué dinero? Si anteayer lo perdiste todo, TODO, en las apuestas, y, ¿justamente dónde? En Cronos... —le espetó Cora, furiosa ante la ineptitud de su hermano.
—Vayamos igual, jugaré a los dados como nunca y ganaré más monedas de oro de las que puedas creer —respondió el muchacho, indiferente al reto recibido.
—OK… Vayamos… —dijo Cora, que respiró hondo, luego bufó y aceptó la propuesta —. Tengo mucha hambre… —agregó.
Habiéndose puesto de acuerdo, los hermanos Pérez levantaron la bolsa arpillera y se fueron por un camino angosto no muy lejos de allí.
El bar de Cronos era una suerte de cabaña, construida con tablas de madera, viejas y con manchas de humedad, y bloques de piedra. Era la única edificación de los alrededores, el sitio preferido para viajeros. En el techo había un gran cartel que rezaba su nombre, apenas iluminado por cinco o seis focos; finalmente, por dintel, una estatua del mismísimo Cronos sentado en su sillón, con la vista en el piso, como si estuviera perdido en los mares del tiempo.
Desde el interior llegaba el rumor de cientos de voces, música, aplausos, olor a alcohol y nubes de tabaco. Cuando Akira abrió la puerta vaivén, que chilló como si de una alarma se tratara, las voces se apagaron y los aplausos cesaron, tal cual hubiese ocurrido en una película del viejo oeste.
Un sujeto gordo y petiso, vestido de negro como si fuera un Ninja, se puso de pie y, al hacerlo, casi tumba todo lo que tenía sobre la mesa. Nada más que los ojos se le veían, de color amarillo, como dos luciérnagas. No había nariz ni boca en aquel rostro negro como el carbón.
—¡Pero si es el incansable de Akira Pérez que vuelve por la revancha! —exclamó el gordinflón; el resto del público lanzó un aullido que rozaba la histeria con la algarabía.
—Gracias, Zeng, pero hoy no… Esta noche es más importante un plato de comida y una buena cama —contestó Akira haciéndose el indiferente.
—¡Vamos, muchacho! ¡Hoy lo que me anda faltando es suerte! —lo arengó el otro—. Si me vences, te devuelvo a tu mascota… —prometió, y sacó de entre sus ropas un perico verde de plumaje desteñido, con el pico atado, al igual que sus alas.
—¡Avelino! ¡¿Pero qué te han hecho?! —reclamó Akira—. ¡Me dijiste que ibas a cuidarlo!
—Sí, y lo hice, como por cinco minutos, hasta que me mordió. Tiene muy mal genio Avechucho… —le explicó Zeng.
—Su nombre es Avelino, y eso te pasa porque no te quiere; solo a mí obedece.
—Tiene razón, Zeng, ese pajarraco le hace caso a él nomás. Yo lo detesto, pero… —dijo Cora a favor de su hermano.
—En fin, como sea… ¿jugamos o no?
—Puedes apostar tu cabeza a que sí —afirmó Akira muy seguro de sí mismo. Cora se llevó una mano al rostro y sacudió la cabeza de lado a lado.
Pronto se reunieron los dos jugadores frente a una desvencijada mesa de dados. La madera estaba percudida, agujereada y golpeada; y el paño verde donde se echaba la suerte a rodar tenía manchas de grasa, algo que parecía sangre y hasta moscas muertas. Como público, iba a estar presente todo el mundillo del bar… cabe aclarar que no era gente común y corriente, sino tan estrafalaria como variada, y muchos no eran seres humanos. Por ejemplo, había un cuarteto de langostas parlantes vestidas de etiqueta, bebiendo un cóctel de color naranja que echaba humo blanco. También, zorros colorados ataviados en ropas de cuero y tachas, que usaban botas puntiagudas y fumaban gruesos cigarros de aroma apestoso. Algo parecido se daba con un grupo de cigüeñas que usaban camisas hawaianas, tres puercoespines de color azul con anteojos de gran aumento y bastón en mano, e incluso una familia de ciempiés que bebía batidos de chocolate mientras esperaba a que el juego comenzara.
Eso era el Bar de Cronos, y todos ellos iban a presenciar el duelo entre Akira Pérez y Zeng Dóh.
Jugarían un juego de dados llamado “666”, o por lo menos una versión propia de aquel lugar. No era tan complicado, solo había que tener suerte. En el “666” se utilizaban tres dados y un vaso de madera por persona. Para ver quién tiraba primero echaban una moneda al aire. Esa noche, el agraciado fue Akira. Tras mezclar sus dados en el vaso, debía apoyarlo en la mesa boca abajo, sin levantarlo, y apostar a que su tirada iba a ser mayor que la del rival. Y cuando Zeng Dóh hiciera lo propio, tenía que descubrir su juego y ordenar sus dados al revés de cómo había salido. Entonces, Zeng tendría la opción de aceptar la apuesta o redoblarla, y Akira lo mismo, hasta que por falta de contra-apuesta se vieran obligados a develar su partida. Quien obtenía el número mayor ganaba. Si alguien sacaba 111 lo perdía todo, incluso lo acumulado en manos anteriores, y si alguien sacaba 666 obviamente se llevaba el premio mayor y el juego terminaba allí. Lo bueno era que también el público podía apostar, en cada ronda, quién sería el vencedor de la misma.
—¿Y se puede saber de dónde vas a sacar dinero para hacer la apuesta inicial? —preguntó Cora a Akira en voz baja, tomándolo por un brazo para acercarlo a ella.
—De aquí —dijo Akira y se quitó su gorro de obrero, viejo y remendado, descubriendo en su interior un bolsillito secreto donde guardaba tres monedas de oro—. Son mis reservas para casos de emergencia… — agregó— ¡emergencias como esta!
Siendo más avaro que cauto, Akira apostó una moneda de oro a que su tirada iba a ser mayor que la de su rival. Zeng aceptó pero no redobló la apuesta, cauto en verdad, para analizar la suerte de su contrincante.
6-1-1 fueron los números de Akira, 5-1-2, los de Zeng. Cabe señalar que la tirada original de Akira fue 1-1-6 y la de Zeng 2-1-5, pero como la regla era contar de atrás para delante, Akira había resultado ganador.
El turno lo mantenía quien ganaba la mano, por lo tanto Akira no dudó en apostar la moneda ganada y otra más. Y Zeng, que no quería verse como un cobarde, jugó el doble. Nuevamente, Akira estuvo de suerte, y superó los 2-5-6 de Zeng con un escueto 3-2-4.
Mano tras mano se sucedían y Akira parecía estar de buena racha; aunque nunca apostó más de tres monedas, llegó a acumular un pozo de veintiuna.
Ambos contendientes jugaban relativamente tranquilos, a pesar de la atmósfera frenética que se genera cuando hay dinero de por medio. Hicieron un breve receso cuando Akira alcanzó las veinticinco monedas para pedirse un trago.
El público estaba muy conforme con Akira, lo alentaba a que siguiera así y hasta bromeaban con un futuro de riqueza, instándolo a imaginar lo que podría llegar a hacer con tanto oro. En cambio Zeng no despertaba mucho interés, ya que había sido campeón de “6-6-6” tantas veces que a nadie conmovía.
Cuando los tragos se sirvieron en la mesa, el juego se reanudó y Zeng, lejos de sentirse incómodo con su situación, realizó una jugada que torcería el destino promisorio de su oponente: antes de que Akira sacudiera el vaso, le apostó veintidós monedas a que su tirada iba a ser inferior a la de él.
A Akira le temblaron tanto las piernas que pensó que se oiría el ruido de sus rodillas golpeando unas contra otras. Cora puso los ojos en blanco y miró al techo, segura de lo que haría su hermano.
Aquello era tentador, pensó Akira Pérez, pues por más que perdiera esa mano, aun conservaría las tres monedas con las que contaba al comienzo. Ante la indignada mirada de Cora que, sin hablar, le reprochaba el porqué de tan estúpida elección, el muchacho aceptó el reto.
Agitó más que de costumbre su muñeca y sacudió sus dados rogando que estos le hicieran caso, los depositó luego sobre la mesa con un duro golpe. 1-6-6 leyó el público presente. Llegado el turno de Zeng, el silencio fue absoluto y el suspenso era tal, que podía cortar el aire. 2-6-6 fueron los números de Zeng, y todo el mundo se puso a dar vítores y aplausos; muchos habían recuperado lo que habían perdido y otros, no.
Sin poder creer en semejante mala suerte, Akira vio como casi todo su dinero pasaba a manos de un Zeng que era todo sonrisas; aunque en realidad la boca no se le veía, solo sus ojos amarillos que se aplastaban de felicidad.
Molesto consigo mismo, pero aún más temeroso de la reprimenda que recibiría por parte de su hermana, Akira permaneció firme en el juego y esperó que Zeng hiciera su jugada. Este batió sus dados de inmediato y apostó dos monedas a que tendría el número mayor. Akira accedió, quedándose con una de las tres monedas del comienzo. Para hacerlo más interesante, Zeng apostó una moneda más y obligó a Akira a desprenderse de todo su oro. Puso la última moneda junto a la de Zeng, pero antes de que este retirara el vaso de madera, Akira apostó una vez más, afirmando que sacaría un 6-6-6.
El bar entero retumbó de risa y burla, pues nadie podía creer semejante osadía. Quien no se reía para nada era Cora, pues por dentro se preguntaba de dónde diantres iba a conseguir otra moneda su hermano, si ya no tenían más nada que perder.
Akira, pidiendo que lo esperaran un segundo, se agachó y tomó la bolsa arpillera que tenía entre las piernas. Primero la entreabrió y hurgó con la mano en su interior, pero terminó por abrirla del todo metiendo casi medio cuerpo dentro. El prisionero había despertado y lo miraba con ojos desorbitados.
—¿Tienes alguna moneda? ¿Algo de valor? —le preguntó Akira en voz baja.
El prisionero, que estaba amordazado, hizo un gesto de afirmación. Como llevaba puesto un pijama, Akira buscó en los bolsillos del pantalón.
“¡Qué maravilla!”, pensó el mellizo Pérez. ¡Había encontrado una moneda!, y dorada también, aunque bastante más grande y ligera de las que comúnmente se veían allí.
—Gracias, luego te la devuelvo —dijo Akira antes de volver a cerrar la bolsa.
El joven apostador hizo lo que debía, luego tomó su vaso y comenzó a sacudirlo, esperando que Zeng descubriera su tirada.
Lo que pasó a continuación nadie pudo creerlo. Lo que sucedió con la apuesta de Akira iba a transformarse en esos temas obligados de recuerdo cuando se estuviera de copas en el Bar de Cronos.
Zeng quitó el vaso de encima de sus dados, y un “¡Ohhh!” prolongado se hizo eco en los ahí presentes, incluso Cora se atragantó con la chocolatada que acababan de servirle.
1-1-1 fueron los fatídicos números de Zeng, y con ellos, todo lo ganado pasaba a manos de Akira. Y por si fuera poco, el joven Pérez había sacado un muy sugestivo 6-6-5.
Zeng abandonó el juego sin una sola moneda en el bolsillo, regresándole a Akira su mascota. Avelino parecía molesto con su amo, porque cuando se posó en su hombro derecho le picó la oreja tan fuerte que la hizo sangrar. A Akira no le molestó, y le pidió disculpas, contento de tenerlo de vuelta. Cora le dio palmadas a su hermano, felicitándolo y rogándole que no volviera a cometer semejante estupidez con los dados.
Antes de ir donde el mesero para alquilar una habitación, Akira tuvo un gesto noble con su rival.
—Zeng, para que veas que no soy como tú, y eso que me has dejado sin nada más de una vez, voy a darte algo —dijo Akira y le arrojó una moneda, aquella que le había sacado al prisionero. Hecho esto, la gente explotó en aplausos y silbidos.
Recién cuando la muchedumbre se disipó, Akira pudo moverse y estiró un brazo para levantar la bolsa de arpillera; pero no la encontró. Se agachó inmediatamente, embargado por el miedo más desesperante que había sentido en mucho tiempo. Horrorizado advirtió que debajo de la mesa estaba la bolsa, pero vacía. Cora hizo lo mismo que su hermano para que ver qué ocurría.
—Más vale que tengas la misma suerte que con los dados y encuentres al prisionero, por culpa tuya ha escapado —sentenció la melliza.
Akira, asumiendo su error sin chistar, salió corriendo hacia la puerta principal del bar y la atravesó como si no existiera, haciéndola bambolear repetidas veces.
Miró con gran desesperación para todos lados, incluso en las copas de los árboles. Rastreó en el suelo en busca de huellas o de algo que le indicase hacia dónde ir. A los pocos metros, más allá de un charco lodoso, divisó unas pisadas, frescas aún. Iban hasta el comienzo del camino por el cual habían llegado al bar, y al aguzar la mirada por el lado derecho, vio un bulto bañado por la luz de la luna que lentamente se alejaba a los saltos; todavía estaba atado de pies y manos.
Akira corrió como si tuviera el demonio a sus espaldas y en cuestión de segundos alcanzó al prisionero. Se abalanzó sobre él, lo tomó por la cintura y lo derribó. El cautivo lanzó un profundo suspiro de dolor y quedó allí tendido, resignado a escaparse.
—Tranquilo, muchacho, no voy a hacerte daño —dijo Akira para calmarlo—. Perdona que te tratáramos así, pero no tuvimos otra alternativa; en realidad, te necesitamos —afirmó, y tras ello notó como el rostro del prisionero se relajaba—. Voy a quitarte esto, pero por favor, no grites…
Akira le quitó la mordaza de la boca y luego desató la soga de los tobillos. Recién cuando pudo ponerse de pie, el prisionero habló.
—¿Quién eres? ¿Dónde estamos? ¿Por qué me han raptado?
—Mi nombre es Akira Pérez. ¿Y tú, cómo te llamas?
—Pedro… — contestó el niño con mucha timidez.
—Mucho gusto, Pedro, estamos en el Bosque Negro, cerca del Bar de Cronos. No te hemos raptado, te hemos invitado a venir de una manera muy poco convencional; lo siento por eso. No puedo decirte por qué, pues no lo sé, tendremos que preguntarle a mi jefe cuando nos reunamos con él.
—¿Y tú qué eres? También pareces un ser humano —observó Pedro, pasando por alto otras preguntas que le venían a la mente, pues recién notaba que Akira era un chico como él, de unos diez años, solo que sus vestimentas remendadas y algo tiznadas daban la impresión de que se trataba de un minero o un vagabundo. Tenía la cara sucia, como así también los dedos de las manos que asomaban por las puntas de unos guantes de lana recortados, y tierra debajo de las uñas—. Por suerte no eres como aquellos locos del bar…
—¿Aquellos locos? ¡Ja, ja, ja! Suenas como mi hermana Cora… Mira, Pedro, todo lo que puedo decirte es que no te encuentras en casa, ni cerca estás. Solomon es nuestro jefe y él ha de responder a tus preguntas; Cora y yo somos algo así como sus “asistentes para casos especiales”.
—Si estoy lejos de casa… ¿dónde es acá?
—Estamos en Níxiter… mmm... ¿Cómo decirlo para que lo comprendas?... Yo creería que ustedes, los humanos, llamarían a este lugar “La Tierra de los Sueños”.