La Llamada de Asmodeo en la Noche de los Santos

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Sinopsis

Advertencia: Este contenido no es apto para menores de edad. Está dirigido exclusivamente a un público adulto.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Miguel Ángel
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1

En las colinas brumosas de Castilla-La Mancha, donde España aún guardaba el fuego de su fe más antigua, se alzaba la Iglesia de Nuestra Señora de la Misericordia. No era una catedral grandiosa de las grandes ciudades, sino un templo gótico olvidado entre viñedos y olivos centenarios, un lugar donde las campanas repicaban con la misma fuerza que en los tiempos de la Reconquista. Los aldeanos de Valdecruces vivían su catolicismo como se respira el aire: con devoción feroz, procesiones bajo la luna llena y confesiones que duraban hasta el amanecer. Allí, la religión no era un adorno; era la columna que sostenía el alma de cada familia, el escudo contra las tinieblas que, según los viejos, aún acechaban en las criptas.

Era pasada la medianoche del 30 de marzo, una noche sin luna en la que el viento aullaba entre los arcos de piedra como si arrastrara susurros del infierno. Dentro de la iglesia, solo ardían unas pocas velas rojas ante el altar mayor. El aire olía a incienso frío, cera derretida y piedra húmeda. El gran crucifijo de madera de roble, tallado hacía siglos, proyectaba una sombra alargada sobre el suelo de mármol agrietado. Y allí, de pie frente a él, estaba ella.

Hermana Elena.

La joven monja de veinticinco años parecía salida de un sueño prohibido. Su hábito negro se ceñía a su cuerpo como una segunda piel pecadora: el cuello blanco almidonado apenas contenía el peso generoso de sus pechos, que subían y bajaban con cada respiración agitada. La toca negra caía sobre sus hombros como una cascada de seda oscura, enmarcando un rostro de porcelana con labios carnosos, mejillas sonrojadas y ojos castaños que brillaban con un fuego que ninguna oración había logrado apagar del todo. Un mechón de cabello negro como la medianoche escapaba rebelde bajo la banda blanca. Lo más escandaloso —y que ella misma intentaba ocultar con pudor— era la abertura lateral del hábito, una rasgadura antigua que dejaba al descubierto la piel suave y pálida de su muslo izquierdo cada vez que se movía. En la mano derecha sostenía el crucifijo procesional, el mismo que usaban en las romerías: una cruz de madera pesada con un Cristo de plata pulida, los brazos extendidos en agonía eterna. Con el dedo índice de la otra mano se tocaba los labios, como si callara un secreto que le quemaba la garganta.

—Perdóname, Señor… —susurró, y su voz resonó en el silencio—. Perdóname por los pensamientos que no puedo expulsar.

En la sacristía contigua, Padre Miguel rezaba arrodillado frente a un viejo breviario. Era un hombre de cuarenta y dos años, alto, de cabello gris en las sienes y mirada severa de quien había dedicado su vida al celibato. Esa noche, sin embargo, algo había cambiado. Mientras leía un pasaje sobre la tentación de San Antonio, un libro prohibido que guardaba en el fondo de un cajón —un grimorio medieval traído por error en una donación— comenzó a vibrar. Las páginas se abrieron solas. Un humo negro, denso y perfumado a azufre y rosas marchitas, se elevó del pergamino.

Asmodeo.

El demonio de la lujuria, príncipe de la cuarta jerarquía infernal, había esperado siglos por una brecha así. La iglesia de Valdecruces guardaba, sin saberlo, una reliquia rota: un fragmento de la cruz de Longinos que, según la leyenda, había sido tocada por la sangre del propio Diablo en tiempos de los templarios. Esa noche, la fe de los aldeanos flaqueaba por primera vez en décadas. Una sequía había secado las almas. Asmodeo entró como un amante sigiloso.

El cuerpo de Padre Miguel se convulsionó. Sus ojos se volvieron de un rojo ardiente por un instante, las venas del cuello se hincharon como cuerdas. Un gemido grave, casi sexual, escapó de su garganta. Cuando se levantó, ya no era el sacerdote piadoso. Su voz era más profunda, aterciopelada, cargada de promesas que ningún hombre mortal podía ofrecer.

—Hermana Elena… —llamó desde la puerta de la sacristía.

La monja se giró. El crucifijo tembló en sus manos. El Cristo de plata pareció sudar bajo la luz de las velas.

—Padre… ¿está bien? Es muy tarde. Debería descansar.

Miguel —o lo que ahora habitaba su cuerpo— avanzó por el pasillo central. Cada paso hacía crujir el suelo de mármol. El aire se espesó. Una brisa caliente, imposible en la fría piedra, levantó el borde del hábito de Elena y expuso más de su muslo cremoso. Ella intentó cubrirse, pero sus dedos temblaron.

—Descansar… —repitió el poseído con una sonrisa lenta que no pertenecía a este mundo—. ¿Cómo descansar cuando el cuerpo clama lo que el alma niega? Mira tu crucifijo, hermana. ¿No sientes cómo pesa? Es porque Él ya no puede protegerte de lo que yo traigo.

Elena retrocedió un paso. Su espalda chocó contra el altar. El demonio dentro de Miguel inhaló profundamente, como si oliera el aroma de su miedo… y de algo más. Un calor húmedo y traicionero comenzaba a nacer entre las piernas de la monja, algo que jamás había sentido en sus años de clausura.

—Padre, por favor… —suplicó ella, pero su voz sonó más como un gemido—. Esto no es propio de usted.

Asmodeo rio con la boca de Miguel. El sonido reverberó en las bóvedas, haciendo que las llamas de las velas se inclinaran todas hacia él.

—No soy tu padre esta noche, querida Elena. Soy el fuego que tu hábito esconde. Mira cómo te mira el Cristo… ¿ves? Sus ojos de plata se nublan. Sabe que ya no puedes huir.

Con una velocidad sobrenatural, la mano del sacerdote se cerró alrededor de la muñeca de Elena. Su piel ardía. Un pulso eléctrico, cargado de lujuria infernal, subió por el brazo de la monja y se instaló directamente en su pecho. Sus pezones se endurecieron bajo la tela negra, rozando el hábito con una fricción que la hizo jadear. El crucifijo se le escapó de los dedos y cayó al suelo con un golpe sordo. La figura de Cristo quedó boca arriba, mirando el techo como si pidiera clemencia.

—Siente esto —susurró Asmodeo, acercando su boca al oído de ella. Su aliento olía a vino dulce y pecado—. El demonio que habita en mí no viene a destruirte. Viene a liberarte. Tu cuerpo fue hecho para ser adorado, no escondido bajo trapos negros.

Su otra mano descendió lentamente por la curva de su cintura, rozando la tela hasta llegar al muslo expuesto. Los dedos trazaron la piel suave, subiendo por la abertura del hábito. Elena intentó apartarse, pero sus rodillas flaquearon. Un líquido caliente y vergonzoso comenzó a mojar su ropa interior, algo que nunca había experimentado. El demonio lo percibió al instante y sonrió.

—Mírate… ya estás mojada para mí. El cuerpo nunca miente, hermana. Ni siquiera el tuyo, tan perfecto, tan lleno de curvas que Dios mismo debió de esculpir pensando en el placer.

Elena cerró los ojos, pero no pudo evitar que un gemido escapara de sus labios cuando los dedos del poseído rozaron el borde de su intimidad a través de la tela. El crucifijo en el suelo vibró. Sombras con forma de alas y cuernos danzaban en las paredes, invisibles para cualquier ojo humano, pero claras para ella ahora que Asmodeo había abierto la puerta.

—Esta es solo la primera noche —murmuró el demonio, presionando su cuerpo contra el de ella. Elena sintió la dureza imposible que se alzaba bajo la sotana de Miguel, un calor que parecía quemar incluso a través de la tela—. Mañana, cuando los aldeanos vengan a misa, tú y yo estaremos aquí… y el altar será nuestro lecho. Pero esta noche… esta noche solo quiero que sientas cómo un demonio puede hacerte gritar el nombre de Dios de una forma que nunca imaginaste.

La mano libre de Asmodeo subió hasta uno de sus pechos, apretándolo con posesión suave pero firme. Elena arqueó la espalda sin querer, ofreciéndolo más. Lágrimas de vergüenza y deseo rodaron por sus mejillas sonrojadas.

—Que el Señor me perdone… —susurró ella con la voz rota.

Asmodeo rio contra su cuello y mordió suavemente la piel expuesta.

—El Señor ya no está aquí, mi hermosa monja. Esta noche… solo estamos tú, yo… y el pecado más dulce que esta iglesia haya visto jamás.

Las velas se apagaron una a una, dejando la iglesia envuelta en una oscuridad que olía a lujuria y a promesas eternas. El primer capítulo de la caída de Hermana Elena acababa de comenzar… y Asmodeo apenas había empezado a hacer de las suyas.