1. Un lugar a compartir
La lluvia golpea el cristal con insistencia.
Llevo media tarde aquí metida y no he logrado escribir ni una sola línea.
He salido de casa buscando inspiración en la cafetería de la esquina, sin embargo, mi protagonista se niega a cooperar.
Puede que me quiera recordar mi poca experiencia en el amor.
Los últimos besos que recuerdo estaban teñidos de traición.
Tal vez no le gusta el galán que he elegido para ella, tal vez le da pereza conectar conmigo.
Llevo horas en este sillón.
Un café frío al lado.
La mesa llena de mis cosas: el portátil con la hoja en blanco, la libreta con cuatro anotaciones y el móvil que sólo sirve para llenar de música mi cabeza a través de los auriculares.
También he cogido una novela y a eso me dedico: a leer.
En vez de escribir, leo la novela de otra. No la mía.
Justo cuando estoy en una escena especialmente jugosa, una sombra aparece frente a mí bloqueando la luz.
Levanto los ojos tras las gafas.
Veo a un hombre grande, corpulento y con barba coger una de las sillas de la mesa.
—Hola, ¿puedo sentarme aquí? —me pregunta con voz grave—, está todo lleno.
Me quito los auriculares y asiento con la cabeza.
—Claro, no hay problema—. Miro a mi alrededor confirmando que la cafetería está mucho más llena de lo habitual.
—Perdona, no quería interrumpir, parecía que estabas justo en la mejor parte—. Señala el libro que tengo entre mis manos.
—Oh, no te preocupes, el libro no se irá a ninguna parte—. Le sonrío amistosamente.
Guardo los auriculares y recojo un poco todos los objetos que tengo desparramados por ahí.
El hombre me tiende la mano por encima de la mesa.
—Por cierto soy Leo, el carpintero del pueblo.
Retira la mano a medio camino, he visto una mancha de algo viscoso sobre su piel
—Lo siento, llevo las manos sucias—. Una sonrisa de disculpa se dibuja en sus labios, lo que me sorprende, es que llega hasta sus ojos.
Lo observo con curiosidad.
A simple vista parece un hombre tosco, rudo, pero tras unos minutos con él resulta ser educado y considerado.
Alargo mi mano por encima de la mesa, demostrando que no me importa mancharme.
—Emma, escritora de romance—. Esta vez, mi sonrisa es más sincera.
Leo alarga su mano y coge la mía.
Su piel es rugosa y tiene callos del trabajo duro, me recuerda a otras manos que me cuidaban de pequeña.
Un leve escalofrío recorre mi cuerpo.
El contacto dura un poco más de lo estrictamente necesario.
Nos miramos a los ojos y me llega un fuerte olor a serrín y resina que me hace sonreír.
Cuando nuestros dedos se separan, toma un sorbo de café y siento las mejillas ardiendo.
>¿Pero qué te pasa, es que nunca has hablado con un hombre?
>Ante todo, precaución.
>Venga ya, que no eres una niña.
>Protégete, los hombres no son buenos.
—Así que escritora ¿eh?, ¿has publicado muchos libros?— No sé si pregunta por educación o porque realmente le interesa.
—He publicado dos, ahora estoy intentando escribir el tercero pero la inspiración ha decidido coger vacaciones… En fin, el resto del tiempo me dedico a corregir manuscritos de otros autores, de algo hay que comer.
Suspiro algo fastidiada.
—¿Así que eres el carpintero del pueblo? Nunca te había visto.
—Tengo una pequeña tienda a dos calles de aquí, pero el taller lo tengo en mi casa, a las afueras del pueblo. ¿Llevas mucho por aquí? Yo tampoco recuerdo haberte visto por aquí.
—Unos cuatro años pero no salgo mucho, la verdad.
Me aparto de los ojos un mechón de pelo que se ha escapado de mi moño desordenado.
—Tengo un viejo baúl que necesita un poco de cariño, ¿podrías echarle un vistazo?
Siento el corazón latiendo con fuerza contra mis costillas de pura emoción.
Hace años que esa madera necesita que alguien la cuide.
Me mira con interés y yo a él, si me arregla el baúl será mi héroe.
—Claro, tráelo cuando quieras a la tienda. Suelo abrir solo por las mañanas, mis clientes acostumbran a venir directamente al taller que tengo en casa.
—Genial, lo traeré pronto. Tiene un lateral algo agrietado y las bisagras no cierran del todo bien. Es un objeto importante para mí.
Esta vez mi sonrisa es del todo sincera.
Aunque tampoco sé para que le doy tantas explicaciones, ya lo verá.
El rato pasa volando y cuando me doy cuenta, la cafetería se ha quedado vacía y nos avisan que van a cerrar.
Me levanto para terminar de guardar mis cosas
Se acerca y sujeta la mochila para que pueda guardar mi ordenador con más facilidad.
Madre mía, a su lado me siento enana.
Ya en la salida, Leo me sostiene la puerta, parece que es todo un caballero.
Sigue lloviendo aunque con menos intensidad.
—Toma— me alarga una tarjeta con la dirección de la tienda y la del taller, o sea, la de su casa—. Para que sepas dónde encontrarme.
—Gracias—. Cojo la tarjeta y jugueteo con ella un poco antes de guardarla en un lugar seguro—. Nos vemos.
Me despido con una sonrisa antes de salir corriendo hacia mi casa. No quiero que se moje mi portátil por culpa de la lluvia.
Llego bastante empapada aunque he conseguido salvar toda mi tecnología de este tiempo de perros.
Me quito la ropa mojada con rapidez y me meto en la ducha antes de coger un resfriado.
Estamos a principios de otoño pero lleva una semana que parece pleno invierno.
Suelto un suspiro cuando el agua caliente resbala por mi cuerpo.
Como el baño es pequeño, enseguida se llena de vapor.
Me gusta, parece que esté en una sauna privada.
Una vez con el pijama puesto, ceno algo rápido, me voy al dormitorio y acaricio con ternura mi baúl.
—Abuelo, pronto estará como nuevo, ya lo verás—. Sonrío y me alejo, de repente, siento que mi protagonista empieza a hablar.
Corriendo busco mis instrumentos de escritura.
Me siento en el sofá y me pongo a escribir presa de un golpe de inspiración.
No apago el portátil hasta las cuatro de la madrugada habiendo dejado bastante perfilados los dos primeros capítulos de mi nueva novela.
Antes de irme a dormir, cojo la tarjeta que me ha dado Leo y vuelvo a leerla:
“Leonardo Montero
Carpintero y ebanista. Muebles a medida, reparaciones y más.
Tienda del Oso, Calle del Pino 11
Lu-Vi 10:00-13:00
Taller El Oso Carpintero, Carretera del Santuario s/n
Todos los demás días”
Sin número de teléfono.
Sin móvil.
Sin web.
Sin redes sociales.
Curioso.
Dejo la tarjeta sobre la mesilla de noche y apago la luz, será mejor que descanse, mañana debo cumplir con mi jornada laboral.
Por la mañana cuando me despierto, es tarde y estoy cansada.
Me preparo un café y enciendo el portátil.
Supuestamente trabajo de 8:00 a 14:00, aunque en realidad, me pagan por trabajo realizado, eso me permite ser un poco más flexible algunas veces.
Tras pasar cinco horas sin levantar la vista de la pantalla, decido hacer una pausa para comer.
Me desperezo en el sofá, tengo un escritorio pero apenas le doy uso, y dejo el portátil a un lado.
Cuando me levanto estoy entumecida.
Voy hasta mi cocina de juguete y preparo una ensalada.
Me la como de pie ante el fregadero y pienso en el encuentro de ayer en la cafetería.
Decido que esa misma tarde, le llevaré el baúl al taller.
No sé muy bien por qué pero me apetece volver a verlo.
Eso no augura nada bueno.
>¿Seguro que no sabes por qué?
>No deberías ir a verlo. Ya tendrías que saberlo: los hombres cuanto más lejos, mejor.
>No todos serán iguales que el cretino.
>Haz lo que quieras, yo ya te he avisado.