Capítulo 1

Aiden
Las cámaras se mueven a nuestro alrededor y toman posición. Elliot grita instrucciones, aunque ya hemos repasado el guion.
—Viper, cuando Ivory se siente en el escritorio, arrastra la regla por su muslo y levanta la falda para que todos vean su coño. Luego ábrele las piernas y dile lo traviesa que es. Ya sabes cómo va. Quiero algo sexy. Elliot, nuestro manager, suelta un suspiro. Yo pongo los ojos en blanco, e Ivory se muerde el labio. —Todos a sus puestos.
Es la típica escena de profesor y alumna.
Ella entra en mi oficina y se sienta en la esquina del escritorio. Me acerco y me relamo los labios cuando abre más las piernas.
—Veo que has venido por tu castigo. —Uso un tono áspero y subo un poco su minifalda para que la cámara capte el ángulo desde abajo.
No lleva sujetador bajo la camisa blanca, así que sus pezones se marcan contra la tela, dos montículos rosados y oscuros, el sueño de cualquier tío. No nos entretenemos mucho con los preliminares, porque al público le gusta más ver pollas o coños.
Ivory se desabrocha la camisa y sus tetas quedan al aire. —¿Cómo me vas a castigar, señor? —Se pellizca los pezones.
—Empezaré con cinco azotes. —Golpeo la regla contra mi mano y suena un crujido seco—. Después me chuparás la polla. —Me bajo los pantalones y mi verga, ya dura, se balancea.
Nos desnudamos y ella se inclina sobre el escritorio, donde le doy unos azotes en el culo con la regla. No son fuertes, pero ella hace los ruidos justos. Lo importante es la actuación. Dejo la regla sobre la mesa, le ordeno que se dé la vuelta y ella se arrodilla para chupármela.
Estoy duro y le agarro el pelo mientras la saliva le gotea de la boca y la barbilla al metérmela. Da un poco de corte tener la cámara tan cerca cuando te están mamando la polla, pero Ivory es preciosa y no cuesta disfrutar de lo que hace. Las chicas con las que he trabajado antes también eran guapas, pero tengo que dejar los sentimientos a un lado: esto es solo un trabajo. Enredarse con otra estrella del porno solo trae problemas.
Me la chupa durante unos cinco minutos hasta que cambiamos de postura y la tumbo sobre el escritorio. Me pongo entre sus piernas y la follo con la lengua y los dedos hasta que se corre, llenando la habitación con sus gemidos.
Luego le rozo la entrada del coño con la punta de mi polla, mientras la cámara hace un primer plano. Ella se toca el clítoris mientras la penetro.
He aprendido a aguantar duro mucho tiempo, porque me cuesta correrme. En parte es porque, aunque las mujeres con las que follo son atractivas, no siento nada por ellas. Así que, cuando quiero acabar, me imagino a una chica de la que estaba colado en el instituto.
Por aquel entonces yo era el típico rubio con granos y ella, la chica tímida y mona. Siempre me pregunté qué habría sido de ella después de dejar el colegio. Todavía ocupa un pedacito de mi corazón, porque me vio tal como era, no como el chico torpe y lleno de espinillas. Solo nos besamos, pero aún recuerdo nuestro primer beso.
Cuando cumplí veintiún años, mi vida dio un giro: una novia bromeó con que, como tenía una polla enorme, debería dedicarme al porno. Luego rompimos.
Cinco años después, soy conocido como Johnny Viper en pantalla.
Después de cambiar de postura, la pongo a cuatro patas en el suelo. —¡Oh, Johnny! —grita Ivory mientras la embisto.
Me corro con fuerza y gruño al llenarla. Luego, al sacarla, la cámara se acerca para captar cómo el semen le resbala del coño. Le golpeo el coño con la polla y se la paso por el culo.
Cuando cortamos, me pongo una bata y todos nos felicitan por la actuación.
Me dirijo a ducharme y me enjuago la boca con colutorio. Tengo una rutina estricta después de cada escena. En cuanto salgo del estudio, la persona de "Johnny Viper" desaparece y vuelvo a ser Aiden Carter.
—Oye, Aiden. ¿Quieres que cenemos juntos esta noche? —Ivory sale corriendo detrás de mí—. Esta es tu ciudad, y pensé que estaría bien salir. —Me mira con coquetería, pestañeando.
Llevo tres años trabajando fuera, pero he vuelto porque han abierto un nuevo estudio aquí.
—Mejor otro día. Quiero instalarme en mi nuevo piso y arreglar unos asuntos. —Me paso los dedos por el pelo húmedo.
—Vale, pues nos vemos la semana que viene para el doblete. —Se pone de puntillas y me besa en la mejilla.
—Sí, hasta entonces.
Con un clic, abro el coche y me acomodo en el asiento del conductor. Me froto la cara y suelto el aire de golpe. Sigo con un nudo en el estómago por volver a esta ciudad. No me avergüenzo de lo que hago, pero siempre está el miedo a cruzarte con alguien conocido y que me reconozca.
Me dirijo a mi bloque de apartamentos. Tiene parking subterráneo, una de las razones por las que lo elegí. En vez de subir, cruzo la calle hacia una cafetería.
Pido un latte; el aroma intenso del café llena el local mientras espero. No hay mucha gente, lo que agradezco. Cuando me lo sirven, lo cojo, le doy las gracias al barista y me marcho.
Al salir de la cafetería, alguien entra. Me echo a un lado para dejarla pasar. Ella levanta la vista, me da las gracias y entonces se queda mirándome.
—A—Aiden… —Sus ojos se abren como platos y las mejillas se le tiñen de un rojo intenso.
Tardo un segundo en reconocerla. —¿Elizabeth? —Un subidón de adrenalina me acelera el corazón y noto un cosquilleo en la entrepierna.
Es increíble que, después de tantos años, me haya topado con la chica tímida del instituto, la que no dejo de recordar. Y aquí está, delante de mí, en carne y hueso.