Capítulo 1
El incesante ruido de una máquina conectada a mí me acompaña noche y día. No sé cuánto tiempo ha pasado. Ni qué ha pasado ni dónde me encuentro.
Ante el más mínimo intento de abrir mis párpados, médicos y enfermeras se aglomeran alrededor de mí. Ellos no lo saben, pero los oigo. A veces hablan preocupados por mi estado; otras, simplemente comentan qué han almorzado, dónde irán de fiesta o los cotilleos del hospital y los ligues entre compañeros.
Reconozco voces. Del personal sanitario. Las reconozco, sí.
También a mi padre y a mi hermana. Me visitan a diario. Los recuerdo. Sus rostros y las vivencias compartidas vienen a mí con claridad.
Pero hay una voz que no consigo ubicar. Una que muestra interés en mí, pero habla poco. Y descubro con pavor -aun en coma inducido- que se dirigen a él como mi marido. La sorpresa me sobrepasa. Estoy casada. Con alguien a quien no recuerdo y cuyo rostro no soy capaz de imaginar.
Mi mente y yo luchamos incansablemente por volver a conectar con mi cuerpo físico. Poco a poco voy moviendo los dedos de las manos y los pies. Comentan que me van a sacar del coma inducido, que quieren ver cómo reacciono y evaluar las posibles secuelas.
He abierto los ojos. Y lo que veo me aterra.
Cables y vías conectan mi cuerpo a sueros y máquinas de monitoreo. Ni un rostro conocido. El pánico me invade y no puedo evitar alterarme. Vuelven a sedarme. Vuelvo a dormir.
Los recuerdos del accidente vienen y van en forma de flashes. Mi marido lleva días sin dar señales de vida; solo mi padre y mi hermana parecen interesados en mi recuperación. No me gusta escucharlos llorar, hablar de mí como si ya no estuviera.
Bajan nuevamente la sedación. Ahora sí, voy recobrando los sentidos. Aprieto con fuerza una mano que no sé de quién es. Intento gritar, pero mis labios no responden.
Por fin abro los ojos. La luz me molesta y me deja ciega unos instantes. La enfermera suelta mi mano y sale de la habitación, pese a que intento desesperadamente que no me deje sola. No quiero volver a estar sola. Ni a oscuras.
Regresa con el médico. Comienzan las pruebas y las preguntas.
-Sigue la luz con los ojos...-¿Puedes oírme?...-¿Recuerdas qué te pasó?...
Niego con la cabeza. La enfermera mira el monitor. Sus expresiones se relajan, parecen satisfechos. Retiran cables y vías.
Continúan evaluándome. Muevo una mano, luego la otra. Muevo las piernas. Intento incorporarme. Me sostienen por los brazos. Levantarme es un reto; mantenerme en pie, un milagro. Mis piernas ceden tras unos segundos, pero ellos se miran satisfechos y me ayudan a recostarme.
Hablan de unas sesiones de fisioterapia para recuperar fuerza y musculatura. Llaman a mi hermana y a mi padre para darles la buena noticia. Mi marido no responde al teléfono.
Vuelven con el interrogatorio. Me cuesta hablar, tengo la boca seca. Me ofrecen un vaso de agua; me atraganto con el primer sorbo. He perdido el reflejo de tragar. Finalmente consigo beber un poco.
Insisten en saber si puedo decirles algo coherente sobre mí.
-Emy -logro pronunciar tras tomar aire-, me llamo Emy.-Mi padre se llama Anthony y es maestro jubilado. Mi hermana se llama Helen, cinco años mayor, veterinaria. Nací en un pueblo.
Trago saliva.
-Mi madre murió en un accidente cuando apenas entraba en la adolescencia. Soy maestra de primaria, como mi padre, y tengo veintiséis años.
El médico y la enfermera asienten; ella anota todo en mi expediente, supongo que para contrastar después.
El accidente. Me explican que sufrí un grave accidente de coche. Intento recordarlo. Juro por Dios que lo intento, pero mi mente ha levantado un escudo de protección ante algo demasiado traumático.
Hago un sobreesfuerzo.
-Me veo en un coche... no soy yo quien conduce. Siento felicidad, libertad... ¿Quién está conmigo?
Nada.
-La radio suena de fondo... mi emisora favorita. El locutor menciona el solsticio...
Lo recuerdo. Habían bombardeado las noticias con eso. El solsticio de otoño. Un momento importante por la posición de la Tierra y el Sol. Ambos polos equidistantes. Eso me permite ubicarme: el accidente debió ocurrir el veintidós de septiembre.
Necesito saber cuánto tiempo ha pasado.
Dos meses. Exactamente dos meses en coma inducido.
Sigo sin recordar quién iba conmigo, quién conducía.
Pregunto por mi marido.-Está bien -responden. No sé si es cierto o si solo quieren tranquilizarme. No le pongo rostro. No lo recuerdo.
Ordenan un TAC urgente. Quieren ver las zonas blandas.
Treinta minutos después, encuentran un coágulo en mi cabeza debido a la hemorragia cerebral producida por el golpe. Por su ubicación, lo mejor es esperar. Podrían ser semanas o meses.
Sin tiempo para digerir todo, me confirman el diagnóstico: amnesia postraumática. He perdido parte de mi memoria por la lesión cerebral. Lo más probable es que, cuando el coágulo se disuelva, recuerde los últimos seis años de mi vida. Seis años borrados. Seis años sumidos en una oscuridad impenetrable.
De las demás secuelas, dicen que hablaremos luego.
Estoy exhausta. No tengo hambre. Apenas pruebo ese caldo soso y blanquecino que me traen para comer.
Llega mi familia. No saben si reír o llorar.
-Unas cucharadas más, o al menos tómate el yogur -insiste mi hermana.
Me lo como para que me deje tranquila y me recuesto. Necesito descansar. Descansar y recordar qué pasó. Y quién es mi marido.
La puerta se abre. Un hombre vestido con un traje negro muy elegante aparece bajo la luz ámbar. Duda antes de entrar. Es alto, moreno, impecablemente vestido. Bien peinado. Serio. Guapo. Saluda a mi hermana y a mi padre de forma cordial y luego clava sus ojos verdes en los míos.
Guarda silencio. Su mirada me asusta... me aterra.-Hola.... -le saludo. No muestra alegría por verme despierta.
Percibo odio en esos ojos. Desprecio.-Hola.... Emy- me dice al fin, oír mi nombre de sus labios me eriza la piel.
Mantiene las manos en los bolsillos del pantalón. Ya no me mira. Rehúye mis ojos. Me siento como una mosca atrapada en una tela de araña. Como una presa antes de ser devorada por una fiera.
Tengo miedo. Y estoy segura, por la satisfacción que asoma en su rostro, de que él lo nota. Y lo disfruta.
-Tienes dos días antes de que vuelva por ti -dice con un aire autoritario y desafiante-. Dos días. Así que será mejor que sigas todas las recomendaciones de tus doctores, querida.
-No -suplica mi padre-, ella aún necesita recuperarse... necesita paz, tranquilidad...
-Sé qué necesita mi esposa. También sé quién paga la generosa cantidad que cuesta mantenerla aquí, así que no se moleste, suegro. Estoy al tanto de sus avances -hace una pausa y me lanza una mirada que me hiela la sangre-. Las puertas de mi casa siempre están abiertas para ustedes.
Sale de la habitación.-Max -susurra mi hermana antes de correr tras él.
Noto la preocupación en el rostro de mi padre.
Y en ese momento, pese a no recordarlo, un miedo atroz recorre cada poro de mi piel, agitando mi respiración y mis pulsaciones...ante la confirmación de que ese demonio vestido de Armani, sin sentimientos, es mi marido.
✨ Bienvenidos a Casada con un extraño ✨ Puedes seguirme en Instagram y en Tik Tok @arquera80 si os apetece ver las imágenes que voy haciendo sobre la historia. Si estás leyendo estas primeras líneas, gracias. Gracias por darle una oportunidad a Emy y a Max. No sabes cuánto significa. Esta no es solo una historia de amor. Es una historia de decisiones imposibles, silencios que pesan más que las palabras, heridas que no se ven... y segundas oportunidades que llegan cuando menos las esperas. Aquí vas a encontrar tensión, dudas, errores, momentos que duelen... y otros que te harán contener la respiración. Nada es perfecto. Nadie lo es. Y quizá por eso esta historia se siente tan cercana. A quienes ya han acompañado cada capítulo con sus votos, sus comentarios y su apoyo constante: gracias por sostener esta historia conmigo. Cada mensaje, cada teoría, cada emoción compartida ha hecho que Casada con un extraño creciera mucho más allá de lo que imaginé. Y si acabas de llegar... prepárate. Porque una vez que entres en la vida de Emy y Max, te prometo que no saldrás siendo la misma/o. Gracias por estar aquí. Bienvenidos a casa. 💫