Repertorio de hombres solitarios

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Hombres solitarios protagonizan cada uno de estos cuentos. Son historias trágicas, melancólicas e, incluso, distópicas. Imagen de portada diseñada por Freepik: https://www.freepik.com

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Un dios subterráneo

*Cuento publicado originalmente con el título de ”17" en la antología Los mundos que se agotan. Cuentos apocalípticos, una colaboración entre Fóbica Fest y la editorial Paraíso Perdido (2021). La selección de los textos se hizo a través de una convocatoria abierta a nivel nacional en México.


Un dios subterráneo

No me importó estar a la mitad del puente: en cuanto sentí las sacudidas, detuve el auto, abrí la puerta y me arrojé al suelo. No sé qué esperaba lograr con eso. Agazapado, puse mi cabeza entre mis manos y supliqué al cielo, al sol de mediodía, que el puente no se viniera abajo. Al alzar la vista, miré cómo se sacudían los postes de luz, los árboles y hasta algunos edificios. En la tierra se abrieron grietas, heridas en las calles que ahora paralizaban el tráfico y obligaban a muchos otros conductores a hacer la misma plegaria que yo.

Éramos muchos. No podía verlos a todos, pero escuché como se iban apagando algunos motores (otros quedaron encendidos) y los gritos. Atrapados en el puente, estuviéramos dentro o fuera de nuestros autos, intentábamos permanecer con vida apretando los músculos y los párpados, paralizados: acaso si seguíamos de ese modo por unos minutos, quién sabe, no llamaríamos la atención de quien solo habría de poner su mirada en nosotros para aniquilarnos.

Pensé en ti, Adán, y la imagen de tu rostro detrás del cristal fue tan vívida que en ese instante se me ocurrió ponerme de pie, correr hasta caer en una zanja y perder ahí toda mi sangre, pero me acordé también de mi madre y no pude hacerlo.

Así vivimos, así sobrevivimos en esta ciudad. Lo sabemos bien, aunque normalmente jugamos a ignorar esto, a sonreír despreocupadamente y perder el tiempo en cualquier tontería como si debajo de cada centímetro de esta urbe no habitara un dios inquieto. Es verdad que no siempre se manifiesta de manera tan espectacular como lo hizo ese día. Normalmente anda por ahí escuchando nuestros pasos, convencido de que camina con nosotros, y de repente ocasiona alguna fisura para hacernos tropezar, pues tampoco desea que nos olvidemos por completo de Él. Por más que nos quieran vender el cuento de que el problema está bajo control y por más que nosotros mismos quisiéramos creer, de verdad creer lo que nos dicen, los derrumbes son suficientes para que Él nunca deje nuestra mente del todo, así como jamás ha abandonado la ciudad que gobierna.

Yo no duermo tranquilo y supongo que no soy el único. Hay que ser demasiado afortunado como para lograr un sueño reparador: solo alguien así podría esquivar siempre a esa masa subterránea respirando a través de las grietas que abre en la tierra. También hay que ser lo suficientemente ignorante para desconocer la violencia telúrica ejercida contra nosotros cada día. Por las noches, mi madre y yo cerramos con llave la reja y la puerta de metal de la entrada, también la puerta del patio y las ventanas. Después de darle las buenas noches (y agradecerle así su callada presencia), me voy a mi cuarto, me acuesto, me cubro con la sábana y, de cualquier modo, no me siento a salvo. Si el dios me elige a mitad de la noche, ¿qué le impediría usar su fuerza para fracturar el suelo bajo mi cama?

Si estuvieras aquí, Adán, no dejaría de ser destruida al menos una casa a diario, aunque tampoco me sentiría tan solo por las noches. Eso me gusta creer. Nunca pasamos una noche juntos, es cierto (si acaso una tarde a solas en mi cuarto), pero ahora sí podríamos hacerlo. En realidad, no sé si algún día hubieras aceptado compartir este espacio conmigo (y con mi madre). Desde el principio fue muy claro que esas muestras tuyas de cariño eran un secreto; lo que no entendí fue por qué me elegiste a mí. Dudo que yo haya sido tu única opción: te llevabas muy bien con tantos otros chicos y, sin embargo, un buen día me abrazaste de otra manera, aquí en mi cuarto, y eso fue todo. Ojalá eso mismo lo hubiéramos vivido en otra parte del mundo, en un suelo más firme y menos descompuesto que este.

Contigo aquí no estaría tan solo, aunque viviría igual de intranquilo. ¿Cómo podría ser diferente? Cuando llego a la oficina, nunca sé si estaremos todos. Las casas caen con frecuencia, algunas veces lo han hecho edificios enteros: el suelo simplemente cede ante el peso porque un dios lo ha socavado dejando un enorme hueco. A veces el dios se irrita (o se asfixia, no lo sé) y la tierra se abre con mayor escándalo. Sabiendo estas cosas, intentamos dormir por la noche y nos levantamos por la mañana para ir a trabajar. No sé a qué pecado debemos esta penitencia; pienso que nuestro dios es caprichoso, o bien, la mayoría de nosotros no ha sabido congraciarse con Él a pesar de que a su alrededor se ha creado una especie de religión. No nos ordena construir templos, no porque no pueda, simplemente no los necesita: su templo es esta ciudad entera y todos nosotros, lo queramos o no, somos sus feligreses. Este dios antiguo (aquí nació su culto) no requiere de nuestra adoración, aunque ciertamente muchos de nosotros hacen lo posible por demostrársela (a pesar de todo, sí existe por ahí una capilla dedicada a Él y nunca falta quien vaya a dejar un donativo). Solo requiere que hagamos lo usual, que salgamos de la cama y vivamos temerosos una existencia sin gloria para que, llegado el momento, nos entreguemos a la oscuridad del subsuelo por completo y sin resistencia.

Hay muchos, muchísimos cuerpos que nunca son encontrados entre los escombros. En cambio, en las afueras de la ciudad, siempre en algún lugar desolado, han descubierto verdaderas piscinas de sangre. Eso es lo que se dice y yo lo creo. Una vez te lo conté, Adán, pero tú no le diste mucha importancia. También dicen que hay mujeres (madres todas ellas) que se organizan para ir a cavar ahí donde haya algún indicio: el aroma, la muerte de la vegetación, una peculiar consistencia de la tierra. Entonces clavan las palas, hacen un hoyo, lo más profundo y amplio que permitan las horas del día, antes de que cualquier deidad se dé cuenta. Cavan y cavan hasta descubrir la sangre y entonces meten las manos, sumergen el cuerpo entero si aquello es más hondo; aguantan la respiración para tomar un solo hueso, aunque sea y poder devolvérselo a la madre (yo mismo he soñado que soy un hueso ensangrentado en las manos de mi madre).

Tu familia recuperó un cuerpo completo, Adán, y muchos ven en ello una especie de bendición, un gesto de clemencia por parte de ese dios torcido a quien le pertenecen nuestros cuerpos (a veces me parece que también nuestras almas). Que me disculpen las madres que hurgan en la tierra buscando a sus hijos, pero yo vi llorar a la tuya hasta que a ella también la metieron a un féretro. Por eso los cuerpos, perdidos o encontrados, enteros o en pedazos, me parecen tan solo distintas formas de la misma tragedia, el mismo dolor y la misma muerte.

Por eso te dije: Ten cuidado.

Sin embargo, no lo tuviste. Desconozco la verdad completa (¿quién realmente la conoce?), solo sé que esa noche, ya borracho y a media calle, te atreviste a decir muchas cosas enojaron a más de uno; dicen que lanzaste varios escupitajos al suelo, te burlaste del temor que le tenemos al dios y luego te fuiste por ahí a orinar. Dicen que fue el alcohol, tu descuido, un accidente, pero no: fue la blasfemia lo que te condenó a morir tan joven, a caer en aquella zanja.

Cuando me lo dijeron, no dudé que fuera verdad, aunque también hice muchas preguntas que nadie supo responder. Y, por supuesto, jamás pensé que se haría justicia. ¿Cómo castigar al culpable cuando cada uno de nosotros es parte de su cuerpo? Nadie hace nada. Vivimos con la cabeza agachada para evitar su ira, desaparecemos para intentar saciarlo o, en algunos casos (como pasó contigo), vaciamos nuestra sangre sobre la tierra, damos un espectáculo para su disfrute.

No hay dignidad en la muerte. Si así fuera, dejaríamos los cuerpos justo ahí donde caen por última vez. El tuyo se lo llevaron rápido y no alcancé a verlo sino hasta que fui a la funeraria. Incluso ahí (o precisamente ahí más que nunca) imperaban el ritual y la fábula. Los asistentes actuábamos como si ninguna zanja pudiera abrirse bajo nuestros pies en cualquier momento, como si fuéramos por completo inocentes y no le insufláramos vida al dios subterráneo cada vez que respiramos. Mi simulación fue doble: por un lado, el semblante resignado; por el otro, un pretexto tan simple como “era mi amigo” para estar ahí.

Al menos sé lo que te pasó, Adán, aunque tu cuerpo se lo hayan devuelto al mismo dios que te quitó la vida. Quizá tengan razón esas mujeres y me hubiera dolido más salir cada día a buscarte clavando los dientes en la tierra para ver si de ahí brotaba tu sangre.

Después de un rato, los que estábamos atrapados en el puente nos impacientamos. Cuando parecía haber vuelto la calma, la tierra comenzaba a sacudirse de nuevo (no recuerdo cuánto tiempo estuvimos así). El agotamiento hizo que fuéramos un poco más honestos: unos antes, otros después, cada uno con sus propias culpas, fuimos tomando control del volante y encontrando la manera de dar la vuelta a nuestros autos para salir de ahí.

No hemos dejado de temblar.

Huey Colhuacan, 17 octubre de 2019