El peso de existir....
CAPITULO 1: El peso de existir….
Siempre en la vida llega un punto en el que el hombre se cuestiona la razón de su existencia. No importa cuánto haya logrado ni cuánto le falte por alcanzar: la pregunta llega. A veces en la madrugada, a veces en medio de una conversación vacía, o incluso durante una caminata solitaria por calles que no prometen nada. Es ese instante incómodo en el que, por un momento, todo se detiene… y uno se enfrenta al silencio con la amarga sospecha de que ha estado viviendo por inercia.
Es lo que particularmente nos diferencia del resto. No la capacidad de construir ciudades, ni la de volar sin alas, ni siquiera la de amar —sino esa condena silenciosa de tener que encontrarle sentido al hecho de estar vivos. Somos los únicos que cargamos con el peso de la vida como si se tratara de una deuda impaga. Nadie nos explicó por qué. Nadie nos dijo que, más allá del cuerpo, arrastraríamos también esta conciencia que no cesa, que interroga, que incomoda.
Desde pequeños se nos enseña a seguir una ruta. Una guía invisible que promete plenitud si se cumplen sus pasos: estudiar con excelencia, conseguir un trabajo estable, encontrar una pareja adecuada, formar una familia funcional, adquirir bienes, mantener la reputación, evitar el fracaso. Todo parece tener una lógica… hasta que un día esa lógica se rompe. No con un evento trágico, no con un desastre puntual —sino con una acumulación lenta y constante de desencanto.
Es entonces cuando descubrimos lo absurdo. No lo absurdo de la vida en sí, sino lo absurdo de creer que podríamos atravesarla ilesos, inmunes al desgaste, impermeables al dolor. Lo absurdo de suponer que ser “buenos” o “correctos” nos salvaría del vacío. El alma no entiende de reglas. La rutina no la protege. Y la sociedad, por más que se empeñe en dictar normas, no puede cubrir las grietas que se forman en lo más íntimo.
He visto rostros que sonríen con los labios y se apagan con los ojos. He visto personas cumplir con todos los mandatos, todos los deberes, todos los rituales… y aun así preguntarse, al llegar la noche, por qué sienten que nada de eso los llena. Tal vez lo más cruel de la existencia no sea el sufrimiento, sino la falsa promesa de que se puede vivir sin él. Esa ilusión, tan repetida, tan aceptada, es la que más nos corrompe.
Porque no se trata solo de dolor. Se trata de la forma en que nos negamos a sentirlo. Se trata de cómo lo disfrazamos con metas, lo empujamos con agendas, lo silenciamos con entretenimiento. Vivimos en una era donde mostrarse perdido es un acto de debilidad, donde la introspección se confunde con pereza y el sufrimiento con fracaso. Nadie quiere mirar al que sufre. Porque mirar al que sufre es recordar que nosotros también podríamos ser él.
Y sin embargo, ahí estamos. Viviendo. Como si no nos pesara. Como si fuéramos inmunes. Como si no tuviéramos miedo de cerrar los ojos un día y darnos cuenta de que no éramos nosotros los que elegíamos nuestro camino, sino un conjunto de ideas heredadas, forzadas, aceptadas sin resistencia. Y a pesar de todo, seguimos. Porque, aunque sepamos que la estructura está hecha de papel, seguimos caminando sobre ella, con la esperanza de que aguante un poco más. Quizás por eso muchos se quiebran en silencio. Porque es más fácil fingir una vida feliz que aceptar una vida sincera. Porque enfrentarse a uno mismo, con todas las verdades que se ocultan bajo la piel, no es algo que enseñen en casa ni en la escuela. Nadie nos prepara para el abismo que se abre cuando nos preguntamos quiénes somos realmente.
Y yo, como todos, también he caminado por ahí. También he fingido certezas. También he sonreído por educación y he dicho “estoy bien” cuando no lo estaba. He sido parte del juego. He seguido las reglas. He hecho lo que debía. Y sin embargo, en algún momento, algo se rompió.
No sabría precisar en qué momento ocurrió. Quizá fue la suma silenciosa de pequeños detalles: un amanecer incapaz de conmover, una despedida que no dolió lo suficiente, una conversación vacía que se extinguió sin dejar rastro. O tal vez fue, simplemente, ese instante frente al espejo en el que dejé de reconocer la mirada que regresaba hacia mí. Lo irrefutable es que, a partir de ese extrañamiento, me entregué a la caligrafía. No con el afán de la exégesis —pues la comprensión suele ser un espejismo de llegada tardía—, sino como un ejercicio de manumisión. No para dotar de propósito al caos, sino para no permitir que mi presencia se diluyera en la desmemoria.
Y acaso no haya momento más honesto en la vida que aquel en que el recuerdo, sin ser llamado, decide tocar la puerta. No llega como una imagen nítida ni como una escena que se repite con fidelidad, sino como una sombra que asciende desde lo profundo, cargada de un aroma, de un sonido, de un silencio irrepetible.
Tengo un recuerdo. No del todo claro, pero obstinadamente presente. Un recuerdo de bordes difusos, gastados por el paso de los años, como una fotografía antigua que ha perdido color sin perder, por ello, su importancia. Es un fragmento de mi infancia que se resiste al olvido, aunque la memoria intente disfrazarlo de rutina.
Fue una noche. Una noche cualquiera para el mundo, pero no para mí. Era 14 de abril. Con los años, la fecha se volvió un eco persistente, una marca invisible en la conciencia, una herida que no sangra y, sin embargo, tampoco termina de cerrarse.
Recuerdo que la lluvia comenzó temprano. No era una tempestad atrabiliaria ni estrepitosa, sino de esas lluvias que descienden con una lentitud melancólica. Las gotas percutían la ventana de mi habitación con una cadencia suave, me quedé observándolas largo rato, siguiendo su descenso en delgadas líneas de agua que deformaban el mundo exterior, como si la realidad, vista a través de ellas, perdiera su firmeza y se volviera, por un instante, profundamente frágil.
La Luna había desertado de su puesto. Tampoco las estrellas se atrevieron a comparecer. Solo un firmamento de nubes opacas clausuraba el cielo, como si pretendieran velar el fatídico advenimiento de lo que estaba por ocurrir. No hubo truenos ni relámpagos; únicamente un silencio espeso, casi tangible, que parecía extenderse por cada rincón de la casa.
Aquella noche era especial para ellos: el aniversario de mis padres.
Mi padre, elegante como de costumbre, se arreglaba con una calma meticulosa. La camisa blanca, planchada con precisión; el pantalón negro, sobrio; el saco, ajustado a su figura como si hubiese sido hecho exclusivamente para él. Su porte recto y seguro no dejaba espacio para la duda. Nunca necesitó demasiado para imponer respeto: su sola presencia bastaba.
Mi madre, en cambio, era distinta. Más sencilla, más natural. No solía vestirse de gala ni dedicar demasiado tiempo al maquillaje. Sin embargo, aquella noche decidió hacerlo. Eligió un vestido azul, salpicado de pequeños destellos que se encendían apenas la luz del pasillo lo rozaba. Llevaba un maquillaje discreto que acentuaba la calidez de su rostro y, en la mano derecha, una cartera diminuta, tan delicada como su manera de existir.
La observé desde el marco de la puerta con esa mezcla de admiración e inocencia que solo es posible cuando uno aún cree que sus padres son invulnerables. Ella me sonrió. Mi padre me guiñó un ojo. Yo asentí en silencio, como si aquel gesto infantil pudiera concederles permiso para salir.
Se despidieron con ternura. No hubo palabras solemnes, solo las de siempre. Un beso en la frente.
Un “no te duermas muy tarde”. Un “volvemos pronto”.
Y después, simplemente, los vi partir. Subieron al auto con una prisa apenas perceptible, como quien procura no hacer esperar a la noche. Desde la ventana de mi cuarto, empañada por el aliento tibio y la lluvia persistente, los observé en silencio. Sus figuras se desdibujaban entre las gotas que descendían lentamente por el vidrio. Mi madre entró primero; luego mi padre rodeó el vehículo para ocupar el volante. Las luces traseras se encendieron como dos puntos rojos suspendidos en la penumbra… y, un instante después, desaparecieron.
Aquel fue el último momento en que los vi con vida.
Recuerdo haber permanecido inmóvil frente a la ventana, todavía de pie, sin comprender del todo por qué no podía apartarme. No era miedo. Tampoco tristeza. Era una inquietud imprecisa, un presentimiento tenue, como si el mundo hubiese hecho una pausa demasiado breve para ser notada y, sin embargo, suficiente para alterar algo esencial.
Volví a la cama. Encendí la televisión. Intenté distraerme con imágenes que no dejaban huella. Pero el aire de la casa había cambiado; algo invisible, aunque indudable, parecía haberse desplazado en silencio.
Horas más tarde, el teléfono sonó.
Era la voz de mi tío. Tartamudeaba. No encontraba la forma de hablarme. Las palabras se le deshacían antes de adquirir sentido, como si ninguna pudiera sostener el peso de lo que intentaba decir.
Solo comprendí dos cosas con claridad: que vendrían a buscarme…y que mis padres ya no volverían.
Hubo un accidente. El automóvil se deslizó sobre el asfalto mojado, perdió su trayectoria y sucumbió en una colisión frontal contra otro vehículoNo hubo tiempo para socorrerlos. No existieron segundos para una despedida. Murieron al instante, según dijeron. Una frase que jamás consiguió ofrecerme consuelo; por el contrario, se convirtió en otro peso, en un ladrillo más sobre la losa invisible que oprimía mi pecho.
Aquella noche, con apenas doce años, me convertí en huérfano. No sabía qué hacer con esa palabra. No sabía si debía llorar, correr o gritar. Solo comprendía que, de un momento a otro, ya no habría nadie esperándome con los brazos abiertos.
La casa se volvió más grande, más oscura, más extraña. Las paredes guardaban un silencio impenetrable. El reloj parecía suspendido en una quietud sin tiempo. Y la lluvia continuaba cayendo, obstinada y fría, como si el cielo derramara lágrimas que no podía contener.
Me llevaron a la casa de mis tíos, un lugar conocido apenas por visitas ocasionales. Era una casa amable, sí, pero no era la mía. Una habitación distinta, una cama ajena, sonidos desconocidos. Incluso el aroma del café resultaba diferente. Los pasos en el pasillo no tenían la cadencia que yo recordaba. Todo parecía prestado, hasta el aire que respiraba.
Las nocturnidades se volvieron prolijas. Veladas despojadas de relatos, de abrazos, sin despedidas. Y yo, que nunca antes me había preguntado por el sentido de la vida, comencé a hacerlo sin proponérmelo. Porque el dolor empuja, desgasta y, en silencio, obliga a mirar aquello que uno jamás quiso ver.
Y allí, entre paredes desconocidas, con la voz extinguida y los ojos secos de tanto llorar, lo pregunté en silencio: ¿qué sentido tiene mi vida?
Los días transcurrieron, aunque decirlo de ese modo resulta casi injusto, superficial. No fue simplemente contemplar cómo amanecía y anochecía, sino presenciar la forma en que el tiempo se convertía en un azogue empañado, incapaz de proyectar otra efigie que la de mi propia persistencia: yo, con los ojos hinchados, el pecho oprimido y una pregunta adherida a mi sombra.
Las lágrimas se volvieron costumbre. Al principio eran un torbellino incontenible; después, cayeron en silencio, como si incluso ellas hubieran aceptado su propia fatiga. Lloraba por las noches, a veces al despertar, otras en medio de las clases. Y cuando dejaron de brotar, el dolor se volvió más agudo, como si llorar ofreciera al menos una forma mínima de alivio, y el silencio fuera, en verdad, el castigo más severo.
Las palabras de consuelo abundaban, pero todas sonaban iguales. La gente posee un guion para el duelo: lo repite con buena intención, aunque sin comprender del todo su peso. “Tus padres están en un lugar mejor.” “Ellos siempre te cuidarán desde arriba.” “Todo ocurre por alguna razón.”
Pero yo no buscaba razones. Solo los quería a ellos.
El colegio se transformó en un territorio extraño: demasiado alegre, demasiado lleno de voces que ignoraban lo sucedido. Los pasillos conservaban el mismo color, los profesores las mismas costumbres, y, sin embargo, todo era distinto. Observaba a los demás reír, quejarse por los exámenes, jugar en los recreos, inquietarse por asuntos diminutos. No los culpaba, pero sentía entre ellos y yo una distancia imposible de nombrar, como si hubiese cruzado, sin advertirlo, un umbral invisible; como si mi infancia hubiera terminado antes de tiempo.
Ellos parecían no saber cuán frágil puede ser todo
Yo ya lo sabía. Lo había aprendido en una sola noche.
Nunca fui hábil con las palabras, ni especialmente diestro para los abrazos. Sin embargo, encontré refugio en algo que nadie me enseñó a usar: os libros. Me entregué a la lectura con una voracidad insaciable.
Cualquier género era bienvenido: literatura, filosofía, relatos breves o lírica. No siempre comprendía del todo lo que aquellas páginas intentaban decir, pero había en ellas una compañía silenciosa que mitigaba la soledad, como si otras voces, en otros tiempos, también hubieran atravesado un dolor semejante. Y eso, de algún modo discreto, me sostuvo. No por completo, pero sí lo suficiente para continuar.
Con el devenir del tiempo —porque el tiempo, aun sin pedir permiso, termina por obrar su lenta transformación— empecé a percibir cierto simbolismo en lo ocurrido. Mis padres murieron juntos, celebrando por última vez su amor. Fueron de esas parejas que nunca dejan de elegirse, incluso en los días grises, incluso cuando la vida insinúa su desgaste. Y aunque la muerte terminó por llevárselos, lo hizo de una forma tan poética como cruel: juntos, tal como lo habían prometido.
Siempre, recordaré aquella frase pronunciada frente al altar, cuando yo aún no existía y todo era apenas una posibilidad abierta hacia el futuro: “Hasta que la muerte nos separe.”
Ellos la cumplieron al pie de la letra. No fue metáfora, ni exageración romántica, sino una suerte de profecía silenciosa que terminó por realizarse. Murieron amándose.
Y aunque la orfandad sea un fardo acerbo, existe en esa concepción del final una brizna de serenidad. Sin proponérselo, sin siquiera saberlo, me enseñaron que existen formas de amar que ni la muerte consigue borrar, y que quizá —solo quizá— ese amor absoluto no es una invención de los sueños, sino una posibilidad real, aunque rara.
Yo era apenas un niño. Sin embargo, desde entonces comprendí que la vida puede ser tan frágil como hermosa, y que el amor… el amor verdadero… a veces también duele.
Han pasado nueve años desde aquella noche. Nueve años desde que todo cambió. El dolor ya no arde con la misma intensidad, pero permanece, latiendo en algún rincón secreto de mi interior, como una cicatriz que no incomoda y, aun así, nunca se olvida. Aprendí a convivir con esa presencia silenciosa, a construir una rutina sobre las ruinas de la infancia que perdí demasiado pronto.
Hoy mi vida es distinta. Trabajo con mi tío desde hace algunos años, ayudándolo en lo que puedo. No es un oficio brillante ni el que imaginé cuando era niño, pero gracias a él he conseguido sostener mis estudios universitarios. Me esfuerzo, a veces más de lo necesario, y aun así no me quejo.
Sé cuánto cuesta todo lo que poseo. Sé también lo que significa perderlo todo.
Hace poco me mudé. Un cuarto pequeño en el cuarto piso de un edificio antiguo, a unas cuantas cuadras de la facultad. Las paredes son delgadas, el agua caliente falla con frecuencia y el ascensor lleva meses sin funcionar. Pero es mío.
Es el primer espacio que puedo nombrar hogar sin que la memoria se llene de ausencias. Aquí escribo. Aquí leo. Aquí me permito detenerme y contemplar, con una calma nueva, todo lo que alguna vez fue… y todo lo que todavía podría llegar a ser.
Dentro de dos días cumpliré mi primer año junto a Emma. A veces me resulta extraño pronunciarlo en voz alta: mi enamorada. Como si el amor aún conservara para mí algo de territorio desconocido, una experiencia que siempre observé en otros, pero que jamás imaginé habitando mi propia historia. Y, sin embargo, ella está ahí: presente, real, innegable.
Emma tiene el cabello dorado, como si cada hebra hubiese sido hilada por la luz del sol. Cuando el viento lo mueve, parece encenderse en una llamarada serena que ilumina discretamente cuanto la rodea. Sus ojos son verdes, pero no un verde cualquiera: son el color de la esperanza persistente, el de los campos que no se rinden al invierno, el de los árboles que permanecen en pie después de la tormenta. Un verde que, cuando se posa en mí, me hace creer —aunque sea por unos segundos— que todo podría estar bien.
Su piel posee la claridad silenciosa de la nieve en las estaciones más puras. Su risa suena a refugio. Y su voz… su voz guarda la extraña facultad de aquietar las tempestades. Con ella, los silencios no pesan.
Al comienzo no fue sencillo. La pérdida de mis padres había dejado en mí una grieta silenciosa, un temor profundo a todo aquello que implicara cercanía verdadera. Conectar emocionalmente significaba abrir una puerta que yo había sellado por instinto, como quien protege lo poco que le queda después de una tormenta. Amar, en ese entonces, se parecía demasiado al riesgo de volver a perder, y durante mucho tiempo dudé de poseer la fortaleza necesaria para atravesar otra despedida.
Me habitué a la distancia circunspecta, a los afectos de baja intensidad y a esa modalidad aséptica de existir sin la entrega absoluta. Resultaba más liviano de ese modo: carente de expectativas, despojado de votos y libre de la amenaza latente del padecimiento. No obstante, el cronómetro —que en ocasiones devasta, pero en otras restaura con sigilo— y la presencia serena de ella comenzaron a operar mediante un mecanismo casi imperceptible. No mediaron ademanes heroicos ni sentencias definitivas; solo una paciencia inmarcesible, una calidez que no demandaba tributo y que, por esa misma gratuidad, lo colmaba todo.
Poco a poco, aquello que el miedo había endurecido empezó a ceder. Aprendí que el afecto no siempre es sinónimo de pérdida, que también puede ser refugio, permanencia, una forma distinta de respirar. Y así, sin darme cuenta del momento exacto, lo que durante años fue defensa terminó transformándose en apertura.
Después de todo, el corazón —incluso herido— conserva una extraña vocación por volver a latir hacia alguien más. Y fue entonces cuando comprendí que, pese a todo, aún era posible amar.
Por primera vez desde que tengo memoria, siento que no estoy solo. Siento que tal vez sea posible construir algo sin el temor constante de que el destino venga a arrebatármelo.