CAPÍTULO 1 (CHRISTINE) ❒

LA PROPUESTA
“Siempre hay una mejor opción”
Una sola frase es lo que la tarjeta misteriosa aparecida en mi bolso muestra.
«Estupideces» doblándola, estoy dispuesta a tirarla cuando, al reverso, noto, aparece una dirección adjunta a una fecha y hora que finaliza con: “Bono de asistencia: 500 créditos”
Probablemente solo sea una tonta charla sobre las grandes ventajas que concebir trae. Mi decisión está tomada, ninguna plática desmotivadora me hará cambiar de parecer, pero necesito el dinero; mis padres fueron muy claros al cerrarme la puerta de su casa en mi cara. Ya tengo suficiente con reunir los créditos para pagar la renta y si a eso le sumamos la ridícula cantidad que necesito para deshacerme del origen de mis problemas, no creo llegar a final de mes.
Maldita sea la hora en la que decidí ir a esa fiesta.
«Solo iré una hora, pediré que me paguen lo prometido y me largaré» prometo, guardando la tarjeta devuelta en mi bolso.
Una semana después estoy parada frente a un edificio a medio construir que grita desde todas sus ventanas: “ESTAFA”. Puesta a darme la vuelta, me detengo al ver a una mujer con el estómago levemente hinchado ingresar.
En los próximos 10 minutos cuento a otras 3 mujeres con las mismas características desaparecer dentro y, viendo mi propia barriga, por suerte aún plana, decido ir detrás de ellas.
Mi vida ya es una mierda, lo peor que me podrían hacer es matarme.
Contrario a su exterior, dentro, el lugar está en buenas condiciones. Paredes bien pintadas, sillas nuevas e incluso aire acondicionado.
«Una fachada» resuelvo al caminar por las vacías, pero bien hechas instalaciones que, al adentrarme y ver las camas y equipo médico, identifico; será un hospital.
Admito que tengo curiosidad, especialmente cuando noto el logo de la UNIÓN en diferentes letreros.
Llegando al final del tercer piso, me encuentro con la única habitación con las puertas abiertas, las cuales, al entrar, advierto, está llena de mujeres jóvenes con una sola característica en común. Su vientre.
Recibida por un par de doctores que me obligan a firmar un formulario; el cual ni siquiera termino de leer antes de que me lo quiten; me siento en una de las sillas vacías al fondo del cuarto.
La reunión estaba estipulada empezar a las 10 de la mañana, sin embargo, cuando los minutos pasan y no hay señal de que pronto comenzará, planteo irme.
Tengo hasta el mediodía para llegar al trabajo y, si tomamos en cuenta que está del otro lado de la ciudad, no puedo quedarme más allá de las 11, no si quiero reunir los créditos para deshacerme de lo que albergo dentro.
— Hola.
En un principio pienso que la voz chillona que suena a mi costado está dirigida a otra persona, pero al voltear y ver que una chica de cabellos castaños pone sus oscuros ojos en mí, sé que soy la desafortunada a quien le habla.
—Me llamo Astrid —extendiendo su mano, espera a que la apriete y, aunque prefiero no hacerlo; por la entrometida sonrisa que expresa; apuesto que, si no lo hago, insistirá hasta cansar.
—Christine —correspondiendo su saludo, me presento.
Separándonos, ella mueve su atención a mi panza.
—¿Cuántos meses tienes?
«¿Cuándo comenzará esto?»
—Mes y medio.
Sin cansarse de estirar sus labios, supone.
—Entonces ya sabes el género.
Si hubiera investigado un poco, sabría que necesitas al menos 12 semanas para saberlo, pero no me pondré a discutir con alguien que no tiene caso.
—No —me limito a decir.
Sobando su estómago, en el cual, estoy segura, no existe más que una bola de 5 centímetros, ella ilusiona.
—Yo creo que será niño. Aún no lo sé con certeza, pero siento que…
Dejo de escucharla y bajo la cabeza al reloj en mi muñeca.
10:32 a.m.
Me queda menos de hora y media.
Ya esperé lo suficiente, yo estuve puntual, así que pediré que me den los créditos…
—Disculpen la tardanza —como si hubiera esperado el momento preciso, una mujer, quizás de la edad de mi madre, aparece—gracias por su paciencia, no quiero quitarles mucho tiempo, así que seré breve.
Vistiendo un conjunto color tierra, abrigo blanco y botines del mismo tono que resaltan su piel morena y pelo azabache, sin decirlo, muestra que pertenece a uno de los niveles privilegiados de la República.
—Soy la doctora Georgina Delura, directora del departamento de control de enfermedades —asintiendo a uno de los doctores a sus costados, una imagen con el símbolo de la “UNIÓN” se refleja en la pared frente a nosotras—sé que muchas de ustedes están aquí por circunstancias particulares—viendo el vientre de las que se sientan adelante, señala—y aunque entiendo que crean que la mejor forma de arreglar su… condición es erradicarla, mi trabajo es convencerlas de lo contrario.
«Ahí está» sabía que eso haría, intentar persuadirme de conservar lo que ya he decidido eliminar.
Qué pérdida de tiempo.
—Si, lo sé, no conozco el contexto de lo que las llevó a tomar esa decisión, pero si puedo darles la solución, una que las ayudara a ustedes y a toda la República —sonriendo, la doctora ve hacia la pared, la cual cambia para mostrar un par de gráficas—estas son las vidas que la gripe ha tomado los últimos 5 años —apuntando al primer esquema, muestra—y estos son los nacimientos exitosos que se han generado —cambiando de dirección al segundo diagrama, hace saber algo de lo que todo el mundo es consciente.
No es secreto que, desde que la gripe llegó, han muerto más de los que nacen. Es un fenómeno con el que se ha luchado desde los inicios de la República. Lo que aún no entiendo es qué tiene que ver eso conmigo.
—Desde que el virus apareció se han creado docenas de vacunas —pasando a una diapositiva con las distintas variantes del suero que existen, la doctora admite— la mayoría poco efectivas, siempre necesitando crear mejores…
—Disculpe —una chica de las primeras filas, interrumpe—no entiendo qué tiene que ver eso con nosotras.
Dándole voz a la interrogante que las presentes tenemos, la doctora, endureciendo su rostro, cambia la imagen en la pared mostrando un título que se lee: “PROYECTO RENACER”
—Lo que diré a partir de ahora es confidencial y el contrato que firmaron al entrar nos da el derecho para que, si la información se filtra, proceder legalmente contra ustedes.
«Sabía que ese formulario no era simple protocolo»
Toda actitud empática que habría ganado desaparece, instaurando un denso ambiente.
—Bien, enteradas de esto, podemos comenzar.
Sin dar espacio para arrepentimientos, cambia de diapositiva, esta vez mostrando la figura de una mujer en las diferentes etapas del embarazo.
—Por años hemos intentado combatir al virus. Probamos con anticuerpos, probamos engañarlo, probamos eliminarlo; en fin, poco o nada fue la efectividad de aquellos esfuerzos —acercándose a la imagen, apunta a ella y sonríe— hasta que la doctora Rose Sawyer encontró la solución —”Sawyer” conozco ese apellido, ¿quién no?—no es posible inducir una respuesta inmunológica eficaz a un cuerpo desarrollado, pero sí a uno en gestación.
«¿Acaso está hablando de…?»
—Algunas sabrán a lo que me refiero —mirándonos, recalca—y sé que suena peligroso, pero deben saber que es un procedimiento fácil.
Tomando un marcador, usa las figuras en la pared para explicar.
—Nuestra investigación arrojó que si a un feto, no mayor a 3 meses, se le comienza a administrar pequeñas y controladas dosis del virus, con el tiempo y los cuidados necesarios, puede inducir el desarrollo de una respuesta inmunológica.
—¿Está diciendo que nuestros hijos pueden nacer inmunes al virus?— una chica, sillas adelante, cuestiona.
—Sí, exacto.
—Entonces, ¿por qué no todas las mujeres embarazadas se someten al tratamiento?
Generando murmullos a favor, las chicas a mi alrededor empiezan a dudar, duda que la firme voz de la doctora calla.
—Porque, como en todo procedimiento, existen riesgos.
—Ahí está, esa es la razón. Como nosotras somos de niveles inferiores nos quieren usar de experimento —una chica de la primera fila se levanta para reclamar—si morimos no sería un problema —afirma, haciéndole frente a la doctora, quien, sin inmutarse, aclara.
—Hay riesgos y la muerte es uno de ellos, y por eso; si deciden someterse al procedimiento; como agradecimiento recibirán una considerable compensación.
«¿Compensación?»
Cambiando la imagen en la pared por una tabla con números, la doctora explica.
—Durante el periodo gestacional tendrán que permanecer aquí —extendiendo sus brazos, señala—un centro médico hecho especialmente para garantizar que el tratamiento se lleve a cabo en las mejores condiciones.
«Aunque por eso el lugar estaba lleno de equipo médico y parecía nuevo» descubro, dándole razón a la descuidada fachada.
Quieren mantenerlo en secreto, claro está. Ahora lo importante es saber: ¿Cuánto están dispuestos a pagar para mantenerlo así?
—Sin contar los meses que tengan, recibirán 30 mil créditos por cada mes que sean parte del proceso —observando la tabla, veo los números aumentar conforme el tiempo avanza, llegando a reflejar más de 150 mil créditos en ganancia.
Eso sería suficiente para pagar los primeros semestres de mi carrera.
—Los créditos ganados se les irán depositando en las cuentas que ustedes nos proporcionen; sin embargo, si el bebé fallece en algún punto, se les dará lo acumulado más un pequeño bono—apuntando a una tabla adjunta, destaca— pero, si por el contrario, una de ustedes fallece, se les entregará el dinero, junto a una compensación, a sus familiares.
—¿Y qué pasa si el bebé nace? —Astrid, la chica a mi lado, pregunta.
—Al aceptar ser parte del proyecto estarán accediendo a renunciar a cualquier derecho que tengan sobre el infante, por lo que, si nace, quedará al cuidado de la República y a ustedes se les recompensará con un millón de unidades, claro, añadiendo lo ganado en los meses anteriores —sonriendo, la doctora lanza.
Ganar más de un millón de unidades, ¿por qué?, ¿cargar con un bebé del que luego ellos se harán responsables?
No necesito pensarlo dos veces.
—¿Quiere que demos a nuestros hijos? —la misma chica alborotadora de hace unos minutos se levanta.
—Sé que les pido demasiado, pero, si uno de sus niños nace y es inmune, necesitaremos investigar más a fondo para poder hacer más como ellos.
—¿Hacer? —riendo, se acerca a la doctora—está hablando de nuestros hijos y ustedes quieren usarlos como experimentos.
Ay, por favor, como si no estuviera aquí porque en algún punto pensó en deshacerse de su bebé.
Incitadas por ella, más chicas se ponen de pie.
«Tontas»
Liderando al grupo, la alborotadora pasa al lado de la doctora y, sonriendo, dice.
—Suerte con su… proyecto.
Caminando a la salida, noto que, ya sea por presión o estupidez, todas la siguen. Al parecer, mágicamente, les brotó el instinto maternal.
Con la reunión acabada, no encuentro razón para quedarme, por lo que yo también me voy, solo que mis pasos no están direccionados a la puerta.
—¿Dónde firmo? —frente a la doctora, cuestiono.
Por un segundo parece estar sorprendida, pero después cambia su expresión y, con satisfacción, me extiende un papel que apenas leo antes de firmar.
—¿Cuándo comenzará?
—Mañana, nosotros te buscaremos. No lleves mucho.
Asintiendo, me doy la vuelta y, haciendo a un lado al grupo de chismosas que se quedó a escuchar, salgo.
—¿Sabes que acabas de vender a tu hijo? —la alborotadora imputa con una mirada de soslayo, tratando de hacerme sentir culpable.
Ja.
—Como si tú no lo hubieras pensado —extendiendo los labios, manifiesto—suerte con tu hijo.
Siguiendo con mi camino, abandono el edificio. Quizás sea cosa mía, pero al salir siento el aire más ligero, alivianando el peso que una hora antes cargaba sobre mis hombros.
Acariciando mi panza, dedico.
«Ayudarás mucho a mamá»
■□■□■□■□■□■□■□■□■□■□■□■□■□■□■□■
—¿Has presentado algún problema en particular? —el doctor, con tableta en mano, interroga.
—Además del vómito, dolor de cabeza, tos y fiebre. No.
Estar embarazada ya era horrible, pero estar embarazada y enferma es una pesadilla constante.
Han pasado tres meses desde que las pruebas comenzaron y aunque en un principio fue difícil acostumbrar a mi cuerpo a lidiar con el virus, es la monotonía de los días lo que amenaza con matarme.
Creí que librarme de mis responsabilidades iba a ser un alivio, y lo es, pero vivir en un mismo lugar sin poder ver el exterior es agobiante.
—Es normal, pero si los síntomas cambian o llegas a sentirte demasiado mal, debes notificarnos —señalando la camilla en medio de la habitación, el doctor invita a acostarme.
La rutina es la misma. Una vez cada quince días nos administran una pequeña cantidad del virus que, si tienes suerte, solo te mantendrá en cama unos días; si no, habrá un cuarto vacío que en poco tiempo alguien más ocupará.
Al igual que el resto, he pensado en rendirme, pero no llegué hasta aquí para dejarme vencer; dije que iba a salir de aquí y lo haré.
—Todo luce estar bien —viendo a través del ecógrafo, el doctor anuncia—parece que será un niño fuerte.
Un niño.
Supe que era un niño durante la segunda revisión. El sexo no me importa, niño o niña, servirá para lo mismo, pero darles una razón a los constantes pataleos fue bueno.
—El feto está bien, ahora evaluaremos tu estado —limpiando el gel en mi estómago, el doctor se aleja, dándome espacio para acomodar mi blusa y sentarme.
Además de las consultas con las muestras del virus, tres veces a la semana tenemos revisión, en las cuales checan que todo está bien en nosotras como en el feto.
Temperatura, presión, sangre, entre otras cosas es lo que conlleva las visitas médicas, mismas que, al cabo de unos 40 minutos y las usuales recomendaciones, terminan con un simple “nos vemos en unos días”.
Con el resto del día libre, decido dedicar mi tiempo a estudiar. Tan pronto dé a luz, planeo aplicar a la universidad. Ya perdí demasiado tiempo por culpa de mi estúpido desliz, no pienso desperdiciar más.
Dirigida a mi habitación para recoger algunos libros, entro al área de dormitorios. La mayoría está en la sala común, comedor o con algún médico, así que sus cuartos permanecen vacíos, sin embargo, a tres habitaciones de llegar a la mía, noto a algunas enfermeras entrar y salir de una puerta.
Una puerta de alguien que conozco.
Aproximándome, me asomo, encontrando a doctores socorriendo a Astrid, la cual se convulsiona encima de la sangre que se extiende en sus piernas.
No suelo convivir con las demás, son demasiado idiotas para mí; es por eso que cuando se van, no me afecta, sin embargo, Astrid es diferente. Llegamos al mismo tiempo y a pesar de que más de una vez intenté alejarla, siempre me acompañaba a comer o simplemente leía a mi lado; era una presencia molesta, pero aceptable.
Parecía fuerte, creí que lo lograría, pero me equivoque.
—No puedes estar aquí —empujándome, una de las enfermeras me aleja—regresa a tu habitación.
Apenas ayer parecía estar bien, había soportado la última muestra. No puede morir.
Si ella muere, quiere decir que yo también puedo y, aunque lo he retenido, saberlo aviva el miedo.
Tocando mi estómago, controlo mis infundados temores y, apretando mi vientre, juro que viviré y el bebé dentro también lo hará.
■□■□■□■□■□■□■□■□■□■□■□■□■□■□■□■
Claramente, el que dijo que tener un hijo es la mejor experiencia que toda mujer puede experimentar, nunca ha dado a luz.
Hace dos semanas tuve al niño y apenas he podido caminar sin ayuda. Aún tengo pesadillas con las horas infinitas de contracciones seguidas de los esfuerzos que casi toman mi vida por obligar a ese bebé a salir.
Desde que el parto acabó no he sabido nada de él. Aunque debería preocuparme, sé que, si no hay noticias, significa que sigue vivo.
Si es inmune o no, no lo sé, pero más le vale serlo. Todos estos meses fueron por algo, y ese niño no puede arruinarlo simplemente porque decidió ser un inservible niño no inmune.
—¿Disfrutando del postparto?
Parada en la puerta de mi habitación, la doctora Delura toma la silla de mi escritorio y se sienta.
—Algunos creen que esta es la parte fácil, pero…
—¿Es inmune? —solo hay dos razones para explicar su visita; o el niño es inmune o está muerto.
La seriedad que procede a mi pregunta me hace creer que es la segunda opción, sin embargo, la sonrisa que poco a poco se forma en su rostro me da esperanza.
—Lo es —por fin confiesa.
«Lo logré»
Todo dolor que invade mi cuerpo desaparece para darle paso a la serenidad.
—¿Cuándo me puedo ir?
No veo la hora de ver la luz del día y empezar a disfrutar las recompensas de lo esforzado.
—Si te sientes lista, mañana.
Ni siquiera lo pienso para asentir.
Lo primero que haré al salir es buscar un apartamento cerca de…
—...No obstante—ay mierda, ¿ahora que?—tenemos otra propuesta que puede interesarte.
Ya estoy lista para negarlo cuando ella se adelanta.
—Antes de que te niegues, escucha.
Conociendo la perseverancia de la doctora Delura, decido callarme y evitar perder más tiempo.
—A pesar de que perdimos a muchos sujetos, los que sobrevivieron y resultaron ser inmunes representan un gran paso; no obstante, son la primera generación en la cual tenemos éxito—después de una pequeña pausa, suelta—sin embargo, aún no estudiamos su respuesta al exterior—señalando el alrededor, declara—aquí estamos en un ambiente controlado, en donde no tomamos en cuenta muchos factores que pueden o no afectar su inmunidad—creo que sé por dónde va—y para eso necesitamos tu ayuda.
—No.
Desde que supe lo que tenía dentro, estuve decidida a deshacerme de él. No estoy hecha para ser madre, no ahora, y nada me hará cambiar de parecer.
—Mañana a primera hora me voy —levantándome, señalo la salida, no obstante, la doctora no se mueve; en cambio, toma uno de los libros que tengo sobre el escritorio.
—Prefiero los genes antes que el cerebro, pero admito que psiquiatría es un campo fascinante —sin voltear a verme, ojea las páginas y de un golpe lo cierra.
—No eres tonta, Christine, de hecho, creo que eres bastante audaz, por lo que seré directa —dejando el libro en la mesa, se para y, quedando frente a mí, reconoce—tienes cerebro, tienes determinación, pero eso no sirve de mucho si no tienes los contactos, el poder —abriendo la puerta, da un paso para quedar debajo del marco—ese niño es muy valioso para la UNIÓN. Tu niño es muy valioso para la UNIÓN, pero bueno, es tu decisión —sin más, se va, dejándome con la chispa de la vacilación.
No quiero al niño, pero quiero ser alguien exitosa, quiero ser todo lo que mi estúpida familia me dijo que nunca sería, y si para eso tengo que jugar a ser madre por un tiempo, quizás sea un sacrificio que esté dispuesta a hacer.
