Casi algo, casi nada...casi todo

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Sinopsis

Renata encargada de limpiar la imagen de una actriz reconocida se ve envuelta en tener que encargarse de su propio desastre, cuando André su casi algo de confianza vuelve a aparece. ¿Acaso puede construirse algo, cuando hay miedo al compromiso y no estás emocionalmente disponible?

Genero:
Romance
Autor/a:
airamwrites
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

-Renata no puede ser...esto va a terminar mi carrera—afirmó la mujer de cabello rubio cenizo, aún en pijama. Sus manos apretaban firmemente el celular. Los ojos verdes inyectados en sangre, delataban la falta de sueño.

Renata se acercó cautelosamente.

-Vengo de hablar con Marcus—dijo suavemente Renata, su cabello eternamente en coleta ondeando—Me ha dado permiso de subir un comunicado, ya lo tenemos pensado.

Isabelle soltó una risa amargada, el tipo de risa que te permite ver el hueco de un alma herida.

-Toda estúpida defendiendo a ese cabrón y mira con la pendejada que sale—continuó la voz de la mujer quejándose, derramando dolor.

-Isa, esto no es tu culpa, lo defendiste porque era tu esposo—trató de consolarla sabiendo que solo eran palabras vacías. No había consolación cuando el mundo decidía que era tu momento humillación pública.

Porque Isabelle Zugasti no era cualquier mujer.

Era la actriz más querida del país. Reina de telenovelas. Filántropa. Madre ejemplar. Ícono de belleza y moda. La mujer que había logrado la historia perfecta con el empresario Salomón Echeverri, el eterno playboy que —según revistas y entrevistas— había cambiado por amor.

Hasta hacía unas horas.

Las fotografías ya circulaban por todas partes.

Salomón besando a otra mujer.

Su mejor amiga.

Renata había contactado a Marcus, director de relaciones públicas de Isabelle y de otras figuras públicas, apenas el escándalo explotó. Él le dio luz verde para actuar antes de que la narrativa se volviera irreversible.

Internet ardía.

Y la perfecta Isabelle estaba siendo destruida.

Confianzuda. Ingenua. Ridícula.

Una vida de perfección echada a la basura por un error. Un error cometido por aquel hombre. Aún así, la vergüenza recaería sobre Isabelle.

—Debí escuchar a mi madre… —murmuró Isabelle. Tomó la mano de Renata con gentilez—Nunca confíes ciegamente en un hombre.

Renata sonrió por cortesía.

Pero por dentro sintió el temblor recorrerle el pecho. Ese frío familiar. Todas las historias eran iguales. Mujeres brillantes, fuertes, admirables… terminando heridas. Desde niña escuchaba el mismo consejo. Y aun así, una parte de ella seguía preguntándose si alguna vez podría ser diferente.

En una oficina lejos de Renata. Lejos de las apariencias que acababan de colapsar en el caos de una infidelidad. Un celular recibía una llamada de una vieja amiga. Vibrando sobre un escritorio lleno de tazas vacías de café.

-¿Sara? Qué milagro, ya ni recordaba que tenía tu número—contestaba con una ligera risa un hombre levantando sus lentes. Apretando los dedos entre su nariz.

-Hola André—la voz emocionada a través del teléfono sonaba--¿Cómo has estado?

-Bien, ya sabes lleno de trabajo.

—Te entiendo —rió nerviosa—. Te llamo porque… me voy a casar. Quería invitarte a la cena de compromiso. Sé que ya no hablamos tanto, pero me encantaría que estuvieras ahí.

André volvió a colocarse los lentes, sorprendido.

—¿En serio?

—Sí. Quiero que mis amigos estén conmigo… y tú siempre fuiste importante.

—Claro, mándame fecha y lugar.

—Muchas gracias André—la voz de Sara sonaba feliz.

“Pregunta, pregunta” una voz interna no paraba de darle vueltas en la mente, durante toda la llamada. Al final, Sara y ella...habían sido cercanas. Antes de poder procesar sus ideas, logró formular la pregunta.

—¿Ya le avisaste a Renata?

—He intentado llamarla, pero no contesta. Creo que le mandaré un WhatsApp.

André apoyó la espalda en la silla, intentando sonar casual.

—Si quieres, puedo marcarle para que te devuelva la llamada.

Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que hablaron. La última vez… él le había confesado que se había enamorado de otra mujer. Una plática incómoda. El tipo de punto final que no necesita muchas palabras para ser entendido...¿Realmente hay punto final en una historia no dicha?

-No te preocupes—Sara dejó la frase a medio terminar. Todavía recordaba fragmentos de la historia de sus amigos, las cosquillas de que se volvieran a ver le movieron—Mejor si avísale, creo que si ambos la presionamos conseguiremos que nos conteste.

Terminó la llamada. André buscó el número de Renata. Su foto apareció.

10 Años Antes

“¿Puedes salir?”

El mensaje llegó justo cuando Renata exponía frente a su grupo. Los mensajes vinculados a la laptop que mostraba la proyección. El profesor Salazar arqueó una ceja.

—Señorita, para la siguiente exposición le recuerdo que debería desconectar su celular.

Intentó sonar severo, aunque la sonrisa traicionaba su diversión.

—Perdón, profesor —respondió Renata rápidamente mientras silenciaba las notificaciones.

Terminó la exposición con el corazón acelerado.

Y apenas salió del salón, caminó casi corriendo hacia la cafetería.

Ahí estaba.

—André—se quejó con voz chillona—por tu culpa casi se me olvida el tema.

—No es física cuántica, tranquila—se mofó sacando las manos de los bolsillos de su pantalón.

—Claro lo dice el que se estresa con su ingeniería en Microsoft.

—Ingeniería en sistemas, Renata, ya te dije.

—Lo que sea, lo hace la compu por ti—a ella le encantaba fastidiarlo. André rodó los ojos. Recordaba que antes de llegar a la misma universidad, esa chiquilla era muy recatada con él. Solía ser amiga de él, pero de una manera tímida. La chica que le pasaría las tareas en la preparatoria, le avisaría de las fiestas, pero nada más allá. Hasta que se re encontraron en la universidad. Distintas carreras, pero lograron encontrarse en un elevador un semestre atrás. Desde aquel día, André la esperaría en la cafetería o en los jardines para fumar, claro que también se encontrarían para salir a beber. Y ambos, solían buscarse para quejarse mutuamente de sus relaciones fallidas. Lamentarse sobre lo mal que les iba en el amor.

—¿Quieres un café antes de la siguiente clase?—preguntó el joven mirándola formarse.

—Sip—ella contestó.

—Yo invito, pero me acompañas por un cigarro.

—Siempre me invitas, André—dijo ella sonriente sin entender cuál era la novedad.

—Saliendo de clase, ¿Quieres ir a La Mentira?—preguntó ignorando el comentario de ella. La Mentira era un antro/bar cerca de su universidad de “mala muerte” como solían decir las amigas de Renata. Para los amigos de André era el lugar perfecto para ligar y algunas veces perder la cartera o terminar vomitando.

—Está bien, pero me llevas a mi casa—sentenció mirándolo a los ojos. Renata solía tener una regla por parte de su familia: “SOLO BEBER CON GENTE DE CONFIANZA”. Y para sus padres, aún divorciados, en distintas casas, André entraba en ese perfil. André era más de confianza que incluso su último novio.

Horas después, André llegó con Renata a la mesa de sus amigos en La Mentira. Sus amigos saludaron con naturalidad a la chica, la veían cada que salían. Él siempre negaba tener sentimientos por ella. Nunca los habían visto besarse, o siquiera bailar pegados. Por muy ebrios que terminarán era un hecho que esos dos no se deseaban. Al punto en el que algunos de los amigos habían intentado ligar con ella.

—Renata—uno de los chicos llamado Diego la saludó—Un gusto verte por aquí.

—Debería estar durmiendo, pero me corrompe—contestó señalando a André.

—Ay, callate—dijo el chico a su lado riendo—Tenías tantas ganas como yo de salir.

—Hoy invito yo —dijo Diego. André frunció el ceño al instante.

—Tranquilo. Yo pago lo de ella.

—Como siempre —intervino Elena, la pelirroja del grupo. Tomó a Renata del brazo—Déjalos. Ven, necesito chisme.

Elena acaparó a Renata. Al ser las únicas dos chicas constantes en las salidas fácilmente terminaban hablando, bailando y bebiendo juntas. Elena era una chica alta, 1.70, cabellera pelirroja rizada, piel pálida con pecas, labios rosados que contrastaban con su rostro, unos pómulos altos y un cuerpo que parecía una obra de animé, perfecto a más no poder. Era la amiga más cercana de André dentro de la carrera.

Mientras, las dos bailaban, André notó como otros hombres, incluyendo Diego intentaban acercarse a Renata. Estaba acostumbrado a que sus amigas fuera cortejadas y definitivamente con Elena no sentía lo mismo. Pero Renata...con otro...la idea le hacía sacudir la cabeza. La había visto con su ex novio. Sabía la historia de sus ex novios. Y aún así, ahora pensar en ella con otro le hacía apretar la mano alrededor del vaso tan fuerte que podría romperlo. Verla como tímidamente rechazaba a esos sujetos, hacía que su cuerpo se balanceará hacía ella con el fuego que le quemaba la garganta, y la presión dentro de su pecho. Renata rechazaba con timidez a quienes intentaban bailar con ella. Sonreía incómoda. Buscando salida.

—Reni—dijo al fin acercándose a ella apoyando su mano en su cintura—¿Te están molestando?—miró a Diego que no paraba de intentar bailar pegado a la joven.

—André, relajate—bromeó Elena. André tomó con ambas manos las caderas de Renata. Empezó a guiarla con el ruido de la música. Tomó sus brazos enganchándolos en su cuello. Pero André ya no escuchaba. La música vibraba entre ellos.

—Nunca bailas conmigo—Renata le dijo con las mejillas acaloradas.

—Siempre bailas sola, Reni—le recordó cerrando el espacio entre ellos.