Nadie vino por mí
Hoy cumplí veintiún años. Y nadie se acordó.
Ya no tengo fuerzas. Estoy cansada… y no solo físicamente. Es un agotamiento que se me cala hasta el alma, un peso que cargo desde que tengo uso de razón. La soledad de la vida, el silencio, la falta de expectativas… todo eso me aplasta los hombros. No puedo más.
Hoy es mi cumpleaños. Acabo de cumplir veintiún años. Pero no hay celebraciones, ni velas, ni risas… Estoy sola otra vez.
He estado buscando a mi familia desde que tengo memoria; a los que me abandonaron cuando era solo una bebé. Siempre me permito tener esperanza. Y siempre termino decepcionada de nuevo.
Mis ojos arden por las lágrimas que no suelto, y siento el corazón hecho pedazos. Otro cumpleaños que pasa… silencioso y miserable.
Nunca tuve un padre que me llevara a la escuela, ni una madre que me besara las rodillas raspadas y me dijera que todo estaría bien. Crecí sola.
Cada vez que me caía, tenía que levantarme yo sola. No me quedaba otra que ser fuerte. Solía envidiar a los niños que tenían padres. Algunas noches soñaba con tomar sus manos y correr juntos por campos verdes interminables. Y entonces, despertaba.
En ese momento, al darme cuenta de que no era real, el vacío dentro de mí se convertía en rabia. Quizás por eso soy tan dura. Quizás por eso no logro llevarme bien con nadie.
Nunca fui buena haciendo amigos. Me sentía más cerca de los animales que de la gente. Iba al bosque solo para observar caballos salvajes. Alimentaba a gatos y perros callejeros, les hablaba y compartía mis pensamientos con ellos. Nunca me juzgaban.
Pero siempre había una pregunta que me carcomía.
¿Por qué yo?
¿Por qué no podía ser feliz como los demás?
Justo cuando creía que ya no me quedaba ni una pizca de esperanza, mi teléfono vibró. Apareció un mensaje en la pantalla.
“Sabemos quién es tu familia. Viven en esta dirección”.
Me quedé helada. El corazón me empezó a latir a toda prisa mientras leía el mensaje una y otra vez.
¿Era algún tipo de broma? ¿Podía ser real?
La familia que había buscado todos estos años… ¿por fin la habían encontrado?
No… eso no podía ser.
Pero… ¿por qué no?
Quizás, solo quizás... por fin me tocaba ser feliz.
La oscuridad que envolvía mi alma empezó a desvanecerse de repente. El corazón me latía tan fuerte que sentía que se me saldría del pecho. Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras alzaba los brazos al cielo.
“Los encontré…”
Me faltó el aire.
Por primera vez en años, la esperanza se apoderó de mí.
Pero en el fondo…
algo no me cuadraba.