Lucian Beltrán

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Sinopsis

"No siempre podrás tener el control, Lucian." Lucian Beltrán es un abogado fanático del control que sería capaz de echar por la borda a sus socios con tal de ganar un caso. En un viaje a Chile, su país natal, donde va a ver el juego de hockey de su hermano, se reencuentra con su viejo amor de la infancia, el actual capitán del equipo rival de su hermano: Benjamín Rojas. Lucian cree que Benjamín es un animal sin límites. Benjamín cree que a Lucian le falta vivir de verdad. Ambos creen tener la razón, pero el destino se pondrá en favor de uno de ellos, enseñándole al otro que un golpe de realidad a veces es más doloroso que uno real. Y que, tal vez, son más compatibles de lo que recuerdan.

Genero:
Lgbtq/Romance
Autor/a:
Lucía
Estado:
En proceso
Capítulos:
17
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

PRÓLOGO: Maldito día en la playa

El cabello de Lucian Beltrán aún no conocía el decolorante ni el tinte platinado.

Era la primera semana de enero y su numerosa familia se estaba dando unas merecidas vacaciones en la Playa Maitencillo. Lucian y sus hermanos tenían poco más de seis años y las diferencias entre ellos ya eran evidentes.

Mientras que Lucian Ashbourne, el trillizo mayor, hacía de todo para escaparse de su madre y meterse al mar, Lucian Capuleti estaba tranquilito, poniéndose bloqueador él solito.

Lucian Beltrán, el segundo vástago y el centro de la formación, era quien más miradas atraía sin esfuerzo alguno. Su cabello y su piel hacían un contraste similar al del carbón en la nieve. Sus ojos eran un vacío glacial, en un tono tan frío y claro que parecía inhumano. Aquella mirada, aun dotada de la inocencia propia de la infancia, ya provocaba que la gente no supiera si quería desviar la mirada o mantenerla en él.

La playa era extensa. Había varias familias pasando la tarde de verano en la arena, pero buena parte de la playa tenía los ojos en los inconfundibles trillizos y su madre, Jessica.

Los hijos de aquellas familias estaban jugando en el mar, entre ellos, Capuleti y Ashbourne. Beltrán se quedó sentado bajo una sombrilla, jugando con un pequeño camión que podía manejar a control remoto. Aún estaba preso bajo la tercera capa de bloqueador, por lo que estaba condenado a esperar hasta poder meterse al agua.

—¿Por qué estás solito? —preguntó una voz desconocida.

El pequeño de fría mirada azul alzó su cabeza hacia la voz. Era un niño de una edad cercana a la suya, quizá uno o dos años mayor. Por sus rasgos asiáticos, podría creerse que era quizás un turista, pero su marcado acento chileno lo delató como un nativo.

Beltrán frunció el ceño en respuesta. Ya mucha molestia era para él esperar en la arena solo y sin sus hermanos como para que viniera alguien que no conocía y le hablara.

—Esperando —respondió. Su padre le había enseñado que no debía entregar más información de la solicitada. «El que explica se complica», solía aconsejar.

Beltrán volvió a bajar la mirada, comenzando a cargar su tierno camión minero. Para él, la conversación había terminado.

—¿Y qué esperas?

Para el asiático, sin embargo, la conversación no había terminado.

El niño de ojos claros clavó su mirada en la ajena. El de ojos rasgados se veía divertido y sin ganas aparentes de irse.

—¿Qué quieres?

—Hablar contigo. ¿No puedo?

Manteniendo la mirada en los ojos del asiático, Lucian tomó un puñado de arena y la dejó sobre el pie del niño. Era su mayor muestra de molestia.

—¿Me quieres enterrar? ¿Eso significa que quieres que me quede?

El pelinegro no pudo corregirlo, pues el asiático fue a buscar sus juguetes y volvió con Beltrán, sentándose frente a él bajo la casi sofocante luz del sol, pero sin verse siquiera molesto.

—Me llamo Benjamín Rojas. ¿Y tú? —dijo el niño de ojos brillantes negros. Lucian parpadeó, frunciendo el ceño. No era el nombre que esperaba escuchar.

—Lucian… Lucian Beltrán —contestó el pelinegro bajando la mirada, sin saber muy bien qué decir o qué hacer más que jugar con la arena.

Benjamín comenzó a jugar con sus juguetes. Eran un gran tiranosaurio de goma y una pala, la cual usaba para cargar el pequeño camión minero. Lucian lo miró de reojo antes de desviar la mirada, encogiéndose en su lugar.

—Tus juguetes son muy feos. Los míos son mejores. —El ojiazul extendió el control de su camión, ofreciéndoselo al contrario—. Ten, te regalo el mío para que tengas uno mejor.

Cuando Lucian volvió a mirar al de ojos negros, esperaba una reacción de profunda gratitud, quizás hasta un abrazo, pero se encontró con un par de ojos muy abiertos. Benjamín no se veía ofendido; parecía sorprendido y hasta algo divertido.

—¿Qué dices? ¡Mi tiranosaurio es el mejor de toda la playa! Y hace «rawr» —Benjamín rugió por el juguete, dejando a Lucian aún más confundido.

El niño asiático no pudo evitar partirse de risa al ver la cara del pelinegro, abrazándose a sí mismo mientras caía sobre la arena a un lado del contrario.

—¡Tu cara! —gritó entre carcajadas—. ¡Te ves muy lindo así!

El niño aún prisionero del protector solar dejó ver una mueca de confusión ante el cumplido; parpadeó un par de veces, totalmente fuera de lugar. El de rasgos asiáticos y acento chileno paró de carcajearse poco a poco antes de tomar el control remoto, sentándose erguido para mirar a Lucian cara a cara.

—¡Pero, gracias, Blanquito! —exclamó el nuevo dueño del camión, ordenando el cabello de Beltrán antes de manejar con algo de torpeza el juguete, mas con una alegría tan evidente que resultaba contagiosa.

Lucian sonrió. Fue una sonrisa pequeña, pero real. No le importó jugar con el dinosaurio de Benjamín; después de todo, no parecía un mal plan. Aunque le había quedado una duda.

—¿«Blanquito»? Yo no me llamo así.

—Oh, es que eres muy blanco. Creo que eres el niño más blanco que he visto.

—¿De verdad?

El segundo trillizo dejó caer su cabeza hacia un lado antes de mirar sus manos. Tomó una mano de Benjamín para hacer mejor la comparación de tonos, notando que había una diferencia bastante notoria.

—Síp, eres blanco como el papel.

—Ah… Está bien. —Lucian se encogió de hombros antes de rugir con el dinosaurio del asiático, jugando a cargar el camión con este.

Aunque la crema solar se hubiera secado a la vuelta de unos minutos, el pequeño Beltrán se quedó jugando con su nuevo amiguito durante el resto del día. Por lejos, fue el mejor día que el segundo de los Lucian había vivido.

Es una pena que después su cabeza se hubiera llenado de prejuicios, bromas crueles y leyes estadounidenses.