Nunca estuvo sola

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Sinopsis

Nunca estuvo sola sigue a Lena, una brillante hacker adicta a la adrenalina, mientras navega por una red de vigilancia, obsesión y peligro. Sin saber que Adrian, una figura misteriosa y calculadora de su pasado, ha estado monitoreando cada uno de sus movimientos, Lena se encuentra atrapada entre su obsesiva protección y la implacable persecución del peligroso Daniel Kade. A medida que los secretos salen a la luz, las viejas rivalidades resurgen y la atracción se enciende, Lena deberá descifrar en quién puede confiar o arriesgarse a perderlo todo.

Genero:
Mystery
Autor/a:
Sammyace
Estado:
Completado
Capítulos:
41
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Chapter 1

Capítulo 1 – Aburrimiento cotidiano

El zumbido de las luces fluorescentes era lo que más se oía en la habitación.

Lena miraba fijamente la pantalla, con los párpados caídos y los dedos inmóviles sobre el teclado. Filas de números se extendían sin fin por la hoja de cálculo: pulcras, ordenadas, sofocantes. Cada columna era perfecta. Cada fórmula estaba equilibrada. Cada tarea, completada.

Y, sin embargo, nada de eso importaba.

Un reloj marcaba el paso del tiempo en algún lugar detrás de ella; cada segundo se arrastraba como si tuviera peso. La oficina olía levemente a café rancio y aire reciclado, del tipo que nunca sale de tus pulmones una vez que lo respiras. Las sillas crujían. Alguien tosía. Papeles se movían. Todo era tan… predecible.

Lena exhaló lentamente y se reclinó en su silla. Las baldosas del techo formaban un patrón aburrido y repetitivo. A veces las contaba cuando el aburrimiento se volvía demasiado insoportable. Hoy, ni siquiera tenía energía para eso.

Su pantalla parpadeaba, esperando una entrada.

Ella no se la dio.

En cambio, su mente divagó.

¿Qué pasaría si simplemente… se fuera?

No solo de la oficina. De todo.

El pensamiento se coló en silencio, como siempre. Una curiosidad peligrosa envuelta en posibilidades. Se lo imaginó: salir, no detenerse, no dar explicaciones. Sin hojas de cálculo. Sin plazos. Sin una rutina sofocante.

Algo más rápido. Algo arriesgado.

Algo que se sintiera vivo.

Sus dedos se movieron ligeramente, como si recordaran algo que su mente aún no había querido admitir.

Un ritmo diferente. Nada de números. Nada de datos.

Sistemas.

Firewalls.

Puertas cerradas esperando ser abiertas.

Una leve sonrisa apareció en la comisura de sus labios antes de que la ocultara rápidamente, enderezándose al oír unos pasos acercándose.

«Parece que estás a punto de cometer un crimen».

Lena giró la cabeza levemente. Su compañera de trabajo, Maya, estaba junto a su escritorio sosteniendo una taza de la que salía vapor. Tenía una expresión divertida, observadora, de esa forma casual en la que la gente lo hace cuando cree conocerte.

Lena se encogió de hombros con ligereza. «Solo pensaba».

Maya arqueó una ceja. «Peligroso».

Lena soltó un suspiro suave y volvió a mirar la pantalla. «¿Alguna vez has sentido que esto no es todo?»

Maya parpadeó. «¿Qué es lo que no es todo?»

«Esto». Lena hizo un gesto vago hacia su alrededor: los escritorios, las computadoras, la monotonía interminable. «Todo esto».

Maya dio un sorbo a su café, pensativa. «Es un trabajo».

«No me refiero a eso».

«¿Entonces a qué te refieres?»

Lena dudó, buscando palabras que no sonaran locas. «No sé. Como si… hubiera algo más. Algo…» —se detuvo y sacudió la cabeza levemente—. «Olvídalo».

Maya sonrió, apoyándose casualmente en el escritorio. «Pareces de las que saldrían corriendo si alguien las dejara».

Lena no respondió de inmediato.

Porque la verdad era que sí lo haría.

Su mirada volvió a la pantalla, pero ya no veía los números.

Si supieran… Necesito algo más que esto.

«Solo necesito algo… más», dijo en voz baja.

Maya la estudió un momento y luego soltó una risita. «Ten cuidado. Así es como la gente se mete en problemas».

Los labios de Lena se curvaron ligeramente. «Quizás los problemas no sean lo peor».

«Sí —dijo Maya, separándose del escritorio—. Hasta que lo son».

Se alejó, dejando a Lena sola de nuevo con el zumbido de la oficina y el peso de sus pensamientos.

Por un momento, Lena se quedó allí sentada.

Luego, lentamente, se inclinó hacia adelante y reanudó la escritura.

Pero no porque quisiera.

Sino porque tenía que hacerlo.

Al otro lado de la ciudad, lejos del ritmo monótono de la vida de oficina, existía otro tipo de silencio.

Frío. Controlado.

Preciso.

Filas de monitores brillaban suavemente en la penumbra; cada uno mostraba flujos de datos: movimientos, patrones, comportamiento. Todo tenía una estructura. Todo tenía un significado.

Adrian Voss permanecía quieto, con las manos apoyadas ligeramente a su espalda mientras observaba.

No miraba nada en particular.

Lo miraba todo.

Patrones.

La gente era predecible. Sus rutinas, sus hábitos, sus decisiones… todo podía ser mapeado, comprendido y controlado.

Era casi… aburrido.

Casi.

Su mirada pasó brevemente a una pantalla más pequeña entre las muchas. Imágenes de la oficina. Vigilancia estándar. Nada fuera de lo normal.

Filas de empleados. Cabezas gachas. Escribiendo. Existiendo.

Observó por un momento, con una expresión inescrutable.

Luego se giró.

Nada interesante.

De vuelta en la oficina, Lena cerró su portátil con un chasquido suave.

La jornada laboral por fin había terminado.

Las sillas chirriaban mientras la gente comenzaba a irse, las conversaciones aumentaban y la energía cambiaba. Libertad: temporal, pero suficiente para sentir algo.

Lena tomó su bolso, se lo colgó al hombro y se levantó. Su cuerpo ya se sentía más ligero, como si saliera de una jaula que no sabía que estaba cerrada con llave.

Caminó hacia la salida, con los tacones resonando suavemente contra el piso pulido.

Cada paso se sentía como una distancia.

Distancia de la monotonía.

Distancia de la asfixia.

Distancia de una vida que no le encajaba.

Fuera, el aire era más fresco. Más limpio. Real.

Inspiró profundamente, dejando que llenara sus pulmones.

La ciudad se extendía ante ella: luces parpadeantes, autos moviéndose, gente apresurándose con un propósito o sin ninguno. Era caótico. Impredecible.

Viva.

Y por primera vez en todo el día, Lena sintió que algo se agitaba en su interior.

Entusiasmo.

Su mente volvió a divagar, esta vez más enfocada.

Esta noche.

Tal vez esta noche no iría simplemente a casa a fingir que todo estaba bien.

Tal vez esta noche haría algo diferente.

Algo peligroso.

Algo que la hiciera sentir que realmente estaba viviendo.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro mientras comenzaba a caminar.

Horas más tarde, el edificio de oficinas permanecía en calma.

Vacío.

Oscuro.

La única luz provenía del tenue brillo de los sistemas de seguridad y del parpadeo ocasional de algún auto que pasaba afuera.

Adentro, Lena había regresado.

No para trabajar.

No oficialmente.

Se sentó de nuevo en su escritorio, pero esta vez el ambiente se sentía diferente. El silencio no era asfixiante, estaba cargado de energía.

La pantalla de su computadora iluminaba su rostro, con sombras danzando en sus facciones mientras las líneas de código reemplazaban las hojas de cálculo.

Esto era diferente.

Esto era real.

Sus dedos se movían más rápido ahora, con confianza y precisión. Su respiración era constante, enfocada.

Sin aburrimiento.

Sin dudas.

Solo la emoción de la posibilidad.

Entonces…

Algo se movió.

Detrás de ella.

Un leve cambio en la pared de vidrio de la oficina.

Lena se quedó paralizada.

Sus dedos se detuvieron en mitad del movimiento.

Lentamente, levantó la vista de la pantalla.

El reflejo en el cristal mostraba su escritorio… su silla…

—y algo más.

Una forma.

Una sombra.

Justo detrás de ella.

Su corazón dio un vuelco.

Se giró bruscamente…

Nada.

La oficina estaba vacía.

Silenciosa.

Quieta.

Lena se levantó lentamente, con el pulso acelerado mientras escaneaba la habitación.

Nadie.

Ningún movimiento.

Ningún sonido.

Pero la sensación permanecía.

La de que no estaba sola.

Su mirada volvió a dirigirse al cristal.

Solo su propio reflejo la observaba ahora.

Aun así, su corazón se negaba a calmarse.

Porque, por un segundo…

Habría jurado que alguien estaba allí.