Corazón de Novato

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Sinopsis

Esto es casi lo mismo que Encuentro en la Quinta Avenida. Pero con Leon S Kennedy.

Genero:
Drama
Autor/a:
Elbuscado1
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

El olor a aceite de motor, aserrín y lluvia inminente impregnaba el aire del viejo garaje en los límites de Queens. Era viernes por la tarde, el cielo de Nueva York estaba teñido de un gris plomizo, y el sonido lejano del tráfico era lo único que rompía el silencio dentro del taller semivacío.

Bajo la luz parpadeante de un tubo fluorescente, Leon S. Kennedy estaba inclinado sobre el motor de una motocicleta Triumph oxidada. Llevaba una camiseta blanca de algodón manchada de grasa, pantalones vaqueros desgastados y botas de trabajo. A sus dieciocho años, Leon ya tenía la complexión de alguien que no temía al trabajo duro: hombros anchos, brazos fibrosos y una mandíbula cuadrada que le daba un aire de madurez prematura. Un mechón de su característico cabello rubio oscuro, lacio y un poco largo, le caía sobre los ojos azules mientras apretaba una tuerca con la llave inglesa.

El sonido de unos pasos ligeros lo hizo detenerse. No necesitó darse la vuelta para saber quién era; el suave aroma a vainilla y champú de manzana era inconfundible.

—¿El taller no cerró hace media hora? —preguntó una voz femenina, teñida de diversión.

Leon dejó la llave inglesa sobre un trapo limpio, se limpió las manos meticulosamente y se dio la vuelta, apoyando la cadera contra el chasis de la moto. Una sonrisa lenta y genuina, de esas que solo le reservaba a ella, se dibujó en su rostro.

—El jefe me deja quedarme después de hora si arreglo esta chatarra sin cobrarle mano de obra extra —respondió Leon, su voz siendo un barítono suave y calmado.

Maureen Stabler estaba de pie junto a la puerta enrollable del garaje, medio abierta. Llevaba su uniforme de la escuela católica: falda de cuadros azules, calcetines altos y un suéter de punto grueso. Su mochila colgaba pesadamente de un hombro. A diferencia de las chicas que Leon veía en los pasillos de la preparatoria, Maureen no intentaba llamar la atención; había una quietud en ella, una madurez nacida de ser la hermana mayor en una casa caótica, que a Leon le había fascinado desde el primer día que compartieron la clase de Educación Cívica.

Maureen avanzó hacia él, esquivando manchas de aceite con pericia. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Leon extendió los brazos y ella se refugió en ellos con un suspiro de alivio, escondiendo el rostro en el hueco del cuello del chico.

—Cuidado, Maurie, estoy lleno de grasa —murmuró Leon, aunque no hizo ningún intento por apartarla. Al contrario, envolvió sus brazos alrededor de la cintura de ella, asegurándose de que sus manos sucias no tocaran la tela del uniforme, manteniéndolas suspendidas en el aire o apoyadas suavemente en su mochila.

—No me importa —susurró ella, cerrando los ojos. El latido del corazón de Leon contra su mejilla era constante, rítmico. Era su ancla—. Fue una semana terrible. Elizabeth estuvo llorando toda la noche por los dientes, Dickie fue suspendido por pelearse, y mi papá ha estado trabajando en un caso espantoso que lo tiene de un humor insoportable.

Leon frunció un poco el ceño, su instinto protector activándose inmediatamente. Apoyó la barbilla en la cabeza de Maureen.

—Siento no haber estado ahí para ayudarte con los niños. Sabes que me ofrezco de niñero cuando quieras.

Maureen levantó la cabeza y lo miró. Los ojos azules de Leon eran increíblemente sinceros, casi ingenuos en su honestidad. A veces a Maureen le asustaba lo puro que era, especialmente viviendo en una ciudad que devoraba a las buenas personas.

—Si te apareces por mi casa para cuidar a mis hermanos, mi padre te interrogaría bajo la luz de una lámpara halógena hasta que confieses crímenes que no cometiste —dijo ella con una media sonrisa.

Leon soltó una pequeña risa, un sonido cálido que vibró en su pecho. —No le tengo miedo al detective Stabler. Es policía. Yo quiero ser policía. Deberíamos llevarnos bien.

—No tienes idea de cómo es mi padre, Leon. Para él, ningún chico que respire y tenga cromosomas XY es digno de estar a menos de cinco metros de mí.

—Entonces le demostraré que no soy "cualquier chico".

Leon bajó la mirada hacia los labios de Maureen. Lentamente, como si pidiera permiso sin usar palabras, acercó su rostro. Maureen cerró los ojos y se alzó de puntillas.

El beso fue tierno, cuidadoso, pero cargado de una devoción silenciosa. Leon besaba como hacía todo en la vida: con una concentración absoluta y un respeto profundo. Sus labios eran cálidos, y Maureen sintió cómo la tensión de toda la semana se derretía. Ella levantó una mano, dudando por un segundo antes de enredar sus dedos en el cabello sedoso de la nuca de él. Leon ahogó un pequeño suspiro, acercándola más a su cuerpo, olvidándose por un momento de la grasa en sus manos y rodeándola por completo.

Cuando se separaron, ambos respiraban un poco más rápido. Leon apoyó la frente contra la de ella, mirándola directamente a los ojos.

—Odio esconderme, Maureen —murmuró él, su tono volviéndose serio—. Odio tener que verte a escondidas en garajes vacíos o detrás de las gradas de la escuela. Me hace sentir como si estuviéramos haciendo algo malo. Y estar contigo es lo mejor que me ha pasado.

El pecho de Maureen se apretó. Ese era el problema con Leon S. Kennedy. Era el arquetipo del "Boy Scout". Creía en hacer las cosas por el libro, en la honestidad brutal, en mirar a la gente a los ojos.

—Lo sé —susurró ella, acariciando la mandíbula del chico, sintiendo la incipiente sombra de barba—. Yo también lo odio. Es solo que... mi familia es complicada. Mi papá ve lo peor de la humanidad todos los días. La Unidad de Víctimas Especiales lo cambia a uno. Confiar no está en su naturaleza.

—No le pido que confíe en mí a ciegas. Pido que me dé la oportunidad de ganarme su confianza —Leon se separó un poco, tomando las manos de Maureen entre las suyas—. Deja que vaya a tu casa. Preséntame formalmente. Como tu novio.

Maureen tragó grueso. La imagen mental de Elliot Stabler conociendo a su novio le producía náuseas. Pero mirando el rostro decidido y amable de Leon, supo que no podía seguir ocultándolo. No era justo para él.

—Este domingo —soltó ella de repente, antes de perder el valor—. Hacemos una cena grande todos los domingos. Te lo diré esta noche. Pero te lo advierto, Leon: no será amable. Te pondrá a prueba de maneras que ni imaginas.

Leon sonrió de lado, una sonrisa que tenía un toque de desafío. —Me he enfrentado a profesores peores en la academia pre-policial. Estaré allí el domingo a las seis.

Esa noche, la cocina de los Stabler era el habitual campo de batalla doméstico. Kathy Stabler estaba sacando una bandeja de lasaña del horno, con el rostro enrojecido por el calor. Kathleen estaba sentada en la isla de la cocina, ignorando su tarea de matemáticas, mientras Dickie construía una torre inestable con vasos de plástico.

En la cabecera de la mesa del comedor, Elliot Stabler estaba sentado con una cerveza a medio terminar y un fajo de informes de casos frente a él. Tenía las mangas de la camisa arremangadas, revelando los tatuajes de los marines en sus antebrazos. Sus ojos estaban inyectados en sangre, señal inequívoca de un caso difícil, y la tensión en su mandíbula indicaba que cualquier ruido fuerte podría hacerlo estallar.

Maureen estaba de pie junto al fregadero, lavando platos, sintiendo que el agua fría no era suficiente para calmar el sudor de sus palmas. Había estado ensayando la frase durante horas.

No pienses. Solo dilo.

—Mamá, papá... quiero preguntarles algo —la voz de Maureen sonó más alta de lo que pretendía, cortando el ruido de fondo de la televisión de la sala.

Kathleen levantó la vista. Dickie detuvo su construcción. Kathy se giró, limpiándose las manos en un trapo.

Elliot no levantó la mirada de su informe, pero su bolígrafo dejó de moverse sobre el papel. —¿Qué necesitas, Maurie? ¿Dinero para un libro? ¿Permiso para el baile de otoño?

—No... no es eso. —Maureen cerró el grifo, el silencio repentino del agua pareciendo ensordecedor—. Yo... he estado saliendo con alguien. Un chico. Durante unos tres meses. Y quiero invitarlo a cenar el domingo para que lo conozcan.

El silencio que cayó sobre la casa de los Stabler fue absoluto. Incluso la pequeña Elizabeth pareció dejar de balbucear en la sala.

La reacción de Elliot no fue explosiva. Fue fría. Calculadora. Levantó la vista lentamente del informe, clavando sus intensos ojos azules en su hija mayor. Toda la fatiga pareció desaparecer de su rostro, reemplazada por el modo "policía en servicio".

—¿Saliendo? —La voz de Elliot era baja, casi un susurro ronco—. ¿Tres meses? ¿A mis espaldas?

—No fue a tus espaldas, papá, yo solo... queríamos estar seguros antes de involucrar a la familia —mintió ella a medias, cruzándose de brazos para evitar temblar.

Kathy intervino rápidamente, su tono materno intentando desactivar la bomba. —El, tranquilo. Maureen ya tiene diecisiete años. Es natural que tenga pretendientes. ¿Cómo se llama, cariño? ¿Es de la escuela?

Elliot no le quitó los ojos de encima a Maureen. —Contesta a tu madre.

—Se llama Leon —dijo Maureen, manteniendo la mirada de su padre con una valentía que no sentía—. Leon Scott Kennedy. Sí, va a mi escuela, está en mi último año.

—¿Kennedy? —Elliot se reclinó en la silla, entrelazando los dedos sobre su abdomen—. ¿Padres irlandeses? ¿A qué se dedican?

—Su padre falleció hace unos años. Su madre es enfermera de turno de noche en el Mercy Hospital —respondió Maureen—. Él trabaja a medio tiempo en un taller mecánico después de clases para ayudar con las cuentas.

Eso pareció desarmar a Elliot por una fracción de segundo. La falta de figura paterna y el trabajo duro eran cosas que un hombre de clase trabajadora como Stabler respetaba a regañadientes. Sin embargo, su instinto protector no disminuía.

—¿Tiene auto? —preguntó Elliot en tono interrogatorio.

—Tiene una motocicleta. Pero me ha prometido que nunca me subirá a ella a menos que tú lo apruebes. —Esa era la pura verdad. Leon se había negado rotundamente a llevarla en su Triumph sin el permiso de sus padres.

Elliot bufó. —Bien. Inteligente de su parte. ¿Qué planea hacer cuando termine la escuela? ¿Vivir de engrasar motores?

Maureen dudó. Sabía que esta era la parte crítica. —No. Él... está en el programa de cadetes junior. Ha solicitado ingreso a la academia de policía. Quiere ser oficial.

El ambiente cambió drásticamente. Kathy soltó un pequeño suspiro, llevándose una mano a la boca. Y Elliot... la mandíbula de Elliot se apretó con tanta fuerza que Maureen pensó que se rompería un diente.

Si había algo que Elliot Stabler odiaba más que a los criminales que perseguía, era la idea de que sus hijos se involucraran en la policía. Él sabía lo que el trabajo te hacía. Cómo te comía el alma, cómo destruía tu matrimonio, cómo te llenaba la cabeza de pesadillas. Y que el chico que pretendía a su hija quisiera entrar en ese infierno era la peor noticia posible.

—Quiere ser policía —repitió Elliot, saboreando las palabras como si fueran veneno.

—Sí, papá. Es su sueño desde que era niño.

Elliot asintió lentamente, una furia fría y contenida brillando en sus ojos.

—Dile que venga el domingo. A las seis en punto. Ni un minuto antes, ni un minuto después. —Elliot agarró su cerveza, le dio un trago largo y volvió su vista a los informes, dando por terminada la conversación—. Y dile que traiga apetito. Tenemos mucho de qué hablar, este señor Kennedy y yo.

El domingo llegó con una llovizna helada típica del noviembre neoyorquino. A las 5:45 p.m., Maureen estaba parada junto a la ventana de la sala, mirando hacia la calle a través de las cortinas. Llevaba unos jeans sencillos y un suéter burdeos. Estaba tan nerviosa que sentía que iba a vomitar la comida antes de siquiera ingerirla.

En la sala, Elliot estaba viendo las noticias. Llevaba una camisa de botones a cuadros y pantalones caqui, pero su postura era la de un guardia de seguridad en alerta máxima. Kathy revoloteaba entre el comedor y la cocina, colocando cubiertos.

A las 5:58 p.m., un Jeep Cherokee de segunda mano, abollado pero impecablemente limpio, se estacionó frente a la casa.

Maureen contuvo el aliento.

La puerta del conductor se abrió y Leon bajó. Llevaba una chaqueta de cuero marrón gastada sobre una camisa de botones azul claro meticulosamente planchada, y pantalones oscuros. Llevaba una caja de pastelería blanca en una mano. Se detuvo un momento en la acera, bajo la lluvia, miró la casa de los Stabler, respiró hondo, ajustó los hombros y caminó hacia la puerta con paso firme.

—Ya llegó —anunció Maureen, corriendo hacia el pasillo.

—Yo abro —dijo Elliot, levantándose del sillón con una rapidez que desmentía su corpulencia.

Maureen se quedó unos pasos atrás, retorciéndose las manos. Elliot abrió la puerta justo antes de que Leon pudiera tocar el timbre.

El reloj del pasillo marcó las 6:00 p.m. exactas.

Leon se encontró cara a cara con el detective Elliot Stabler. Elliot era más alto, más ancho y tenía una presencia abrumadora que solía hacer tartamudear a delincuentes endurecidos. Leon tuvo que mirar ligeramente hacia arriba para hacer contacto visual.

Pero Leon no se encogió. Mantuvo los hombros rectos, la barbilla nivelada y miró a Elliot directamente a los ojos con una expresión de respeto absoluto, pero sin miedo.

—Buenas tardes, señor —dijo Leon, su voz firme, extendiendo su mano libre—. Soy Leon Kennedy. Es un honor conocerlo.

Elliot miró al chico. Vio el corte de pelo cuidado, la ropa humilde pero limpia, y esa mirada azul y honesta que apestaba a idealismo. Elliot extendió su mano y estrechó la de Leon.

El apretón fue una prueba. Elliot aplicó presión, midiendo la fuerza del chico. Leon devolvió el apretón con igual firmeza, sin hacer una mueca de dolor, manteniendo el contacto visual ininterrumpido. Un segundo, dos segundos, tres segundos.

Elliot fue el primero en soltar.

—Llegas a tiempo, Kennedy —gruñó Elliot, apartándose a un lado para dejarlo pasar—. Pasa. Límpiate los zapatos en la alfombra.

—Sí, señor —Leon obedeció, limpiando sus botas antes de cruzar el umbral.

Maureen dio un paso adelante, sintiendo que podía respirar de nuevo. —Hola, Leon.

Leon se volvió hacia ella. Todo el formalismo militar que había mostrado ante Elliot se derritió, y una sonrisa cálida y suave iluminó su rostro. No intentó besarla ni abrazarla frente a su padre, sabiendo que eso sería empujar los límites; en su lugar, le ofreció la caja blanca.

—Hola, Maurie. Estás preciosa —dijo en voz baja—. Traje cannolis de la panadería de mi barrio. Tuve la esperanza de que les gustaran.

—Oh, qué detalle tan encantador, Leon —dijo Kathy, apareciendo desde la cocina, secándose las manos en el delantal. Tenía una sonrisa genuina—. Soy Kathy, la mamá de Maureen. Bienvenido a nuestra casa.

—Señora Stabler, mucho gusto. Gracias por invitarme —Leon le sonrió con ese encanto natural e inofensivo que solía desarmar a las madres de todo el mundo.

—Al comedor —ladró Elliot desde el pasillo—. La cena se enfría.

La cena comenzó con un interrogatorio encubierto como conversación casual. Leon se sentó al lado de Maureen, con Elliot directamente frente a él. Durante los primeros veinte minutos, Leon demostró tener modales impecables. Ayudó a servir a los hermanos menores, dijo "por favor" y "gracias" en el momento adecuado, y elogió sinceramente el asado de Kathy.

Pero Elliot no estaba interesado en los modales de mesa.

—Así que, Kennedy —comenzó Elliot, dejando el tenedor sobre el plato. El tintineo del metal resonó como un disparo en la habitación—. Maureen dice que tu madre es enfermera de turno nocturno. Es un trabajo duro.

—Sí, señor. Lo es. Trabaja catorce horas diarias para mantener la casa —respondió Leon, mirándolo fijamente—. Por eso trato de ayudar con mi trabajo en el taller. Para quitarle un poco de peso.

—Admiras eso. El sacrificio. —Elliot se inclinó hacia adelante—. Maureen también me dijo que quieres entrar a la academia de policía.

El ambiente en la mesa se volvió repentinamente gélido. Kathy bajó la mirada a su plato. Maureen le dio un golpecito a la rodilla de Leon por debajo de la mesa, en señal de apoyo.

—Sí, señor. He estado en el programa de cadetes junior durante dos años. Planeo ingresar a la academia inmediatamente después de graduarme —dijo Leon, su voz resonando con una convicción que no dejaba lugar a dudas.

—¿Por qué? —preguntó Elliot a quemarropa. No fue una pregunta amable; fue un desafío.

Leon parpadeó, sorprendido por la hostilidad directa, pero se recuperó rápidamente.

—Porque quiero proteger a la gente, señor —respondió Leon con simpleza. No hubo grandes discursos ensayados, solo la pura verdad—. He crecido viendo cómo la gente buena sale lastimada. Cómo los débiles son pisoteados. Creo en la ley, señor Stabler. Creo que alguien tiene que ponerse en la línea de fuego para que personas como su familia puedan cenar en paz un domingo por la noche.

Fue una respuesta tan de manual, tan asquerosamente pura e idealista, que a Elliot le dio náuseas. Porque Elliot recordaba haber dicho exactamente las mismas palabras hace veinte años.

Elliot soltó una carcajada amarga, carente de humor. —Quieres proteger a la gente. Crees en la ley. Qué poético, niño.

—El... —advirtió Kathy en voz baja.

—No, déjalo, Kathy —Elliot levantó una mano, sus ojos fijos en Leon como si fuera un sospechoso hostil—. Te voy a decir lo que es la ley, Kennedy. La ley es una burocracia podrida. Proteger a la gente significa llegar cinco minutos tarde a la escena de un crimen y encontrar a una niña pequeña destrozada. Significa arrestar a un monstruo, solo para que un abogado de traje caro lo ponga en las calles al día siguiente por un tecnicismo. Significa ir a casa con la camisa manchada de sangre que no es tuya y no poder mirar a tus propios hijos a los ojos porque el mundo es demasiado feo.

Maureen sintió que las lágrimas picaban en sus ojos. Rara vez su padre hablaba así de abiertamente sobre la oscuridad de su trabajo.

Elliot señaló a Leon con el dedo índice. —Tú no sabes nada del mundo real, chico. Eres un cadete que juega a los héroes. Te comerán vivo ahí afuera. Y si te comen vivo, ¿qué crees que le pasará a mi hija, que estará en casa esperándote? Se quedará viuda antes de los treinta, o casada con un fantasma roto. No quiero esa vida para ella. ¿Entiendes?

La mesa estaba en un silencio absoluto y horrorizado. Dickie parecía asustado. Kathy tenía una mano sobre la boca.

Maureen estaba a punto de gritarle a su padre, de defender a Leon, pero sintió una mano cálida y fuerte apretar la suya por debajo de la mesa. Era Leon.

Leon no se había encogido ante el discurso de Elliot. Su rostro, aunque ligeramente pálido, permanecía estoico. Esperó unos segundos de respetuoso silencio antes de responder.

—Tiene razón, señor —dijo Leon. Su voz no temblaba. Era tranquila, profunda y dolorosamente sincera—. No sé nada del mundo real. No he visto lo que usted ha visto. No tengo sus cicatrices. Y entiendo perfectamente por qué piensa que soy ingenuo.

Leon se inclinó un poco hacia adelante, mirando directamente a los furiosos ojos azules del detective.

—Pero no estoy jugando a los héroes, señor Stabler. Sé que el mundo es feo. Sé que la placa no es un escudo mágico. Pero si me rindo antes de empezar, si digo "es demasiado difícil" y me doy la vuelta, entonces el mundo se vuelve un poco más oscuro. Alguien tiene que intentar encender una luz. Aunque sea pequeña. Aunque me cueste todo.

Leon miró brevemente a Maureen antes de volver su atención a Elliot.

—Amo a su hija, señor. Y precisamente porque la amo, quiero construir un mundo donde ella, y eventualmente nuestros propios hijos, estén un poco más seguros. No puedo prometerle que nunca saldré lastimado. Pero le prometo, como hombre, que nunca dejaré que la oscuridad de este trabajo cruce la puerta de nuestra casa. Si tengo que tragarme el veneno todos los días para que Maureen sonría, lo haré sin dudar.

La declaración flotó en el aire, pesada, inamovible. Amo a su hija. Lo había dicho frente a todos, sin un ápice de vergüenza o duda. Maureen sintió una lágrima cálida resbalar por su mejilla y se la secó rápidamente.

Elliot se quedó mirando a Leon. Realmente mirándolo.

Buscó una grieta en la fachada del chico. Buscó arrogancia, mentiras o el típico machismo fanfarrón de los adolescentes. Pero no encontró nada. Solo encontró acero. Un acero joven y sin templar, sí, pero acero al fin y al cabo.

Leon S. Kennedy era exactamente la clase de policía que a Elliot le habría gustado tener como compañero en sus primeros años. Y eso lo aterrorizaba aún más, porque a los policías como Leon les solían dar los peores destinos.

Elliot parpadeó, la tensión en sus hombros disminuyendo milimétricamente. Aclaró su garganta, un sonido áspero en el silencio del comedor.

—Las palabras son baratas, Kennedy —dijo Elliot, su tono considerablemente menos agresivo, aunque aún rudo—. Cualquiera puede dar un buen discurso. Veremos si tienes la misma convicción cuando te disparen por primera vez.

Leon asintió, aceptando el veredicto a medias. —Estoy dispuesto a demostrarlo cada día, señor.

—Bien. —Elliot levantó su tenedor de nuevo—. Cómete tu asado. Y no creas que por decir un par de cosas bonitas te has ganado mi confianza. Si le rompes el corazón a mi hija, la placa no te salvará de mí.

—No planeo hacerlo, señor.

El resto de la cena fue... sobrevivible. La tensión había disminuido considerablemente. Kathy, en un intento por recuperar la normalidad, comenzó a preguntarle a Leon sobre sus clases, y Leon respondió con la misma cortesía del principio. Incluso hizo reír a Dickie un par de veces contándole anécdotas sobre los desastres en el taller mecánico.

A las nueve en punto, Leon se levantó para despedirse. Ayudó a recoger la mesa —ignorando las protestas de Kathy de que él era el invitado— y se aseguró de agradecer la cena a cada miembro de la familia.

Maureen lo acompañó a la puerta principal. La llovizna se había convertido en una lluvia constante, golpeando el techo del porche. El aire frío de la noche fue un alivio después del calor asfixiante del comedor.

Leon se puso su chaqueta de cuero, subiéndose el cuello contra el viento. Maureen salió con él al porche, abrazándose a sí misma.

—Estuviste increíble —susurró Maureen, sintiendo una oleada de orgullo tan grande que amenazaba con desbordarla—. Te lo juro, Leon. Nadie se le enfrenta a mi padre así. Nadie.

Leon sonrió, pero dejó escapar un largo suspiro, pasándose una mano por el cabello, deshaciendo la raya perfecta que se había peinado. De repente, pareció más joven, más vulnerable.

—No estaba intentando enfrentarme a él, Maurie. Solo estaba diciendo la verdad. Tu padre me aterroriza, que quede claro. Sentí que me iba a arrestar en medio del postre.

Maureen soltó una carcajada, acercándose a él. Leon la envolvió entre sus brazos y su chaqueta de cuero, protegiéndola del viento frío. La atrajo hacia su pecho y apoyó la barbilla en su cabeza, meciéndola suavemente.

—Lo que dijiste en la mesa... —murmuró Maureen, levantando la vista hacia él—. ¿Lo de que me amas?

Leon bajó la mirada, sus ojos azules suavizándose con una ternura infinita. La luz amarilla de la farola de la calle iluminaba la mitad de su rostro, dándole un aire nostálgico.

—Lo dije en serio. Lo siento si fue demasiado pronto o si te asustó decirlo frente a tu familia. Pero no soy bueno mintiendo. Te amo, Maureen. Desde que me prestaste tus apuntes de historia el primer día.

Maureen sintió que el corazón le daba un vuelco. Se alzó de puntillas, agarró las solapas de la chaqueta de Leon y lo besó. Fue un beso profundo, desesperado, lleno de promesas que ambos eran demasiado jóvenes para hacer pero demasiado obstinados para no cumplir. Leon respondió con la misma intensidad, sus manos fuertes aferrándose a la cintura de ella, como si quisiera protegerla del resto del mundo allí mismo, en el porche de su casa.

Cuando se separaron por falta de aire, Leon juntó su frente con la de ella, sonriendo levemente.

—Tengo que irme antes de que tu papá salga con la escopeta.

—Te veré mañana en la escuela —prometió ella, acariciando su mejilla.

—Hasta mañana, Maurie. Te amo.

—Yo también te amo Leon.

Leon caminó hacia su Jeep bajo la lluvia. Se subió, arrancó el motor que rugió con un sonido grave, y le dio un último toque a la bocina antes de perderse en la calle oscura.

Maureen se quedó en el porche unos segundos más, viendo las luces rojas traseras desaparecer. Cuando entró a la casa, encontró a su padre en el pasillo.

Elliot tenía los brazos cruzados. Miró a su hija. Vio el rubor en sus mejillas, el brillo en sus ojos, y la sonrisa que ni siquiera intentaba ocultar.

—Es obstinado —fue la primera evaluación de Elliot.

—Lo es —asintió Maureen.

—Es demasiado idealista para su propio bien. Va a sufrir mucho en este mundo.

—Probablemente —admitió ella.

Elliot suspiró profundamente, frotándose la nuca. Parecía de repente mucho mayor.

—Pero no es un cobarde —concedió finalmente Elliot, las palabras casi doliéndole en la garganta—. Tiene una columna vertebral de titanio, te lo concedo. Y te respeta. Pude verlo en la forma en que te miraba, incluso cuando yo le estaba gritando.

Maureen se acercó y abrazó a su padre. Elliot tardó un segundo, pero le devolvió el abrazo con fuerza, apoyando la barbilla en su hombro.

—Si realmente quiere ser policía, Maureen, la vida va a ser muy difícil para los dos —le susurró Elliot, con una voz llena de una tristeza profunda y paternal—. Lo verás llegar a casa con la mirada vacía. Tendrás miedo cada vez que suene el teléfono a las tres de la mañana.

—Lo sé, papá. He crecido en esta casa, ¿recuerdas? Sé exactamente cómo es.

Elliot se separó de ella, tomándola por los hombros y mirándola a los ojos.

—Si estás dispuesta a cargar con ese peso, entonces no me opondré. Kennedy es un buen chico. Un novato estúpido, pero un buen chico. Solo... ten cuidado, Maurie.

Maureen asintió con una sonrisa suave. —Lo tendré, papá. Te lo prometo.

Mientras subía las escaleras hacia su habitación, Maureen pensó en Leon S. Kennedy. En sus ojos azules, en sus manos manchadas de aceite, y en su fe inquebrantable en hacer lo correcto. Elliot tenía razón; el mundo probablemente intentaría romper a Leon.

Pero Maureen también sabía algo que su padre aún no había descubierto: Leon no se rompería. Y ella estaría allí, a su lado, para asegurarse de ello.