La cita
William manejaba despacio. Se le veía relajado.
Llevaba una mano colgando fuera de la ventana del auto.
—Hoy estás de buen humor —le dije.
Él asintió.
—Es que hoy es un día importante.
—También lo es el día del examen de próstata, pero no te vi de buen humor ese día.
Él soltó una carcajada.
—Cierto. También me acompañaste ese día.
Permanecimos en silencio durante un rato. Pronto llegamos a un semáforo y el Ferrari se detuvo.
Siempre había envidiado a William. Tenía todo lo que a mí me faltaba: una mujer hermosa, hijos obedientes, una bonita casa… pero sobre todo, envidiaba el hermoso auto.
—Eres un buen amigo, Darren —me dijo, sin quitar la vista del semáforo en rojo—. El mejor que he tenido nunca.
Yo no respondí. Me eché hacia atrás en mi asiento.
—Solo tú accediste a acompañarme —dijo William—. Invité a Joe y a Marianne, pero ninguno quiso. Solo tú.
Se rascó la cabeza con la mano izquierda.
—Tampoco me acompañaron para el examen de próstata.
Sonreí.
Él lo notó.
—¿Crees en Dios, Darren?
—¿A qué viene la pregunta de repente? No te va la filosofía.
—Solo trato de hacer conversación.
El semáforo se puso en verde. El auto empezó a moverse de nuevo.
—Pues no —le respondí—. La verdad es que no.
Él sonrió.
—Sí. La verdad es que yo tampoco.
Diez minutos después, el auto se detuvo a un lado de la carretera, cerca de la playa.
Nos bajamos y caminamos un rato por la orilla.
Yo encendí un cigarrillo y le di una calada.
—¿Me das uno? —me dijo.
—¿Desde cuándo fumas?
—Desde hoy, creo.
Chasqueé la lengua. Solo me quedaban dos en la caja.
Reacio, le extendí uno y se lo encendí en la boca con un fósforo.
—¿Tienes un encendedor, no? —me preguntó—. ¿Por qué usas fósforos?
—Es para conservar el sabor.
Ladeó la cabeza, confundido.
—No lo entenderías —le dije—. Tendrías que llevar años fumando para notar la diferencia.
Él se rió.
—Presumido.
—Solo son cigarrillos. No hay nada de qué presumir.
—¿Volvemos al auto?
Miré mi reloj.
—Aún nos queda una hora. ¿Es que tienes prisa?
Él negó con la cabeza.
—No. La verdad es que no.
Dejó escapar el humo.
—Se te da muy bien para ser tu primera vez —le dije—. Mi primera vez me dio un ataque de tos.
Él sonrió, enseñando sus dientes perfectamente blancos.
—¿Qué puedo decir? Se me da bien todo.
—Infeliz… eres un suertudo. Incluso Laura me dijo que te sigue amando, aún después de lo que le dijiste.
Él miró al horizonte.
—Es una buena mujer. La mejor del mundo.
—Y, en cambio, a mí me odia. Desde que accedí a venir contigo ha empezado a escribirme por la mañana. Decenas de mensajes de odio. Y luego me bloquea para que yo no pueda defenderme.
Él soltó una carcajada y puso su brazo por encima de mi hombro.
—No es gracioso —le dije, tratando de parecer enfadado.
Pero él solo siguió riéndose.
Cuando se cansó, nos sentamos a la orilla, mirando al mar.
—Tú nunca te enojas, eh —me dijo.
Se echó hacia atrás y contempló el cielo.
—Es por eso que me caes bien, Darren. Siempre estás ahí cuando se te necesita. No haces preguntas. Todo el mundo hace preguntas, pero tú no. ¿Por qué?
—¿Que por qué? Pues…
Nunca había meditado en ello.
—No lo sé, la verdad. Simplemente soy así.
Él hizo una mueca, parecía una sonrisa, pero solo con la mitad de la boca.
—Gracias.
—¿Qué, ahora te pones sentimental?
—No es eso.
William se levantó y se sacudió la arena.
—Creo que ya es hora.
Asentí.
Entonces, me enseñó las llaves del auto. Las dejó colgando en su dedo, con una sonrisa.
—¿Quieres manejar?
—Sí. ¿Por qué no?
Diez minutos después, habíamos llegado.
Vaya que era un buen auto. Con el mío habría tardado, por lo menos, el doble.
Entramos.
Nos recibió una chica muy joven vestida de blanco.
William me hizo una seña para que le mirara las tetas.
Sacudí la cabeza en desaprobación. Aunque debo admitir que estaba bien dotada.
—¿Es usted el señor Orwell? —preguntó la enfermera.
William asintió.
—En efecto.
—Y el señor es…
Me presenté.
—Ya veo… —dijo ella—. ¿Es su pareja?
William se rió muy fuerte y me abrazó. Algunas personas que esperaban sentadas alrededor, con caras largas y deprimentes, nos vieron con desaprobación.
—Así es —dijo William—. Es mi osito de peluche.
Lo aparté, avergonzado.
—No soy nada de eso. Solo soy su amigo.
—Mi mejor amigo —recalcó él.
—Ya veo… —dijo la chica.
Me miró con una expresión lastimera.
—¿Y él lo acompañará en el proceso, o…?
—Esperaré aquí —dije—. Hasta que acaben.
—Entiendo. Muy bien, señor Orwell. Acompáñeme, por favor. Deberá firmar un par de documentos más antes de proceder.
William hizo una mueca de disgusto.
—¿Más papeleo?
—Solo un par más —explicó la chica mientras caminaban hacia el elevador—. Será rápido.
Media hora después, la chica apareció de nuevo.
—El procedimiento fue todo un éxito —me dijo—. Podrá recoger las cenizas mañana después del mediodía.
Antes de irme, me ofreció una tarjeta que ponía:
«Instituto Remington para servicios médicos de eutanasia asistida», junto a un número de teléfono y correo electrónico de contacto.
Llevé el auto a casa y lo estacioné junto al mío. Por la mañana se lo regresaría a Laura.
***
Al día siguiente me dirigí al lugar. Esperaba recoger las cenizas e irme. Sin embargo, la misma mujer que me había entregado las cenizas me dejó también una carta.
—Me pidió que se la entregara hoy —explicó ella.
La acepté.
Le di las gracias a la chica y salí del lugar.
Ya en la playa, eché las cenizas al agua, como él me había pedido que hiciera.
Entonces, saqué un cigarrillo y busqué un fósforo.
La caja estaba vacía.
“Mierda.”
Saqué el encendedor y prendí el cigarrillo.
Inhalé el humo y saqué la carta.
No era un texto demasiado elaborado. Era simple, igual que él.
«El Ferrari es tuyo», decía.
Solté el humo.
—Esta mierda sabe igual, con o sin fósforo.
Me llevé el brazo a la cara.
Estaba llorando.