Dirección equivocada

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Sinopsis

Inteligente y de lengua afilada, dotada de un agudo sentido del humor y un toque de sarcasmo que Cassandra rara vez muestra en público. Por fuera, es la dama perfecta: elegante, bien educada y poseedora de un gusto impecable. Por dentro, hierve de frustración ante una sociedad que obliga a las mujeres a fingir modestia cuando lo que verdaderamente anhelan es pasión. No es ninguna romántica ingenua, pero esta vez se permitió bajar la guardia y escribir lo que sentía en realidad. Envía la carta a través de su fiel doncella a la dirección de la casa donde cree que reside el lord que conoció en el baile. Sin embargo, la carta termina en manos de Lord Lawrence Wellington, un hombre que se hospeda temporalmente en la casa de su amigo...

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Prólogo

Londres, abril de 1818


Cassandra Wellington estaba en medio del salón de baile y un escalofrío le recorrió la espalda.

Durante casi un año, había llevado un apellido que odiaba casi tanto como al hombre que se lo había dado. Lady Cassandra Wellington. La esposa de Lord Lawrence Wellington. La mujer que una vez enterró a su marido… solo para verlo resucitar de entre los muertos.

Y ahora ese hombre estaba en la puerta, mirándola directamente a ella.

Sus miradas se encontraron a través de la sala abarrotada. Incluso a la distancia, Cassandra sintió que el aire entre ambos se volvía denso. Lawrence lucía tan peligrosamente guapo como siempre: con su levita negra, el cabello oscuro cayendo ligeramente sobre su frente y esa misma mirada, intensa, dominante y levemente cruel.

Caminó hacia ella entre la multitud sin apartar los ojos ni un instante.

Cassandra apretó su abanico con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Hace un año, ella lo había declarado muerto. Hace un año, había decidido que nunca permitiría que se acercara a ella de nuevo. Y hoy él estaba aquí otra vez; vivo, legítimo y, a juzgar por la expresión en su rostro, listo para pelear.

—Lady Wellington —dijo él en voz baja, deteniéndose ante ella. Su voz era grave, familiar y todavía capaz de provocarle escalofríos—. ¿Puedo pedirle una pieza a mi esposa?

Cassandra levantó la barbilla.

—Ese nombre era tan falso como todo lo demás que me dijiste —respondió ella con frialdad—. ¿Cómo se supone que debo llamarte ahora? ¿Lord Rainford?

Los labios de él se curvaron en una sonrisa amarga.

—Puedes llamarme como quieras. Pero oficialmente, eres Lady Cassandra Rainford. Mi esposa.

Cassandra sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—Ya ves... hasta mi apellido era una mentira...

Él se inclinó para que solo ella pudiera escuchar:

—Un error. Tengo una esposa a la que una vez elegí para mí. Y he venido a recuperarla. Corregir el nombre es solo cuestión de tiempo.

La orquesta comenzó a tocar un vals. Lawrence extendió su mano. Cassandra miró su palma y luego sus ojos. Había odio en su mirada.

Ella puso su mano sobre la suya.

—Un baile —advirtió ella con frialdad—. Solo porque la gente nos está mirando.

Él la atrajo más cerca de lo que el decoro permitía.

—Un baile —acordó él—. Y entonces te recordaré que, a pesar de la carta que una vez escribiste a otro hombre, el destino me eligió a mí como tu marido.

Cassandra sintió que el corazón se le oprimía. Aquella carta. La misma que había comenzado todo. La que marcó el principio de la caída de su orgullo.


* * *

Cassandra estaba sentada ante el escritorio de su habitación, sosteniendo una hoja de papel quemada en los bordes.

Era una copia de su propia carta; la que ella había escrito una vez al «Sr. Lawrence Ashley». Una carta llena de pasión, deseo y una osadía imprudente.

Ahora yacía frente a ella, junto a un documento oficial que confirmaba que su matrimonio con Lord Lawrence Wellington era legalmente reconocido. El padre de Lawrence, el viejo duque, había logrado lo que ni siquiera su propia esposa pudo: restaurar el matrimonio que otros habían intentado borrar.

Cassandra repasó la tinta descolorida con el dedo.

«...Quiero sentir tus labios donde ningún caballero ha tocado jamás».

Cerró los ojos.

Hacía más de un año, ella había enterrado a Lawrence. Lo había declarado muerto. Se había convertido en viuda.

Había comenzado una nueva vida y casi se había convencido de que lo odiaba lo suficiente como para no volver atrás nunca.

Y ahora él estaba vivo de nuevo. Y, al parecer, no tenía intención de desaparecer.

Cassandra dejó la carta a un lado y se levantó.

—Si quieres una segunda oportunidad, Lawrence —susurró a la habitación vacía—, tendrás que atravesar el infierno que he preparado para ti.

Se acercó al espejo y miró su reflejo.

—Porque esta vez —añadió en voz baja—, yo pongo las reglas.


* * *

A la noche siguiente, se encontraron de nuevo en otro baile. El vals sonaba lento y melancólico.

Lawrence sostenía a Cassandra por la cintura con un poco más de fuerza de lo que la etiqueta permitía. Ella podía sentir el calor de su mano incluso a través de la tela de su vestido.

—Has cambiado —dijo él en voz baja, sin apartar los ojos de ella.

—Tú también —respondió ella—. Te has vuelto más duro. Y… más triste.

La comisura de sus labios se levantó levemente.

—Tú hiciste que fuera así.

Cassandra sostuvo su mirada.

—Bien. Entonces al menos hice algo bien.

Se movían entre las otras parejas. A su alrededor surgían susurros, los ojos observaban y los chismes se extendían. Pero en ese momento, solo existía la estrecha distancia entre sus cuerpos y el vasto abismo que había entre sus corazones.

—No me voy a rendir, Cassandra —dijo Lawrence suavemente—. Vine por una segunda oportunidad. Y estoy listo para luchar por ella.

Ella permaneció en silencio por un largo momento. Entonces, mientras la música empezaba a desvanecerse, se inclinó más cerca y le susurró al oído:

—Entonces empieza a luchar, marido. Porque ya no soy la chica que escribió esa carta apasionada.

Ella dio un paso atrás, hizo una reverencia y añadió con una sonrisa fría:

—Y esta vez, pretendo ganar esta guerra entre nosotros… incluso si ya he perdido muchas batallas.