Capítulo Único
—¡¡Gracias por su compra!! —chilló Ryuichi con una sonrisa radiante que le iluminaba toda la cara.
Adoraba trabajar en su pastelería. El calorcito del horno, el aroma a vainilla y caramelo flotando en el aire, las risas de los clientes… No imaginaba un trabajo mejor. De niño, sus padres soñaban con verlo de traje en una oficina de lujo, pero él solo quería hornear dulces. Y gracias a que nunca se rindió, ahí estaba: su pequeño reino de azúcar, modesto pero suyo, con espacio para crecer.
Colgó el cartel de «Cerrado» un poco antes de lo habitual. Tenía que pasar al banco a depositar la recaudación del día. Guardó todo en su mochila, comprobó dos veces la cerradura y salió a la calle. El banco quedaba a solo tres cuadras; aprovecharía para estirar las piernas.
Llegó justo a tiempo, faltaban minutos para el cierre. Apenas había gente en las cajas. Sacó su número y se apoyó en la pared, distraído, contando mentalmente los billetes que llevaba.
De pronto, un estruendo.
—¡Arriba las manos! ¡Esto es un asalto!
Tres hombres irrumpieron con pasamontañas y lentes oscuros. El aire se volvió espeso. Todos se congelaron. Ryuichi sintió cómo el corazón le golpeaba las costillas.
Dos de los ladrones corrieron hacia las cajas, encañonando a los cajeros.
—¡El dinero, ya! ¡O los mato aquí mismo!
El tercero se quedó en el centro del vestíbulo, escaneando a los clientes con el arma en alto.
Ryuichi tenía el celular en el bolsillo derecho, a un suspiro de los dedos. ¿Llamar a emergencias? Si lo sacaba… lo verían. Si no lo hacía… tal vez nadie avisara a tiempo.
Inconscientemente bajó la mano apenas un centímetro.
El líder giró la cabeza como un depredador. Sus ojos se clavaron en él.
—No lo haría si fuera yo —dijo con voz helada, y le apuntó directo a la frente.
Ryuichi levantó las manos de golpe, temblando. El sudor le corría por la nuca.
Entonces se oyeron las sirenas. Lejanas al principio, pero acercándose rápido.
—¡Mierda, ya vienen! —gritó uno desde las cajas, cargando un saco repleto.
—Demonios… —masculló el líder sin apartar el cañón de la cabeza de Ryuichi—. Necesitamos un escudo.
El golpe llegó sin aviso: la culata del arma contra la nuca. Un fogonazo blanco, un zumbido ensordecedor… y luego, nada más que oscuridad.
***
Le dolía la cabeza como si le hubieran clavado un martillo en la nuca. Todo giraba a su alrededor en oleadas nauseabundas. Intentó llevarse las manos a la cara para frotarse los ojos, pero no pudo: tenía las muñecas unidas con una soga áspera que le mordía la piel, y el otro extremo estaba firmemente atado a un tubo metálico frío que salía de la pared a su espalda.
—Vaya, al fin despertaste.
Una voz grave y calmada rompió el silencio. Ryuichi levantó la vista con dificultad. Era él: el mismo hombre del banco, el que le había golpeado con la culata del arma. Seguía con los lentes oscuros puestos, lo que le daba un aire aún más intimidante en la penumbra de la habitación. Llevaba una camiseta negra ajustada y jeans oscuros; su postura era relajada, casi divertida.
—¿Dónde… estoy? —preguntó Ryuichi, frunciendo el ceño mientras forcejeaba inútilmente con las ataduras.
—Mi habitación.
Ryuichi vio cómo metía la mano en el bolsillo trasero de sus jeans y sacaba una cartera. Su cartera. El tipo la abrió con calma, hojeando el contenido como si estuviera en una cafetería revisando el menú.
—Ryuichi Sakuma, veinticinco años. Dueño de “Dulce Refugio”, pastelería. Soltero. —Levantó la mirada, los lentes reflejando la tenue luz de una lámpara—. Qué lástima que un rostro tan bonito termine cubierto de harina todos los días.
El hombre extendió la mano y tomó la barbilla de Ryuichi con dedos firmes, obligándolo a mirarlo directamente.
—¡¡Eso qué te importa!! —chilló Ryuichi, sacudiendo la cabeza para soltarse—. ¡¿Qué demonios quieres de mí?!
La cartera cayó al suelo con un golpe sordo. El hombre se inclinó más cerca, su aliento cálido rozando la mejilla de Ryuichi.
—La policía te está buscando, pastelero. Pero no te encontrarán aquí. Esta habitación es a prueba de ruidos, paredes gruesas, sin ventanas. Llegaron demasiado rápido al banco, así que tuvimos que separarnos. Yo te traje conmigo. Ahora solo tengo que esperar a que mis compañeros me contacten… y eso puede tardar horas. O días.
Ryuichi tragó saliva.
—¿No… viven aquí contigo?
Una risa baja y oscura.
—No. Ni siquiera saben dónde vivo. Los conocí hace unos días para este golpe. No confío en nadie tanto. —Hizo una pausa, estudiándolo—. Pero tú… tú eres interesante.
Del bolsillo delantero sacó una pequeña botella metálica. Quitó la tapa con el pulgar, revelando un aerosol. Antes de que Ryuichi pudiera reaccionar, le tapó la nariz con una mano enguantada y presionó el botón.
Una nube fría y dulce invadió sus fosas nasales. Ryuichi abrió la boca instintivamente para respirar y tragó más del vapor. Tosió con violencia, los pulmones ardiendo.
—¡¿Qué… qué es eso?! —jadeó entre toses.
—Un afrodisiaco. Potente. —El hombre sonrió por primera vez, una curva peligrosa—. Sería aburrido esperar sin hacer nada, ¿no crees?
El horror se apoderó de Ryuichi. Intentó retroceder, pero el tubo y la soga lo mantuvieron en su lugar. El calor empezó a subirle por el pecho, extendiéndose como fuego líquido por sus venas. Su piel se erizó, sensible al más mínimo roce del aire.
El hombre —Tat— volvió a tomar su rostro, esta vez con ambas manos. Sus labios se estrellaron contra los de Ryuichi en un beso hambriento, posesivo. La lengua invadió su boca sin pedir permiso, explorando con rudeza. Ryuichi gimió contra su voluntad; el sonido salió ahogado, traicionero. El afrodisiaco ya corría por su sangre, encendiendo cada nervio, haciendo que su cuerpo respondiera aunque su mente gritara que no.
Tat se apartó apenas, los labios húmedos y entreabiertos.
—Podemos aprovechar el tiempo en algo mucho más divertido que estar aquí sentados.
—Quie… ¿quién te crees que eres? —susurró Ryuichi. Las piernas le temblaban violentamente; si no estuviera atado, habría caído al suelo.
—Solo llámame Tat. —Sus manos bajaron al cuello de la camisa de Ryuichi y empezaron a desabotonarla con lentitud deliberada.
Todo se volvió confuso, borroso por el deseo forzado.
Lo empujaron al suelo con cuidado casi irónico. Tat cortó la soga que unía sus muñecas al tubo —pero no las desató entre sí—, dejándolo con las manos atadas por delante. Las prendas desaparecieron una a una: camisa abierta, pantalones bajados con tirones impacientes, ropa interior arrancada sin ceremonia. El aire frío chocó contra su piel expuesta, pero el calor interno lo quemaba más.
Tat lo recorrió con las manos: dedos ásperos trazando los costados, pellizcando los pezones hasta hacerlos endurecer, bajando por el abdomen tembloroso hasta rodear su erección ya dura y palpitante. Ryuichi arqueó la espalda, un gemido ronco escapando de su garganta. Cada caricia era electricidad pura; su cuerpo traicionero se retorcía buscando más contacto.
Tat separó sus muslos con firmeza. Ryuichi sintió dedos lubricados —no sabía de dónde había sacado el frasco— presionando contra su entrada. Uno, luego dos, moviéndose con una paciencia cruel que contrastaba con la urgencia que lo consumía. Lo preparó despacio, abriéndolo, curvando los dedos para rozar ese punto sensible dentro que lo hizo gritar y arquearse.
—Tan apretado… —murmuró Tat contra su oído—. Vas a sentirme todo.
Ryuichi ya no podía pensar. El deseo lo ahogaba. Quería —no, necesitaba— ser llenado, poseído, consumido. No sabía si era real o solo el químico hablando, pero el vacío dentro de él dolía más que cualquier cosa.
Cuando Tat finalmente empujó dentro, grueso y caliente, Ryuichi gritó con toda la fuerza de sus pulmones. Dolía al principio, un ardor intenso que se mezclaba con un placer abrumador. Tat se hundió hasta la base y se quedó quieto un segundo, dejando que se ajustara… antes de empezar a moverse.
Cada embestida era profunda, deliberada, golpeando ese punto una y otra vez. Ryuichi se retorcía bajo él, las manos atadas presionando contra el pecho de Tat, uñas clavándose en la tela. El sudor perló su piel; los gemidos se volvieron continuos, desesperados. Tat lo besaba con fiereza, mordía su cuello, lamía el sudor de su clavícula mientras aceleraba el ritmo.
No supo cuánto tiempo duró. Minutos, horas… solo sabía que no era suficiente. Cada orgasmo lo atravesaba como un rayo, pero el afrodisiaco no lo dejaba saciarse. Seguía duro, seguía temblando, seguía rogando en silencio por más besos, más caricias ardientes, más de ese cuerpo pesado sobre el suyo.
Tat lo tomaba todo: su boca, su piel, su placer forzado. Y Ryuichi, perdido entre el horror y el éxtasis, se dejó llevar.
***
Con el paso de los días —o quizás semanas, ya que el tiempo en esa habitación se había vuelto borroso—, el deseo de escapar se fue desvaneciendo como humo. Al principio, cada vez que Tat salía, Ryuichi tiraba de las ataduras hasta sangrarse las muñecas, planeaba rutas imposibles de escape en su mente, contaba los minutos hasta que la puerta volviera a abrirse con terror. Pero poco a poco, el pánico cedió terreno a algo más insidioso: la espera.
Tat dejó de usar el aerosol. No hacía falta. Bastaba con que entrara en la habitación, con esa presencia imponente que llenaba el espacio, para que el cuerpo de Ryuichi reaccionara antes que su mente pudiera protestar. Las manos fuertes de Tat —manos que antes habían empuñado un arma— ahora recorrían su piel con una mezcla de posesión y ternura inesperada. Un roce en la nuca, dedos trazando la columna vertebral, palmas abarcando sus caderas… y Ryuichi se retorcía, jadeante, arqueándose hacia el contacto como si fuera oxígeno.
Cuando Tat lo besaba, era diferente. Ya no era solo hambre cruda. Los labios se demoraban, exploraban con lentitud deliberada: un mordisco suave en el labio inferior, la lengua trazando el contorno de su boca, un beso profundo que le robaba el aliento y le hacía olvidar dónde terminaba él y empezaba el otro. Ryuichi se perdía en esos momentos. Cerraba los ojos y sentía que flotaba, que el mundo exterior —la pastelería, el banco, la policía— era un sueño lejano. Solo existía el calor del cuerpo de Tat sobre el suyo, el latido acelerado contra su pecho, el aroma masculino y ligeramente ahumado que se le había metido en la piel.
¿Deseo? Absolutamente. Lo sentía en cada fibra: en la forma en que su cuerpo se abría para él sin resistencia, en cómo gemía el nombre “Tat” como una súplica cuando lo penetraba despacio, profundo, haciendo que el placer lo atravesara en oleadas interminables. Tat lo tomaba con control absoluto —embestidas lentas que lo volvían loco, manos sujetando sus muñecas por encima de la cabeza, susurros roncos en su oído: “Dime que lo quieres… dime que me necesitas”—, y Ryuichi siempre respondía, temblando, con un “sí… por favor… más”.
¿Necesidad? Claro que sí. Sin Tat, el silencio de la habitación se volvía asfixiante. Esperaba su regreso con el corazón en la garganta, no por miedo a la violencia, sino por el vacío que dejaba su ausencia. Cuando Tat le traía comida —no solo sobras, sino platos preparados con cuidado, a veces incluso algo dulce que recordaba a la pastelería—, Ryuichi sentía un nudo extraño en el pecho. Gratitud. Dependencia. Algo que se parecía peligrosamente a apego.
¿Amor?...
La pregunta se colaba en los momentos quietos, cuando yacían exhaustos en el suelo o en la cama improvisada, con el sudor enfriándose en su piel y el brazo de Tat rodeándole la cintura como si temiera que desapareciera. Ryuichi se quedaba mirando el techo agrietado, sintiendo el peso reconfortante del cuerpo a su lado. ¿Era posible? ¿Podía amar al hombre que lo había secuestrado, que lo había drogado, que lo había convertido en esto? O… ¿era solo el síndrome hablando? La mente racional le gritaba que sí, que era supervivencia disfrazada de deseo. Pero cuando Tat le acariciaba el cabello con una suavidad que nadie más le había dado nunca, cuando murmuraba contra su cuello “Eres mío… solo mío”, una parte traicionera de Ryuichi quería creer que era real. Que en esa jaula de cuatro paredes había nacido algo prohibido, intenso, inevitable.
No sabía cuánto tiempo más podría resistirse a llamarlo amor. O si ya lo había hecho, en silencio, cada vez que se entregaba por completo.
***
Ryuichi lo miró fijamente, con el ceño fruncido por la confusión que llevaba días acumulándose en su cabeza.
—¿Qué pasó con tus compañeros?
Tat parpadeó, como si la pregunta lo hubiera sacado de un ensueño.
—¿Uh?
—Los otros dos. Los que entraron al banco contigo. —Ryuichi tragó saliva, la voz baja pero insistente—. Nunca los has mencionado. Ni una llamada, ni una visita. Nada.
Tat se recostó contra la pared opuesta, cruzando los brazos sobre el pecho. Una sonrisa torcida asomó en sus labios, pero no llegó a sus ojos.
—No vendrán.
Ryuichi sintió un escalofrío inesperado.
—¿Qué quieres decir?
—Les dije que ya no quería nada. Que se quedaran con el dinero, con todo. —Hizo una pausa, encogiéndose de hombros como si hablara del clima—. Se fueron contentos. Fin de la historia.
El silencio se estiró entre ellos. Ryuichi bajó la mirada a sus muñecas, aún marcadas por las cuerdas aunque ya no las usara tanto. Tat lo aseaba todos los días con una delicadeza casi ritual: agua tibia, jabón suave, toallas que olían a él. Lo alimentaba con comidas preparadas —nada de sobras frías—, y a veces le traía dulces que parecían sacados de otra vida. Pero ahora, por primera vez, Ryuichi se daba cuenta plena de los patrones: Tat desaparecía cada mañana temprano y regresaba al atardecer, oliendo a café y a ciudad.
—Entonces… —murmuró Ryuichi, con el semblante ensombrecido por una tristeza que no sabía nombrar—. Si no es por el dinero… ¿por qué haces esto? ¿Por qué me tienes aquí?
Tat se acercó despacio, arrodillándose frente a él. Sus dedos rozaron la mejilla de Ryuichi, un toque ligero que hizo que el pastelero cerrara los ojos por instinto.
—Por diversión. —La voz era baja, casi un ronroneo—. No necesito el dinero, pastelero. Tengo un trabajo estable, uno que paga bien y me deja… mucho tiempo libre.
Ryuichi abrió los ojos de golpe.
—¿Trabajo estable? ¿Entonces por qué robas bancos?
Tat soltó una risa sarcástica, corta y amarga.
—Digamos que mi vida se estaba volviendo insoportable de aburrida. —Se inclinó más cerca, su aliento cálido contra los labios de Ryuichi—. Quería acción. Adrenalina. Algo que me hiciera sentir vivo de nuevo.
Antes de que Ryuichi pudiera responder, Tat capturó su boca en un beso lento, profundo. No era el beso hambriento de los primeros días; era posesivo, pero con una ternura que dolía. Ryuichi sintió cómo su cuerpo respondía de inmediato —el calor subiendo por su pecho, los latidos acelerados—, y odió que le gustara tanto. Tat se apartó apenas, rozando su nariz contra la de él.
—Y tú… —susurró Tat, la voz ronca—. Tú eres lo más interesante que me ha pasado en años.
Ryuichi no contestó. No podía. Solo se quedó ahí, con el corazón latiéndole fuerte contra las costillas, preguntándose si el nudo en su garganta era miedo, rabia… o algo mucho más peligroso.
***
Han transcurrido exactamente 26 días desde el violento asalto al Banco Central de Tokio, ocurrido el pasado 31 de enero en el distrito de Chiyoda.
De los tres individuos identificados como responsables del robo —que sustrajeron aproximadamente 150 millones de yenes en efectivo—, dos han sido detenidos en las últimas 72 horas. Se trata de dos hombres de 32 y 38 años, capturados en operativos separados en las prefecturas de Saitama y Kanagawa. Ambos han confesado su participación y están colaborando con las autoridades en la investigación.
Sin embargo, el presunto líder del grupo —un hombre de aproximadamente 30 a 35 años, de complexión atlética y que se hacía llamar “Tat” durante el asalto— permanece prófugo. Las cámaras de seguridad del banco lo captaron huyendo con un rehén: Ryuichi Sakuma, de 25 años, propietario de la pastelería “Dulce Refugio” en el barrio de Shibuya.
Hasta la fecha no se tienen noticias del paradero de Sakuma ni del fugitivo. La Policía Metropolitana de Tokio mantiene activa la alerta de secuestro y considera que el rehén podría seguir con vida y bajo custodia del líder. Fuentes cercanas a la investigación indican que se han intensificado los rastreos en zonas periféricas de la capital y en prefecturas aledañas, incluyendo revisiones exhaustivas de propiedades abandonadas, alquileres temporales y comunicaciones interceptadas.
La investigación continúa sin descanso. Seguiremos informando cualquier avance en este caso que ha conmocionado a la opinión pública.
NHK News – Edición vespertina. Fin del boletín.
***
Tat apagó el televisor de un golpe seco con el control remoto, sin interrumpir el ritmo implacable de sus caderas. El sonido del noticiero —“prófugo… rehén… sin pistas”— se cortó de golpe, dejando solo el jadeo entrecortado de Ryuichi y el choque húmedo de sus cuerpos.
Ryuichi se aferró con desesperación a las sábanas arrugadas bajo él, los nudillos blancos por la fuerza. Apoyó el peso en las rodillas temblorosas para no colapsar bajo los embates profundos y precisos de Tat. Cada embestida lo hacía arquearse, lo llevaba más cerca del borde, lo llenaba hasta que dolía de tan bien. Sintió los labios calientes de Tat contra su cuello: besos fuertes, succiones deliberadas que dejarían moretones morados y rojos, marcas de propiedad que nadie más vería nunca.
Estaba a punto de estallar. Quería —necesitaba— tocarse, frotar su erección hinchada y palpitante para terminar de una vez, pero las muñecas seguían atadas con la soga suave que Tat usaba ahora en lugar de las ásperas. Si movía las manos perdería el equilibrio y caería de bruces sobre el colchón. Un gemido frustrado escapó de su garganta.
Tat lo entendió sin palabras. Una mano grande y firme bajó por su abdomen sudoroso, rodeó su miembro con fuerza controlada y empezó a masturbarlo al mismo ritmo brutal de sus caderas. Pulgar rozando la cabeza sensible, palma apretando justo donde más lo necesitaba. Ryuichi soltó un grito ahogado, el cuerpo tensándose como un arco.
Llegaron juntos. Ryuichi se deshizo en un orgasmo que le nubló la vista, contracciones violentas que lo hicieron temblar de pies a cabeza. Tat gruñó contra su oído, enterrándose hasta el fondo una última vez antes de derramarse dentro de él con un estremecimiento profundo.
Ryuichi colapsó boca abajo sobre la cama, jadeante, exhausto. Tat se dejó caer a su lado, el pecho subiendo y bajando con fuerza, una mano posesiva aún sobre la cadera del pastelero.
—Así que no hay pistas… —murmuró Tat, con una sonrisa ladeada que no llegó a sus ojos. Se giró hacia Ryuichi—. Ahora solo tengo que deshacerme de la evidencia y sería el crimen perfecto. ¿Qué opinas, Ryuichi?
Se colocó sobre él de nuevo, el peso familiar aplastándolo contra el colchón. Sus manos rodearon el cuello de Ryuichi, no apretando… aún. Solo descansando ahí, pulgares rozando la nuez de Adán, sintiendo el pulso acelerado.
—¿Vas a matarme? —preguntó Ryuichi con la voz quebrada, ronca de tanto gritar.
Tat ladeó la cabeza, estudiándolo como si fuera una pieza de rompecabezas.
—¿Debería?
Ryuichi sintió que algo se rompía dentro de él. No era solo miedo a la muerte. Era terror a que ya no le sirviera, a que Tat se aburriera de él como se había aburrido de su vida anterior. El pensamiento le dolió más que cualquier golpe. Con las manos aún atadas por delante, jaló la camisa de Tat con fuerza desesperada y lo besó. Fue un beso torpe, hambriento, lleno de lágrimas que no sabía que estaban cayendo. Su corazón lloraba en silencio. ¿Era amor? ¿O solo el resultado de semanas de aislamiento, placer forzado y dependencia absoluta? Ya no importaba distinguir. La realidad afuera —la pastelería, la policía, el mundo— se había desvanecido. Solo quedaba esto: el calor del cuerpo de Tat, el olor a sudor y sexo, la calidez que lo envolvía como una manta pesada.
Las manos de Tat bajaron de su cuello para rodearlo por completo, atrayéndolo contra su pecho. Lo besó de vuelta, lento esta vez, casi tierno. Sus cuerpos se enredaron de nuevo en una vorágine de sensaciones: piel contra piel, respiraciones mezcladas, gemidos suaves que ya no eran solo de placer, sino de algo más profundo y peligroso.
Ese día Ryuichi lo entendió. Lo que le había faltado toda su vida. Lo que su existencia necesitaba para sentirse completa.
A él.
Lo quería. Lo necesitaba. Con una intensidad que lo aterrorizaba y lo liberaba al mismo tiempo.
—Ahh… Tat… —susurró contra sus labios, la voz temblorosa pero segura por primera vez—. No me dejes…
Tat no respondió con palabras. Solo apretó más su abrazo, como si él también temiera que todo se deshiciera si lo soltaba.
***
Cuando abrió los ojos, la luz blanca y fría del hospital le golpeó como un insulto. Estaba en una cama estrecha, con sábanas ásperas que olían a desinfectante y a nada. Un pitido constante de monitor marcaba su pulso, demasiado lento para lo que su corazón recordaba sentir.
La policía llegó poco después. Dos oficiales de rostros serios y uniformes impecables le explicaron lo que sabían: una llamada anónima al 110, voz distorsionada, sin rastro. “Un joven desmayado en un estacionamiento vacío al sur de Tokio. Nadie vio quién lo dejó ahí”. Lo encontraron con la ropa limpia, sin moretones visibles (excepto los que ya se estaban desvaneciendo en su cuello y caderas), sin heridas graves. Solo agotamiento extremo, deshidratación leve y un cuerpo que parecía haber sido cuidado hasta el último momento.
Los médicos fueron amables. “Físicamente estás bien, Sakuma-san. No hay daños permanentes”. Pero recomendaron terapia psicológica de inmediato. “Secuelas postraumáticas son comunes en casos de secuestro prolongado. Ansiedad, pesadillas, apego al captor… es normal. No lo ignores”.
La policía lo interrogó durante horas. Preguntaron por el líder. Por “Tat”. Por cualquier detalle: acento, cicatrices, tatuajes, olor, voz, costumbres. Ryuichi los miró con ojos vacíos y respondió con monosílabos.
—No sé su nombre real. —Nunca se quitó las gafas negras. —No vi su rostro completo. —No recuerdo mucho.
Mentiras a medias. Verdades a medias. Porque sí recordaba: recordaba el tacto áspero de esas manos cuando lo aseaban con ternura, el peso de su cuerpo cubriéndolo, el susurro ronco de “Eres mío” contra su oído. Recordaba el sabor de sus besos, el calor que lo llenaba hasta borrar el mundo. Y no quería decir nada. No podía. Cada palabra que saliera de su boca sería una traición a lo único que, en ese momento, había sentido como hogar.
Lo dieron de alta tres días después. Regresó a su pastelería en Shibuya. La puerta sonó con la campanilla familiar, el aroma a vainilla y mantequilla lo envolvió como un abrazo viejo. Los clientes lo recibieron con abrazos, lágrimas, preguntas que él esquivaba con sonrisas débiles. “Estoy bien. Solo cansado”. Reabrió el negocio. Horneo pasteles. Sonrió a los niños que pedían donas. Todo igual que antes.
Pero nada era igual.
Las noches eran lo peor. Se despertaba jadeando, con el cuerpo ardiendo de recuerdos que no podía tocar. Buscaba instintivamente el peso de Tat a su lado, el brazo que lo rodeaba como una cadena y una manta al mismo tiempo. Tocaba las sábanas vacías y sentía un vacío que le dolía en el pecho, más profundo que cualquier hambre. Se masturbaba pensando en él —en las embestidas lentas, en los besos que dejaban marcas, en el “No me dejes” que nunca debió decir—, y después lloraba en silencio, odiándose por extrañarlo.
Quería regresar. Regresar a ese cuarto sin ventanas, a prueba de ruidos, donde el tiempo no importaba. A esos brazos que lo sostenían como si fuera lo único valioso en el mundo. A Tat, con su risa sarcástica, su humor ácido, su posesividad que lo había hecho sentir necesario por primera vez.
Si tan solo se hubieran conocido en otras circunstancias. En una cafetería cualquiera. En la calle. En su pastelería, Tat pidiendo un pastel de vainilla con esa sonrisa. Sin armas, sin secuestro, sin afrodisiaco. Solo dos personas que se miran y saben que algo encaja.
Pero no fue así. Y ahora, cada día que pasaba en libertad, Ryuichi sentía que moría un poco más. La pastelería ya no era su refugio; era una jaula dorada. Y Tat, dondequiera que estuviera, se había llevado consigo la única versión de sí mismo que alguna vez se había sentido vivo.
A veces, cuando cerraba la tienda temprano y se quedaba solo entre el olor a azúcar quemado, se preguntaba si Tat también lo extrañaba. Si alguna vez pensaría en volver por él.
Y en el fondo, una parte oscura de Ryuichi esperaba que sí.
***
Ryuichi bajó del taxi con la bolsa de provisiones en una mano y las llaves tintineando en la otra. El sol de la tarde teñía la calle de un naranja suave, casi como el glaseado de caramelo que tanto le gustaba preparar.
—Bienvenido a casa, Ryuichi.
La voz cálida de la señora Nanao lo sacó de sus pensamientos. Estaba barriendo la acera con movimientos lentos y precisos, el delantal floreado manchado de polvo.
—Hola, señora Nanao —saludó él con una sonrisa automática, la misma que usaba en la pastelería—. ¿Nuevo vecino? —preguntó al ver el camión de mudanza estacionado frente al edificio. No recordaba que hubiera departamentos vacíos.
—Sí, un chico joven. Se muda al departamento de al lado del tuyo. —La señora Nanao se enderezó, apoyándose en la escoba—. Oh, mira, ahí viene.
Ryuichi giró la cabeza por instinto.
Y el mundo se detuvo.
Un hombre alto bajaba del camión con una caja pequeña en los brazos. Cabello negro azabache cayéndole sobre la frente, hombros anchos bajo una camiseta oscura sencilla, movimientos tranquilos y seguros. Cuando levantó la vista, sus ojos —profundos, negros como la noche sin estrellas— se encontraron con los de Ryuichi.
El aire se le atoró en la garganta.
No llevaba gafas oscuras. No había pasamontañas ni arma. Solo una sonrisa leve, casi tímida, que curvaba unos labios que Ryuichi conocía demasiado bien.
—Hola —dijo el hombre, dejando la caja en el suelo y acercándose con paso calmado—. Mucho gusto. Soy Tatsuha Uesugi. Espero que podamos ser buenos vecinos… y buenos amigos.
La voz era la misma. Ese ronroneo bajo que había susurrado “Eres mío” contra su piel. Pero ahora sonaba diferente: suave, normal, como si nunca hubiera apuntado un arma a su cabeza ni lo hubiera hecho gritar de placer en una habitación sin ventanas.
Ryuichi sintió que las piernas le flaqueaban. La bolsa de provisiones casi se le cae; la apretó con fuerza para no soltarla. Su corazón latía tan fuerte que pensó que la señora Nanao lo oiría.
Tatsuha —Tat— extendió la mano. Una mano grande, familiar, con las mismas venas marcadas que habían recorrido su cuerpo una y otra vez.
Ryuichi la miró un segundo eterno. Luego, con dedos temblorosos, la tomó. El contacto fue eléctrico: cálido, real, sin ataduras ni amenazas. Solo piel contra piel.
—Ryuichi Sakuma —murmuró, la voz apenas audible—. Encantado…
La señora Nanao sonrió ajena a todo.
—Qué bueno que se lleven bien desde el principio. Los vecinos deben ayudarse, ¿verdad?
Tatsuha soltó una risa baja, esa risa sarcástica que Ryuichi había extrañado en cada noche vacía.
—Claro, señora Nanao... Me aseguraré de que así sea.
Sus ojos no se apartaron de los de Ryuichi. Había algo ahí: no arrepentimiento, no disculpa. Solo reconocimiento. Promesa.
Ryuichi soltó la mano despacio, pero el calor se quedó en su palma. Subió las escaleras hacia su departamento con las piernas débiles, sintiendo la mirada de Tatsuha en su espalda todo el camino.
Cerró la puerta. Se apoyó contra ella. Cerró los ojos.
¿Sería este el verdadero comienzo de su nueva vida?
Una vida donde Tat —Tatsuha— ya no era un captor, sino un vecino. Un amigo. ¿Un amante? ¿Algo más?
No lo sabía. Pero por primera vez en mucho tiempo, el vacío en su pecho se sintió un poco menos pesado.
Esperaba que sí…
Esperaba que sí…