Noche 1
Hace un tiempo —ni siquiera el propio William llevaba la cuenta— comenzó su destrucción.
Familia abandonada sin más.
Seres brillantes cayendo en agonía.
Nada regresaría las vidas arrancadas por el Hombre Morado.
Años bastaron para acabar con la masacre de ideas, ardiendo en fuego para liberar a aquellas almas jóvenes.
Pero un alma no estaba satisfecha con el final.
Jamás lo va a estar.
¿Conoces esta historia, no?
Un limbo, un ciclo de tortura eterna.
Pero nada es perfecto.
Ni siquiera tú.
Frío otra vez. Me congelan los huesos o, mejor dicho, mi existencia. Este vacío oscuro con esa maldita música de Puppet me está matando lo poco que me queda. Con mucho respeto, me encantaría haber quemado esa caja de música antes de que Henry se la regalara.
— Otra vez aquí —retumbó una voz por toda la atmósfera. Conocía esa voz: era mi claro verdugo. Cada vez que la miro, deseo acabar con su existencia.
Aquella marioneta apareció frente a mí, con su altura obviamente superior a la mía y esa máscara que oculta sus emociones más miserables.
— Hombre Morado, puedo escuchar tus pensamientos.
Mierda.
— ¡Puppet! ¿Cómo va tu eternidad? ¿Divertida, verdad? —saludé como siempre, manteniendo esa tregua silenciosa que me hace querer arrancarme mi propia piel. Ni recuerdo cuánto tiempo llevo sin saludar de manera genuinamente feliz.
— Más que perfecta —mencionó el ser formado de palos oscuros con un tono orgulloso—. Pero no lo suficiente.
Y aquí abandoné mi tregua.
— ¡Oh, vamos! Peleo contra todos los animatrónicos, incluidos los que ni sabía que existían, todos al máximo de agonía... —No pude desatar toda mi frustración acumulada por la interrupción de la marioneta desnutrida, que comenzó a caminar a mi alrededor como un depredador contra su presa.
— No sufres, no luchas. De hecho, te dejas matar de una vez para acabar la noche. Eso no es divertido —la voz de Puppet se distorsionaba cada vez más, convirtiéndose en muchas voces distintas de niños cuyos nombres ni recuerdo haber escuchado.
Mi paciencia se estaba derritiendo como un helado. Tomé aire profundamente para exhalarlo con fuerza, recuperando mi sonrisa; esa que mi voz proyecta y que los demás etiquetan como idiota.
— Obvio que no es divertido. Te alimentas del odio, algo que con el tiempo supe controlar o dejar ir. No es mi culpa que tus gustos de tortura sean tan aburridos —crucé los brazos, mostrando mi juicio contra aquel ser.
Puppet detuvo su caminata en círculos. Me miró fijamente, como si me analizara de pies a cabeza. Mi sonrisa se quebró de inmediato; no era una buena señal.
— Te tengo un regalo —respondió al fin la marioneta con una voz más meticulosa, haciendo que instintivamente retrocediera un paso. Esa cosa no es de dar regalos.
— ¿Un regalo? Llevo décadas sin recibir uno —estaba perplejo. ¿Quién no? El ser que te saca las tripas ahora te quiere regalar algo. Claro, muy confiable.
— ¡Serás padre otra vez! —mencionó Puppet como si fuera la mejor idea del mundo... La mejor mierda.
— Cinco animatrónicos, cinco niños. Las reglas son simples: nada de maltrato y ser el mejor padre. No decepciones.
Aquella marioneta —que no sé de dónde saca su fuerza— me empujó hacia atrás. Tropecé contra una caja de regalo abierta que ni sabía que estaba ahí. Caí dentro y, justo cuando me iba a levantar, la caja se cerró, dejándome a oscuras y apretado. Sea a donde sea que me lleve esta cosa, no va a ser bueno.
La caja de regalo cayó de manera brusca y sin cuidado alguno de lado, provocando que saliera... ¿William? No, esta vez tenía su forma de Springtrap; sería demasiado lindo que aquel hombre morado aún conservara su apariencia humana. Springtrap pudo identificar aquel suelo pegajoso por charcos de refresco, el olor a pizza casi podrida y esos azulejos de color blanco y negro: estaba en el establecimiento de comida rápida que él mismo fundó con su amigo.
Estaba a punto de alzar su mirada cuando una sombra lo cubrió casi en su totalidad, confundiendo al conejo moribundo. Levantó la vista logrando ver a cinco de sus animatrónicos, pero esta vez con el tamaño de niños; no podía identificar más por la oscuridad que los consumía.
- No me puedes estar... -murmuró Springtrap, esta vez con un pánico genuino, tratando de arrastrarse hacia atrás, pero solo pudo toparse contra la caja de regalo.
- ¿Podría caber en el horno? -alzó la voz la figura de ave amarilla. Springtrap la pudo identificar como el animatrónico de Chica; su observación pasaba entre cada niño que hablaba.
- ¡Me fascina la idea de conejito al horno! -habló la silueta de un conejo. Sus orejas rígidas y siempre alzadas, dió un pequeño salto de afirmación. Era obvio quién era: Bonnie.
- ¿Qué tan profundo puede caer un conejo muerto? -preguntó la forma de un zorro, acercando de manera peligrosa un garfio al rostro de Springtrap, como si tuviera ese fuerte interés de tocarlo, pero temiendo por dentro hacerlo. Aquella presencia agresiva pero juguetona, sumada al garfio, hacía totalmente identificable que era Foxy.
La forma de oso apartó a los tres animales robóticos escondidos por la penumbra, dejándose ver por el ser más alto que seguía en el suelo. Era Freddy; acomodó su gorro de copa de mejor forma para verlo, movió sus orejas para agudizar sus oídos de metal y, a la vez, estar al pendiente de cualquier ataque.
- Chicos, no me gustaría un conejito mojado al horno -Freddy soltó una carcajada típica de su programación; la risa de un oso, esa misma risa que William programó con sus propias manos.
Springtrap quedó pensando, su expresión cambiando de diferentes formas: enojo, duda... Tenía una necesidad intensa de ahorcar a cada uno pero, la amenaza de Puppet era más fuerte. Levantó lo poco que tenía no quemado ni destruido de sus orejas, manteniendo su semblante serio como siempre.
- ¿Conejito al horno? ¿En serio? -preguntó Springtrap sarcástico. Trató de levantarse del suelo pegajoso, sin embargo, el peso de su propio cuerpo lo venció; llevaba años sin sentir aquel armazón metálico. Cayó nuevamente a pocos centímetros de haberse elevado, provocando el típico sonido de chatarra contra el suelo.
- ¡¿Te gusta?! ¡Lo pensé justo cuando se incendió esa tonta pizzería! -saltó nuevamente Bonnie, como si la idea de que lo escuchen y le den atención fuera suficiente para emocionarlo.
- ¡Exacto, conejito al horno! -mencionó feliz Chica, acercándose de manera sigilosa con la idea de picotear el rostro de Springtrap. Por suerte, Foxy tomó a Chica del hombro para regresarla a su posición casi detrás de Freddy.
- Prefiero conejito podrido -murmuró Foxy, dejando ver su leve enojo ante la situación que se estaba llevando a cabo, siendo una escena más tranquila de lo que él quería. Con su garfio, se limpiaba entre los dientes tratando de evitar la frustración.
Los cuatro animatrónicos sintieron una presencia diferente a ellos. A cada uno se le notaba la alerta: Freddy, Bonnie y Foxy alzando sus orejas más de lo común y Chica elevando aún más los dos cabellos sobre su cabeza. Se apartaron al mismo tiempo dejando pasar a otro oso más, del mismo tamaño de Freddy, con su sombrero de copa más empolvado y de un color oscuro opaco. Sus ojos eran fríos y negros con su característico iris blanco; no había ni que nombrarlo. Golden Freddy se acercó demasiado, incluso inclinando la mitad de su pequeño cuerpo, logrando que casi juntaran sus narices. Golden Freddy, con su expresión neutra, soltó un grito igual a aquellos con los que William llegó a morir en sus anteriores noches infinitas por culpa de ese animatrónico. Al menos esta vez solo era un saludo. Golden Freddy paró, levantándose y apartándose un poco, mostrando una sonrisa que en cierto modo era tierna. Se escuchó del otro lado un aplauso; era Freddy con su rostro menos marcado y sus manos juntas aún.
- Bien, bien, has alegrado a Golden... Pero eso no significa que no te metamos al horno -Freddy, sin avisar, tomó el tobillo de Springtrap para jalarlo como a una muñeca vieja. Los cinco animatrónicos serían del tamaño de un niño, con sus ojos más grandes y sus orejas más afelpadas de lo común, pero seguían teniendo la fuerza de las máquinas que el mismo William les fabricó. Los demás siguieron a Freddy con expresiones de felicidad algo retorcida al sentir que ahora ellos tenían el control.
- ¡Ey! Indestructible no significa juguete de trapo, osito cariñosito -se quejó Springtrap, esta vez rendido, sintiendo cómo lo pegajoso del suelo también se unía a su carcasa de metal afelpada (aunque de afelpado le quedaba casi nulo). Bonnie soltó una carcajada audible por todo el pasillo.
- ¡Ja! ¡Esa es buena! -mencionó Bonnie con su caminata entre pequeños saltos de emoción contenida. Golden tapó levemente su boca con una mano, mostrando que contenía su risa. La expresión de líder de Freddy cambió a una de alguien casi perdiendo la cordura.
- ¡¿Qué?! ¡Es un chiste horrible! -alzó la voz Freddy más de la cuenta, saliendo casi como un chillido ofendido, logrando que esta vez Foxy y Chica comenzaran a reír.
El espacio era como aquella pizzería: las mismas mesas, la misma basura y el olor nauseabundo, con la diferencia de que esta vez la construcción estaba formada para una casa no tan grande y con el detalle de no tener ventanas; como si el exterior no fuera algo importante para esos cinco niños. Springtrap seguía confundido, su paciencia quemándose igual que él hace años; su tic en el ojo revelaba su temperamento de mecha corta. Pudo haber explotado antes, si no fuera porque Freddy, al llegar a aquella cocina (clon de la pizzería), lo lanzó dentro del horno para pizzas. Chica cerró la puerta de manera veloz y Foxy hizo los honores de encenderla a toda potencia. Los gritos de Springtrap no tardaron en salir, siendo como una melodía para los demás.
- ¡BIENVENIDO A TU INFIERNO, HOMBRE MORADO! -Freddy dejó salir una carcajada de orgullo con la típica pose de villano, levantando sus brazos y manos como garras, mientras los demás niños miraban a su segundo líder disfrutando nuevamente de su poder.
- Huele a podrido -añadió Chica con una voz monótona, aunque movía su mano cerca de su pico como si tratara de alejar el olor que ni ella misma podía percibir.
- Igual que como está por dentro -respondió esta vez Freddy, dejando caer sus brazos a los costados, aún sin soltar su sonrisa y su mirada fija en aquel horno ardiendo.
- ¡No me roben el puesto! -alzó la voz Bonnie enojado, dando un golpe al suelo con su pie de conejo. Sus orejas se levantaron de manera amenazante mientras apuntaba de manera acusatoria a Freddy.
- ¿De ser un conejo podrido? -soltó Foxy con una sonrisa burlona mientras le daba un pequeño golpe en el hombro al conejo contrario, provocándole un enojo instantáneo.
- No, zorro inválido, hablo del tema de los chistes -respondió Bonnie de manera amarga, terminando por recibir un golpe directo en la mejilla por parte de Foxy. Ambos quedaron rápidamente en posición de lucha libre; Chica empezó un cacareo feliz por lo que se avecinaba. Freddy salió de su trance de disfrute y se volteó a ver aquel espectáculo.
- Hey chicos, no pueden... -Las palabras de Freddy se cortaron cuando vio cómo Golden salía de la oscuridad de la cocina. Desde atrás, le jaló una oreja a Bonnie de manera algo fuerte pero sin causar dolor.
- ¡Oye, oye! ¡Está bien, me detendré! Pero no fui yo, solo como aviso -esta vez Bonnie habló sorprendido y con una sonrisa, calmándose de inmediato; era sumamente raro que Golden interviniera. Golden sonrió de manera tenue, soltando su agarre y yéndose de la cocina tranquilo, dejando un frío imposible de ignorar, pasaron segundos tortuosos, hasta que alguien decidió intervenir.
- ¿Quién es el alma que controla el cuerpo de Golden Freddy? -habló Freddy con expresión de asombro y seriedad, su mirada concentrada en la salida por donde anteriormente se fue Golden.
- Cassidy, que yo recuerde; fue de la idea revolucionaria de hacer de la existencia del hombre morado todo un caos -respondió Chica sin pensárselo. Se acercó a un refrigerador para sacar una pizza congelada y comenzó a comérsela así como estaba. Su mirada volvió a Freddy, que seguía pensativo.
- No le des muchas vueltas, Freddy; al menos ahora está participando, a su manera claro -aclaró el Bonnie sonriente, saliendo de la cocina. Los demás hicieron lo mismo pero Freddy seguía dudoso. Dejó escapar un suspiro pesado; si seguía pensando se volvería loco, y apenas estaban en la primera noche. Salió de la cocina a pasos pesados, pero antes de irse se detuvo en el marco de la puerta.
- Me hubiera gustado que en serio te pudrieras en el infierno -soltó Freddy con una voz más tosca e insensible, dejando que sus palabras se fueran por el aire antes de marcharse.
Después de largas horas (tres si somos exactos), Springtrap salió casi carbonizado y con una oreja con algo de fuego que apagó con una delicadeza que le sorprendió tener. Apagó el horno con rudeza y estiró su cuerpo, provocando que su espalda metálica crujiera; un poco más y se partía en dos.
- Cuántos años llevo sin ser padre... y soltero para empeorarlo -se habló a sí mismo Springtrap. Sus pasos resonaban más que cuando le tocó matar en la atracción del terror; a él le decían lunático, pero esa empresa sí que tenía hambre de dinero a costa de la desgracia.
Con algo de esfuerzo llegó a la sala y miró la hora en aquel reloj de la pared. No quedaba mucho tiempo; esa tortura en el horno se llevó lo suyo. Logró ver que en medio de la sala estaba Chica sentada, pintando con unos cuantos crayones y hojas. Springtrap, con aburrimiento y fastidio, se acercó lentamente preparando una patada como si Chica fuera un balón de fútbol, pero ella habló antes.
- ¿Puede traerme a Cupcake? Se quedó en la cocina mirándote cómo ardías; no puedo dormir sin él -Chica pidió con una voz más de curiosidad por lo que podría decir el contrario. Springtrap detuvo su ataque, gruñendo con fastidio; se notaba su enojo por la estática de su voz, entre humana y metálica, que no podía compararse ante la voz de los niños.
- Claro... -aceptó Springtrap a regañadientes, volviendo a la cocina con pesadez. En las paredes, uno que otro dibujo pegado se movía por el aire que él mismo provocaba al pasar.
Al llegar a la cocina no se lo pensó mucho, buscando entre armarios y cajones, hasta debajo de costales de harina; nada de aquel Cupcake. Estaba a punto de rendirse hasta que le cayó encima, mordiéndole con fuerza la oreja que de milagro aún tenía completa. Springtrap soltó un quejido de dolor tratando de quitarse aquel pequeño animatrónico. Pasaron minutos hasta que se rindió y volvió con Chica. Se inclinó para tocarle el hombro.
- ¡Con que ahí lo tienes! Para ser un conejo carbonizado sigues siendo útil -mencionó feliz Chica, tomando de manera gentil a Cupcake, que cerró sus ojos al recibir el abrazo de su dueña.
Springtrap se quedó un instante mirando a Chica, volviendo a su compostura habitual. Estaba perdido en su mente, recordando a su hijo menor, cómo abrazaba aquel peluche de Fredbear que construyó para protegerlo a su manera... algo que no bastó para... Sacudió su cabeza levemente, reaccionando para volver al presente. No era momento de quedarse en el pasado, menos frente a esos diablillos disfrazados de sus creaciones.
Aprovechando la distracción que Cupcake le provocaba a Chica, Springtrap se largó para caminar por los pasillos, mirando cada dibujo de aquella pizzería y casa a la vez. Mientras más avanzaba, los dibujos se volvían rostros de niños llorando, chocando al final nuevamente con aquella caja de regalo volcada. Soltó un suspiro pesado; Puppet no era de los que daban habitaciones, era obvio que esa caja representaba, de manera simbólica, su único espacio de descanso.
Colocó la caja en la posición correcta y entró en ella, quedando en posición fetal; era la única manera de caber en ese espacio que, al sentir su presencia, nuevamente se cerró.
En un puesto de hamburguesas al aire libre, cerca de las casas más alejadas de la ciudad, dos hombres se sentaron frente a frente.
- Me sorprende que me pidieras venir aquí -habló el primer hombre, de cabello rubio, ojos verdes y la voz calmada que tanto lo caracterizaba y erizaba la piel a cualquiera, menos al hombre que tenía enfrente.
- ¿En serio? ¿Por qué? -preguntó el segundo, cruzándose de brazos como si le hubieran dado la ofensa más grande del mundo. Su apariencia era llamativa por el contraste con la gente: su cabello castaño oscuro parecía la textura de un erizo a la defensiva, su piel era morada como la de un muerto viviente y vestía ropa que cubría lo más posible su cuerpo, sin olvidar su característica máscara de oso blanco.
- Michael, no eres la persona más social del mundo -el hombre rubio soltó un bufido acompañado de una sonrisa. Desde lejos se podía sentir la melancolía carcomiéndolo por dentro, pero siendo aliviada por la presencia de Michael.
- ¡Lo sé! Sin embargo, no puedo dejar que te pudras conmigo en tu propia casa -respondió Michael con aquella voz rápidamente detectable: juvenil pero destrozada por heridas imposibles de sanar que no llegaban a matarlo por completo.
La mesera del restaurante llegó con las dos hamburguesas y sus complementos, yéndose sin decir palabra, como si aquel dúo trajera la peste. A ellos les daba igual, acostumbrados a la soledad desde hace mucho. Ambos comieron tranquilos. Michael tuvo que descubrir muy levemente su rostro, dejando ver su boca que, de alguna manera, seguía intacta, como si fuera cuidada para no descomponerse. El silencio reinaba hasta que fue roto por el propio Michael.
- Henry... ¿No sientes que esto aún no ha acabado? -La pregunta quedó un buen rato en el aire. Henry detuvo sus movimientos, pensando en lo que decía Michael.
- Creía que solo era mi alucinación -respondió Henry en voz baja, su mirada apagándose un poco. Ambos sabían de qué hablaban a la perfección; habían vivido lo suficiente para identificar esos comportamientos.
- Tal vez no lo sea... o necesitamos un psicólogo -Michael aguantó una risa. Se había terminado la hamburguesa en pocos mordiscos cuando Henry apenas llevaba la mitad. Henry también contuvo la risa, acomodándose en su asiento.
- Esperemos que sea eso... -Henry iba a continuar, pero fue detenido por Michael.
- Porque si no... esta vez seré yo quien le dé un fin a ese infeliz. Lo destruiré igual que... -Michael fue interrumpido por una patata frita que cayó en su máscara de oso, sacándolo del trance de odio. Parpadeó perplejo, viendo cómo Henry preparaba otra para lanzarla si la primera no funcionaba.
- Tranquilízate, no querrás ser como él -habló Henry con su voz calmada que torturaba más que un grito. Michael suspiró, tomó la patata que había caído en su plato vacío y la comió más tranquilo, volviendo a la "normalidad" que podían llevar por la culpa de un Afton en específico.