Chapter 1 Ya nos ¿Conocíamos?
Rubí, revisaba el currículum del nuevo asistente por enésima vez.
Carla le había asegurado que era “el mejor”, y ella necesitaba alguien así.
Los últimos tres asistentes no habían durado ni un mes.
La presión del trabajo, las exigencias de los clientes, la constante sensación de estar al borde de un abismo… todo recaía sobre sus hombros, y ella sabía que no podía permitirse otro fracaso.
La puerta se abrió con un leve golpe, y Carla asomó la cabeza, impecable como siempre.
—Rubí, él es Javier, el nuevo asistente —dijo, con una sonrisa que no disimulaba su entusiasmo
—yo misma lo entrevisté.
Rubí se levantó, intentando parecer serena, pero sus ojos ya estaban evaluando al hombre que estaba en la puerta.
Alto, vestido con un traje que parecía haber sido cortado a medida, y una sonrisa que no era exactamente amable, pero sí… distinta.
Algo en su silueta, en la forma en que se movía, le recordó a alguien.
Un recuerdo borroso, como una foto desenfocada, que no terminaba de tomar forma.
—Javier —dijo Rubí, extendiendo la mano
—. Bienvenido a Luna & Horizonte. Espero que podamos trabajar bien, juntos.
Javier estrechó su mano como si cuidara a delicadeza de su mano.
—Gracias, Rubí. Estoy aquí para ayudar en lo que necesites —respondió, con una voz que era como un murmullo suave, pero con un deje de algo más. Algo que ella no pudo identificar.
Rubí retiró la mano, sintiendo un cosquilleo inexplicable en los dedos. Se volvió hacia Carla, intentando disimular.
—Carla, ¿podrías explicarle a Javier cómo funciona todo? Tengo una reunión en diez minutos.
—Claro —dijo Carla, asintiendo
—. Vamos, Javier. Te pongo al tanto.
Mientras Carla y Javier se dirigían a la puerta, Rubí no pudo evitar mirar de nuevo al nuevo asistente.
Algo en él la inquietaba.
Tal vez era la forma en que parecía moverse con calma, como si el caos de la oficina no lo tocara.
O tal vez era el reloj de bolsillo que colgaba de su chaqueta, un objeto que parecía fuera de lugar en ese entorno moderno y minimalista.
—Javier —llamó Rubí, antes de que él saliera—. ¿Ese reloj… es un regalo?
Javier se detuvo, su sonrisa se suavizó, y por un instante pareció que el tiempo se detenía.
—Sí —dijo, su voz baja
—. Un regalo de alguien muy especial.
Rubí sintió que había algo más detrás de esas palabras.
—¿Un regalo?....
—¿Quien es capaz de conseguir un regalo tan raro en estos tiempos?
—¿Te gustaria saber?–mirando la agenda que ya le había dado Carla, buscó un espacio para una cita a un café
—El sábado. Agendo un desayuno en el restaurante que está a dos calles de aquí, déjame decirte que sirven las mejores enchiladas verdes que te puedas imaginar, pero, en este, momento voy a trabajar.
–Claro–Dijo ella con una mueca que...¿Parecía una sonrisa? Carla alcanzo a notarla pero, disimulo que no.
Javier se fue mientras que ella en su mente pensaba "Vaya, que buen gusto, es mi restaurante favorito, precisamente por esas enchiladas
El sábado llegó primero Rubi
"Los Pimientos" se inundaba con aroma a café recién molido y a chile verde recién asado y en una mesa de esquina, bajo una ventana que daba a la calle, Rubí ya estaba sentada, con la agenda abierta y una taza humeante frente a ella.
Javier entró con paso tranquilo. Al verlo, Rubí sintió una punzada inesperada: la silueta del hombre, la forma en que la luz se reflejaba él, le recordó a alguien que había intentado olvidar.
—Buenos días —saludó Javier, dejando la chaqueta en el respaldo de la silla.
—. Llegas temprano.
—Yo, Siempre —respondió Rubí, intentando que su voz sonara ligera.
—Pensé que te perderías el desayuno de las enchiladas verdes.
Javier sonrió, y por un instante el reloj emitió un suave tintineo al rozar la mesa.
—Nunca me perdería una buena comida.
Carla, que había llegado justo después, tomó asiento al otro lado de la mesa, su expresión profesional pero con un brillo de preocupación en los ojos.
—Buenos días. Veo que llegué a tiempo.-Carla siempre positiva.
—Cuéntanos, Javier —dijo Carla—. Siempre es bueno saber qué hay detrás de los objetos que llevamos.
Javier tomó un sorbo de café, como si estuviera midiendo sus palabras.
–Me lo regaló alguien muy especial, a mi me encantan este tipo de relojes y en ese tiempo yo no tenía lo suficiente para comprarlo.
—Mi novia sabía que yo quería ese reloj.
—Cada vez que pasaba por esa tienda yo lo veía y decía; algún día tendré ese reloj.
—"Ya faltaba poco"
—En una ocasión, cuando pasé por la tienda, ya no estaba...me lo habían ganado– Su rostro mostró un gesto de desilusión acompañado de nostalgia.
—"En fin", pensé, "ya será en otro momento".
De pronto, vi un collar hermoso, era un collar de plata con una hermosa piedra de jade, y la compré para mí novia.
Al ver a mi novia nos dijimos al mismo tiempo; "te tengo una sorpresa"—sonríe con emoción.
—nos quedamos mudos y de nuevo hablamos–
Rubí como Carla no perdieran ningún detalle de la historia.
—Decidimos que nos entregaríamos la sorpresa al mismo tiempo.
—Y ....¡Ahí estaba! era mi reloj, mi novia habia ahorrado para comprarme mi reloj.
—Nos hicimos una promesa.
Usamos los objetos como un símbolo de nuestra promesa; "no importa lo que pase, mientras sigamos existiendo buscaremos la forma de volvernos a ver"
Rubí no lo podía creer, todo lo que había contado Javier era la descripción exacta de los sueños que muy apenas ella recordaba al despertar.
Esto debía ser una broma, pero, Javier no era el tipo de hombres que se burlaría de algo así. Entonces, ¿Que estaba pasando?
–Y el collar, ¿Lo tiene ella aún?– Preguntó con claro interés.
–No, tiempo después ella.... murió– La sonrisa se fue desvaneciendo, sus ojos comenzaron a cristalizar se debido al recuerdo que esto le traía.
— Los mejores años de mi vida fueron a su lado.
–Rubi sintió que había metido la pata, se disculpó y prometió no ser tan imprudente.
—No pasa nada Rubí. Es necesario que lo sepas, después de todo....
—Orden lista!! Caballero, señoritas, les traje su pedido y espero que las bebidas sean de su agrado. – dijo el mesero sin darse cuenta que rompió la atmósfera de misterio que se había tegido
El mesero dejó la bandeja sobre la mesa con un suave tintineo de platos y una sonrisa que intentaba aligerar el ambiente. Las enchiladas verdes humeaban, la salsa de tomatillo brillaba bajo la luz del local.
Rubí sintió cómo el corazón le latía con fuerza. La historia de Javier había tocado una fibra que ella había guardado bajo llave durante años; el recuerdo de una promesa, de un amor que había marcado su vida, surgió con una claridad inesperada.
Sus ojos se empañaron ligeramente, pero antes de que la lágrima cayera, Carla le dio un leve apretón en la mano, como diciendo: “Estoy aquí”.
—Gracias por compartir eso, Javier —dijo Carla, su voz firme pero cargada de empatía—. No todos tienen la valentía de abrir el pasado de esa manera.
Javier asintió, la mirada aún fija en el reloj que reposaba sobre la mesa. El metal relucía, como si quisiera reflejar la historia que acababa de contar.
—Yo… —Rubí tomó una respiración profunda, intentando ordenar sus pensamientos—. No sé qué decir. Esa historia… se parece demasiado a algo que yo solía soñar, pero nunca pensé que alguien la viviera de verdad.
El mesero, sin percatarse del peso de la conversación, se retiró con la bandeja vacía, dejando atrás el aroma a chile y el sonido distante de la calle.
Carla, siempre la profesional, cambió de tono sutilmente, guiando la charla hacia un terreno más práctico pero sin perder la calidez.
—Bueno, ahora que ya sabemos que el reloj tiene una historia tan especial, tal vez sea el momento de que tú, Rubí, nos cuentes algo que te haya marcado a ti. No tiene que ser algo tan dramático, pero nos encantaría conocer un poco más de la mujer detrás de la directora.
Rubí sonrió.
—Tu ya me conoces bien. Bueno, hay cosas que nunca te he contado.
Mirando su taza de café decidio contar.
—. Hace años, cuando era niña, mi papá me llevaba a la feria del pueblo. Allí había un puesto de relojes de bolsillo… hubo un reloj parecido a este . Nunca lo tuve, pero esa imagen quedó conmigo.
Y cada vez que veo un reloj así, me recuerda a esa inocencia que tenía cuando era una niña soñadora, que se fue perdiendo por la presión de ser la “hija perfecta”.
Javier la escuchó atentamente, el reloj en su mano parecía latir al ritmo de la confesión de Rubí.
—. Tal vez el universo tenga una forma curiosa de conectar los momentos.
El ambiente se volvió más íntimo, pero también más ligero. Carla, siempre atenta, tomó su taza de café para brindar.
—Creo que todos necesitamos un pequeño recordatorio de por qué empezamos.
Rubi no dejaba de pensar en la sensación de que ya se conocian.