Carta a Oxford

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Sinopsis

¿Sabéis que hay hechos que ayudan a dirigirte a tu destino?, en esta ocasión un destino mayor del que imaginas. Esta es la historia que ayudó a Sam Borrowfield a convertirse en la mayor leyenda del FBI, al inspector más laureado de toda su historia. Su primer caso. De acuerdo a la información de varios investigadores, hacia finales de los años 60 comenzó a incrementarse la frecuencia de este tipo de crímenes, que alcanzaron su pico en los años 80 -se calcula que durante esa década operaron unos 200 asesinos en serie solo en EE.UU.

Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1



Capítulo 1


Sam estaba mal, no recodaba haberse encontrado peor. Aunque eso es lo que él creía,pronto descubriría que podía sentirse mucho peor.

Su novia, con la que llevaba dos años y medio, lo acababa de dejar hacía dos días,sin una explicación, o al menos una que le hiciese comprender por qué lo hacía.

—Sabes que en unos meses empiezo la universidad —no había sido una pregunta.

—Claro…

—No me interrumpas —dijo Anna secamente.

Sam calló,aunque por dentro ardía.

—Aún no habíamos hablado de lo que íbamos a hacer…

—Justo te iba a decir que he aplicado…

Pero ella, con una mirada que hubiese cortado el viento, volvió a silenciarle.

—No lo habíamos hablado y me he dado cuenta de por qué no lo habíamos hecho.Nuestra etapa acaba aquí, en el colegio.

Fue como si se detuviese el tiempo, un nudo en la garganta le impedía hablar.

—Quizá ahora no lo entiendas, pero acabarás haciéndolo, es lo mejor para los dos,estarás bien —Y acto seguido, se levantó, le dio un beso en la frente y se fuede la cafetería sin volver la mirada una sola vez. Es pronto para deciros sivolverá a verla.



Las siguientes semanas no fueron fáciles para Sam, iba a un instituto muy grande enSan Diego, en el que Anna era muy popular, y había conseguido que Sam lo fuese,pero sin ella a su lado se sentía perdido, desprotegido, y rápidamenteacudieron los recuerdos de cuando apenas era un niño de seis o siete años y suspadres tuvieron que cambiarle de colegio porque había sufrido bullying; era una persona insegura, soloque estos años había conseguido camuflarlo.

Sam era un joven con signos de pubertad: aún conservaba algún rastro de acné, narizancha; estaba creando su personalidad, su carácter, y al menos eso debíaagradecérselo a Anna. Solo necesitaba que alguien le diese un poco deconfianza. Estando con ella había cambiado incluso el estilo de ropa, pero lomás importante es que había empezado a ser alguien extrovertido, le gustaba lagente y relacionarse con ella.


La mañana después de que Anna le hubo dejado, Sam se miraba en el espejo de sucuarto. Le devolvía la mirada un chico triste y asustado, pero sacó fuerza desu interior y se obligó a ir al instituto y, además, a ir con buena cara; élera más fuerte que todo aquello.

Nada más entrar, se dirigió a su taquilla a por los libros de las asignaturas deaquella mañana. Se cruzó con su gran amigo Tommy y, para su sorpresa, este nole devolvió el saludo.

—No me habrá visto —pensó Sam.

Entró en el aula de Ciencias, siempre se sentaba al lado de Anna, pero por supuestoella ya estaba junto a su íntima amiga Laura. Nunca le había caído bien, perohabía tenido que aguantarla porque eran inseparables. Buscó por la clase un huecolibre, y el único que quedaba era el de al lado de Tessa. Había sido su primeraamiga en la escuela, lo recordaba bien, pero la vida los había separado; aunqueeso era algo muy injusto, no se había portado bien con ella.

—Hola, Laura, ¿puedo sentarme?

Ella no le contestó, pero quitó su mochila y Sam pensó que era una buena señal. Sesentó algo incómodo, aunque casi enseguida la profesora de Ciencias, llamada MisterRose, empezó con la lección diaria. Dio la casualidad de que justo en aquellaclase debían hacer un ejercicio en pareja, por lo que tuvieron que empezar ahablar.

Tessa era pelirroja, con pecas por todo su cuerpo, con ojos verdes que incluso lucíanmás luminosos tras las gafas que solía utilizar.

—¿Correcto?—preguntó ella fríamente, enseñándole un frasco con un color azulado queempezaba a echar pequeñas burbujas.

—Eso parece…

Pasó la profesora para comprobar que estuviera bien el ejercicio y sonó la alarmaque daba término a la clase. A Sam le dieron ganas de decirle algo más, peroTessa metió los libros en una vieja mochila y abandonó la clase rápidamente.


Cuando hubo llegado a casa le recibió su padre, llamado Jak, con un fuerte abrazo, tanemotivo como siempre, al menos desde que su madre los había abandonado de lanoche a la mañana sin una explicación, sin una mísera carta…

—Han llegado tus notas por correo: sin sorpresas —dijo sonriente—. Si hubiese sabidoque todos mis hijos serían como tú, hubiese tenido veinte —bromeó.

Sam hizo una mueca parecida a una sonrisa y fue directo hacia su cuarto, no quería pagarsu mal momento con su padre, era con el único que no quería hacerlo.

—No tardes en bajar, la cena ya está casi lista.

—Tranquilo,dejo la mochila y te echo una mano.

Cuando ya estaba oscureciendo, se encontraban ambos cenando pollo con patatas que leshabía cocinado como despedida la vecina del “B”, la señora Rose Mary, unaabuelita muy amable que se mudó al quedarse viuda, ya que, según les contó almenos un millar de veces, esa casa le recordaba demasiado a su marido.

El pollo con patatas estaba delicioso, su padre no se caracterizaba por lo bienque se le daba la cocina, el pobre hacía lo que podía. Estaban hablando de loque le gustaría hacer cuando terminase el instituto (los acontecimientosrecientes habían hecho que sus planes cambiasen por completo, ahora solo queríaabandonar aquel patético pueblo lo antes posible, lo más lejos que lepermitiesen sus notas). Tenían puesta de fondo la televisión, en ese instanteestaban oyendo el informativo de las nueve y una noticia hizo que los dosquedasen en completo silencio.

—Hay un nuevo caso de desaparición, esta vez en el estado de Iowa. Damos traslado anuestro corresponsal en directo, que se encuentra con el jefe del Departamento dePolicía. Cuéntanos, Mike.

—Hola, Amanda. Efectivamente, son ya cuatro los desaparecidos en este estado, a lo quehay que sumar otras tantas desapariciones desde el verano pasado.

»Jefe,¿cree usted que estas desapariciones están relacionadas?

—Por ahora no hay motivo para pensarlo, hay que tranquilizar al puebloestadounidense, estamos trabajando en ello día y noche.

—Y aún, lleva más de un año impune y no parece haber avances en la investigación…

—Eso no es cierto, seguimos varias pistas.

—¿Puede hablarnos de alguna de ellas? —interrumpió Mike.

—Me temo que es confidencial.

—Que casualidad…

—Esta hablando con el jefe del Departamento de Policía, no me gusta nada su tono. ¿Nocree que si el culpable nos está viendo desde su casa y escucha las pistas queestamos siguiendo le puede ayudar? La entrevista ha terminado.

Sam y su padre se miraron.

—Iowa está muy cerca…

Hasta ahora su padre no había hecho caso a Sam sobre este tema, pero ahora estabaempezando a preocuparse.

—Estoy convencido de que es la misma persona —continuó el joven mientras elinformativo seguía sonando de fondo.

—¿Y porqué lo crees?

Este le miró sorprendido, hasta ahora no le había prestado mucha atención y sededicaba a contestarle con monosílabos. Cuando se hubo repuesto de la contestación,le dijo:

—Es el mismo modus operandi. Si no me equivoco,ya van más de veinte desaparecidos en varios estados, durante más de dos años.Si fuese más de un sujeto ya lo habrían descubierto. Estoy convencido.

—No es un gran argumento —bromeó el anciano.

Ambos rieron. Estuvieron hablando del tema durante horas, hasta que a su padre se le comenzarona cerrar los ojos, y lo acompañó a su cuarto para que durmiese a gusto. Cuandopor fin se hubo acostado, tuvo pesadillas en las que un extraño lo perseguíapor un bosque.