El archivo de los Vacíos

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Sinopsis

EL ARCHIVO DE LOS VACÍOS Donde las palabras matan y el silencio enamora. Valeria "La Urraca" D'Mont solo quería sobrevivir. Robar lo suficiente para comer. Pasar desapercibida en el Bajofondo. No terminar en el cadalso por una joya que ni siquiera era suya. Pero el destino tenía otros planes. Cuando el hacha del verdugo ya rozaba su nuca, un jinete encapuchado irrumpió en la plaza y la reclamó para la Corona. Su nombre es Kael Varek, el Archivero Maldito. Alto, pálido, con una mecha blanca en el cabello y unos ojos grises que no reflejan nada. Allá donde pisa, la hierba muere. Su tacto es invierno. Y oculta un secreto que consume su sangre desde hace años. Kael custodia el Códice de la Ausencia, un libro ancestral escrito con vacíos en lugar de palabras. Un libro que solo alguien con el don de ver lo que falta puede leer. Alguien como Valeria. Pero cuando la Urraca, sin querer, lee la palabra prohibida, despierta algo que llevaba siglos dormido: El Primer Nombre. Una entidad de Vacío que amenaza con devorar el mundo. Y la única forma de detenerla es un vínculo de sangre y tinta que unirá a Valeria y Kael para siempre. Ella leerá. Él sufrirá. Dos corazones condenados a latir al unísono. Hasta que la muerte los separe... o la Ausencia los consuma. 🖤 Romantasy oscuro. 🐦 Humor negro. 🔥 Enemies to lovers. 📖 Magia, secretos y un archivo donde el silencio susurra.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Sweet Hope
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

📖 CAPÍTULO 1: EL ÚLTIMO CHISTE DE LA URRACA


Del Códice de la Ausencia, Página 73, Línea 4 (Fragmento recuperado por la Casa Varek):

“...y el Vacío engendró al Ave de Ojos Hambrientos. No robes lo que brilla, le dijeron. Pero el Ave ya había visto el hueco donde debía estar el mundo. Y supo que el mundo mentía. Y rió. Y su risa fue el primer eco que el Silencio no pudo devorar.”

La hoja del verdugo olía a cebolla.

Lo supe porque, mientras me arrodillaba en el cadalso con las manos atadas a la espalda, el viento cambió y me trajo el tufo de su almuerzo directo a la nariz. El olor se mezclaba con el tufo dulzón del moho que crece en las capuchas de los verdugos después de años bajo la lluvia. Mi último aliento en este mundo iba a saber a estofado barato. Podría haber sido peor, supongo. Podría haber sido ajo.

La plaza de Varekas estaba abarrotada. El cielo gris de Thalassar lloraba esa llovizna perpetua que los locales llamaban “El Velo de Luto” y que yo llamaba “una molestia constante para mis pulmones”. Las gotas no me empapaban la ropa, pero sentía cómo me hundían los hombros, como si cada una cargara con el peso de un recuerdo ajeno. Las gotas resbalaban por mi nuca rapada de forma desigual y se colaban por el cuero gastado de mi jubón. El público me miraba con esa mezcla de morbo y aburrimiento que solo una ejecución pública podía provocar en una tarde cualquiera.

—¡Ladrona! —gritó una mujer gorda con un niño en brazos.

—¡Rata del Bajofondo! —añadió un anciano que apestaba a orina y a vino rancio.

Rata. Qué poco original. Al menos “Urraca” tenía estilo.

Busqué entre la multitud alguna cara conocida. Nadie. Solo el mar de capuchas empapadas y expresiones hambrientas de sangre. Y allí, en el palco real cubierto por un dosel de terciopelo negro, brillaba el único objeto que me hizo apretar la mandíbula: un bastón de plata rematado con una gema de ámbar pálido. El bastón de Lord Caspian Varek, Canciller del Reino.

Él no estaba mirándome. Observaba la escena con una sonrisa ausente, como quien contempla una partida de ajedrez que ya sabe ganada. Sus ojos color resina vieja parpadearon. Primero uno. Luego, un segundo después, el otro. Un detalle sutil, casi imperceptible, pero mi don captó el vacío entre parpadeo y parpadeo. Ese hombre no era humano del todo.

—¿Alguna última palabra, condenada? —gruñó el verdugo.

Era un hombretón con capucha negra y agujeros para los ojos. Sus manos enguantadas sostenían el hacha con la familiaridad de quien ha partido más cuellos que leña. El filo relucía bajo la lluvia. Afilado. Limpio. Al menos moriría rápido.

—Depende —dije, carraspeando para aclarar la garganta—. ¿Cuenta como última palabra si te digo que tu almuerzo olía a cebolla y que ahora tengo antojo de sopa?

Silencio.

Luego, una risa ahogada en algún rincón de la multitud. Una sola. Pero suficiente.

El verdugo tensó los hombros.

—Graciosa hasta el final, ¿eh? —masculló—. Pues ríete de esto.

Levantó el hacha.

Cerré los ojos. No por miedo. Bueno, quizá un poco. Sobre todo para no ver el bastón de plata en el palco. No quería que lo último que viera en este mundo fuera el símbolo del hombre que, estaba segura, había ordenado mi captura sin que yo entendiera por qué. Solo había robado una maldita joya. El “Ojo de Ónice”. Una piedra negra y fea que parecía un ojo de pez muerto. La había tomado de la vitrina de un noble menor por encargo de un cliente anónimo. Un trabajo fácil. Entrar, salir, cobrar.

Pero los guardias me estaban esperando.

Alguien me había tendido una trampa.

El aire silbó cuando el hacha comenzó su descenso. Noté el cambio de presión, el frío del metal acercándose a mi nuca.

Y entonces, la hierba murió.

Literalmente.

Un escalofrío recorrió la plaza. No era el frío de la lluvia, sino algo más profundo, más antiguo, como si el invierno hubiera decidido instalarse en mis huesos. Los tallos verdes que crecían entre los adoquines se marchitaron en un instante, volviéndose negros y quebradizos. El hacha se detuvo a un palmo de mi cuello.

—¿Qué demonios...? —jadeó el verdugo.

Abrí los ojos.

Un caballo negro como la tinta había irrumpido en la plaza. No relinchó. No resopló. Simplemente se plantó allí, con una quietud sobrenatural, como si hubiera sido esculpido en obsidiana. Sus ojos no reflejaban la luz de las farolas de eco. Eran como dos pozos diminutos que conducían al mismo lugar oscuro de donde había salido el jinete. El jinete, envuelto en una capa negra con el borde plateado deslustrado, levantó una mano enguantada en cuero grueso.

—Por orden del Sello Real —su voz era grave, precisa, sin una pizca de emoción—, reclamo a esta criminal para el servicio de la Corona.

La multitud estalló en murmullos. Algunos retrocedieron, apartándose del caballo como si temieran contagiarse de algo. El verdugo bajó el hacha lentamente, sus ojos visibles a través de la capucha brillaban con una mezcla de confusión y alivio.

—Pero, mi señor... la sentencia ya estaba dictada por el Consejo...

—El Consejo responde al Sello. Y el Sello me ha enviado a mí. —El jinete desmontó con un movimiento fluido, pero rígido, como si cada articulación de su cuerpo estuviera contenida por una voluntad de hierro—. ¿Hay algún problema?

El verdugo negó con la cabeza y retrocedió varios pasos. No le culpaba. Yo también quería retroceder, pero seguir arrodillada con las manos atadas limitaba mis opciones.

El encapuchado se acercó.

Y entonces lo vi bien.

Alto. Muy alto. Complexión fuerte pero enjuta, como si algo lo estuviera consumiendo desde dentro. El rostro, parcialmente oculto por la capucha, mostraba una mandíbula afilada, pómulos marcados y unas ojeras tan profundas que parecían tatuadas. Pero lo que me heló la sangre fue la mecha de pelo blanco que caía sobre su sien derecha, contrastando con el castaño oscuro del resto. Y sus ojos. Grises como la pizarra mojada. Vacíos. O no vacíos. Ausentes. Como si estuvieran mirando algo que yo no podía ver.

Olía a tinta vieja, a sándalo y a algo más... a ozono. El aire cargado antes de una tormenta eléctrica.

—Levántate —ordenó.

Su tono no admitía réplica. Pero yo nunca había sido buena obedeciendo.

—¿Siempre llegas tarde a las ejecuciones —dije, alzando una ceja—, o es que te importa un bledo mi horario? Porque si llego a saber que venías, me habría peinado.

Silencio.

Sus ojos grises se posaron en mí como dos témpanos de hielo. No pestañeó. No sonrió. No hizo nada que indicara que había escuchado una palabra. Solo extendió una mano enguantada hacia mí.

—Levántate —repitió—. Ahora.

Bufé.

—Encantador. De verdad. Eres el alma de las fiestas, ¿verdad?

Pero me levanté. O lo intenté. Las piernas me temblaban después de horas arrodillada sobre la piedra fría. Tambaleé, y mi hombro rozó su brazo.

Fue como tocar el cadáver del invierno.

Un frío antinatural atravesó la tela de mi jubón y se clavó en mi piel. No era el frío de la nieve o del hielo. Era el frío de la ausencia. De algo que debería estar ahí y no estaba. Jadeé y me aparté instintivamente.

Él retiró la mano como si yo le hubiera quemado.

—No me toques —dijo, y por primera vez, su voz tuvo un matiz. No era ira. Era... ¿miedo?

—Créeme —murmuré, frotándome el brazo—, no estaba en mis planes.

El verdugo se aclaró la garganta.

—Mi señor, ¿debo liberar a la prisionera?

—Yo me encargo.

El encapuchado sacó una daga de su cinturón. El metal era negro, sin brillo, como si absorbiera la poca luz de la tarde. Con un tajo limpio, cortó las cuerdas de mis muñecas. La sangre volvió a fluir por mis manos con un hormigueo doloroso.

—Sube al caballo —ordenó.

Miré al animal. Sus ojos eran completamente negros, sin pupila ni iris. Un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Eso es un caballo o un trozo de noche con patas?

—Sube. Al. Caballo. —Su mandíbula se tensó bajo la capucha—. O puedo dejarte aquí y dejar que el verdugo termine su trabajo.

Me había pillado.

Me encaramé como pude a la grupa del animal. Su pelaje era frío al tacto, pero no desagradable. Más bien como tocar seda envuelta en hielo perpetuo. El encapuchado montó delante de mí con la misma rigidez controlada.

—Agárrate —dijo sin mirar atrás.

—¿A dónde? ¿A tu capa? ¿A tu cintura? Porque no pienso agarrarme a tu...

No terminé la frase. Sus manos enguantadas tomaron las riendas y el caballo se lanzó al galope. Mis brazos volaron por instinto alrededor de su cintura. El frío atravesó los guantes de cuero y me caló hasta los huesos, pero no me atreví a soltarme. El viento nos azotaba con la lluvia fina y la ciudad se difuminaba a nuestro alrededor.

Cabalgamos en silencio durante lo que me pareció una eternidad. La Ciudad Alta, con sus puentes colgantes y palacios de mármol blanco, quedó atrás. Descendimos por una calzada empinada hacia la grieta que partía Varekas en dos. El Bajofondo. Mi hogar. Las casas de adobe y madera podrida se apiñaban en las paredes del abismo, y la luz del sol apenas llegaba aquí dos horas al día. El olor a moho dulce y a fritanga rancia me golpeó con una familiaridad casi reconfortante.

Pero no nos detuvimos en el Bajofondo.

Seguimos cabalgando hacia las afueras, donde la grieta se ensanchaba y se hundía en una oscuridad perpetua. Y entonces lo vi.

La Cripta del Eco Silente.

Era un edificio imposible. Tallado directamente en la roca de la sima, sus torres se retorcían hacia arriba como raíces invertidas buscando un cielo que no existía. No había ventanas. Solo una única puerta de madera negra fosilizada, tan alta como tres hombres, con tres cerraduras de hueso. Dos de ellas brillaban con un fulgor violáceo apenas perceptible. La tercera estaba oscura.

El caballo se detuvo frente a la puerta. El encapuchado desmontó y me tendió la mano enguantada para ayudarme a bajar. La ignoré y salté por mi cuenta, aunque las piernas casi me fallaron al tocar el suelo.

—¿Qué es este sitio? —pregunté, mirando las torres retorcidas.

—El Archivo.

—Ya. Y yo soy la Reina de Thalassar. ¿Un archivo de qué? ¿De pesadillas?

Por primera vez, algo parecido a una emoción cruzó su rostro. No era diversión. Era algo más oscuro. Algo parecido a la resignación.

—De lo que nunca fue. De lo que fue borrado. De lo que el mundo olvidó para poder seguir existiendo.

Tragué saliva.

—Vale. Y yo qué pinto aquí. Aparte de ser una ladrona condenada a muerte y con un sentido del humor que al parecer solo yo aprecio.

Él no respondió. Empujó la puerta de madera negra, que se abrió sin un solo ruido, y me indicó que entrara.

El Vestíbulo del Perdón me robó el aliento.

Era una sala circular inmensa, con columnas que se perdían en una oscuridad insondable. A ambos lados, doce estatuas de los Antiguos Custodios se alzaban sobre pedestales de piedra. Pero estaban borrosas. Como si una niebla eterna las envolviera, difuminando sus rasgos hasta hacerlos irreconocibles. Como si el tiempo mismo se estuviera olvidando de ellos. Como si el propio concepto de monarquía hubiera sido desterrado de la memoria del mundo.

En el centro de la sala, sobre un atril de piedra negra, descansaba un libro.

Era grande. Sus tapas de madera fosilizada parecían carbón, pero emanaban un frío que llegaba hasta donde yo estaba. No tenía páginas de papel, sino láminas de piel curtida de un color ámbar oscuro. Tres cerraduras de hueso lo mantenían cerrado. Dos brillaban con el mismo fulgor violáceo de la puerta. La tercera estaba sellada con un símbolo que reconocí: un árbol con raíces de tinta. El sello de la Casa Varek.

El encapuchado se detuvo frente al atril y se volvió hacia mí. Por primera vez, se retiró la capucha.

Su rostro era... hermoso. De una manera rota, agotada, como una escultura antigua que hubiera soportado demasiadas tormentas. Las venas oscuras que había vislumbrado en su cuello subían por su mandíbula y desaparecían bajo el cuero de su túnica. Sus ojos grises me miraron sin pestañear.

—Mi nombre es Kael de la Casa Varek —dijo—. Soy el Archivero Maldito. Y este es el Códice de la Ausencia.

Señaló el libro.

—Lleva sellado dos décadas. Desde la noche en que mi padre intentó destruirlo y la maldición me eligió a mí como su nuevo recipiente. Cada día que pasa, la Podredumbre Letárgica consume un poco más de mi cuerpo y de mi cordura. Si no encuentro la forma de romper el sello y leer lo que contiene, moriré antes del próximo solsticio.

Hizo una pausa.

—Pero hay un problema. El Códice no está escrito con palabras. Está escrito con ausencias. Con los huecos que dejaron los Primeros Arquitectos al borrar fragmentos de la realidad. Nadie puede leerlo. Nadie excepto...

—¿Excepto yo? —lo interrumpí, con una sonrisa amarga—. Mira, Archivero, no sé qué clase de poder crees que tengo, pero lo único que sé hacer bien es robar cosas brillantes y soltar chistes malos en momentos inoportunos.

Kael negó con la cabeza.

—Tú ves los vacíos, Valeria D’Mont. Lo sé porque te he estado observando desde que entraste en el Bajofondo hace siete años. Cada vez que mirabas una pared y encontrabas un pasadizo que nadie más veía. Cada vez que esquivabas a un guardia porque notabas el hueco en su atención. Cada vez que robabas algo que parecía inútil y resultaba ser la llave de algo mayor. Eres una Vigía Silente. La última. Y este libro te ha estado esperando.

Mi sangre se heló.

—¿Cómo sabes mi apellido? Nadie sabe mi apellido. Ni siquiera yo lo recordaba hasta que cumplí dieciséis años y Mirta... Mirta, la mujer que olía a obsidiana y a hierba plateada, y que medía el tiempo con un reloj de arena que nunca se vaciaba del todo...

—Mirta, la sirvienta coja que te rescató del incendio —completó él—. Murió de fiebres cuando tenías dieciséis años. Te dejó una moneda de cobre agujereada y una frase: “El silencio es el eco más ruidoso”.

Abrí la boca. La cerré. Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

—¿Quién eres? —susurré.

—Ya te lo he dicho. Soy el hombre que va a morir si tú no lees este libro. —Dio un paso hacia el atril y posó su mano enguantada sobre la tapa del Códice—. Mira la portada, Valeria. Dime qué ves.

Tragué saliva. Miré el libro.

Madera negra. Piel curtida. Cerraduras de hueso. Nada más.

—No veo nada. Solo un libro viejo y aterrador.

—Mira con tus ojos. No con los míos.

Inspiré hondo. Y entonces, por primera vez desde que había entrado en aquel lugar, relajé mi don. Dejé de contenerlo, de esconderlo, de fingir que no existía.

Y lo vi.

En la portada del libro, justo en el centro, había un hueco. Una palabra que no estaba escrita pero que ocupaba un espacio. No era tinta lo que formaba las letras, sino la ausencia de todo lo demás. Un vacío con la forma exacta de una orden. Una palabra que brillaba en mi mente con una luz violeta, pulsante, viva.

Mis labios se movieron solos.

—Despierta.

El libro tembló.

Una luz violácea estalló desde las páginas cerradas, iluminando toda la sala. Las estatuas borrosas de los Custodios gimieron, como si la niebla que las envolvía se retorciera de dolor. De las tapas de madera brotó una raíz negra y espinosa que serpenteó por el atril y se enroscó en el cuello de Kael.

Él se tensó. Sus venas oscuras se volvieron más visibles, palpitando con la misma luz violeta del libro. Jadeó, pero no se movió. Sus ojos grises, por primera vez, no estaban vacíos.

Estaban aterrorizados.

—¿Qué has hecho, Urraca? —susurró.

Sentí un tirón en el pecho. Como si algo dentro de mí también hubiera despertado. Como si una puerta que llevaba cerrada toda mi vida se acabara de abrir de golpe.

Y en ese instante supe que las palabras no necesitan tinta para existir. A veces, basta con un hueco del tamaño exacto del mundo para que el silencio grite.

Y supe, con una certeza que me heló la sangre, que acababa de cometer el mayor error de mi vida.

O quizá el mayor acierto.


Nota de la Autora

La Cripta del Eco Silente nació de una imagen que no podía quitarme de la cabeza: una biblioteca donde las estatuas de los reyes antiguos estuvieran borrosas, como si el tiempo mismo se estuviera olvidando de ellas. ¿Les ha pasado alguna vez que un lugar les transmite algo sin necesidad de que pase nada? Eso quería lograr con el Vestíbulo del Perdón.

Y Valeria... Valeria es de esos personajes que llegan con voz propia. Su humor es su escudo, y en este capítulo ya vemos por qué lo necesita. ¿Qué les ha parecido su primer encontronazo con Kael? ¿Creen que debería haberse callado o su sarcasmo es justo lo que la mantiene viva?

En el próximo capítulo, las Galerías Susurrantes nos revelarán qué demonios ha despertado Valeria al leer esa palabra. Y créanme, los ecos del pasado tienen mucho que contar.

Gracias por embarcarse en este viaje a Thalassar. 🖤

—Sweet Hope