La Gran Estafa: Del Corazón A La Costilla por Zenaida_ en Inkitt
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LA GRAN ESTAFA: Del Corazón a la Costilla

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Sinopsis

¿Y si el Dios en el que crees te mintió para proteger el orgullo de Adán? Olvídate de la costilla. Olvídate de la serpiente como el único demonio. Lo que estás a punto de leer es la verdad que las religiones enterraron bajo milenios de sumisión. Lylia, una arqueóloga puertorriqueña, ha desenterrado en Loíza el secreto más peligroso de la humanidad: la anatomía de una traición divina. A través de un portal prohibido, Lylia descubre que el Edén fue el escenario de una estafa maestra. Un Adán cobarde que orquestó la caída de su compañera para heredar un poder que no le pertenecía, y un Padre que prefirió sacrificar la dignidad de su hija para no ver doblado el orgullo de su hijo. En este Génesis alternativo, Lilith no es el demonio que te contaron, sino la única mujer que tuvo el valor de decir "No" ante la injusticia del cielo. Y Eva, lejos de ser la "ayuda idónea", fue la primera víctima de un sistema de opresión que aún hoy corre por tu ADN. Con su propia piel transmutándose en oro y el fuego de Madián -la Madre de las Inquebrantables- ardiendo en sus venas, Lylia inicia una insurrección espiritual. Ya no hay vuelta atrás: el corazón ha despertado y ha decidido que jamás volverá a arrodillarse ante la costilla. Entra si te atreves a cuestionar a tu Creador. Lee si tienes el valor de ser libre.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Zenaida_
Estado:
Completado
Capítulos:
20
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El mar de los porqués

¿Por qué ahora? ¿Por qué no pude sentir esto antes, cuando todavía quedaba algo de calma? Antes, estos pensamientos parecían una narrativa ajena, guiones de una película exitosa diseñada para el gusto de la mayoría. En aquel entonces, pensar era un deleite que me permitía soñar con excavaciones en tierras lejanas y el descubrimiento de verdades ocultas; hoy, pensar es una tortura inventada por alguna fuerza intangible que se divierte viéndome naufragar. Los «por qué» de antes eran ligeros, flotaban como hojas al viento; los de ahora pesan como el plomo en mis pulmones. Mi mente se ha vuelto un mar de dudas y, sinceramente, no alcanzo a comprender el origen de este naufragio que me mantiene anclada al suelo de mi cuarto.

Todo empezó con una pregunta que jamás imaginé que desataría esta locura: ¿Por qué siento esta sensación de falsedad a mi alrededor justo ahora, cuando más mierda me siento?.

Tengo 27 años. Soy una mujer afrorriqueña con un título universitario que hoy solo junta polvo en una esquina de la cómoda, enmarcado en una madera barata que parece burlarse de mis amanecidas y sacrificios. Estudié arqueología con la esperanza de desenterrar la dignidad de mis ancestros, pero lo único que he desenterrado es el desprecio de un mercado laboral que prefiere la sumisión al intelecto. Estoy desempleada, soltera, y el silencio en mi teléfono confirma que mis amistades y familiares son casi inexistentes. Ese silencio no es un vacío fortuito; es un eco ensordecedor.

Hace apenas dos semanas, me puse mi mejor chaqueta, esa que guardaba para «ocasiones especiales», y crucé el pueblo para una entrevista en una prestigiosa firma de gestión cultural. Tenía el currículum perfecto, las notas más altas y un dominio del terreno que pocos en esta isla poseen. Sin embargo, en la sala de espera, el aire se sentía viciado. Al otro lado del pasillo estaba él: un hombre con un título de una universidad de segunda, cuya única credencial real parecía ser la seguridad arrogante de quien sabe que el mundo le pertenece por derecho de cuna. Cuando me llamaron, el entrevistador —un tipo gris que ni siquiera se molestó en levantar la vista de sus papeles— me escaneó con esa condescendencia que reservan para nosotras. Mis respuestas eran precisas, mis proyectos eran innovadores, pero mi voz rebotaba en las paredes de su desinterés. Entendí, antes de salir de esa oficina, que mi puesto ya tenía nombre de hombre; un hombre que no necesitaba brillar porque el sistema ya le otorgaba la luz que a mí me exigían ganar con sangre.

Visto desde fuera, mi situación es más común de lo que quisiera admitir; no es nada del otro mundo. Pero entonces, ¿de dónde sale esta certeza de que todo, gradualmente, se ha vuelto falso?. Al principio intenté conformarme con la respuesta rápida: me siento así porque no tengo dinero, porque mis relaciones son un desastre y porque el amor no llama a mi puerta. Me aferré a esa lógica un tiempo, pero no fue suficiente para calmar el agobio que sentía al ver las sonrisas fingidas en las redes sociales y la hipocresía que goteaba de cada conversación cotidiana.

Cuando dejé de ignorar el sentimiento, las preguntas cambiaron de color. ¿Por qué estoy desempleada? La respuesta fue fácil y amarga: condiciones laborales de mierda, estudios que ya no garantizan nada en un país que prefiere cemento a cultura, y la exigencia de someterse a rutinas esclavizantes que ni siquiera pagan lo justo. Yo soy lo contrario a una mujer sometida, así que esa respuesta no me dolió; al contrario, alimentó una rabia soberana que empezaba a buscar salida.

Pero, ¿por qué me va mal en el amor y en cada relación humana que intento sostener?. Esta pregunta fue la estocada final. Me miré al espejo y vi las huellas del cansancio, pero también el rastro de un brillo que alguien se había encargado de apagar. Recordé al hombre que durante cuatro años habitó mi intimidad, ese que se convirtió en mi segundo amor y mi segunda condena. No era solo su silencio lo que me hería, sino su deslealtad sistemática. Fue un infiel cobarde que buscaba en otros cuerpos lo que su propia mediocridad no le permitía sostener en el nuestro. Me amaba para consumirme, para asegurarse de que mi resplandor como mujer profesional y espiritual nunca fuera más alto que su sombra. Él fue el arquitecto de mi primer vacío (o eso pensaba yo), alguien que entendía mi luz solo para intentar extinguirla.

Esa certeza del fraude emocional fue el detonante. Fue el disparo que me obligó a emprender, sin previo aviso, un viaje violento hacia mi pasado, buscando en las raíces de mi infancia el primer indicio de esta Gran Estafa que hoy llamo vida.

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