Chapter 1
Título: Más allá del horizonte
(Temporada 1)
Ángel → protagonista (decisiones fuertes)
Mateo → el puente entre mundos 🌀
Arian → el que aprende a sentir 💜
(Temporada 2)
Tommy → el hermano que no se rinde
Alex → el apoyo emocional y valiente
El despegue había sido perfecto. Demasiado perfecto, pensó Ángel mientras miraba por la ventanilla cómo la Tierra se empequeñecía hasta convertirse en una canica azul y blanca.
A su lado, Mateo ajustaba los parámetros de búsqueda del telescopio de a bordo, con los auriculares puestos y tarareando una canción que sonaba distorsionada por el casco del traje.
—Planeta desconocido, eh
—dijo Mateo sin apartar la vista de la pantalla—. La NASA se ha vuelto loca mandando a dos adolescentes a buscar otros mundos.
—Somos los mejores, ¿no? —respondió Ángel con media sonrisa—. O los más prescindibles.
El viaje transcurrió sin incidentes durante las primeras treinta y seis horas. Hasta que el cohete comenzó a temblar. Un pitido agudo llenó la cabina. Luces rojas. Alarmas.
—Fallos múltiples en el sistema de propulsión
—leyó Mateo en voz alta, y su tono cambió por completo—. Ángel, esto no está bien.
La nave giró sobre su eje, descontrolada. Las estrellas se convirtieron en rayas de luz fuera de las ventanas. Ángel intentó contactar con Tierra, pero la estática rugía como un animal herido.
—Perdimos el control —susurró Mateo, agarrado al asiento—. Nos estamos desviando. Nos dirigimos…
no, no puede ser.
—¿El qué? —preguntó Ángel, aunque ya lo sabía. El sol crecía en el parabrisas, enorme, ardiente, devorando el negro del espacio.
—Al sol. Vamos directo al sol.
Ambos se miraron. No había tiempo para lágrimas ni para discursos. Solo el pitido incesante y el calor que empezaba a filtrarse por el casco. Pero entonces, segundos antes de que todo se volviera luz blanca, el cohete tembló de nuevo. Un temblor diferente. Frusco, como si una mano invisible lo hubiera agarrado del morro y lo hubiera girado
en redondo.
La trayectoria cambió bruscamente. Ángel sintió el estómago en la garganta. Mateo soltó un grito ahogado.
Ante ellos, como un ojo sin párpado, los observaba un agujero negro.
El horizonte de sucesos brillaba con un anillo de fuego distorsionado. Y la nave caía hacia él.
—¡No! —gritó Ángel, pero sus palabras se alargaron, se hicieron lentas, graves.
En Tierra, los científicos vieron cómo la señal del cohete se estiraba como un caramelo derretido, se teñía de rojo y luego… nada. Silencio absoluto. El director de la misión se quitó los auriculares con manos temblorosas.
—Han desaparecido —dijo, y nadie supo si era un consuelo o una condena.
---
Dentro del agujero negro no había oscuridad. Había todo. Ángel y Mateo sintieron que se deshacían y rehacían a cada instante. Giraban y se retorcían, pero no dolía. Era como caer dentro de un remolino
hecho de espejos. Vieron colores que no existen, escucharon silencios que eran música, y por un momento fueron millones de partículas flotando en la nada.
Luego, un golpe. No duro, sino blando, como aterrizar sobre una nube húmeda.
Mateo abrió los ojos. El cielo era rosa suave y había dos lunas, una morada y otra verde. El sol… no, un sol pequeño y naranja, flotaba quieto en el horizonte, como si se hubiera cansado de moverse.
El sonido del mar llegaba a sus oídos. Olas. Sí, olas reales.
Se incorporó con dificultad. Estaba en una playa de arena violeta, descalzo (¿dónde estaban sus botas?),
con el traje espacial rasgado pero puesto. A tres metros, Ángel boqueaba como un pez fuera del agua, mirando la ciudad que se alzaba tras la costa.
No era una ciudad normal. Los edificios parecían hechos de luz sólida, y algunos flotaban a distintas alturas. Puentes de agua unían torres que se movían al compás del viento. En las calles, criaturas que no podían describir caminaban junto a humanos vestidos con ropas imposibles. Olía a jazmín y a electricidad.
—¿Estamos muertos? —preguntó Mateo con la voz rota.
Ángel se puso de pie, tambaleante. Notó que el agua de mar, al tocarle los pies, no estaba fría ni caliente. Estaba perfecta.
Como si el mar supiera exactamente qué temperatura necesitaba él en ese momento.
—No creo —respondió Ángel, señalando con la barbilla un cartel luminoso que flotaba sobre la entrada de la ciudad. Estaba escrito en un idioma que nunca había visto, pero lo entendió a la perfección. Decía:
BIENVENIDOS A POSIBILIDAD. AQUÍ SUCEDE LO QUE EN LA TIERRA NO.
Mateo soltó una risa nerviosa.
—¿Lo que en la Tierra no? ¿Como qué?
Ángel cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, extendió la mano frente a él y pensó en una flor. No una cualquiera. Una flor que nunca había existido, con pétalos de espejo y un aroma a recuerdo. Y allí estaba, brotando entre sus dedos.
Mateo enmudeció.
—Eso —dijo Ángel, y por primera vez desde el accidente, sonrió de verdad—. Como esto.
A lo lejos, en la ciudad de luz sólida, alguien tocó una campana cuyo sonido se podía ver. Y los dos adolescentes, perdidos en otro universo, comenzaron a caminar hacia lo imposible.
....
En Tierra, la sala de control está helada. Las pantallas muestran estática y, de pronto, una imagen que no debería existir.)
Científico 1:
(de pie, señalando la pantalla principal) ¿Agua? No, no, espera. ¿Cómo hay agua ahí? ¿En el espacio hay agua?
Científico 2:
Hielo, sí. Agua líquida, no. Y mucho menos… ¿un océano entero?
La cámara de la nave, con una interferencia fantasmal, muestra el interior del cohete sumergido. Las luces de emergencia parpadean bajo un agua turquesa y brillante.
Pero los asientos de Ángel y Mateo están vacíos. Los cascos de sus trajes flotan como medusas muertas.
Científico 3:
(frotándose los ojos) Las biosignaturas… desaparecieron hace trece minutos. Pero esto… esto se grabó después.
Silencio. Alguien tose. El director de la misión, una mujer mayor de cabello plateado llamado la Dra. Varela, se acerca a la pantalla táctil principal y revisa los datos de telemetría. Su dedo tiembla ligeramente.
Dra. Varela:
No hubo explosión. No hubo descompresión. El cohete simplemente… cruzó algo. Miren la curva de aceleración justo antes de la pérdida de señal.
En la gráfica, una línea recta se dispara en vertical, como si el tiempo se hubiera plegado sobre sí mismo.
Científico 2:
(en voz baja, como si revelara un secreto mortal) Señora… creo que entraron a un agujero negro. Y viajaron a otra dimensión.
Un murmullo recorre la sala. Alguien suelta un
“eso es imposible”.
Otro dice
“todo esto es imposible”.
Científico 1: (con ironía ácida)
¿Otra dimensión? ¿En serio? ¿Vamos a poner eso en el informe?
“Señor presidente, dos menores de edad se cayeron por un agujero negro y ahora probablemente están en un universo de bolsillo tomando el sol.”
Dra. Varela: (sin apartar la vista de la pantalla) Cierra la boca, Javier. Y mira.
Amplía una de las cámaras externas. Desde el fondo del agua
—porque el cohete está claramente sumergido—
se ve una luz. No es artificial. Es orgánica, cálida, con un tono dorado verdoso que late como un corazón.
Científico 3:
Esa frecuencia de luz… no corresponde a nada conocido. No es visible en nuestro espectro.
Científico 2:
Porque no es nuestro espectro.
Nadie responde. La imagen se estabiliza por un segundo, y en ese segundo, algo pasa frente a la cámara. Una sombra. No la de un pez. La de una persona.
Dos personas. Ángel y Mateo, caminando bajo el agua sin escafandras, con la ropa seca, riendo mientras señalan algo fuera de cuadro.
Científico 1:
(se levanta de un salto) ¡Están vivos! ¡Están… caminando bajo el agua como si nada!
Dra. Varela:
(susurrando) No están bajo el agua. El agua está sobre ellos. Y ellos no la sienten.
La imagen se congela. Luego, parpadea. Y desaparece.
En la sala de control solo queda el ruido de los servidores y la respiración contenida de treinta científicos que acaban de ver lo imposible.
Científico 2:
(muy bajo) Señora… ¿qué hacemos?
La Dra. Varela se quita las gafas lentamente. Por un momento, parece más vieja. Luego, más joven. Como si la duda la estuviera transformando.
Dra. Varela:
Preparamos otro cohete.
Científico 1:
¿Para qué?
Dra. Varela: (mirando el lugar donde estuvo la imagen) Para caer.
(La sala de control hierve. La Dra. Varela mantiene la compostura,
pero sus dedos tamborilean sobre la mesa. El científico 1 —Javier— está rojo de la discusión.)
Científico 1 (Javier)
: ¡ES IMPOSIBLE LLEGAR AHÍ! ¿Cómo sabemos en qué agujero negro cayeron? ¿O si ellos están vivos por suerte y otros no sobrevivan?
Dra. Varela:
(con cara seria, clavando la mirada en él) Si ellos sobrevivieron, es por algo. Cayeron en el agujero negro más cercano al sol.
Un escalofrío recorre la sala. Alguien teclea frenéticamente.
Científico 2 (Marta)
(levantando la vista de su terminal, pálida) El… ¿INFINITY 322? Es el único, cerca del sol. Pero es inestable. Los modelos decían que cualquier cosa que entrara sería espaguetizada en milisegundos.
Javier: ¡Exacto! ¡No hay supervivencia posible! Eso es física básica
Marta: (señalando la pantalla vacía) ¿Y eso qué fue entonces? ¿Magia?
Antes de que alguien responda, todas las pantallas de la sala se encienden al mismo tiempo. No con la imagen del cohete, sino con estática gris. Los micrófonos ambientales de la sala cobran vida, escupiendo un ruido blanco que hace que varios se tapen los oídos.
Y entonces, una voz. Distorsionada. Lejana. Como si llegara desde el fondo de un pozo de agua.
Angel: (interferencia) ¿Hola?
Marta: (se abalanza sobre el micrófono)
¡Ángel! ¿Dónde están
Silencio. La estática crece y decrece como una respiración.
Angel: (cortado, palabras que se solapan)
Pla… p-p-p… planeta… 000… (la voz se corta en un chirrido agudo)
La transmisión muere. Las pantallas vuelven a su estado habitual: mapas estelares y gráficos de telemetría.
Dra. Varela: (entrecerrando los ojos) ¿Planeta 000? Ese es nuevo?
Javier: (tecleando ya en su estación) No es nuevo. Está… (se queda en blanco) está en otra galaxia.
El silencio es absoluto. Luego, el caos.
Marta: ¡¿Y CÓMO SALIMOS DE NUESTRA GALAXIA AHORA?!
Javier: ¡No salimos! ¡Es un viaje de miles de millones de años luz! ¡Ni siquiera tenemos una nave que—
Dra. Varela: (golpea la mesa con la palma abierta. El ruido los calla a todos.) Silencio.
Se queda mirando la pantalla negra donde hace un segundo estuvo la voz de Ángel. Luego, muy despacio, sonríe. No es una sonrisa amable. Es la sonrisa de alguien que acaba de encontrar una grieta en el universo.
Dra. Varela: Ellos no salieron de nuestra galaxia. Ellos cruzaron algo. Y ese algo… está al lado del sol.
Javier: ¿Qué está diciendo?
Dra. Varela: (girando hacia él) Que no necesitamos un cohete para llegar hasta ellos. Necesitamos entender qué es el Infinity 322. Y por qué no los mató.
En su monitor, sin que nadie toque nada, aparece una cuenta regresiva.
00:00:47:23
Nadie sabe de dónde salió. Nadie sabe qué significa.
Pero empieza a bajar.
Gracias por leer pronto, publicare la parte 2 :)
pafte 2? 👀