Danza de las manecillas inversas

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Sinopsis

Arthur Lang vive atrapado en una realidad estática, simbolizada por un reloj que marca siempre las 6:18 y gira hacia atrás. Consumido por la pérdida de su madre (internada en un sanatorio por locura) y la desaparición de su colega Janet, Lang cruza umbrales oníricos: una galería surrealista, una biblioteca infinita donde cada libro es una vida posible, y una oficina donde Janet le revela que bebió Ubik —el elixir de la realidad— y ahora habita un tiempo laberíntico. La botella de Ubik le ofrece la verdad absoluta, pero Lang comprende que la verdadera realidad no se encuentra, sino que se construye mediante elecciones cotidianas. Decide no beber el elixir, regresa a su apartamento y descubre que el reloj avanza. Ya no huye del pasado ni teme al futuro. Su madre, Janet y todas las versiones de sí mismo permanecen en él como ecos vivos. La historia concluye con Lang aceptando que es, a la vez, autor y personaje de su propia existencia, y que la única verdad es el cambio.

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Completado
Capítulos:
8
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n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo I El reloj que caminaba hacia atrás

La habitación olía a tiempo muerto.

No era un olor que pudiera describirse con palabras precisas —nada en aquel lugar lo permitía— sino más bien una densidad en el aire, una gravitación invisible que se posaba sobre los hombros de Arthur Lang como un manto demasiado pesado para un solo hombre. Llevaba horas sentado en el mismo sillón de cuero agrietado, mirando la pared sin verla, o viéndola demasiado. Los rayos de luz artificial —esa luz fluorescente y cansina de los apartamentos de Neo-Montreal— filtraban su resplandor amarillento a través de las persianas entrecerradas, creando en la penumbra un tejido de sombras que se movían con lentitud de glaciar. Danzaban, sí, pero no con alegría. Era un baile grotesco, el de las sombras, como si supieran algo que Lang aún no quería aceptar.

Sobre la pared, el reloj.

Un viejo Omega de pared, heredado de un padre que nunca entendió, de un abuelo que tal vez sí. La esfera de marfil estaba cuarteada por el paso de las décadas, las manecillas de latón envejecido se movían con un zumbido apenas audible, un murmullo mecánico que parecía articular sílabas sin sentido. Pero lo inquietante —lo que mantenía a Lang con la mirada fija en aquel artilugio— no era su antigüedad ni su sonido. Era su dirección. Las manecillas giraban en sentido opuesto al natural. Retrocedían. Como si el tiempo, en aquella habitación, hubiera decidido burlar su propia flecha, caminar hacia atrás con la arrogancia de quien sabe que no hay nadie que pueda detenerlo.

Seis horas y dieciocho minutos.

Esa era la hora que marcaba. Siempre la misma. Lang ya había comprobado en varias ocasiones: daba igual cuánto tiempo pasara, el reloj seguía señalando las seis y dieciocho. No avanzaba, no retrocedía más allá de ese punto. Estaba congelado, pero sus manecillas se movían. Una paradoja que Lang había aprendido a aceptar como quien acepta un síntoma crónico. Al principio intentó arreglarlo. Luego intentó comprenderlo. Ahora solo lo observaba, y en esa observación encontraba un extraño consuelo: si el tiempo podía detenerse en un reloj, tal vez también podía detenerse en una vida.

Se levantó del sillón con un gemido de articulaciones que ya no eran jóvenes. Cruzó la habitación hasta la ventana. Desde el décimo octavo piso, Neo-Montreal se extendía ante él como un laberinto de neón y desasosiego. Los rascacielos de vidrio oscuro se alzaban como dientes de una mandíbula metálica. Los anuncios luminosos parpadeaban en lenguas muertas —latín, sánscrito, alguna variante del mandarín clásico que los publicistas habían rescatado del olvido para vender productos que nadie necesitaba. Los aerotaxis surcaban los cañones urbanos con sus estelas de luz roja, y abajo, en las calles que hacía años Lang no pisaba, la gente caminaba con prisa hacia ningún lugar.

El paraíso es donde no hay prisa, pensó. El verso de Baudelaire le llegó sin aviso, como suelen llegar las cosas verdaderamente importantes: a destiempo, sin invitación, instalándose en la mente con la autoridad de quien ha esperado toda una vida para ser escuchado. Baudelaire. Lo había leído en la universidad, en aquellos años donde el mundo parecía un libro abierto y cada página prometía una revelación. Ahora el mundo era un libro cerrado, y Lang había olvidado dónde dejó las llaves.

La risa de su madre. También eso llegó. Un fragmento de sonido, nada más: cuatro notas de una melodía que nunca existió fuera de su memoria. Su madre había muerto cuando Lang tenía veintidós años, en un accidente de aerotaxi que las autoridades calificaron como “fallo múltiple de sistemas” y que los periódicos olvidaron al día siguiente. Pero su risa seguía ahí, atrapada en algún pliegue del cerebro de Lang, repitiéndose en bucle como una canción que no sabe terminar. A veces, en las noches de insomnio, Lang creía escucharla en el rumor del tráfico, en el silbido del agua por las cañerías, en el crujido de los muebles cuando la temperatura cambiaba. Era un eco. Nada más que un eco. Pero los ecos, pensaba Lang, tienen su propia clase de verdad.

Un antiguo profesor —de quien ya no recordaba ni el nombre, solo la imagen borrosa de una barba blanca y unos ojos demasiado vivos— le dijo una vez:“Encuentra la esencia de la realidad detrás de la ilusión, Lang. Todo lo demás es distracción”. En aquel momento, Lang asintió con la convicción ingenua de los veinte años, convencido de que la realidad era una cosa sólida, algo que podía tocarse con las manos, algo que se dejaba atrapar como una mariposa en un frasco. Ahora, a los cuarenta y siete, sabía que el profesor había sido cruelmente optimista. No había esencia. O tal vez sí, pero era como el núcleo de una cebolla: cada capa que quitabas revelaba otra, y cuando llegabas al centro solo encontrabas vacío y lágrimas.

Su búsqueda —esa obsesión silenciosa que lo había consumido durante dos décadas— se había convertido en una quimera. La palabra le gustaba. Quimera. Un monstruo de la mitología con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente. Algo que no podía existir, pero que la imaginación humana se empeñaba en fabricar una y otra vez. Su búsqueda era eso: un imposible al que seguía persiguiendo por la sencilla razón de que no sabía qué más hacer con su vida.

—¿Qué es real? —preguntó en voz alta.

Su propia voz le sonó extraña. Como si no fuera él quien hablaba, sino alguien dentro de él, alguien que llevaba años callado y que por fin había encontrado el valor para romper el silencio. El sonido rebotó en las paredes desnudas, se multiplicó en los rincones, volvió a él deformado, más grave, más lento. Un eco. Siempre ecos.

—¿Soy solo un eco de mis pensamientos? —continuó, esta vez en un susurro—. ¿Una sombra de lo que fui?

La pregunta no era retórica. Lang la había formulado cientos de veces, en distintos tonos, en distintos contextos, siempre esperando una respuesta que nunca llegaba. Era su soliloquio particular, su canto de guerra en la intimidad de su mente. Porque si había algo que Lang sabía hacer bien era conversar consigo mismo. Llevaba años perfeccionando ese arte solitario. Era su única audiencia, su único juez, su único verdugo.

Se acercó al espejo colgado sobre la cómoda. El cristal estaba empañado por el polvo y la humedad, pero su reflejo se distinguía todavía: un hombre de mediana edad, barba de dos días, ojeras profundas como cuevas, mirada perdida en algún punto más allá de su propia imagen. Se reconoció, pero también se sintió extraño. Como si el hombre del espejo fuera un actor contratado para interpretar su papel, y no lo hiciera del todo mal, pero tampoco del todo bien.

Somos máscaras que usan otras máscaras, pensó. No recordaba dónde había leído esa frase. Tal vez en un poema. Tal vez en un sueño.

La habitación, mientras tanto, seguía siendo la misma. El reloj marcaba las seis y dieciocho. Las sombras danzaban. El olor a tiempo muerto se intensificaba, como si las horas detenidas se hubieran podrido en el aire y ahora fuera imposible respirar sin inhalar su descomposición. Lang tosió. Un espasmo seco, breve, que resonó en el silencio como un disparo.

Y entonces ocurrió.

No fue un cambio brusco. No hubo truenos, ni destellos, ni música anunciando lo extraordinario. Fue más bien una torsión sutil del mundo, un deslizamiento de la realidad hacia algo que se parecía a un sueño pero que conservaba la textura áspera de lo real. La ventana comenzó a desdibujarse. No se rompió ni se empañó: simplemente perdió definición, como una fotografía que el agua disuelve, y a través de ella Lang ya no vio la ciudad de Neo-Montreal, sino una luz blanca y difusa, una promesa de otro lugar.

No sintió miedo. Esa fue la parte más extraña. Durante años había esperado algo así —una señal, un portal, una grieta en la coraza de lo cotidiano— y ahora que llegaba, lo recibía con la calma de quien abre la puerta a un amigo esperado. Dio un paso hacia la ventana. Otro. El suelo crujió bajo sus pies, pero el crujido sonó distante, como si el suelo ya no estuviera del todo ahí.

—Está bien —dijo en voz baja, y no sabía si se lo decía a sí mismo o al universo entero—. Está bien.

El reloj, por primera vez en años, dejó de moverse. Las manecillas se detuvieron en las seis y dieciocho, ya no retrocediendo, ya no avanzando, simplemente siendo. Un momento congelado en la eternidad de un instante. Lang lo notó, lo registró en algún rincón de su conciencia, pero ya no le importaba. La ventana lo llamaba con su luz blanca, y él estaba cansado de decir que no.

Cuando su mano tocó el marco, el mundo se disolvió.

No supo durante cuánto tiempo estuvo flotando en esa nada luminosa. El tiempo, después de todo, era justo lo que había dejado atrás. Sintió que su cuerpo se expandía y se contraía como un pulmón gigante, que su mente se abría como una flor de datos imposibles, que todos los recuerdos de su vida —la risa de su madre, el verso de Baudelaire, las palabras del profesor— se alineaban a su alrededor como planetas en órbitas perfectas. Era hermoso. Era aterrador. Era, sobre todo, real. Una realidad distinta, pero real al fin.

Cuando la luz comenzó a disiparse, Lang supo que no volvería a ser el mismo. No porque hubiera encontrado respuestas, sino porque había aprendido a hacer las preguntas correctas. Y esa, pensó mientras sus pies tocaban un suelo que no era suelo, era la única verdad que valía la pena perseguir.

Abriría los ojos en otro lugar. Pero esa es una historia para el capítulo siguiente.