Det. Sullivan: La sinfonía del Bayou

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Me habían reubicado en la ciudad que jamás duerme de Luisiana. Nueva Orleans era un gran cambio para este pueblerino de Montana, más el destino quiso que mi llegada fuese aquí, a la ciudad donde un día juré venir por aquella promesa. Sus neones, su fauna y sus costumbres... Lejos del horror de la guerra, donde perdí a seres queridos, llegué a esta urbe plagada de luces que se consumen entre sombras. ¿Puede que el destino me depare un futuro incierto? Tal vez. Pero yo debo ser aquel que equilibre la balanza. Y bien, te preguntarás: ¿Quién es este soñador? Soy Víctor Sullivan y esta, damas y caballeros, es mi historia.

Genero:
Mystery
Autor/a:
manuuu_mdg
Estado:
Completado
Capítulos:
10
Rating
3.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: Bienvenido a Nueva Orleans

Llegué a aquella ciudad, húmeda y cálida; era diferente de dónde venía. La temperatura se percibía en el aire, que se distorsionaba y se fundía con el sonido de los insectos. La ciudad vibraba con vida: los coches descapotables de los jóvenes recorrían las calles con colores pastel y vivos, y era la primera vez en años que veía tanta gente sonriente y animada.

Mi taxi no tardó en doblar la esquina de aquellas calles ricas. Tras un rato conduciendo, pasamos por un barrio completamente contrario a lo visto antes: casas destartaladas, coches a medio pintar y gente de piel negra que me observaba inquietantemente.

Nos acercábamos poco a poco a la comisaría del French Quarter. Me habían reubicado allí después de mis problemas en mi ciudad natal, pero he de decir que no me disgustaba el cambio.

Llegamos a la comisaría. Un jovencito, de no más de veinte años, me estaba esperando. Era una ciudad curiosa: la policía que conocía solía ir perfectamente uniformada, pero aquí se permitían ciertas libertades, como la falta de gorras y las mangas remangadas. No iba a ser yo quien dijera nada, con el bochorno que hacía.

Nada más bajar, el chico se acercó y me tendió la mano. Estaba sudada, pero supongo que debía empezar a acostumbrarme. El joven se llamaba Phil; se notaba que no era más que un novato recién salido de la academia.

Me presenté: —Me llamo Víctor Sullivan—. El capitán le había enviado a buscarme y para que me enseñara el camino. El trayecto fue, como mínimo, curioso: el muchacho me sometió prácticamente a un interrogatorio, pero no iba a ser yo quien le parase los pies a alguien con esa energía; simplemente me limité a responderle preguntas simples, como qué hacía allí.

Entramos en aquella comisaría. Era curiosa, pues sus puertas daban justo a la esquina de la avenida principal. Me resultaba gratamente bonita. Entramos en aquel lugar; lo bonito de afuera se apagaba de repente allí: colores azules apagados, una bandera gigante colgada de las escaleras, una sala llena de gente con caras largas y unos policías más pendientes de sus cafés que del ciudadano. El olor era cargado: olía a café y tabaco prácticamente por todos lados. Supongo que, al fin y al cabo, puedes trasladar al prisionero, pero la condena siempre es la misma.

Subimos a la segunda planta; allí ya estaban todos los detectives reunidos. No éramos muchos: alrededor de ocho, tal vez, y estaba el comisario. Él iba a presentarme, aunque he de decir que estas presentaciones de patio de colegio jamás me han gustado.

Me puse a su lado. —Caballeros, les presento al detective Víctor Sullivan, quien a partir de hoy se unirá a la brigada de homicidios. Aunque el señor Sullivan sea ciertamente joven, su ascenso le fue concedido no solo por sus años de servicio en la ciudad de Billings, Montana. El señor Sullivan también fue condecorado en la guerra, lo que no solo le valió una medalla, sino también la posibilidad de reincorporarse al cuerpo como detective, gracias a su dilatada experiencia en el conflicto.—

Me situé junto a aquel señor, que he de admitir que tenía presencia. Rondaría los cincuenta y pico años, tenía el pelo canoso pero abundante. Físicamente no era lo común, pues estaba en forma, cosa que no se podía decir de otros capitanes. Vestía aquel traje marrón con rayas blancas y prácticamente no se separaba de su puro.

Me senté en la sala. El capitán me asignó junto al detective Mason, otro veterano, alguien de quien aprender según ellos, pues este hombre llevaba quince años siendo detective, en comparación conmigo, que solo llevaba dos.

Tenía un bigote pronunciado, entrado en canas por ciertos lugares, y vestía camisa y pantalones marrones oscuros. Parecía algo cansado ya, como otro día cualquiera en la oficina.

Me acerqué a él y nos dimos la mano. Él me miró fijamente y, con voz cansada, me dijo:—Ya has sido un héroe en la guerra, hijo; ahora intenta no serlo en las calles.—

Podía entrever sus palabras: aquellos que llegamos de la guerra, por desgracia, venimos con secuelas graves. Desde lunáticos que aún pensaban que estaban en el campo de batalla y amanecían con escopeta en mano, hasta los suertudos que nunca combatieron y sienten el síndrome del falso héroe, llegados al punto de meterse en tiroteos intentando ayudar a la policía, pero no siendo más que un número más en la morgue.

Salimos de aquella bella calle llena de vida y nos dirigimos al parking, donde estaba aparcado el coche de Mason. Me parecía curioso que, en las ciudades grandes, los detectives pudieran adaptar sus propios coches al servicio, y que el ayuntamiento cubriera los gastos. Nada de coches patrulla.

Admitiré una cosa: ese hombre sabía lo que se hacía. Demonios, no pude evitar decirlo.—Menuda cosa más bonita.—

Era un Ford Deluxe Coupé de 1947, color vino, con llantas de línea blanca y disco rojo, a juego con el interior del coche. Él me miró y dijo:—Lo sé. Lo eligió mi hija Margot. Hace dos meses fue mi cuadragésimo cumpleaños, y ella y mi mujer me regalaron esta belleza.—

Nos subimos al coche y nos pusimos rumbo a una gran nave; allí, unos obreros nos esperaban. Al entrar, vi aquellas carrozas: era la primera vez en mi vida que veía algo así. Estaban decoradas de forma exótica, y no tardé en preguntar:—¿Y estas carrozas a qué vienen? —Mason se paró y me miró simplemente mientras fumaba un puro. —Esto, hijo, es la preparación para el Mardi Gras. Ya lo verás: la ciudad se convierte en un espectáculo. El problema son los negros; muchos de ellos, bueno, lo usan como excusa para sus ritos y esas cosas.—

Le miré de forma extraña. —¿Los negros?—Él me miró y me dijo: —¿Nunca has visto uno?—Me hizo cierta gracia, lo admitiré. —Claro que he visto gente de piel negra, pero no sé qué tiene que ver eso ahora. Para mí no son más que gente cualquiera.— Nos pusimos a caminar tranquilamente, dirigiéndonos al crimen. —Sabes, muchacho, hablas como todo un moderno. Pensaba que en Montana sería diferente, pero hablas igual que mi hija.—

Llegamos allí; había un cerco policial. Tanto el fotógrafo como el forense estaban haciendo su trabajo. Este, al ver a Mason, se acercó a nosotros. Nos dio la mano y se presentó: se llamaba Jacob y era el forense de la zona. No le presté mucha más atención.

Nos acercamos a aquella sábana que había entre las carrozas y la quitamos, dejando ver a aquella muchacha ya sin vida. Era jovencita, bastante bonita, llevaba todas sus joyas y no parecía que hubiese signos de abusos. Era una chica corriente, y eso, en cierto modo, me inquietaba, pues una víctima corriente suele llevar a un asesino corriente.

La gente, cuando entra, suele esperar que los asesinos tengan una diana que los delate y que sus pintas los acompañen, pero, por desgracia, las personas más comunes suelen ser las más habituales.

Mason no se acercó al cadáver y se mantuvo lejos, pero dijo algo curioso con solo echar un primer vistazo: —¿Qué hace en este barrio?—La curiosidad me pudo. Al parecer, la nave estaba dentro del barrio irlandés, lo cual era raro; una chica de clase media-alta no solía frecuentar estos lares.

Se notaba que Mason conocía bien la ciudad. La chica tenía un duro golpe en la cabeza, pero también tenía una especie de picadura en el cuello. Al señalarlo, el forense dijo que era interesante: parecía una especie de punzada.

Las banderas de papel amarillas se me hacían raras; en Montana, los marcadores de evidencia eran de metal limpio, incluso algunos todavía de madera. El marcador uno nos indicaba el cadáver, obviamente, mientras que el segundo señalaba el bolso de aquella chica. Me acerqué para mirar entre sus pertenencias: la chica tenía la tarjeta de identificación. —Sara Lincoln, diecisiete años, estado civil: soltera.—

Esto me generaba dudas; la chica no era más que una adolescente. ¿Qué podía haber pasado? —Mason, ¿sabes si hay algún instituto por aquí cerca?—Como era de esperar, mi compañero nombró el St. Augustine High School.

Lo anoté todo en mi cuaderno, pues, aun siendo un novato en Montana, mi compañero me dijo una vez: Sullivan, no hay nada más poderoso para un policía que un papel y un lápiz. Maldita sea, Pit, aún te echo de menos.

Una vez todo anotado fui a ver a mis compañeros. Jacob se llevaría a la chica a la sala de autopsias y después nos diría lo que había averiguado, mientras que Mason y yo debíamos ir a dos destinos: el instituto, pero principalmente a darle la mala noticia a la familia.

Salimos de allí y me dirigí a uno de los postes donde había una cabina de policía. Introduje mi llave en la cajetilla azul y, al agarrar el intercomunicador, la luz encima de la cajetilla se iluminó de amarillo.

La telecomunicadora se puso en contacto conmigo, como siempre me pidió mi identificación. —Detective Víctor Sullivan, número de placa: uno, nueve, seis, cinco. —

Me dijo donde vivía la chica en Faubourg Marigny, no estaba precisamente cerca de casa, lo que me hizo pensar. ¿Una chica que había huido de casa? ¿Qué se le había perdido en aquel barrio de la Calle Orleans?

Salimos de allí con más preguntas que respuestas y nos dirigimos a la casa de Sara. Francamente, era el típico barrio residencial, con las típicas casas de madera. Entramos en el porche y tocamos la puerta. Un hombre corpulento nos abrió; detrás de él, una mujer de una edad parecida al hombre se asomaba con delantal, bayeta y un plato medio sucio en la mano. Eran los padres de Sara. Al principio, el padre mostró una pizca de arrogancia, pero nada fuera de lo común, mientras que la mujer se mostraba cálida y cercana.

Nos presentamos formalmente. Al oír la palabra “detectives”, el padre se relajó, sabiendo que no éramos vendedores, y, Dios mío, podía entenderlo perfectamente. Aunque esta vez, tal vez hubiese preferido una de sus charlas interminables.

Les pedimos amablemente que se sentasen. Mason se quitó el sombrero para darles la noticia. Hasta ahora lo había visto como un simple policía sin humanidad, pero se notaba que él podía llegar a entender el dolor que íbamos a causar a la familia con la noticia.

La madre empezó a llorar de forma descontrolada, mientras que el padre, aunque en shock, intentó mantenerse firme. Sabía que ahora tocaba pasar por un cierto procedimiento, pues su hija había sido encontrada muerta en una situación sospechosa.

Decidimos tomar declaraciones por separado. Mason se quedó con el padre en cierto punto; podía entenderle, pues él también es padre. Yo, en cambio, fui a la mesa de la cocina con la madre. Era protocolo: nada de declaraciones conjuntas.

Empecé a preguntar cómo era su hija en general, y según ella, todo bien: una chica responsable, con buenas notas, que se juntaba con gente de bien, nunca llegaba tarde, y el día que lo hacía llamaba a casa.

Pero siempre, en estos casos, hay una palabra que es difícil de acostumbrarse: cuando las madres, al igual que hizo esta, soltaron entre lágrimas —¿En qué me he equivocado? —. Le puse la mano en el hombre, la miré y le dije: —Usted no ha hecho nada malo. No se torture, hay un culpable y lo atraparemos—.

En ese momento, le pedimos permiso a los padres para registrar la casa en general. Fueron cooperativos en todo momento, y sus rostros durante la declaración fueron firmes, lo cual los descartaba bastante como sospechosos... aunque uno nunca sabe.

Mason se dedicó a mirar por la casa, y yo me centré en el epicentro: la habitación de la joven. Admito que no era tan habitual, pero tampoco fuera de lo común. Me llamó la atención la cama: era individual, de uno noventa, y sobre el escritorio de madera había una fotografía de ella y una chica que se le parecía bastante. ¿Una hermana? Pero si era así, lo habitual habría sido usar literas. Además, la habitación no era pequeña para ser de solo una persona.

En la habitación había dos ventanas: una encima del escritorio, de difícil acceso, y la otra daba al patio, cerca de la mesita de noche, y el pestillo no estaba echado. Los padres dijeron que nadie había entrado en el cuarto desde que se fue Sara, así que ella había dejado el pestillo abierto.

Me pregunté varias cosas: ¿Sara era la buena chica que creían sus padres? ¿La chica de la foto quién era? ¿Se fugaba por la ventana a escondidas, y luego la usaba para volver a entrar?

Fui con la madre y pregunté si tenían más hijos. Me dijeron que sí: un hijo llamado Harry. Él ya no vivía allí, pues se había casado hacía un par de años y se fue a vivir a Nueva York con su mujer e hijo.

Pregunté entonces quién era la chica de la foto. Me dijeron que era su prima Verónica, por parte de padre. Eran prácticamente hermanas, ya que habían crecido juntas. De hecho, todos los domingos, después de la iglesia, quedaban para comer en casa de los abuelos.

Preguntamos dónde vivía Verónica, por pedirle declaración a ver si ella sabía algo. Sorprendentemente, eran sus vecinos: justo vivían en la casa de la derecha.

Cuando nos íbamos a ir, tocaron a la puerta. Era el hermano del padre, el padre de Verónica. Se acercó porque vio a dos extraños entrando y, al ver que pasábamos tanto tiempo, vino a ver si todo iba bien.

Le explicamos la situación. El hombre se echó la mano a la boca y después abrazó tanto a su hermano como a su cuñada.

Le pedimos permiso para hablar con Verónica, ya que ella tenía tan solo dieciséis años. El padre aceptó, pero nos pidió dejarle a él darles la noticia a su familia.

Nos acercamos con él; yo y Mason nos quedamos en el porche. Aproveché para encenderme un cigarrillo. Al cerrar los ojos, pude oír el llanto desesperado de Verónica y cómo su madre, con voz temblorosa, intentaba calmarla.

Mason se apoyó en la barandilla del porche y me dijo: —Odio este trabajo. Es la primera vez en mi vida que voy a escuchar la voz de esta pobre niña, y lo primero que oímos de ella son llantos de dolor—.

No dije nada; preferí acercarme a él y, juntos, esperamos al padre.

La puerta se abrió y el padre nos dijo que pasásemos. Entramos en aquella casita. Verónica esperaba en su habitación entre lágrimas, mientras que la madre estaba en el salón, destrozada, pensando en sus cuñados.

Mason me dijo que fuese yo con la niña. Entré en aquel cuarto; era muy parecido al de Sara. De hecho, ella tenía una foto de pequeñas muy similar, con la que seguro era Sara.

Me presenté respetuosamente con la joven. Esta estaba triste y enfadada; sabía que debía tener cuidado y, sobre todo, sabía que podía volverse una conversación difícil. Me senté en la silla del escritorio, mirándola, mientras ella se apoyaba en la pared abrazando su almohada.

Le expliqué tranquilamente que era uno de los detectives a cargo y que tan solo quería saber algunas cosas: cuándo fue la última vez que vio a Sara, si últimamente estaba rara, si había empezado a juntarse con otro grupo de amigos. La notaba sincera, como si, según ella, todo estuviera bien.

No tenía, en principio, ninguna pregunta más, pero recordé la ventana y fue entonces cuando le dije: —Verónica, una última pregunta. ¿Sara se escapaba de noche? —.

La chica empezó a llorar y simplemente asintió con la cabeza. Le pregunté si sabía dónde iba Sara por las noches. Ella se puso los zapatos y salimos al jardín.

Las vallas de ambas familias conectaban hasta un roble viejo. Estaba un poco hueco; allí había unas mantas gruesas en el suelo. Había alcohol guardado y cigarrillos.

Nos dijo que, a veces por las noches, salían por las ventanas y se reunían allí dentro. Era su escondite, donde tumbarse y hablar de sus cosas, alejadas de los adultos.

Al principio, los padres de ambas familias estaban enfadados, pero por otro lado tampoco parecía que el escondite fuese nada ultrasecreto. Realmente se sorprendían de no haberlo visto antes y, encima, ambas primas estaban dentro de las propiedades de las familias, por lo cual tampoco podían reprocharles nada del otro mundo.

Según Verónica, nadie más conocía el sitio, ni siquiera su grupo de amigos. De hecho, Verónica sacó los apuntes de mates de Sara de entre las sábanas, pues muchas veces iban allí a estudiar juntas, alejadas.

La madre de Verónica le preguntó a su marido, si iban a castigar a la niña, a lo que Mason dijo: —¿La vais a castigar por estudiar matemáticas? Lo raro es que no haya enterrado el cuaderno—.

No encontrábamos más pistas y ya nos íbamos, pero Verónica nos soltó una perla que tenía olvidada: —Detectives, igual sí sé de alguien. Abigail Norris. No tengo mucho trato con ella, pero Sara y ella se habían vuelto más cercanas; después de todo, ambas querían dedicarse a la docencia—.

Salimos de allí y fuimos a la comisaría. Como primer día no estuvo mal; mañana iríamos a ver al forense y, de allí, al instituto de Sara, el Sophie B. Wright High School.

Tomé un taxi y fui directamente a casa en Mid-City. Había que admitir que el departamento se había portado, y más después de lo que ocurrió para que me trasladaran. Francamente, pensaba que iba a ser una pensión de mala muerte, pero no.

La mudanza había llegado a aquella casita de madera: paredes de colores pastel, suelos bonitos, una cocina amplia, un buen salón y una habitación con armario empotrado y cama grande. Aunque el jardín había que darle un poco de cariño.

Me tiré toda la tarde peleando con gente de varios servicios: fontaneros, electricistas, Dios, hasta el de la línea de teléfono. Pero ya estaba todo, y la joyita de la corona, el televisor, me había fundido en él lo que me habían pagado por el traslado. Pero ¿qué puedo decir? Uno debe darse lujos de vez en cuando.

Cuando justo encendí la televisión, preparado para sentarme a ver cómo el siglo XX decidía apoderarse de mí, sonó el timbre. Fui a ver quién era: era una joven de mi edad con un niño pequeño. Traía un pastel que ponía “Bienvenido al barrio”.

El niño era rubito, no más de cinco años; se veía un chico alegre y con bastante energía. Vestía un mono muy bonito. La chica era de una edad parecida a la mía, de pelo castaño: dos mechones delanteros estaban enrollados y el resto de su melena caía en suaves ondulaciones en sus hombros. Vestía un vestido verde y tenía una preciosa sonrisa.

El niño, al ver el televisor de fondo, corrió hacia él alucinado. La chica le gritó preocupada, llamándolo William, pero le dije que no pasaba nada y que pasase.

Se presentó: era mi vecina Helen, y el renacuajo era su hermano pequeño. Nos sentamos a charlar y tomamos café y el pastel, mientras el pequeñajo miraba la tele embobada.

Al parecer, ella era enfermera en una clínica cercana, vivía con sus padres; su padre era teniente en el ejército y su madre ama de casa. Helen le echaba una mano con William, que era un nervio.

Me dijo que ahora estaban de cita y por eso vino con el hermano, y que sentía lo de acaparar la televisión. Le dije que no pasaba nada; de hecho, me agradó su visita.

Esta me preguntó a qué me dedicaba, por qué si fuese rico viviría en un barrio mejor. Pero un televisor no era algo típico en un barrio corriente.

Helen me cayó bien, así que le conté que, al volver de la guerra como cabo, me reincorporaron a la policía de Montana como detective en homicidios. Pero, tras dos años, tuve una cierta pelea con el hijo de un superior, y para que la cosa no escalara me ofrecieron un puesto en la ciudad, y simplemente lo acepté. Me ofrecían una casa, un mejor sueldo y, sobre todo, para agilizar mis pensamientos, una cantidad de dinero bastante generosa por el traslado.

Helen se rio con una sonrisa de lo más bonita y me dijo que probaría a golpear a algún compañero a ver si tenía la misma suerte. Después, nos sentamos en el sofá a ver la televisión; William se quedó dormido en la alfombra.

Lo agarré y los acompañé hasta casa. Los padres habían vuelto; al picar, nos abrió el padre. Al ver a William, me pidió que se lo diera y él lo acostó, mientras la madre me invitaba a entrar. Después, el padre, una vez acostado el niño, me saludó formalmente, y ambos educadamente me invitaron a cenar.

No pude resistirme, aunque tampoco me iba a resistir: eran gente agradable y de bien. La madre me contaba cosas de William y de Helen cuando era pequeña; Helen reía, ciertamente avergonzada. Por otro lado, el padre sintió cierto orgullo al saber que había servido en el ejército y había combatido, si no por traer medallas conmigo.

Me sentía ciertamente cómodo. Después de un rato, decidí ir a casa. Una vez allí, fui al baño, me quité la ropa y me metí directo en la bañera. Al salir, me fui a la cama, sin dejar de observar el techo, pensando en el caso de Sara Lincoln.

Me desperté asustado a medianoche, me senté en la cama y agarré un cigarrillo. Me puse el pantalón de pijama y salí, con el pecho descubierto, de casa; me dirigí al jardín para fumar y tomar aire.

El padre de Helen también estaba en su patio. Se acercó a la valla y me preguntó si había tenido pesadillas. Me aproximé y charlamos un rato; me contó que él todavía tenía pesadillas con lo vivido en ambas guerras, pero que, poco a poco, uno se acostumbraba.

Al rato, me fui a la cama de nuevo; sabía que me esperaría un duro día de trabajo.