Entre avenidas y tranvías
1 de noviembre de 1962, México.
Me hallaba encorvado. El sudor frío me empapaba la nuca.
Sostenía el revólver en la diestra, con el cañón hundido en mi propia sien; en la otra mano apretaba el vacío, la poca esperanza que me quedaba. El pulso me temblaba.
No era miedo, era rabia, era el peso de haberme convertido en alguien que ya no reconocía. Me dolía la vida,me dolía el pecho, como si algo dentro se hubiera oxidado.
Me dolía el alma porque, teniéndolo todo, ya no era nada.Afuera, cien mil gargantas rugían mi nombre:—¡José Javier!El ídolo, el romántico, el artista.
Adentro, en este camerino, yo era apenas un eco. Un hombre borracho, derrotado y traicionado por suspropios errores.—¿Dónde estás, Sofía? —susurré—. ¿Por qué te fuiste justo ahora? La fama se había vuelto una jaula de oro. Yo, un pájaro triste que solo buscaba el escape.
Y entonces la vi, alta, esbelta,elegante,la Muerte.
No venía con guadaña ni gritos, venía serena, vestida de sombras y velos que flotaban como incienso.
Sus huesos eran pulcros, blancos como el mármol de una iglesia abandonada.
Su sola presencia congeló el aire.Se detuvo frente a mí.
No habló, no juzgó, solo me miró con la paciencia de quien lleva siglos esperando.
Con un gesto pausado, extendió su dedo huesudo y me señaló.
En un rincón, el humo del copal subía desde el altar como una plegaria antigua. Los cuatro retratos,coronados con cempasúchil, parecían observar mi final.
La habitación olía a despedida.
Cerré los ojos. Apreté el gatillo.
Un eco seco retumbó y se deshizo en el silencio…
México D.F., 23 de octubre de 1959. 8:50 am.
El silbido de un tren se coló por la rendija de la ventana, arrastrando consigo la luz dorada de un nuevo día.
José Javier bostezó y parpadeó al mismo tiempo.
—Qué ruido tan molesto —dijo mientras se sobaba la espalda.
Los resortes del colchón se le clavaban en el espinazo como agujas necias, recordándole que no se encontraba en una suite, sino más bien en el modesto hogar de su amigo. Se incorporó.
El cuarto era un cubículo mínimo, delimitado apenas por una cortina deshilachada que colgaba en vez de puerta.
—¡Pepe, arriba, que el éxito nos espera, mano! —una voz que retumbó como campana sacudió los tímpanos de José Javier.
—¡Déjame dormir, Rubén! —dijo el chico envolviéndose con un sarape remendado.
—¡Arriba, que no viniste nomás a dormir, mi Pepe! —dijo Rubén.
José Javier por fin se desenvolvió y abrió los ojos por completo.
De frente vio a su amigo de la infancia; su silueta corpulenta quebró el umbral de la luz opaca que se filtraba por la rendija.
—Ya pues, hazte pa’ allá, que me tapas todo. Ya me levanto.
—Ya vas, Barrabás —respondió el corpulento hombre.
—Tengo hambre —dijo José, rascándose el estómago, aún entre sueños.
—Pásale a lo barrido, mi Pepe —dijo Rubén, señalando una vieja mesa astillada con teatralidad.
En la mesa: dos tazas de peltre con café y dos bolillos endurecidos los esperaban.
—Estos bolillos ya pasaron la edad del panadero… pero todavía crujen sabroso —dijo Rubén con la dignidad de un burro mojado.
—Cruje más mi panza que el bolillo —rezongó José, sentándose.
Y aunque era más agua que café, el compañerismo y las ilusiones hacían de ese desayuno un suculento manjar.
—¿Listo para la fama, tenor? —cuestionó Rubén a medio bocado.
—¿Y si ese tal Jorge ni existe? —hilvanó Pepe con tono interrogativo.
—Sí existe, mano. Mira —Rubén sacó de su bolsillo una tarjeta arrugada—. Mira, me dio su tarjetita cuando me lo encontré allá en la Merced. Aquí está la dirección. Dice que conoce al mero mero de la radio, Azteca.
Tú cantas, yo toco y el mundo aplaude. Fama, dinero, muchachas rete chulas, discos. Hasta nos van a invitar al programa de Paco Malgesto.
—Ya vas, gordo —dijo José, partiendo en dos su bolillo con dificultad. Luego añadió—: Le dije a mi jefecita que me conseguiste chamba en una fábrica y que en cuanto cayera el varo, le iba a mandar pa’ que se ayudara ella y mis carnalitas. Pobrecita, se quedó muy angustiada allá.
—¿Y por qué no le dijiste la verdad? Que te llamé para presentarte a uno de los meros meros de la música.
—No, mano —respondió José sumergiendo el pan duro en su bebida caliente—. Mi jefita no cree que de la cantada pueda hacer algo. Capaz y si le digo a lo que he venido, me amarra junto al Pancho y no me dejaba venir.
—¿Todavía vive el Pancho? Ese perro tiene más vidas que un gato —ambos chicos rieron.
Luego Rubén nuevamente repuso en un tono emotivo—: Nos va a ir bien, cuate. Ya sabes, el que no arriesga no suena en la radio —dijo Rubén, con su sonrisa de truco barato.
José se peinó frente a un espejo estrellado, se puso la camisa blanca que su madre le había planchado como se planchan las promesas, y salió con paso firme, como quien lleva un futuro cosido entre las costillas.
La ciudad los recibió como un monstruo de mil ojos. El Distrito Federal respiraba en mil lenguas.
Zumbaban los tranvías, gritaban los voceadores, reían los albañiles colgados en andamios como pájaros de plomo.
La ciudad era vasta, vibrante, ¡ENORME! Una orquesta descompuesta donde cada quien tocaba lo suyo.
Olía a pan caliente, a fierro viejo, a ropa húmeda y a pasado reciente. Y sobre los edificios, los anuncios de Coca-Cola se elevaban como altares de una religión moderna. Rojos. Relucientes. Imparables.
Las mujeres caminaban como si flotaran: labios de pitaya, vestidos que abrazaban el cuerpo, peinados altos como pecados.
Los hombres, de sombrero y portafolio, cruzaban las avenidas como si el país no estuviera al borde de nada.
—¿Y ese edificio tan grandote? —preguntó José, señalando hacia lo alto.
—Ese la torre Latino Americana —dijo Rubén, inflando el pecho—. Hasta arriba hay un mirador.
—¿Desde ahí se verá Orizaba?
—Desde ahí se ve el cielo, mi Pepe. Nomás no te vayas a marear.
José sonrió. Pero en su pecho ardía una promesa: "Volveré cuando sea alguien".
Caminaron largo rato. El sol trepaba los muros con dedos tibios. Rubén avanzaba con seguridad.
José lo seguía, atento. Rubén, originario también de Orizaba, llevaba tres años en la ciudad.
El joven de apenas 18 años, un año menor que José, se sabía mover entre avenidas y tranvías; su padre, don Pancho, tenía un año de fallecido, así que Rubén ya era todo un experto sobreviviendo por sí solo en la jungla.
Doblaron por calles cada vez más estrechas, más silenciosas. La ciudad iba quedando atrás como un telón que se cierra despacio.
—Es aquí —dijo Rubén, golpeando un enorme portón metálico con los nudillos. Era una entrada vieja, anónima, sin timbre ni letrero. Las bisagras apenas respiraban.
—¿Y estás seguro?
—Sí. Jorge me dijo que hoy era el día.
Del otro lado, una voz seca cortó el aire:
—¿Qué quieren?
—Buscamos al señor Jorge Gutiérrez. Le traje al cantante.
Hubo una pausa; luego de un minuto, se escucharon cerrojos moviéndose. Uno. Dos. Tres. El portón se abrió despacio, como si lo hiciera con suspicacia. Una figura alta y corpulenta, sin rostro visible, les hizo señaspara entrar.
Lo hicieron.El pasillo era largo, húmedo. Olía a encierro, a cosas viejas y no dichas. Una pequeña lámpara vieja que
colgaba del techo de lámina era la única luz que iluminaba aquel lugar. Al fondo, una mesa.
Cuatro hombres jugaban cartas. Uno de ellos, de traje brillante y cicatriz cruzándole el ojo, no apartaba la mirada.
Un quinto hombre, musculoso como portero de cabaret, entrecerró la puerta tras ellos sin decir palabra, y se quedó como estatua cruzado de brazos bloqueando la salida con su fornido cuerpo.
Una silueta entre la oscuridad y el humo del cigarrillo tomó forma aclarándose con la luz amarilla del foco; era Jorge.
—Buenas tardes… —dijo Rubén, tragando saliva—. Traje al amigo del que le hablé.
—¿El que canta?
—Sí, señor.
El hombre de la cicatriz se levantó. No era alto, pero tenía esa presencia que obliga a bajar la mirada.
—¿Ustedes creen que esto es un estudio?
En cuanto el hombre dijo eso, José Javier sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Respiró hondo; una voz en su cabeza le dijo: "¡Corre!". Pero la única salida dentro de esa fortaleza estaba siendo obstruida por aquel grandulón. Rubén vaciló.
—¿No lo es?
—No, muchachitos. Bienvenidos a la bodega.
En la penumbra, asomaban muebles, cuadros, lámparas, objetos de valor cubiertos con sábanas o metidos en cajas. Todo olía a algo antiguo, robado, importante.
—Aquí no se graban canciones. Aquí se mueven piezas. Cosas valiosas. De casas que ya no preguntan.
Señaló una caja abierta: adentro, candelabros de plata, relojes, una radio antigua envuelta en trapo fino.
—Nosotros coleccionamos historias… ajenas. Ustedes entran, miran, cargan, y salen. Sin preguntar, sin fallar.
Luego señaló una pila de billetes sobre la mesa.
—Aquí hay más de lo que podrían ganar en cinco años de honestidad. Y el Trompas no se equivoca, él tiene buen ojo para elegir a su gente —dijo señalando a Jorge—. Me dice que tú, chavo, ya tienes rato por la Merced. Y que también te asomas por las Lomas. Eso nos gusta. Pasas desapercibido. Ambos nos van a servir mucho.
José frunció el ceño.
—¿Robar?
—No. Clasificar. Recuperar. Las casas están solas. Abandonadas. Nadie extraña lo que ya olvidó —dijo el de la cicatriz, encendiendo un puro.
Rubén miraba los billetes. El humo del tabaco sofocaba el poco oxígeno que se colaba por la puerta entrecerrada de la entrada. Ambos jóvenes se voltearon a ver, compartiendo la misma mirada aterrorizada.
—No se asusten, mis chavos, pero aquí no se vive de sueños. Aunque si hacen bien las cosas, esta misma noche tendrán plata en la bolsa. Y si no…
El hombre se acercó a José. Muy cerca. Le habló al oído, con voz baja, sin apurarse.
—Si no, se van por donde vinieron. Pero con el viento en contra.
José tragó saliva. Luego, dijo:
—Yo… yo vine a cantar, señor —dijo el muchacho en voz baja, abrazando su guitarra, como quien abraza la poca esperanza de salir con vida de aquel lugar.
—¡Silencio! —El aire se volvió espeso.
Rubén no sabía si huir o quedarse; cualquier movimiento inadecuado podía costar la vida. Apretó los labios.
—¿Y tú también quieres cantar, o por qué te quedas mudo, gordito? —preguntó el de la cicatriz, mirando fijo al muchacho.
Rubén miró a José. Y en esa mirada estaba todo: el miedo, la dignidad y el lazo que los había traído hasta allí. "Hay que salir de aquí", ambos se dijeron con el pensamiento