Sinopsis
No voy a mentir, me encantan las tías. No me puedo resistir, es como un hambre que no se quita con nada. Esas curvas, las caras maquilladas... aunque, siendo sincero, las prefiero al natural, recién levantadas. Pero admito que me vuelve loco el rastro del pintalabios corrido por toda la cara después de un beso que casi nos deja sin aire. Me gusta esa marca de guerra, ese “aquí estuve yo”.
Pero claro, por culpa de esta maldita lujuria de mierda, aquí estoy. En una sala de espera que huele a cloro y a muerte. ¿Cómo cojones es posible que yo tenga VIH? ¡Es imposible! Yo soy el que las elige, yo soy el que tiene el control... o eso pensaba. Ahora siento que se me cae el mundo encima.
—¿Es en serio? —solté, mirando a la enfermera como si me estuviera tomando el pelo—. ¿Tanto drama para un puto pinchazo en el brazo?
Llevaba toda la mañana sudando frío, imaginándome lo peor. Estaba convencido de que me iban a meter un tubo por la uretra o alguna tortura medieval por el estilo. Porque claro, siendo un animal de costumbres como yo, me esperaba el peor de los castigos.
pensaba que el precio a pagar hoy iba a ser que me desarmaran la entrepierna en esa camilla.
El médico me soltó un tostón de media hora. Que si la prevención, que si las conductas de riesgo, que si bla, bla, bla. Yo solo podía pensar: “Pincha ya, joder, y déjame salir de este agujero que huele a… no sé lo que huele”.
—Vuelva en unos días a recoger los resultados, señor Dante —dijo la tipa sin mirarme, pegando una etiqueta con mi nombre en el tubo de sangre.
Salí de la consulta con el brazo doblado y un esparadrapo ridículo, sintiéndome como un imbécil por haber estado tan asustado. Seguía con la rabia en el cuerpo y la duda de si mi sangre era veneno o no, pero al menos mi “herramienta” estaba intacta.
Iba mascullando insultos, con ganas de quemar el hospital entero, cuando de repente, un idiota que parecía haber salido de un anuncio de colonia me cortó el paso.