Muñeca de Cristal y el Chico del Taller

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Aiko Hoshizora aprendió a ser perfecta antes de aprender a ser ella misma. Sonríe como debe, camina como debe, vive como debe. Hasta que alguien la ve de verdad. Ren Takumi no encaja en su mundo... y tampoco intenta hacerlo. Pero, por alguna razón, es el único que no la trata como una muñeca de cristal. Entre ellos no debería haber nada. Pero hay miradas que incomodan. Cercanías que no se explican. Y grietas que, una vez aparecen, ya no se pueden ignorar. Porque a veces, para descubrir quién eres... primero tienes que romperte un poco.

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
AngieOt
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: La mancha que no se quita

(17 años para Aiko – Primavera, festival escolar de intercambio en Tokio)

Los cerezos estaban en su punto máximo, pétalos rosados flotando como una lluvia lenta y eterna. Aiko Hoshizora caminaba por el patio de la academia élite Seiran con esa gracia que parecía ensayada desde el nacimiento. sus 1.57 m, su figura pequeña y delicada contrastaba con la impecabilidad del uniforme: falda plisada azul, blusa blanca perfecta, lazo rojo atado con precisión quirúrgica. Su cabello ondulado café claro caía en cascadas suaves hasta la cintura, moviéndose con cada paso como si el viento lo hiciera a propósito. Sus ojos cafés grandes y expresivos captaban la luz del sol y se volvían dorados, brillando con una calidez que nadie se atrevía a sostener por mucho tiempo.

Todos la miraban. Chicos de escuelas invitadas susurraban “es la Hoshizora”. Chicas del consejo estudiantil la observaban con envidia contenida. Pero nadie se acercaba demasiado. Era intocable, como una muñeca de cristal en una vitrina cara: hermosa, frágil, perfecta.


Esa mañana, antes de que el chofer la dejara en la entrada, su madre le había repetido lo de siempre con voz fría y medida:

“Aiko, recuerda: una Hoshizora solo elige una vez. Elige mal y lo arruinas todo. No te permitas errores.”

Aiko había sonreído como siempre: labios cerrados, ojos suaves, sin mostrar dientes. Regla número uno de la casa.


Estaba en el stand de té tradicional, sirviendo matcha con movimientos gráciles y silenciosos, cuando pasó.

Un chico alto (alrededor de 1.78 m) con overol azul manchado de grasa tropezó con el borde de la mesa. El tazón de matcha voló y aterrizó directo en la falda de Aiko. El verde oscuro se extendió como una mancha viva sobre la tela impecable.

El mundo se detuvo.

El chico se congeló un segundo. Luego se agachó sin dudar. Cabello liso corto castaño oscuro, mechones revueltos cayendo sobre la frente. Nariz peculiar, un poco respingona y asimétrica, que le daba un encanto único. Y cuando levantó la mirada… sonrió.


Esa sonrisa era hipnotizante. Hoyuelos profundos se marcaron en sus mejillas, ojos cafés intensos se arrugaron con calidez genuina. Una cicatriz pequeña en la ceja izquierda le daba un toque rebelde, pero no amenazante.


—Ay, perdón de verdad —dijo con voz ronca pero suave—. No vi la mesa. Esto… sale, ¿sabes? Mi mamá siempre lo quita con agua fría y jabón neutro.

Aiko se quedó quieta. Nadie le hablaba así. Directo. Sin “señorita Hoshizora”. Sin reverencias. Solo… normal.

Sus ojos cafés dorados por el sol se abrieron más. El corazón le latió fuerte, como si alguien hubiera subido el volumen del mundo.


Ren Takumi (así se presentó mientras sacaba un pañuelo viejo pero limpio de su bolsillo y empezaba a limpiar la mancha sin pedir permiso) no parecía notar lo extraño del momento.

—Soy Ren. Del instituto Minami. Vine por el intercambio… y ya la regué. —Rio bajito, hoyuelos profundos otra vez—. Te queda… ¿artístico? Como una pintura abstracta.


Aiko sintió calor en las mejillas. Por primera vez en mucho tiempo, su sonrisa fue real: labios entreabiertos, dientes asomando apenas.

—Está… bien —murmuró, voz suave pero temblando ligeramente—. Gracias.

Ren levantó la vista, aún agachado frente a ella. Sus ojos se encontraron. El sol hizo que los de Aiko brillaran dorados intensos.

—Oye… no te ves bien cuando finges sonreír. —Lo dijo casual, como si fuera obvio—. Pareces una muñeca de cristal a punto de romperse.

Aiko parpadeó. Nadie nunca se lo había dicho en voz alta.

Antes de que pudiera responder, una voz fría sonó detrás:

—Aiko, querida, ¿qué sucede? —Era una compañera del consejo estudiantil, mirando a Ren como si fuera un intruso—. Ven, el presidente te espera para la foto oficial.

Ren se levantó, metió las manos en los bolsillos del overol.

—Nos vemos, princesa de la mancha matcha. —Le guiñó un ojo, hoyuelos flash—. Si no sale… búscame. Arreglo cosas rotas. Incluidas faldas perfectas.

Se alejó silbando, dejando un rastro de olor a aceite, metal y algo indefiniblemente libre.


Aiko se quedó parada, falda manchada, corazón acelerado. Tocó la mancha con dedos temblorosos. No quería limpiarla todavía.

Esa noche, en su habitación enorme con vista a los rascacielos de Tokio, Aiko se miró al espejo. Cabello ondulado café claro cayendo desordenado por primera vez (se había soltado el lazo). Ojos cafés, ahora sin sol, pero aún cálidos.

Buscó en su celular: “instituto Minami taller Takumi”.

Apareció una foto: un taller pequeño, motos a medio arreglar, herramientas colgadas. En el centro, Ren con overol sucio, abrazando a su sobrino pequeño (el hijo de su hermano mayor) mientras su mamá (una mujer de mirada dura pero ojos cansados y cálidos) sonreía de fondo. Al lado, su hermana mayor (más alta, expresión reservada) cruzada de brazos. Todos parecían unidos por algo invisible: amor mezclado con cicatrices.

Aiko guardó la foto.


Y por primera vez, no practicó su sonrisa perfecta antes de dormir.

Durmió con la mancha en la falda… y con una pequeña grieta en su pecho perfecto.