No me llames profesor

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Sinopsis

A pesar de los delirios de sus amigas, Elisa tiene bien claro que nunca va a pasar nada entre ella y su ex profesor. La idea de tener una relación con el hombre (que para colmo es su actual jefe) es ridícula. Absurda. Imposible y todos sus sinónimos. Sobre todo porque Marcos es un amargado insufrible que hace difícil creer que su profesión sea curar niños enfermos. Pero cuando un malentendido desata un rumor sobre ellos en el hospital, Elisa descubre algo perturbador: Marcos sí tiene sentido del humor… y le parece adecuado usarlo para torturarla. En lugar de detener lo que se murmura sobre ellos, decide alimentar los chismes con una calma irritante y una sonrisa que ella no recuerda haberle visto jamás. Todo empeora cuando reaparece el ex de Elisa, convencido de que aún tiene una oportunidad. Y, de repente, fingir que está saliendo con Marcos parece la única forma de mantenerlo a raya. Lo que ninguno de los dos esperaba es que la mentira empezara a sentirse peligrosamente real. Todo funcionará a su favor mientras respeten un número de reglas. ¿Qué pasará entonces cuando estas comiencen a romperse, una a una? Advertencia de contenido: Esta novela aborda el proceso de recuperación emocional de una protagonista que vivió maltrato doméstico en el pasado. La historia se centra en su camino hacia relaciones más seguras y afectivas.

Genero:
Romance
Autor/a:
Lyenn Island
Estado:
En proceso
Capítulos:
13
Rating
5.0 2 reseñas
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: El jefe

—¡Inés! 

Elisa exclamó horrorizada ante la ocurrencia de la enfermera, mientras la carcajada de la misma se dejaba escuchar por todo el comedor. De inmediato bajó la cabeza y clavó los ojos en su comida, intentando disimular su sobresalto. No había tenido la intención de levantar la voz, pero como siempre, Inés se excedía con sus tonterías. Sentía los ojos de todos los presentes en ella, y con solo imaginárselo el calor comenzó a subir por su cuello y se alojó en sus mejillas. No tenía nada de que ver con los frijoles duros en su plato, esos estaban fríos de tanto pensar si comerlos o no. Para empeorar el asunto, sus dos amigas continuaron riendo a costa de su vida amorosa. Su inexistente vida amorosa.

—¿Por qué te pones así? Ay, por favor Elisa…—Se encogió de hombros la rubia, como si no hubiese dicho nada del otro mundo.

La joven recorrió el comedor con la mirada. Los médicos, enfermeros y estudiantes que estaban de guardia lucían cansados y el turno ni siquiera estaba cerca de terminar. Contrario a su creencia de que todos le habían puesto atención, la mayoría solo mantuvieron sus cabezas bajas, fijas en la comida de dudosa calidad. Sus amigas por otro lado, siempre eran así de ruidosas. Rebosantes de energía. Aun ante la perspectiva de pasar toda la noche despiertas.

—Él era mi tutor —susurró Elisa, apretando los dientes para que nadie escuchase.

—Estoy segura de que aún tiene mucho que enseñarte —replicó la rubia—. Y falta que le hace el jefe una sacudida, a ver si se le quita la mala vibra esa que tiene.

El dúo de risotadas no se hizo esperar. Elisa se coloreó de un furioso tono rojo desde la raíz del cabello hasta donde la ropa permitía ver, e intentó disimularlo bebiendo un trago de su café. Inés no tenía remedio.

—Tu supervisor debería revisar el estante de los medicamentos porque creo que te los estás inyectando tú. Tienes que estar delirando.

—Estoy de acuerdo —comentó la otra muchacha, distraída con su teléfono.

Inés continuó su ataque, después de pellizcar el hombro de Camila en protesta por su apoyo a Elisa.

—¿Qué importa si es diez años mayor que tú…?

—Seis años.

—Seis —repitió, levantando una mano con un gesto que pretendía animar a Elisa—. Además es atractivo y está soltero, según se comenta en el hospital.

—Pues a mí no me sorprende que esté soltero. Cabrera puede tener un físico decente, pero es una piedra en un zapato. Todavía no le perdono las fiestas que me perdí por sus malditas tareas.

Inés desvió la mirada con actitud teatral, mientras daba un sorbo a su propia bebida. Elisa estaba segura de que ella encontraría una forma de torcer sus palabras a favor de su teoría de pareja. La escuchó balbucear tonterías sobre los opuestos atrayéndose con aire ausente. No era la primera ocasión en que Inés insinuaba que había algún romance absurdo entre ella y Marcos Cabrera. Sus amigas y alguna que otra enfermera pensaban que no era una idea descabellada, dada la frecuencia con la que se les veía juntos a ella y al jefe del servicio.

—Y antes de que sigas con tus delirios, me voy. Mi descanso se acabó.

Inés y Camila miraron sus respectivos relojes y se pusieron de pie a una vez, murmurando imprecaciones.

—Mi punto es… —continuó Inés, mientras caminaban por los pasillos— que no hace ningún daño que sea mayor que tú. Más experiencia equivale a más placer.

—¡Inés, te van a oír! —exclamó Elisa, con la voz baja pero firme— Ya fue suficiente.

—Ay, ya déjala tranquila—añadió Camila, de nuevo sin despegar los ojos del teléfono.

— ¿Y tú a quien le escribes tanto? —preguntó Inés, interesada.

Camila le dirigió una mirada de advertencia, como para evitar ser el siguiente objetivo de conversación y burla.

—Te noto demasiado interesada en mis asuntos —La joven levantó la mano y la sacudió como si se deshiciera de un insecto en el aire—. Mejor sigue con Elisa — En ese momento comenzó a desviarse por otro camino— . Si llega alguna emergencia de Neuro me llaman, ¿de acuerdo?

Un murmullo de frases afirmativas fue lo que obtuvo como respuesta antes de que desapareciera por los pasillos del hospital. Elisa e Inés continuaron rumbo al área de emergencias, haciendo entrada poco después. En la puerta de la habitación para pacientes graves se encontraron a un colega. El doctor se rascaba la cabeza con aire frustrado. Elisa estaba a punto de preguntarle qué sucedía cuando sus ojos le dieron la respuesta. Por detrás del muchacho se podía ver a otro hombre que vestía de bata blanca. El médico era alto y de hombros anchos. Se encontraba inclinado hacia un bebé de unos cinco meses, examinando sus pulmones con ayuda de un estetoscopio. Al notarlo, Inés dejó escapar una risita.

—¿Qué hace él aquí? —preguntó Elisa en voz baja.

—Es el jefe —el muchacho se encogió de hombros.

La joven frunció los labios en una mueca cansada. Justo cuando pensaba que ya iban a cambiar de tema. Ni siquiera sabía por qué había surgido la conversación ese día. Nunca, ni en otra vida, vería a su actual jefe como algo más que eso. Una voz en el fondo de su consciencia le recordó las mariposas que había sentido la primera vez que lo vio. Como había dicho unos minutos antes, Cabrera tenía un físico decente. Que bueno que su mal carácter había aplastado las mariposas el mismo día. Las tareas que le hicieron perderse varias fiestas durante la residencia también se habían deshecho de aquellos insolentes insectos. No, Marcos Cabrera estaba lejos de ser algo más para ella y así se quedaría.

—¿Pero qué hace aquí abajo? —continuó Elisa— ¿No tiene nada que hacer en los pisos superiores?

—Tal vez quería verte —comentó Inés.

—¿Cómo? —indagó el joven, intrigado.

—No le hagas caso a esta chismosa. Se pasa el turno inventando cosas y tomándose el paracetamol en jarabe.

Alejandro soltó una suave risa, como si pudiera dar fe de lo que afirmaba su colega. Mientras Elisa se entretenía observando las acciones de su jefe, la enfermera cruzó una mirada con el joven doctor. De inmediato los dos giraron la cabeza a otro lado. Justo después de eso, Inés dijo que tenía trabajo que hacer y se marchó hacia la estación de enfermería.

Elisa suspiró con resignación. No podía evitar lo inminente. Por lo menos el tener la mente ocupada con diagnósticos y tratamientos le sacaría los pensamientos rebeldes que la imaginación de Inés le había provocado. Pero la incomodidad estaba aún ahí, clavándosele en el pecho.

Comenzó a caminar hacia su jefe cuando el hombre se dio la vuelta. Por lo general Elisa era capaz de ignorar la apariencia del doctor Cabrera. La manera en que su altura hacía que todos tuvieran que levantar la cabeza para mirarlo. La forma en que su mirada era capaz de hacer callar a todos en una habitación. Elisa tragó en seco, deseando que Inés no hubiera hablado tantas tonterías sobre ellos dos.

Justo entonces lo miró a los ojos. Aquellos ojos grises que parecían notar el más mínimo detalle. Casi tembló ante la idea de que pudiera adivinar lo que habían estado diciendo sobre él. En su afán de evitar su mirada, la joven enfocó la cicatriz que seguía el contorno de su ceja izquierda.

—¿Pasó algo, profesor Cabrera? —preguntó Elisa y le sonrió al bebé que su jefe había estado examinando.

Su jefe se aclaró la garganta antes de hablar.

—¿Por qué la pregunta, doctora? —La voz profunda del hombre sonó como un trueno, y Elisa se sintió transportada a su época de estudiante.

La doctora acercó una mano hacia la del bebé, quien de inmediato la atrapó con sus pequeños dedos, provocando una sonrisa en la joven y en los padres del pequeño. Era una buena forma de mantenerse calmada y evitar que la voz le temblara. Su jefe no la vería nunca encogerse ante él.

—Está usted aquí, en lugar de en los pisos superiores.

—No sabía que el jefe de servicio no podía pasar por el departamento a supervisar la guardia.

—Y yo no sabía que la guardia necesitara de su supervisión en primer lugar.

El doctor Cabrera sonrió. No por diversión, eso quedaba claro. Elisa creyó imaginarse que la sala se sumía en silencio a excepción de los gorjeos del bebé que aún se sujetaba de su mano. Era esa sonrisa cínica que usaba cuando estaba a punto de darle más tarea. Pero ella ya no era una estudiante.

—Eso lo decidiré yo —La sonrisa murió en sus labios tan rápido como había nacido—. Pero ya que regresó de su descanso, pensé que sería conveniente presentarle el caso en persona. Este bebé que no se suelta de tu mano es Axel, sus padres fueron a la escuela conmigo. Por eso los recibí en persona.

La joven tragó en seco y acto seguido se aclaró la garganta, buscando disimular su mortificación inmediata. Escuchó la presentación del caso en silencio, mientras maldecía su impulsividad que la había hecho quedar en ridículo. Si pensaba que su ex alumna había estado fuera de lugar o algo por el estilo, el doctor Cabrera no lo demostró. Se quedó un rato más para asegurarse de que todo saliera de acuerdo a sus expectativas y solo entonces se marchó a los pisos superiores.

Elisa despidió a los padres, enviándolos con una enfermera hacia los pisos, donde el bebé quedaría ingresado para observación. Entonces fue libre para enfurruñarse y repetir en su cabeza lo que había sucedido. No se arrepentía de haberle contestado como lo hizo. Solo de haber malgastado sus balas en un situación donde tenía las de perder. Y aquel hombre no había perdido la oportunidad de mostrarse altanero como siempre.

Unas horas después casi había logrado no pensar más en aquella conversación. Su mente se había sumergido por completo en el trabajo. Elisa estaba terminando de explicarle a la madre de su pequeño paciente lo que era una neumonía, cuando las luces se apagaron y el hospital quedó a oscuras.


Neuro: Neurólogo/a. Especialista en afecciones del sistema nervioso (cerebro y nervios).

Estetoscopio: dispositivo médico utilizado para escuchar sonidos internos como el corazón, pulmones y sistema gastrointestinal.

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