El tabu de sangre
El Tabú de la Sangre
La lluvia no limpiaba el Sector Sur; solo convertía la muerte en una masa pegajosa de lodo y olvido. En el fondo de una trinchera colapsada, seis hombres esperaban que el hierro terminara el trabajo que el frío había comenzado. Elías sentía el peso de su pipa de madera en el bolsillo, un objeto que era lo único que lo anclaba a una realidad donde no era solo carne de cañón.
A su alrededor, el delirio colectivo se había instalado. Sus compañeros no gritaban; susurraban. Hablaban con el aire, proyectando en la neblina de la guerra las imágenes de las mujeres que amaron o que nunca llegaron a conocer. Eran alucinaciones de supervivencia.
—Si vas a matarme, mundo de mierda, hazlo ya —gruñó Elías, sacando su pipa con manos temblorosas mientras daba una clada.
Cerró los ojos e imaginó a la mujer perfecta. Una presencia de calma en medio del trueno de la artillería. La vio tan real que el aroma a flores silvestres eclipsó el hedor del azufre.
—Si me dejas vivir —susurró Elías a la nada—, te daré un nombre. Te daré un hogar en mi pipa.
Para su horror y asombro, la neblina se condensó. Una voz, más clara que el sonido de las balas, vibró en sus oídos.
—Acepto.
—Tu nombre será... Amane.responio Elías
La figura se materializó frente a él, una visión de belleza prohibida en aquel infierno. Amane se inclinó y lo besó. Elías no sintió placer, sino una agonía eléctrica. Un dolor insoportable le recorrió la espina dorsal mientras su cuello ardía, grabándose en su piel y su pipa una marca de fuego. A su lado, los otros cinco —Tiago, Andrés, Martín, el otro Andrés y Luis— emitieron el mismo alarido de agonía.
Sus almas se habían partido. El pacto estaba sellado.
El oficial del Bloque del Norte observaba por sus binoculares. La trinchera enemiga había sido arrasada por la artillería pesada. No debería haber nada vivo allí, solo cráteres y despojos.
—Señor... —murmuró un soldado a su lado, con la voz quebrada por el miedo—. Algo se mueve.
De la masa de barro negro, una mano emergió, seguida de otra. Seis figuras se pusieron en pie con una lentitud inhumana. No jadeaba. No buscaban cobertura. Caminaban erguidos mientras seis figuras femeninas, etéreas y radiantes, flotaban frente a ellos como escudos vivientes.
—¡Fuego! ¡A discreción! —bramó el oficial.
El cielo se llenó de plomo. Miles de balas buscaron la carne de los seis supervivientes, pero al llegar a su encuentro, los proyectiles se desviaban, golpeando un muro invisible que rodeaba a las apariciones.
Luis fue el primero en romper la marcha. Luisa, su ancla, brilló con una luz de mercurio. Cuando Luis alzó su fusil y dejó caer la bayoneta sobre el blindaje de un tanque pesado que avanzaba, el mundo pareció detenerse. El acero de la bayoneta se extendió en un filo de energía pura que rebanó las 40 toneladas de metal como si fueran papel. El tanque estalló en una simetría perfecta, partido en dos.
A su derecha, Martín destapó su cantimplora. Marta sopló sobre el líquido, y lo que salió no fue agua, sino una marea de congelamiento absoluto. Los soldados enemigos que intentaron huir quedaron petrificados en medio de su zancada, convertidos en estatuas de hielo azul que se desmoronaban al menor contacto del aire.
Andrés, el artillero, sostenía una única bala entre el pulgar y el índice. Su vínculo, Cobre, besó el metal antes de que él la lanzara con un movimiento casual. En el aire, la bala se multiplicó por mil, una lluvia de agujas cinéticas que atravesó búnkeres, árboles y hombres, dejando tras de sí un silencio absoluto de muerte tamizada.
Elías, en el centro de la formación, dio una calada a su pipa. Amane le rodeó el cuello con sus brazos traslúcidos. Al exhalar, un humo denso y grisáceo inundó el campo de batalla. No era un gas común; era una extensión de su voluntad. Los enemigos atrapados en la nube cayeron de rodillas, sus ojos derritiéndose mientras el humo quemaba sus pulmones desde el interior, reduciendo sus cuerpos a cenizas antes de que pudieran tocar el suelo.
La colina fue conquistada en menos de tres minutos. Seis hombres y seis espectros se detuvieron en la cima, mirando hacia el horizonte. El mundo reclamaba sangre, y ellos acababan de entregarle un océano.
—Esto es solo el principio, Amane —dijo Elías, mientras el humo de su pipa se mezclaba con la bruma de la guerra
La noticia se propagó más rápido que la peste. Las filmaciones de satélite y los testimonios de los supervivientes del Norte hablaban de lo imposible: seis hombres que caminaban entre explosiones como si fueran dioses. El Bloque del Sur, al borde de la rendición, encontró en ellos su salvación y su mejor propaganda.
La Plaza de la Victoria
La ciudad de Nueva Esperanza, la joya del Sur, se vistió de gala bajo un cielo gris. Miles de personas se agolparon para ver a los “Seis Originales”. En el podio principal, frente a las cámaras que transmitían a todo el planeta, los hombres no lucían como héroes, sino como veteranos cansados.
El General en jefe los presentó uno por uno, pero el mundo no miraba a los hombres, sino a las figuras que flotaban a su lado:
Elías y Amane: Él fumaba su pipa, mientras ella, con una serenidad gélida, observaba a la multitud.
Tiago y María: El machete en su cinturón pulsaba con una luz roja.
Andrés y Cobre: Él jugueteaba con la bala dorada entre sus dedos.
Martín y Marta: La cantimplora de hierro parecía emitir un vaho helado.
Andrés y Andrea: El escapulario colgaba de su cuello, dándole un aire de monje guerrero.
Luis y Luisa: Su bayoneta brillaba con el filo de un cometa.
Elías tomó el micrófono. Su voz, rasposa por el humo y la guerra, dio el anuncio que cambiaría la historia:
—No somos elegidos. Somos el resultado de no querer morir solos. Y ahora, les enseñaremos a otros a invocar su propia voluntad.
El Ritual del Despertar
En los meses siguientes, el frente se desplazó de Norte a Occidente. Los seis originales se convirtieron en maestros. No todos los soldados podían lograrlo; se requería un nivel de desesperación y amor por un objeto que pocos poseían.
El ritual era sagrado y doloroso. Los nuevos reclutas debían “bautizar” un objeto que hubiera estado con ellos en su peor momento. Bajo la guía de los Originales, el ritual consistía en:
Aislamiento: El soldado debía hablarle al objeto durante tres días sin dormir.
El Sacrificio: Debían aceptar que su espíritu se partiría para siempre.
El Nombre: Al dar el nombre, el vínculo se manifestaba y sellaba el pacto con una quemadura en el cuerpo del portador.
La Respuesta de Occidente: El Proyecto Quimera
Mientras el Sur recuperaba terreno, el Bloque de Occidente no se quedó de brazos cruzados. En los laboratorios ocultos bajo los densos bosques de las fronteras, sus científicos y ocultistas trabajaron en una contraofensiva aterradora.
Si el Sur usaba el alma humana, Occidente usaría el miedo ancestral.
Bestias Mitológicas: Utilizando ingeniería genética y energía nuclear, crearon versiones reales de pesadillas: Cerberos de tres cabezas con piel de titanio minotauros,Hidra ect.Soldados de Élite (Los Exo trajes): Crearon armaduras de tecnología de punta que inyectaban adrenalina y drogas de combate directamente a la médula espinal de los pilotos, permitiéndoles moverse a velocidades que desafiaban el ojo humano para poder esquivar los ataques de los Vínculos.