1 Verdad
Siete años me parece una edad demasiado temprana para cargar con este peso. “Dolida” es la palabra que se repite en mi cabeza, un eco de cómo me sentía aquel día del carnaval. Por primera vez, mis dedos habían acariciado las cuerdas en el gran escenario del Coliseo, y esa sensación llenaba mi corazón de una felicidad tan vibrante que lograba adormecer mi dolor de siempre: el de mi hermanito perdido.
En el orfanato me contaron poco. Solo que fui abandonada. No guardaba rencor, solo un anhelo silencioso de verlo, de darle un abrazo y reconocer en su rostro mi propia sangre. Lo extrañaba con la intensidad de quien intenta recordar un sueño que se desvanece.
Pasé días hundida en la cama, con los ojos hinchados de tanto llorar. Me sentía usada, lastimada por el engaño de aquella chica. Ella me llevó a los reflectores, me hizo tocar con toda mi alma... y todo para terminar en esa carnicería sin sentido. Un acto de belleza convertido en horror. Por eso, durante semanas, les supliqué a mis padres adoptivos que me dejaran verla. Solo necesitaba entender.
Al final, al verme marchitar en el silencio, accedieron.
La cárcel de mujeres era un lugar frío, de paredes que parecían absorber los gritos. Allí estaba Adelin, atada, reducida a una sombra de lo que fue. Sentí una punzada de enojo, pero también una pena extraña al ver su estado. Intenté hablar, preguntarle por qué me había usado como un peón cuando yo solo quería sentirme bien aquel día.
La psicóloga decía que esta visita me ayudaría a cerrar un ciclo. Qué poco sabía ella. No tenía idea del peso que caería sobre mis hombros.
Adelin estaba rota. Me pidió disculpas entre sollozos y me abrazó con un calor tan fraternal que dolió por lo sincero que se sentía. En medio de ese torbellino de lágrimas, la verdad salió a la luz: mi hermano mayor se llama Anton. Él era el asesino que estaba con ella en el escenario.
Me explicó que él siempre me quiso, pero que la memoria se le había escapado entre los dedos. Dijo que me dejó en el orfanato para protegerme de nuestra propia familia, o mejor dicho, de las sombras que los perseguían. Me repitió una y otra vez que ella solo quería que nos encontrásemos en el carnaval.
Luego me contó la historia de los Fundadores. Fue un relato tan trágico y atroz que las palabras, aunque complejas para mis siete años, cobraban un sentido instintivo en mi mente; como si mi sangre ya supiera lo que ella narraba. Decidí creerle. No por una confianza ciega, sino porque reconocí ese mismo dolor en sus ojos. Era el mismo que yo cargaba mientras apretaba mi collar, esa foto borrosa de mi hermano y yo que era mi único anhelo.
—Te odio, Celia Domanti —susurré, y por primera vez en mi vida, mis sentimientos fueron claros y afilados.
Siento odio por tu forma de proceder. Odio por encerrar a mi familia. Por separar a mi hermano de su pareja, una chica que el dolor terminó de forjar. No quiero ni imaginar lo que Adelin tuvo que pasar para estallar así, pero recuerda mis palabras, Celia: mi dolor no solo explotará. Cubrirá la ciudad entera. Entenderás que tus métodos no son dignos de Carnivallium. Tu obsesión enferma con mi hermanito no llegará a nada.
Sé que él saldrá de ese hospital y yo prepararé mi vida para confrontarte. Siento un vacío en mi pecho, pero ahora tiene un propósito. Hermanito, espero que estas palabras te alcancen: te quiero y te perdono. Celia pagará por cada una de tus heridas.
Desde aquella visita, la pequeña Liora desarrolló una resiliencia extraña que desconcertó a los señores Vermet. Sus padres adoptivos la habían criado con una abundancia de amor y cuidados, pero ella siempre conservaba esa expresión melancólica al mirar su collar.
Romina Vermet no ocultaba su molestia mientras fregaba los platos con una furia contenida. —Fue una idea terrible, Neit. Exponer a una niña a ese ambiente y, peor aún, ante esa... cosa. Ni siquiera sé si llamarla jovencita. Es una criminal.
Neit Vermet, sentado a la mesa con una calma que contrastaba con el ruido de la cocina, suspiró. —Escucha, Romina, fue lo correcto. Se nota que no quiso lastimar a nuestra Liorita; hablaron y eso fue todo. Además, la pequeña dice que ya no la odia.
Romina se detuvo, con la esponja en la mano y la postura rígida. —¿Y si la estaba adoctrinando? Los criminales son expertos en manipular, especialmente a los niños.
Neit se acercó y la rodeó con un abrazo protector. —Relájate, mujer. Liorita es muy lista, no se dejará influenciar. Ahora concentrémonos en sus presentaciones en la academia; verás que todo saldrá bien.
Mientras tanto, en su amplia habitación, Liora no escuchaba a sus padres. Observaba con detalle la foto borrosa de su collar y lloraba, pero no con tristeza, sino con furia. Empezó a escribir, anotando cada detalle de lo que Celia sufriría, entrelazando sus amenazas con las notas de su violín.
El instrumento era su catalizador, su único refugio verdadero. En la academia, los maestros siempre resaltaban su talento vivaz, casi impropio para su edad, a pesar de que Celia siempre despreciaba su arte. “Hermoso, pero falto de alma”, le decía. “Mosca sin alas”.
Liora apretó el arco del violín, con la mirada fija en las sombras de su cuarto. —Veremos quién es la mosca, Celia Domanti... Sentirás el vacío de mi corazón. Sentirás el dolor de mi hermano. Pagarás por todo.