El Teorema del Naranja y el Negro

Sinopsis

Un encuentro con la persona que llevas semanas chateando, podría llegar hacer muy placentero.

Genero:
Romance
Autor/a:
Elbuscado1
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Satoru Gojo no era un hombre que entendiera la paciencia como algo pasivo. Para él, la espera era una acumulación de energía, un arco tensándose antes de soltar la flecha. Mientras caminaba por el nivel superior del centro comercial, sus pasos resonaban con una autoridad silenciosa. Llevaba su atuendo más impecable: una chaqueta técnica de cuello alto, negra como la obsidiana, que delineaba sus hombros anchos y su torso atlético. Sus pantalones negros, de un corte que solo alguien con sus piernas interminables podría lucir, caían rectos hasta sus zapatos impecables. Sus ojos estaban ocultos tras sus gafas oscuras y redondas, Satoru observaba el mundo no con dos, sino con la intensidad de quien lo percibe todo. Sin embargo, su atención estaba filtrada por un solo pensamiento: Kirsten.

Llevaban semanas quemando las líneas de una aplicación de citas. Habían pasado de los saludos cordiales a chats que duraban hasta las cuatro de la mañana, llenos de un romanticismo crudo y una honestidad que lo había desarmado. Él, el hombre que lo tenía todo, se sentía como un adolescente esperando el timbre del recreo. Sacó su teléfono y vio el último mensaje de ella:

"Estoy cerca de las escaleras principales. No te asustes si me ves y te quedas sin palabras, Gojo."

Satoru sonrió, una expresión de suficiencia juguetona. Guardó el dispositivo y se apoyó en la barandilla de cristal, mirando hacia abajo, donde estaba la gente.

Kirsten entró al edificio y el aire pareció cambiar de densidad. No era solo su belleza, era su luz. Llevaba un top corto de un naranja tan vibrante que parecía emitir su propio calor. En el centro, una "U" blanca destacaba contra el color mandarina, pero lo que realmente llamaba la atención era la piel que el top dejaba al descubierto: un abdomen firme, ligeramente bronceado, que se movía con la respiración rítmica de alguien que está emocionada.

Sus shorts vaqueros eran una obra de arte de la informalidad. Cortos, deshilachados en los bordes, abrazaban sus caderas y acentuaban sus piernas, que eran potentes, torneadas y llenas de vida. Cada paso que daba con sus zapatillas oscuras era una declaración de intenciones. Su cabello rubio y rizado caía sobre sus hombros con una libertad salvaje, moviéndose como resortes dorados con cada giro de su cabeza.

Ella miró hacia arriba. Y ahí estaba él.

Satoru era una torre de color negro recortada contra el cielo de cristal del centro comercial. Kirsten sintió un vuelco en el estómago, pero no de miedo, sino de triunfo. El hombre de las fotos era real, y era imponente. Ella se dirigió a las escaleras mecánicas, subiendo mientras él, habiéndola localizado, empezaba a bajar por la escalera paralela.

A medida que las escaleras los acercaban, la tensión se volvió casi sólida. Satoru bajaba con las manos en los bolsillos, su mirada fija en ella a través de los cristales negros. Kirsten subía, sosteniendo su teléfono y una gorra negra en la mano, con una sonrisa que desafiaba a Satoru a mantener la compostura.

Cuando estuvieron a la misma altura, separados solo por los pasamanos metálicos, Kirsten no esperó a que las escaleras terminaran su recorrido. Con un movimiento ágil y seguro, saltó sobre el divisor, aterrizando en el mismo escalón que Satoru. Él reaccionó al instante, sacando las manos de los bolsillos para rodearla.

—Vaya... —murmuró Kirsten, quedando atrapada entre sus brazos. La diferencia de altura era notable; ella tenía que inclinar la cabeza hacia atrás para buscar su rostro—. Las fotos no le hacen justicia a lo alto que eres.

—Y las fotos no le hacen justicia a lo mucho que brillas —respondió Satoru. Su voz era profunda, una vibración que Kirsten sintió directamente en su pecho.

Sin más preámbulos, Satoru la atrajo hacia sí. Sus manos, grandes y de dedos largos, se posaron con firmeza en la cintura descubierta de Kirsten. El contacto de sus dedos fríos contra la piel cálida de ella provocó un chispazo eléctrico. Satoru se inclinó, su cabello blanco rozando la frente de Kirsten, y la besó.

Fue un beso directo, dulce y cargado de una confianza absoluta. No hubo titubeos. Satoru movía sus labios con una maestría que dejó a Kirsten sin aliento, saboreando el encuentro que ambos habían deseado durante semanas. Ella pasó sus manos por los hombros de la chaqueta negra de él, sintiendo la tela técnica y la solidez de los músculos que escondía.

Mientras se besaban acarameladamente, las manos de Satoru comenzaron a explorar. Sus palmas descendieron por la curva de la espalda de Kirsten, rozando el borde de su top naranja, hasta llegar a sus nalgas. Sus dedos se cerraron sobre la mezclilla de sus shorts, apretándola con una firmeza que la hizo pegarse más a él.

Satoru rompió el beso por un segundo para susurrar contra su piel:

—Hueles a verano, Kirsten.

Él bajó su rostro hacia su cuello. Sus labios, expertos, comenzaron a recorrer la línea de su mandíbula, dejando besos húmedos en su hombro y en la base de su oreja. Al mismo tiempo, sus dedos empezaron a trabajar con esa "magia" que ella ya sospechaba que poseía. Usaba las yemas de sus dedos para trazar círculos en su cintura y luego subía para acariciar sus costados, justo donde la piel era más sensible.

Kirsten soltó una carcajada, una risa cristalina que atrajo la mirada de algunos transeúntes, pero a ellos no les importaba. Satoru la estaba haciendo vibrar, no solo con sus besos, sino con la forma en que sus manos parecían conocer exactamente dónde tocar para sacarle una sonrisa.

Kirsten se separó apenas unos centímetros, con el rostro iluminado por una sonrisa enorme. Sus ojos brillaban y sus mejillas estaban encendidas por la emoción.

—Tus manos son un problema, Satoru Gojo —dijo ella, tratando de recuperar el aliento mientras él mantenía sus dedos jugueteando en su cadera.

—Son un regalo, diría yo —respondió él con su característica arrogancia juguetona. Bajó un poco sus gafas oscuras, permitiendo que Kirsten viera el azul cristalino de sus ojos por un instante—. Y esa sonrisa... es lo más radiante que he visto en este lugar.

Él volvió a atraparla en un abrazo, esta vez más protector. Sus manos poderosas se quedaron fijas en su cintura, asegurándose de que ella sintiera su presencia en cada centímetro. Kirsten se apoyó en su pecho, disfrutando del contraste entre su mundo naranja y el misterio negro de Satoru.

—¿Y ahora? —preguntó ella, mirando hacia arriba.

Satoru le dedicó una sonrisa de medio lado, una que prometía que el resto del día sería tan emocionante como este primer minuto.

—Ahora, el mundo es nuestro. Pero primero, necesito otro beso.

Se fundieron de nuevo en un beso largo y transparente, mientras la escalera mecánica los llevaba lentamente hacia el final del trayecto, Satoru Gojo no era un hombre de sutilezas cuando algo le interesaba, y Kirsten le interesaba más que cualquier otra cosa en ese momento. Con un movimiento fluido, la guió lejos del flujo principal de gente, llevándola hacia un pasillo lateral menos transitado, un rincón envuelto en una penumbra elegante donde las luces del centro comercial solo llegaban de forma indirecta.

Allí, de espaldas a una columna de mármol frío, Satoru la rodeó. Su figura, vestida completamente de negro, parecía absorber la luz, haciendo que el top naranja de Kirsten brillara con una intensidad casi sobrenatural. Sus piernas largas la cercaron, creando un espacio privado donde solo existían ellos dos. Sin mediar palabra, Satoru acortó la distancia. Sus labios se encontraron en un beso que fue mucho más allá de lo romántico; era un reclamo. Se besaban con una urgencia acaramelada, sus lenguas danzando en un ritmo que ya conocían por las noches de confesiones telefónicas. El sabor de ella era dulce, una mezcla de gloss de vainilla y una calidez que volvía loco al peliblanco.

Las manos de Satoru, grandes y poderosas, no se quedaron quietas. Una de ellas se hundió en la masa de rizos rubios de Kirsten, inclinando su cabeza para profundizar el beso, mientras la otra descendió por su espalda hasta encontrar el inicio de sus shorts vaqueros. Sus dedos mágicos se deslizaron bajo la tela áspera para masajear sus nalgas con una firmeza que hizo que Kirsten soltara un gemido ahogado contra sus labios.

Satoru rompió el contacto de los labios, pero no se alejó. Bajó su rostro, besando su mandíbula y el lóbulo de su oreja, antes de arrodillarse frente a ella con una elegancia que solo él poseía. Sus ojos, ocultos tras las gafas redondas, estaban fijos en la piel dorada que quedaba expuesta entre el top naranja y los shorts.

Con una suavidad que contrastaba con su fuerza, Satoru comenzó a besar su abdomen. Sus labios eran cálidos contra la piel firme y suave de Kirsten. Empezó a trazar una línea de besos alrededor de su ombligo, usando su nariz para rozar la piel, provocando que ella soltara una risita nerviosa.

—Satoru… —susurró ella, pasando sus manos por el cabello blanco de él.

Él no se detuvo. Empezó a usar sus dedos largos para hacerle pequeñas cosquillas en los costados, justo donde el top naranja terminaba. Kirsten se retorció de placer y risa, su abdomen contrayéndose bajo los labios de Gojo. Esa sonrisa enorme y radiante volvió a iluminar su rostro, una expresión de felicidad pura que Satoru saboreaba con cada beso.

—Eres tan perfecta, Kirsten —murmuró él contra su piel—. Tu piel es como seda calentada por el sol.

Satoru bajó aún más. Sus manos se deslizaron hacia los muslos de ella, rodeándolos. Eran muslos gruesos, potentes y magníficos, la culminación de esa belleza atlética que lo había cautivado desde el primer video. Empezó a besar la parte externa de sus muslos, subiendo lentamente hacia la zona donde la mezclilla deshilachada apenas cubría su piel.

Mientras sus labios adoraban sus piernas, sus manos continuaban el masaje en sus nalgas, apretando y moldeando con una devoción casi religiosa. Kirsten sentía que sus rodillas flaqueaban. Se apoyó contra la columna, enterrando sus dedos en los hombros de la chaqueta negra de Satoru.

—Me encanta cómo me tocas… —dijo ella con la voz quebrada por el deseo—. Tienes las manos más increíbles que he sentido en mi vida, Satoru. Eres… eres demasiado.

Gojo levantó la vista, bajando sus gafas un centímetro para que ella pudiera ver el brillo eléctrico de sus ojos azules. La intensidad de su mirada era tal que Kirsten sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal.

—No tienes idea de lo que me haces sentir, nena —respondió él, su voz ronca de pura anticipación—. Ver este naranja sobre tu piel, sentir lo fuerte que eres… me vuelve loco. Podría quedarme aquí, adorándote en este rincón, para siempre.

Kirsten se inclinó hacia adelante, obligándolo a ponerse de pie de nuevo para poder besarlo otra vez. El contacto físico era eléctrico. Satoru la levantó por los muslos, sentándola en una pequeña saliente de la columna de mármol, permitiendo que sus piernas largas y gruesas rodearan su cintura negra.

Se besaron de nuevo, esta vez con una pasión que amenazaba con consumirlos allí mismo. Las manos de Satoru nunca dejaron de trabajar, masajeando, acariciando y recorriendo cada curva de Kirsten como si estuviera memorizando un mapa del tesoro. Ella le decía cosas al oído, palabras dulces y atrevidas que alimentaban el ego y el deseo de Gojo, haciéndolo sentir como el único hombre en el mundo capaz de hacerla sonreír de esa manera.

En ese rincón olvidado del centro comercial, el tiempo dejó de existir. Solo importaba el contraste del naranja contra el negro, la calidez de la piel contra el frí

o del mármol, y esa conexión mágica que solo Satoru Gojo y Kirsten podían compartir.