Mareas de Tensión: Satoru y Barbara

Sinopsis

La química entre personas siempre surge entre las personas correctas, sin importar los roles y los momentos.

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18+

Capítulo 1

El sol caía a plomo sobre las aguas cristalinas de las Bahamas, convirtiendo la superficie del océano en un espejo fragmentado de diamantes deslumbrantes. El calor era opresivo, denso, cargado con el olor a sal, crema solar de coco y esa inconfundible estática de pura tensión que llevaba gestándose durante los últimos cinco días.

En la orilla, el equipo de producción se movía con la lentitud de quienes llevan doce horas bajo el sol caribeño. Pero Satoru Gojo no sentía el cansancio. O si lo sentía, su arrogancia innata y la pura adrenalina visual se encargaban de ocultarlo a la perfección.

—Levanta un poco más la barbilla. Sí, así. Ahora mírame por encima del hombro. Dame esa mirada de que sabes exactamente lo que me estás haciendo, preciosa —la voz de Satoru ronroneó por encima del suave murmullo de las olas, profunda, juguetona y cargada de una doble intención que no pasó desapercibida para nadie, pero menos aún para su musa.

La cámara en las largas y ágiles manos de Satoru hizo clic tres veces seguidas, capturando el instante perfecto.

A unos pocos metros de él, arrodillada en la zona donde el agua turquesa se rompía en espuma contra la arena blanca, estaba Barbara Palvin. Y, francamente, era una visión que pondría de rodillas a cualquier hombre con pulso.

Satoru bajó la cámara un centímetro, permitiéndose mirarla directamente, sin el filtro de la lente. Barbara estaba en la postura exacta que él le había pedido, una que desafiaba la cordura del fotógrafo. Llevaba un bikini que parecía más un pensamiento pecaminoso que una prenda de vestir. La parte inferior era de un color morado intenso, vibrante, cortado de una manera tan audaz que dejaba al descubierto la redondez perfecta y exquisita de sus glúteos. La tela se adhería a su piel mojada como una segunda capa, acentuando cada curva de su parte trasera de una manera obscenamente atractiva. Unas finas, ridículamente finas, tiras de color amarillo neón se enredaban en sus caderas, contrastando con el tono dorado y bronceado de su piel, atadas en lazos que Satoru llevaba media hora fantaseando con desatar de un solo tirón.

El agua le llegaba justo por debajo de las rodillas. Su espalda desnuda era un lienzo de piel suave y tostada por el sol, con la columna vertebral trazando una línea elegante hasta la pequeña hendidura de su espalda baja, donde el diminuto trozo de tela morada comenzaba. Su cabello, de un castaño rico y oscuro, estaba completamente empapado, cayendo en mechones gruesos y desordenados por su cuello y hombros, dándole un aire salvaje, indomable.

Y luego estaba su rostro. Barbara giró la cabeza ligeramente hacia atrás, tal como él había pedido. Sus labios, gruesos, naturalmente carnosos y ligeramente entreabiertos, invitaban a ser devorados. Pero fueron sus ojos los que golpearon a Satoru en el pecho: unos ojos azul grisáceo, felinos, afilados, que lo miraban con una mezcla de aburrimiento fingido, desafío puro y una chispa de fuego que le decía que ella sabía perfectamente el efecto que su cuerpo semidesnudo y empapado estaba causando en él.

—¿Me pagas por posar o por alimentar tu complejo de dios, Gojo? —respondió Barbara, su voz ligeramente ronca, arrastrando las palabras con esa confianza letal que la caracterizaba. Sus manos se apoyaron en sus caderas, justo rozando las tiras amarillas de su bikini, empujando ligeramente sus pechos hacia adelante, tensando los triángulos amarillos y morados que apenas lograban contener la generosa y pesada redondez de su escote.

Satoru soltó una carcajada limpia, el sonido reverberando sobre el agua.

—Te pago, dulzura, porque eres la única mujer en este maldito planeta que puede hacer que un trozo de tela de cincuenta dólares parezca una obra de arte del Louvre —replicó él, acercándose un par de pasos hacia la orilla.

Satoru era un espectáculo por derecho propio. Con su metro noventa de estatura, imponía una presencia masiva e ineludible. Su cabello blanco como la nieve, un rasgo natural que siempre atraía miradas, caía desordenado sobre su frente, desafiando la gravedad y la brisa marina. Llevaba una camisa de lino blanco con los botones completamente desabrochados hasta el ombligo. La tela ligera se pegaba a su torso debido a la humedad, revelando una anatomía esculpida para el pecado: hombros anchos, pectorales firmes y definidos, y un abdomen rígido, trazado con líneas marcadas bajo una piel pálida pero sorprendentemente cálida.

Llevaba puestas sus inseparables gafas de sol redondas, con monturas oscuras que ocultaban sus ojos. Pero Barbara sabía lo que había detrás. Esos malditos ojos. Los había visto el primer día, sin las gafas: unos ojos de un azul tan eléctrico, cristalino y absurdamente brillante que parecían contener el cielo entero y la profundidad del océano al mismo tiempo. Eran unos ojos que desnudaban, que escaneaban y poseían todo lo que miraban.

—Eres un adulador de pacotilla, Satoru —dijo Barbara, rompiendo la pose y sentándose sobre sus talones en el agua. El agua salpicó sus muslos gruesos y tonificados—. Ya tengo frío. Y hambre. ¿Podemos terminar esto? Llevas mirándome el trasero veinte minutos bajo la excusa de "buscar el ángulo de la luz".

El equipo de producción, a una distancia prudente, contuvo la respiración. Nadie le hablaba así a Satoru Gojo. Él era la estrella de rock de la fotografía de moda, conocido por ser brillante, excéntrico, inmensamente rico y poseedor de un ego del tamaño de Júpiter. Despedía a modelos por pestañear a destiempo.

Pero con Barbara era diferente. Llevaban una semana en esa isla privada, y la tensión entre ellos había escalado desde una fricción profesional irritable hasta un juego del gato y el ratón cargado de una lujuria pesada, densa e innegable. Se la pasaban lanzándose dardos envenenados que apenas ocultaban las ganas salvajes que tenían de arrancarse la ropa.

Satoru bajó la cámara, colgándola de su cuello. Sus labios se curvaron en una sonrisa torcida, arrogante, que hizo que a Barbara se le revolviera el estómago de una forma puramente instintiva.

—El ángulo de la luz era muy importante, B —dijo Satoru, usando el apodo que le había puesto el segundo día—. Aunque admito que la vista era una excelente distracción.

Se giró hacia su asistente, un joven que sudaba profusamente bajo una gorra.

—Terminamos por hoy. Tienen la toma final. Empaquen todo, llévenlo a la villa. Denle al equipo el resto de la tarde libre.

—¿Y tú, jefe? —preguntó el asistente, recibiendo la valiosa cámara que Satoru le tendía.

—Yo me voy a asegurar de que nuestra estrella no se ahogue —dijo Satoru, sin apartar la mirada de Barbara, quien aún estaba en el agua, cruzada de brazos.

En menos de quince minutos, la playa quedó desierta. El silencio descendió, roto únicamente por el rítmico romper de las olas y el canto lejano de algún pájaro tropical. El sol comenzaba a teñir el horizonte de tonos naranjas, rosas y púrpuras, pintando el cielo como un lienzo renacentista.

Barbara se puso de pie, el agua escurriendo por sus largas piernas, delineando la firmeza de sus pantorrillas y sus muslos. El bikini húmedo se ajustaba aún más a su entrepierna y sus caderas. Se pasó las manos por el cabello para apartarlo de su rostro, un gesto casual que elevó sus pechos, haciendo que Satoru tragara saliva de forma casi imperceptible.

Él no se había movido de la orilla. Estaba de pie, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones de lino sueltos, observándola.

—Ya se fueron todos —dijo Barbara, caminando muy despacio hacia él, dejando que el agua acariciara sus rodillas hasta llegar a la arena húmeda—. Ya no tienes que fingir que eres el director excéntrico.

—Nunca finjo, B. Soy exactamente lo que ves —Satoru no retrocedió cuando ella se paró a menos de un metro de él. La diferencia de altura era evidente; ella era alta para ser modelo, pero Satoru la obligaba a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara—. Y lo que veo ahora mismo es una mujer que lleva todo el día intentando provocarme.

—¿Provocarte? —Barbara soltó una risa seca, burlona, aunque su respiración se había vuelto un poco más superficial. El calor que emanaba del cuerpo de Satoru era palpable, casi mareante—. Por favor. Yo solo hago mi trabajo. Si tú no puedes manejar la vista sin babear detrás de tus gafitas de sol, ese es tu problema.

Satoru sonrió, mostrando unos dientes perfectos y blancos. Lentamente, sacó una mano de su bolsillo y la llevó a su rostro. Con un movimiento deliberadamente pausado, se quitó las gafas oscuras y las dejó caer a la arena.

Barbara contuvo la respiración. Sus ojos. Esos ojos azules sobrenaturales, bordeados por pestañas sorprendentemente largas y blancas, se clavaron en ella. No había burla en ellos ahora; había un hambre oscura, intensa, dilatando sus pupilas.

—Si estuviera babeando, preciosa, no estaríamos hablando en este momento —susurró Satoru, su voz bajando una octava completa, vibrando en el aire entre ellos—. Te habría puesto contra esa palmera hace tres horas.

El descaro de la declaración envió un latigazo de calor directo al centro del cuerpo de Barbara. Sus pezones se endurecieron al instante, presionando contra la fina tela amarilla y morada del bikini, visibles, apuntando hacia él. Y Satoru, por supuesto, no perdió detalle de esa reacción. Su mirada descendió por su garganta, se demoró en sus pechos, bajó por su vientre plano y húmedo, y se detuvo en la V de sus caderas donde los hilos neón descansaban.

—Hablas mucho, Gojo —lo desafió Barbara, dando un paso más, cerrando la distancia. Su pecho desnudo rozó la tela de la camisa abierta de Satoru. Sintió el calor de su piel, la firmeza de sus abdominales contra su propio estómago—. Pero no te veo haciendo nada.

Los ojos azules de Satoru relampaguearon. En una fracción de segundo, la distancia entre ellos se redujo a cero.

Las manos de Satoru, grandes, cálidas y ásperas en los bordes por el uso constante de la cámara, se posaron en la cintura de Barbara. El contraste de sus palmas calientes contra la piel fría y húmeda de ella fue eléctrico. Barbara soltó un pequeño suspiro, un sonido ahogado que Satoru atrapó antes de que se perdiera en el viento.

Él se inclinó y capturó sus labios. No hubo vacilación, no hubo gentileza inicial. Fue un choque de dominancia y hambre acumulada. Satoru besaba exactamente como vivía: con una confianza arrolladora, posesiva y abrumadora. Sus labios eran suaves pero exigentes, abriendo la boca de Barbara con facilidad, su lengua deslizándose dentro para probar el sabor a sal marina y al dulce brillo labial de cereza que aún llevaba puesto.

Barbara gruñó, un sonido gutural de aprobación, y enredó sus brazos alrededor del cuello de Satoru. Sus manos se hundieron en ese cabello blanco e imposible, sintiendo la suavidad de los mechones mientras tiraba de él, profundizando el beso.

Satoru gimió contra su boca. Sus manos bajaron desde su cintura, sus largos dedos trazando la curva pronunciada de sus caderas, deslizándose sobre la piel mojada y deslizadiza por el aceite solar. Sintió los nudos amarillos del bikini, pero no los desató; en lugar de eso, sus manos grandes y firmes continuaron su camino hasta agarrar a manos llenas los glúteos de Barbara. Apretó, amasando la carne suave y firme de sus nalgas, levantándola ligeramente contra él.

A través del fino lino de los pantalones de Satoru y la tela mojada del bikini de ella, Barbara pudo sentir la dureza evidente y rígida de él presionando contra su vientre. El conocimiento de que lo había provocado a ese nivel la hizo sonreír contra sus labios.

—Maldita sea, Barbara —jadeó Satoru, rompiendo el beso solo lo suficiente para respirar. Sus labios rozaron la mandíbula de ella, bajando hacia el sensible punto debajo de su oreja. Suspiró sobre su piel húmeda, haciéndola temblar—. Tienes el cuerpo de un súcubo. Has estado torturándome toda la puta semana con este bikini.

—Tú fuiste quien lo eligió para la sesión, genio —respondió Barbara, con la voz temblorosa de deseo, echando la cabeza hacia atrás para darle más acceso a su cuello. Satoru mordió suavemente la línea de su clavícula, chupando la piel salada, dejando una pequeña marca roja que la hizo jadear.

—Sí, y me arrepentí en el momento en que saliste del vestidor con él —murmuró Satoru, su aliento caliente contra el escote de ella—. Saber que cada hombre en ese equipo te estaba mirando el culo mientras posabas me daba ganas de romperles las cámaras. Y la cara.

Barbara soltó una risita ronca, mirándolo a los ojos. Las pupilas de Satoru estaban dilatadas, oscureciendo ese azul infinito.

—Celoso, ¿Gojo? Eso no va con tu marca personal. Creí que eras intocable.

—Nadie es intocable cuando te agachas de esa manera y me miras por encima del hombro, B —Satoru deslizó una de sus manos desde el trasero de Barbara hacia la parte delantera de su cuerpo. Sus dedos rozaron su vientre plano, ascendiendo lentamente, acariciando la piel suave hasta llegar a la base de sus pechos.

Sintió el peso de ellos, la forma en que se llenaban en sus manos, casi derramándose de los pequeños triángulos de tela. Sus pulgares rozaron los pezones endurecidos bajo el tejido, y Barbara dejó escapar un gemido inarticulado, cerrando los ojos.

Satoru la miró con fascinación. La forma en que sus pestañas oscuras descansaban sobre sus mejillas sonrosadas, la forma en que su pecho subía y bajaba rápidamente, la humedad de su piel bajo sus palmas. Era un espécimen perfecto, una mezcla de sensualidad cruda y belleza feroz. Y en ese momento, ella era absolutamente suya para devorar.

La empujó suavemente, retrocediendo hacia el agua. Barbara tropezó un paso, pero Satoru la sostuvo con firmeza. El agua caliente del Caribe les llegó a las espinillas, luego a las rodillas de Satoru y a los muslos de ella. Satoru no parecía importarle en absoluto que sus pantalones de diseñador se estuvieran arruinando por completo. Lo único que importaba era la fricción, el roce de sus cuerpos.

La agarró por la parte posterior de los muslos y la levantó de un solo movimiento fluido. Barbara instintivamente envolvió sus largas piernas alrededor de la cintura de Satoru, bloqueando sus tobillos en la parte baja de su espalda. Ahora estaban a la misma altura, cara a cara, sus cuerpos presionados firmemente el uno contra el otro.

—Estás arruinando tus pantalones de mil dólares, Satoru —susurró Barbara, sus brazos aferrados a sus anchos hombros, sintiendo la dureza de sus músculos flexionarse para sostenerla.

—Puedo comprar la maldita marca entera si quiero —gruñó Satoru, su voz áspera, rasposa. Sus ojos devoraban su rostro antes de volver a bajar a sus labios—. A la mierda los pantalones. A la mierda la sesión. A la mierda todo lo que no seas tú en este momento.

La besó de nuevo, esta vez con una urgencia feroz, casi destructiva. La humedad del mar a su alrededor, el calor tropical, el sudor, la sal; todo se mezcló en un cóctel embriagador. Las manos de Satoru recorrían la espalda desnuda de Barbara, apretando, trazando su columna vertebral, mientras ella frotaba su cadera contra la de él en un ritmo lento, desesperante, buscando la fricción exacta donde sus cuerpos se unían.

Satoru gruñó en su boca, un sonido gutural que vibró contra los labios de Barbara. Una de sus manos bajó hasta el costado de ella, sus dedos largos y hábiles encontrando el fino nudo amarillo del lado izquierdo de su cadera. Con un simple y rápido tirón de su pulgar e índice, deshizo el lazo. La tela morada cedió, colgando perezosamente, revelando una porción tentadora de cadera bronceada y el comienzo de su muslo desnudo, exponiendo aún más la curva impecable de sus glúteos al aire húmedo de la tarde.

—Satoru... —jadeó Barbara, rompiendo el beso, sintiendo la brisa repentina sobre su piel expuesta. Sus ojos felinos se abrieron, oscurecidos por la lujuria, mirándolo directamente—. ¿Qué crees que haces? Estamos en la playa.

Satoru le dedicó una sonrisa depredadora, de esas que lo hacían ver peligroso y absolutamente irresistible. El sol se estaba poniendo a sus espaldas, tiñendo el cielo de fuego y pintando los rasgos del fotógrafo en sombras doradas y contornos afilados. Su cabello blanco parecía brillar con la luz del atardecer.

—La playa es privada, B. Yo alquilé la isla entera, ¿recuerdas? —Su mano, libre ahora, se deslizó por el muslo desnudo de ella, acariciando la piel suave con una lentitud torturante, subiendo hasta el borde de la braga suelta—. Aquí no hay nadie más. Solo tú, yo, y este maldito bikini que ha estado interponiéndose en mi camino todo el día.

Deshizo el lazo del lado derecho. La parte inferior del bikini, libre de sus anclajes, simplemente se deslizó, atrapada precariamente entre los cuerpos de ambos, revelando las nalgas completas de Barbara, firmes, redondeadas y perfectas bajo las grandes palmas de Satoru, quien no dudó en aferrarse a la piel desnuda y húmeda con un gemido grave de pura apreciación.

Barbara dejó caer la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello largo y elegante, mientras un suspiro tembloroso escapaba de sus labios. La sensación de las manos desnudas de Satoru agarrando su trasero sin la barrera de la tela era abrumadora, intensa.

—Eres un animal, Gojo —murmuró ella, pero no hizo ningún intento por detenerlo. Al contrario, apretó las piernas más fuerte alrededor de su cintura, frotándose contra la dureza que marcaba los pantalones mojados de él.

—Soy exactamente lo que necesitas, preciosa —Satoru enterró su rostro en su cuello, besando y mordiendo la piel delicada sobre su arteria palpitante, disfrutando del sabor a océano y deseo—. Y me gustas, Barbara. Me gustas de una forma que resulta bastante jodida e inconveniente.

Barbara sonrió contra su hombro, sintiendo el lino empapado de la camisa de él contra su mejilla. Levantó la cabeza, lo tomó del rostro por las mejillas, sus pulgares rozando sus pómulos altos y aristocráticos, y lo obligó a mirarla.

—También me gustas, idiota engreído —confesó ella, con una sonrisa ladeada, coqueta y desafiante—. Aunque tu ego necesita ser desinflado un poco.

Satoru sonrió de esa forma deslumbrante, arrogante y completamente encantadora que lo hacía tan detestablemente perfecto.

—Te invito a intentarlo esta noche, B. En mi villa. En mi cama. Te dejaré que intentes desinflarme todo lo que quieras.

Barbara soltó una carcajada ronca, seductora, y lo besó de nuevo, un beso que prometía fuego, caos y una noche que ninguno de los dos olvidaría, bajo el ardiente cielo del Caribe, mientras las mareas de tensión finalmente rompían sobre ellos.