Mi Muerte No es Tu Felicidad

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Sinopsis

Siempre he pensado que si muero La gente seria feliz y talvez no estoy equivoco del todo Por que hay una parte de la gente que sonríe cuando no estoy

Genero:
Thriller
Autor/a:
Jorzaneler
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1 El peso de existir

No era tristeza.

La tristeza al menos tiene forma, tiene bordes. Se puede señalar, describir, incluso compartir. Lo que él sentía era otra cosa. Algo más denso. Más silencioso. Como una sombra que no proyecta luz, sino que la absorbe.

Se llamaba Elías, aunque ya casi nadie lo llamaba así.

En su mente, su nombre había perdido significado, igual que su reflejo en el espejo del baño, ese que evitaba cada mañana mientras dejaba correr el agua sin intención real de lavarse. Había días en los que simplemente se quedaba ahí, escuchando el sonido constante, imaginando que el mundo también podría seguir funcionando sin él, con la misma indiferencia.

Y eso era lo que más le dolía.

No su dolor, no su vacío.

Sino la certeza de que nada cambiaría.

Elías había llegado a una conclusión peligrosa, pero para él, completamente lógica: las personas a su alrededor estarían mejor si él desapareciera.

No era un pensamiento impulsivo ni dramático. No era un arrebato. Era una idea que había crecido lentamente, como moho en una pared olvidada. Día tras día, acumulando pruebas invisibles.

Su madre sonreía más cuando él no estaba en casa.

Sus amigos—o lo que quedaba de ellos—dejaban de escribirle, pero nunca parecían extrañarlo.

En el trabajo, su ausencia pasaba desapercibida. Nadie preguntaba. Nadie necesitaba respuestas.

Era como si su existencia fuera una interferencia leve, un ruido de fondo que todos preferían ignorar.

—Si no estuviera… —murmuró una vez frente al espejo, sin terminar la frase.

No hacía falta.

El silencio completaba todo.

Había intentado cambiar. Intentado encajar. Intentado ser alguien que valiera la pena mantener en este mundo. Pero cada intento terminaba igual: con una sensación más profunda de fracaso, como si el universo mismo rechazara cualquier versión suya.

Y entonces empezó a pensar en ello.

No como una tragedia.

Sino como una solución.

Al principio, la idea lo asustó. Le parecía extrema, incluso absurda. Pero con el tiempo, empezó a adquirir una lógica fría. Práctica. Ordenada.

Si él era el problema…

Eliminar el problema tenía sentido.

Lo más inquietante no era el pensamiento en sí, sino la paz que le traía.

Por primera vez en mucho tiempo, Elías sentía que tenía control sobre algo.

Esa noche, se sentó en su cama sin encender la luz. Afuera, la ciudad seguía viva: autos pasando, voces lejanas, risas que no le pertenecían.

Todo seguía.

Todo continuaría.

Con o sin él.

Cerró los ojos e imaginó un mundo donde ya no estaba.

No hubo caos.

No hubo llanto.

No hubo cambios.

Y en esa ausencia, encontró algo parecido a la tranquilidad.

—Sería mejor así… —susurró.

Pero en el fondo, muy en el fondo, una parte de él dudaba.

No porque creyera que alguien lo necesitaría.

Sino porque, por primera vez en mucho tiempo…

tenía miedo de estar completamente en lo cierto.

Elías no esperaba conocer a nadie ese día.

De hecho, no esperaba nada.

Había aprendido a vivir así: en una especie de suspensión, como si cada día fuera una repetición defectuosa del anterior. Despertar, existir, dormir. Sin propósito, sin interrupciones reales. Hasta que algo, inevitablemente, rompía la monotonía.

Y ese algo, esta vez, fue ella.

Belén.

No fue un momento especial. No hubo música, ni señales, ni coincidencias mágicas. Solo un cruce simple, casi irrelevante. Una conversación casual en un lugar donde ambos estaban por razones distintas y, sin embargo, terminaron compartiendo un mismo espacio.

Ella hablaba como si el mundo aún tuviera sentido.

Eso fue lo primero que notó.

No era solo su voz, sino la forma en que sostenía las palabras, como si cada una tuviera peso, como si creyera en lo que decía. Elías no recordaba la última vez que alguien le había hablado así.

—¿Siempre eres tan callado? —preguntó ella, mirándolo con una mezcla de curiosidad y algo más difícil de definir.

Elías dudó.

No porque no tuviera una respuesta, sino porque no estaba seguro de que valiera la pena decirla.

—No siempre —respondió finalmente.

Era mentira.

Pero a Belén pareció bastarle.

Sonrió, y en ese gesto hubo algo que incomodó a Elías. No porque fuera desagradable, sino porque le resultó… extraño. Familiar de una forma que no sabía cómo procesar.

Como si, por un segundo, alguien lo viera.

Y eso era peligroso.

Porque ser visto implicaba existir de verdad.

Durante los días siguientes, Belén empezó a aparecer con más frecuencia en su rutina. No de forma invasiva, no insistente. Simplemente… estaba. A veces iniciaba conversaciones. Otras, solo se sentaba cerca. Como si entendiera que acercarse demasiado podría hacer que él se alejara.

Y tenía razón.

Pero también, poco a poco, Elías empezó a permitirlo.

No porque confiara en ella.

Sino porque, en medio de su vacío constante, su presencia generaba una leve distorsión. Algo diferente. Algo que rompía la línea recta de sus pensamientos.

Y eso, aunque no quisiera admitirlo, lo necesitaba.

—No pareces alguien que disfrute estar solo —le dijo ella una tarde.

Elías soltó una risa breve, seca.

—Eso es porque no me conoces.

—O tal vez sí —respondió Belén, sin apartar la mirada.

Esa frase se quedó con él más tiempo del que debería.

Porque si alguien realmente lo conociera…

¿qué vería?

¿El vacío?

¿El cansancio?

¿O esa idea constante, silenciosa, de que todo sería mejor sin él?

Fue entonces cuando decidió presentarle a alguien.

Mateo.

Si había una persona en la que Elías había confiado alguna vez, era en él.

No porque fuera perfecto, ni especialmente comprensivo. Mateo no era ese tipo de amigo. Era más bien… constante. Estaba ahí. Desde hacía años. Sin hacer demasiadas preguntas, sin profundizar demasiado.

Y en ese mundo donde todo parecía efímero, esa constancia había sido suficiente.

—Es raro que traigas a alguien —comentó Mateo la primera vez que vio a Belén.

—No es “alguien” —respondió Elías, casi sin pensar.

Mateo alzó una ceja, sonriendo con un matiz que Elías no supo interpretar en ese momento.

Belén, por su parte, pareció integrarse con facilidad. Demasiada, quizá. Hablaba con ambos, pero había momentos en los que su atención se inclinaba ligeramente hacia Mateo. Pequeños detalles. Miradas que duraban un segundo más de lo necesario. Risas compartidas.

Elías lo notó.

Pero no dijo nada.

Porque una parte de él ya esperaba que algo así ocurriera.

Porque en su mente, las cosas buenas nunca eran realmente para él.

Al principio, intentó ignorarlo. Convencerse de que eran ideas suyas, interpretaciones erróneas. Después de todo, ¿qué tenía él que ofrecer?

Nada.

Ese pensamiento regresaba siempre, como un eco.

Nada.

Pero las grietas, una vez que aparecen, no desaparecen.

Solo crecen.

Una noche, decidió irse antes de lo habitual. No avisó. No dio explicaciones. Simplemente sintió que no debía estar ahí. Que su presencia empezaba a ser un estorbo.

Mientras caminaba, el aire frío le golpeaba el rostro, pero no lograba despejar su mente.

“Es lo mismo de siempre”, pensó.

“Siempre sobra alguien. Y ese alguien… soy yo.”

No sintió enojo.

No sintió celos.

Solo una especie de confirmación.

Como si el mundo estuviera siguiendo el guion correcto.

Días después, la confirmación llegó de la forma más directa posible.

No hubo confrontación.

No hubo drama.

Solo una escena.

Un momento.

Un instante que se quedó grabado en su mente con una claridad insoportable.

Los vio.

No estaban escondiéndose. No parecía haber culpa. Solo cercanía. Una que ya no dejaba lugar a dudas.

Belén.

Mateo.

Juntos.

No era necesario escuchar palabras. No hacía falta entender el contexto. Había cosas que se comprendían sin explicación.

Elías se quedó quieto.

Observando.

Como si no fuera parte de la escena.

Como si estuviera viendo la vida de alguien más.

Y en ese momento, algo dentro de él no se rompió.

Porque no había nada que romper.

Simplemente… se acomodó.

Encajó.

Como una pieza que siempre había pertenecido a ese lugar.

—Claro —susurró.

No hubo lágrimas.

No hubo gritos.

Solo una calma extraña.

Más profunda que antes.

Más peligrosa.

Porque ya no quedaban dudas.

Todo lo que había pensado.

Todo lo que había creído.

Era cierto.

No era necesario.

No era importante.

No era suficiente.

Y ahora, tenía pruebas.

Cuando Belén lo vio después de eso, intentó decir algo. Explicar. Justificar.

Pero Elías no quiso escuchar.

No porque estuviera herido.

Sino porque, en el fondo, no le importaba.

—No tienes que decir nada —le dijo, con una voz que ni él mismo reconoció.

Era plana.

Vacía.

Definitiva.

Mateo tampoco habló.

Y eso, de alguna forma, fue peor.

Porque confirmó que nunca hubo nada que defender.

Esa noche, Elías volvió a su habitación.

Oscura.

Silenciosa.

Igual que siempre.

Pero algo había cambiado.

Ya no había incertidumbre.

Ya no había duda.

Solo una idea clara, sólida, inamovible.

“No hago falta.”

Se sentó en la cama, mirando sus manos como si no fueran suyas.

Y por primera vez, no sintió miedo al pensar en desaparecer.

Sintió coherencia.

Como si todo, finalmente, tuviera sentido.

Afuera, el mundo seguía.

Como siempre.

Indiferente.

Y dentro de él, algo empezó a apagarse de forma más profunda.

Más definitiva.

Pero en ese mismo vacío, casi imperceptible, surgió otra cosa.

No era esperanza.

No era dolor.

Era algo más oscuro.

Más frío.

Una pregunta.

Una que no había considerado antes.

Si realmente no importaba…

Si realmente no hacía falta…

Entonces…

¿qué pasaría si dejaba de intentar ser alguien?