PRÓLOGO
El cielo se partió en dos.
No fue un trueno ni una tormenta. Fue algo peor: una herida. Un fenómeno imposible que apareció sin aviso, como si el mundo hubiese sido interrumpido por una fuerza que no le pertenecía.
La luz se volvió débil, pero no por nubes. El sol seguía ahí… solo que algo lo cubría. Una sombra inmensa lo devoraba lentamente, como si el firmamento estuviera cerrando un ojo gigantesco.
Y con esa oscuridad llegaron los cambios.
Las noches se hicieron más largas, los días más cortos. Los animales dejaron de cantar. Las plantas comenzaron a marchitarse sin razón. Los mares perdieron calma y el viento soplaba con un frío extraño, un frío que parecía venir desde adentro de la tierra.
La gente lo llamó de muchas formas.
El Oscurecimiento. El Final. La Señal.
Pero con el tiempo, un nombre se volvió el más común:
El Eclipse.
No porque fuera un eclipse normal.
Sino porque lo era de una forma permanente. Una sombra que se negaba a irse. Un evento que no seguía las leyes del cielo, sino la voluntad de algo desconocido.
Los templos comenzaron a cerrar sus puertas. Los sacerdotes dejaron de hablar de esperanza y empezaron a hablar de castigo. Los reyes reunieron ejércitos que nunca marcharon. Los sabios llenaron libros que nadie leyó.
Y en lo profundo de la tierra…
algo despertó.
No un monstruo físico.
No una criatura que pudiera describirse con facilidad.
Sino una presencia antigua, un hambre con conciencia.
La Vorágine.
El origen de todo. El susurro detrás del Eclipse. La voluntad que se alimentaba del miedo y de la desesperación.
Nadie la veía completa.
Solo señales.
Sombras donde no debía haberlas. Manos que no pertenecían a ningún cuerpo. Ojos encendidos en la oscuridad.
Y una voz.
Una voz que no gritaba ni rugía.
Solo llamaba.
—Ven.
Y los que escuchaban ese llamado…
no volvían siendo los mismos.