THE WOUNDED WOLF
CHAPTER 1 – THE WOUNDED WOLF
El bosque estaba demasiado silencioso. Anna Green lo notó en cuanto se salió del sendero desgastado y entró en la parte más profunda, entre pinos y sombras. Era esa clase de silencio que presiona los oídos, espeso y antinatural, como si los propios árboles contuvieran la respiración. Incluso el viento se había calmado. Apretó con más fuerza su morral de cuero cruzado al cuerpo, mientras sus dedos rozaban las formas familiares de hierbas secas, tinturas y vendas. La comodidad que da la preparación. La costumbre. El control.
«Solo un poco más», murmuró para sí misma, aunque no estaba muy segura de por qué. No tenía ninguna razón para estar tan adentro del bosque; no esperaba a ningún paciente ni tenía encargos pendientes. Y sin embargo… algo la había atraído hasta allí. No fue un sonido, ni nada que hubiera visto… solo una sensación. Había empezado como un leve tirón en el pecho cuando recogía raíces cerca del linde del bosque. Al principio fue sutil, fácil de ignorar. Pero había crecido. Se había fortalecido. Era tan insistente que le aceleraba el pulso y le nublaba los pensamientos.
Ahora le palpitaba bajo las costillas como un segundo corazón, llamándola a seguir adelante. Anna soltó el aire poco a poco, obligándose a mantener la calma. «Estás siendo ridícula».
Pero sus pies no se detuvieron. La llevaron más adentro. Entre pinos altísimos, sobre la tierra húmeda, a través de jirones de niebla que se arrastraban por el suelo como algo vivo. Aquí el aire olía más intenso: frío, metálico, con algo más oscuro escondido debajo: sangre.
Se quedó paralizada. A su izquierda, hubo un leve movimiento entre los matorrales. El corazón le dio un vuelco y sus instintos se pusieron en alerta. Todas las historias que había escuchado sobre este bosque cruzaron su mente: lobos, depredadores, cosas que acechaban desde la oscuridad.
Vuelve atrás. El pensamiento fue agudo e inmediato. Pero, en lugar de eso, dio un paso adelante. Las ramas se enganchaban en su falda mientras avanzaba, con la respiración entrecortada y el pulso martilleándole en los oídos. El olor a metal se hizo más intenso, inconfundible. Y entonces lo vio. El mundo pareció tambalearse. Un lobo yacía tendido contra las raíces de un árbol caído, tan enorme que le cortó la respiración. No solo grande: imposiblemente grande. Su cuerpo se extendía casi tanto como el suyo, y su pelaje era de un gris tormentoso que se fundía con las sombras que lo rodeaban.
La sangre lo manchaba. Un rojo profundo empapaba su costado, donde una herida irregular le desgarraba la carne. Anna dejó de moverse. Todo su instinto le gritaba que corriera. Aquello no era un simple lobo. No podía serlo. Su sola presencia llenaba el espacio, aun estando inmóvil. De su cuerpo inerte irradiaba un poder como el calor de un fuego que se apaga: peligroso, volátil, en espera. Y sin embargo…
Sintió que el pecho se le oprimía. Ese tirón, ese extraño e insistente tirón, surgió con violencia, enganchándose a él. A él.
«Oh, no», susurró, apenas audible. Porque lo supo, con una certeza que no tenía sentido: por esto estaba allí.
Los costados del lobo subían y bajaban levemente; su respiración era irregular, demasiado lenta, demasiado débil. Se estaba muriendo.
Anna tragó saliva. «No lo hagas», se dijo en voz baja. «No seas estúpida».
Pero ya estaba dando pasos hacia él, con cautela, midiendo cada movimiento. El pulso le retumbaba mientras se acercaba, y cada nervio de su cuerpo estaba en alerta. Si despertaba, si tan solo hacía un gesto… estaría muerta antes de poder dar un respiro.
Aun así, se arrodilló a su lado, lo bastante cerca para ver los detalles. El pelaje espeso apelmazado con sangre. El profundo tajo a lo largo de sus costillas; demasiado limpio para ser de garras. Quizás una espada… o algo peor.
¿Quién atacaría a algo así? Sus dedos flotaron sobre él, temblando.
«Oye…», murmuró con suavidad, con la voz instintivamente delicada. «Tranquilo…». Las palabras sonaban absurdas.
Estaba inconsciente. O casi. Aun así, le habló como si pudiera oírla. Porque algo en su interior insistía en que podía hacerlo. «Voy a ayudarte», susurró.
Bajó la mano. En el momento en que sus dedos rozaron su pelaje, el mundo estalló. Una descarga recorrió su brazo, aguda y eléctrica, robándole el aliento. No era dolor, era algo más profundo. Más caliente. Como meterse en una corriente que recorría su cuerpo directamente hasta el pecho.
El tirón se intensificó. No. No era solo un tirón. Era una conexión. Anna jadeó y se apartó de un tirón, pero fue demasiado tarde. El cuerpo del lobo se tensó. Un gruñido grave y gutural brotó de su pecho, vibrando a través del suelo bajo sus rodillas. Se le heló la sangre. «Oh…»
Él abrió los ojos de golpe. Eran dorados, pero no un dorado animal, no era instinto salvaje o irracional. Esos ojos eran conscientes, agudos, inteligentes, furiosos: eran humanos.
Anna se quedó helada. Durante un instante suspendido y sin aliento, se limitaron a mirarse. Y algo pasó entre ellos… un reconocimiento… confusión… calor.
Entonces se abalanzó sobre ella. Ocurrió demasiado rápido. Un borrón de movimiento, músculos y dientes. Anna gritó cuando sus mandíbulas se cerraron alrededor de su muñeca. Pero… no hubo dolor, no hubo desgarro. Sus dientes se hundieron en su piel con la fuerza suficiente para que ella debiera haber sentido dolor, para que debiera haber gritado… Pero no lograron atravesarla. La mantuvo allí, inmovilizada. Su gruñido se hizo más profundo, vibrando en sus huesos, con su aliento caliente contra su piel. Su agarre era implacable, pero controlado, deliberado; no estaba intentando matarla… al menos, no todavía.
Su corazón golpeaba con violencia contra sus costillas. «Yo…», su voz temblaba. «No voy a hacerte daño». Las palabras sonaron ridículas en cuanto salieron de sus labios. Él podría haberle roto los huesos con un solo movimiento. Aun así, no se apartó… no pudo.
Sus ojos, esos imposibles ojos humanos, se fijaron en los de ella con una intensidad que le robó el aire. Había rabia allí, dolor y algo más. Algo que hizo que su pulso fallara. Su agarre se apretó, solo un poco, como una advertencia, una prueba.
A Anna le faltó el aliento, pero mantuvo su mirada. «Estoy intentando ayudarte», volvió a decir, ahora más suave. Más firme.
Algo parpadeó en su expresión. La tensión en su mandíbula cambió; no se relajó exactamente, pero… se transformó. El gruñido se desvaneció. Lentamente —tan lentamente que ella apenas se atrevió a respirar—, sus dientes se soltaron de su piel.
A ella le palpitaba la muñeca donde la había sujetado; la marca de su mordida ya empezaba a notarse bajo la piel. Una señal. Sintió un nudo en el pecho. La conexión volvió a surgir, esta vez más caliente, recorriéndola como fuego por hierba seca. El lobo se estremeció; realmente se estremeció, como si él también lo hubiera sentido.
A Anna se le cortó la respiración. «Tú…». La palabra apenas se formó antes de que ocurriera. El mundo se inclinó. Una oleada repentina y abrumadora de sensaciones inundó sus sentidos; demasiado, demasiado rápido. Dolor… no era suyo… era el suyo. Agudo. Cegador. Teñido de furia y algo más oscuro debajo.
Se le nubló la vista. Se llevó la mano al pecho como si pudiera sostenerse a sí misma. «¿Qué es…?»
El lobo se tambaleó, su cuerpo se movió al intentar levantarse, pero falló. Un sonido ahogado y grave escapó de su garganta.
Anna reaccionó sin pensar. Se acercó de nuevo. «Oye, oye, no lo hagas…». Su mano se presionó contra su costado, justo sobre la herida. Y en el momento en que lo tocó, el dolor se detuvo; no se mitigó, no disminuyó, simplemente desapareció.
El lobo se quedó inmóvil, y ella también. Durante un segundo imposible, el mundo se detuvo. Luego, la mirada de él se clavó en la de ella. Choque, puro y sin máscara.
Anna respiraba con sacudidas irregulares. «Yo…», su voz flaqueó. «No sé cómo hice eso». Pero no pudo retirar la mano. No quería. Porque algo en su interior —algo profundo e instintivo— le susurraba que estaba exactamente donde debía estar. Que este momento… esta criatura… importaba. Más que cualquier otra cosa.
Los ojos del lobo se oscurecieron; algo cambió detrás de ellos, no era rabia… no del todo. Algo más peligroso. Algo consciente.
Anna tragó saliva. «No eres solo un lobo», dijo en voz baja. No era una pregunta.
Él movió las orejas. Su cuerpo se tensó de nuevo, pero esta vez con más debilidad. Como si toda la fuerza que lo había impulsado a abalanzarse sobre ella ya se hubiera agotado.
Ella bajó la mirada brevemente hacia la herida; seguía estando mal, seguía siendo mortal. «Bien», dijo con suavidad, obligándose a calmar sus pensamientos. «Tenemos que arreglar esto».
Se acercó más y tiró de su morral. Sus manos se movían con una eficiencia practicada, a pesar del temblor que recorría sus venas. Su muñeca todavía ardía levemente donde él la había mordido. Un calor extraño pulsaba allí. Lo ignoró. Concéntrate.
«Quédate quieto», murmuró. Lo absurdo de la orden no se le escapó. Y, sin embargo… él lo hizo. Se quedó quieto, observando cada uno de sus movimientos, cada respiración, como si intentara entenderla o decidir qué hacer con ella.
Anna trabajó rápido, limpiando la herida lo mejor que pudo, presionando y vendándola con fuerza. Sus dedos rozaron su pelaje y la piel que había debajo; cada roce enviaba esa extraña conciencia eléctrica que parpadeaba entre ambos. Le aceleraba el pulso. Le oprimía el pecho. Le dificultaba respirar.
Cuando terminó, se echó un poco hacia atrás, exhalando. «Eso debería…». Sus palabras se apagaron. Porque él seguía mirándola, no como un animal, ni siquiera como un depredador. Sino como un hombre atrapado detrás de unos ojos dorados, observándola, viéndola.
Se le secó la garganta. «¿Qué eres?», susurró.
La mirada de él no vaciló. El aire entre ellos volvió a espesarse, cargado con algo que ella no podía nombrar. Algo que se sentía peligrosamente cercano a… Una voz cortó sus pensamientos, aguda y urgente, no pronunciada en voz alta… sino dentro de su cabeza.
Corre.
Anna se apartó de un salto, con el corazón golpeando violentamente contra las costillas. Sus ojos se abrieron de par en par. «¿Qué…?» La palabra apenas salió de sus labios. El cuerpo del lobo se tensó de nuevo, sus músculos se encogieron con la poca fuerza que le quedaba. Su mirada se fijó en la de ella: feroz, autoritaria, aterrada. Y entonces… otra vez. Esta vez más fuerte. Más claro.
Corre.
A Anna se le cortó la respiración. Porque lo entendió con una certeza escalofriante: la voz era la suya. Y algo mortal se acercaba.