Prólogo del capitulo 1

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Sinopsis

Clara llega al amanecer a un lugar cubierto por una neblina espesa que envuelve el lago, creando un ambiente silencioso y misterioso. El paisaje parece suspendido entre el cielo y el agua, como si todo estuviera en calma y ocultara secretos. Más que lo visual, lo que más la impacta es el silencio profundo del entorno. En ese escenario tranquilo y melancólico se da inicio a la historia, marcando un momento de introspección y el comienzo de algo importante en su vida.

Genero:
Romance/Adventure
Autor/a:
MARCIAL
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Capítulo 1: Un encuentro silencioso

El amanecer, un lienzo en blanco y húmedo, saludó a Clara a su llegada. La neblina, espesa como un secreto susurrado, se abrazaba al lago, disolviendo las orillas y el cielo en un gris perlado. Era el silencio, más que la vista, lo que la había traído de vuelta. Un silencio profundo que no ahogaba, sino que la abrazaba, dándole espacio para respirar.

Fue en uno de los pasillos donde lo vio por primera vez.

Un joven, apoyado contra la pared, miraba a través de una ventana como si buscara en el horizonte una respuesta que nunca llegaba. La luz matinal le acariciaba el rostro, y en sus ojos había un peso antiguo, una melancolía que no era pasajera, sino instalada, como un huésped perpetuo en su alma.

Él la notó.

Apenas inclinó la cabeza en un saludo mínimo, casi tímido. Clara, con su calidez espontánea, le sonrió y respondió con un “hola” breve, pero cargado de naturalidad. Y así, sin más, cada uno siguió su camino.

Esa noche, el hotel organizó una cena para sus huéspedes.

El salón estaba iluminado con lámparas cálidas y decorado con arreglos florales que perfumaban el aire. Clara se sentó sola, junto a una ventana desde la que se veía el reflejo de la luna en el lago. Disfrutaba del ambiente, de los murmullos lejanos y el aroma de la comida recién servida.

Entonces, un piano comenzó a sonar.

Al principio, las notas eran suaves, melancólicas, como una caricia al oído. Pero poco a poco, la melodía creció en intensidad. Los acordes se volvieron más firmes, más urgentes, como si alguien estuviera escribiendo una confesión con música.

Fue entonces cuando Clara levantó la vista… y lo reconoció.

Era él.

El desconocido del pasillo.

Robert estaba sentado frente al piano, los hombros tensos, las manos moviéndose con precisión casi frenética. Tocaba como quien intenta cubrir un grito con cada nota. Su rostro seguía sereno, pero sus dedos lo traicionaban: allí, en ese vaivén veloz y preciso, se filtraba un dolor imposible de ocultar.

Clara se quedó inmóvil, atrapada entre la belleza y la incomodidad.

Al principio, las notas le pesaban, casi le dolían… pero algo en ellas empezó a atraerla. Cada cambio de ritmo parecía un latido desesperado; cada pausa, un respiro ahogado. No era una interpretación: era una herida abierta transformada en música.

En ese momento comprendió que no estaba escuchando a un simple pianista del hotel. Estaba frente a un hombre que intentaba, inútilmente, encerrar su dolor en un muro de sonido… y que fracasaba con cada nota alta que dejaba escapar su verdad.

Cuando la música se detuvo, el salón entero pareció exhalar.

Clara terminó su cena sin volver a mirarlo, pero la melodía ya se había instalado dentro de ella, como un eco imposible de callar.

De regreso en su habitación, apagó la luz y se recostó, pero las notas de Robert seguían allí, girando en su mente como un secreto que no le pertenecía y que, sin embargo, ya la afectaba.

No estaba molesta.

No estaba asustada.

Estaba intrigada.

Profundamente intrigada.

A la mañana siguiente, con la noche aún en los párpados, decidió ignorar esa curiosidad.

Había venido por paisajes, no por misterios ajenos.

Se vistió rápido, guardó su cuaderno y su cámara, y salió. Pasó frente a la puerta de la habitación de Robert sin detenerse. El aire frío de la mañana la recibió al cruzar el umbral del hotel, y el lago se desplegó ante ella, brillante y lleno de promesas.

Tomó el sendero que bordeaba la orilla, el mismo que él había contemplado con tristeza.

Para Clara, en cambio, aquel camino estaba lleno de posibilidades.