La Herencia de Sombras

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Sinopsis

Después de la muerte del 7mo Conde Westmarch, la familia descubre los manejos irresponsables de las finanzas del patriarca... las complicaciones no harán más que subir en escalada, provocando que los Hermanos Ashcroft... se unan de maneras inimaginables para sostener, la casa, el título y ellos mismos...

Genero:
Drama/Erotica
Autor/a:
Bosque
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El peso de la corona de espinas

Capítulo I

El Peso de la Corona de Espinas

El otoño estaba muriendo en Yorkshire con una violencia particular aquel año. Era el año de 1887. No era una despedida serena, sino una auténtica agresión: vientos que azotaban los setos de tejo como si buscaran algo escondido entre las ramas, y lluvia gris, persistente, que se filtraba por los cimientos de Highmere Hall con la paciencia de un acreedor que sabe que, tarde o temprano, la casa cederá.

Aquella tarde no había sido amable. El cielo era una genuina premonición de las sombras que se cernían sobre aquellos valles. Sobre las personas que se congregaban dignamente bajo la lluvia para despedir al jefe de una familia que tenía su nombre grabado en la nobleza.

Arthur Ashcroft observaba el funeral desde el umbral de la capilla familiar, con las manos entrelazadas detrás de la espalda y la mandíbula tensa. El negro le sentaba bien, era un soltero que producía ensueños en las doncellas. El cortejo de luto era escaso. Apenas una veintena de personas, la mayoría deudores disfrazados de amigos, se apiñaban bajo paraguas gastados mientras el féretro de Edward Ashcroft, 7º Conde de Westmarch, descendía a la tierra húmeda de la propiedad. No había sido un hombre querido, pero sí había sido un hombre temido. Ahora era solo un nombre que se añadiría a las placas de mármol verdoso de la capilla, y un vacío económico que crujía con más fuerza que el viento.

—El señor Blythe desea hablar con usted, milord —murmuró Henshaw, el mayordomo, apareciendo junto a él como un espectro malhumorado. Con toda la solemnidad que siempre había gustado a su padre.Arthur no giró la cabeza. Sus ojos —grises, fríos, de un tono que la alta sociedad londinense había catalogado como “escandalosamente penetrante”— permanecían fijos en la tumba.

—Dígale al señor Blythe que el luto de un Conde dura más de cuarenta y ocho horas. Que venga la semana que viene.

—Ya ha venido tres veces esta semana, milord.

—Entonces que venga una cuarta. —Arthur finalmente se volvió, y su voz bajó un tono, peligrosa pero suave—. Y Henshaw... cuando digo que no quiero ser molestado, me refiero a que prefiero que los cuervos me arranquen los ojos antes que ver la cara de un abogado en esta casa.

El mayordomo se cuadró. Ya que, aunque Arthur nunca gritaba, fue por la absoluta quietud con la que lo dijo. Eso era lo que hacía a Lord Ashcroft tan incómodo: nunca perdía la compostura. Ni siquiera ahora, con el cuerpo de su padre aún fresco en la tierra y el olor a moho y ruina impregnando cada tapiz de Highmere Hall.

Dentro de la casa, el silencio era diferente. Era el silencio de una bestia herida que se ha retirado a su cueva para morir con dignidad.

Aurora estaba en la biblioteca. Arthur la encontró de pie junto a la chimenea apagada, con las puntas de los dedos reposando sobre el mármol de la repisa, examinando una fila de libros encuadernados en piel. Llevaba el luto con una elegancia que rozaba la provocación: el negro no la sumía, la definía. A sus veintiséis años, Aurora había aprendido que el matrimonio era en ocasiones, un deber, y que había tenido suerte de tener una buena relación con su esposo, Lord Haverford Beauchamp, al menos. Quien, a pesar de la situación no había podido dejar Londres, para presentarse. Cosas del Parlamento, y Aurora lo lamentaba.

—¿Has revisado los libros? —preguntó Arthur, cerrando la puerta con cuidado.

Aurora no se sobresaltó. Se giró con lentitud, tranquila.

—He revisado lo que papá dejó visible. —Su voz era baja, cálida, pero con un filo metálico en las consonantes—. Lo ocultó, supongo que lo encontrarás tú. Sus deudas ahora tienen tu nombre.

—Cállate. Ahora no. — dijo Arthur cerrando los ojos con enfado.

—Hay que hablarlo. —Una pausa. Sus ojos, oscuros e insondables, recorrieron a su hermano de arriba abajo, evaluando—. Eres el heredero, Arthur. ¿Sabes en qué condiciones estamos?

Su hermano cruzó la habitación hasta el escritorio de caoba. Sobre él, ordenados con precisión, yacían los papeles que había estado evitando desde el entierro. Los tomó.

—Las inversiones en los ferrocarriles del Norte. —Su voz era plana—. Papá apostó fuerte. Perdió más fuerte.

—Perdió todo —corrigió Aurora, acercándose. El olor a lavanda y algo más oscuro, almizcle tal vez, flotó entre ellos—. Las tierras están hipotecadas hasta la última piedra del muro. Las minas que heredó del abuelo No han producido en años. Y hay deudas de juego, Arthur. Deudas con gente que no envía cartas con membrete. Gente que envía hombres con palos.

Arthur dejó los papeles. Durante un largo momento, los dos hermanos se miraron en la penumbra de la biblioteca, y una complicidad antigua flotó en el aire entre ellos. Una complicidad forjada en la infancia, cuando compartían secretos en los pasadizos de la casa, pero ahora cambiada un poco por la edad, por los años, por la forma en que la vida los había llevado.

—Reduciremos el servicio —dijo finalmente Arthur—. La mitad.

—Se le cargará la mano a Alice.

—Alice tendrá que soportar mucho más a partir de ahora, si terminamos en la calle. —Su tono se endureció—. Se cancela su presentación en Londres para la próxima temporada. No hay fondos para el vestuario, ni para el alquiler de una casa en Mayfair. Ni siquiera para el entrenador de baile.

Aurora inclinó la cabeza, y por un instante, Arthur creyó ver algo parecido a la lástima cruzando su rostro. Por su hermana menor, por su hermano mayor. Y seguramente por la familia entera. Que perdía en paquete, lustre social, finanzas y, al parecer, pronto dignidad.

—¿Y tú, Arthur? —susurró—. ¿Soportarás tú ser el hermano que le arrebata esa ilusión? Porque no es solo un baile lo que le quitas. Es todo lo que vendrá en esta casa...

—Yo no se lo quité. En este momento, de hecho, soy el que lucha por que logremos salir adelante.

Aurora extendió una mano, apretándola con la suya mientras observaban la casa, la ruina invisible que se cernía sobre ellos como una manta de plomo.

Esa noche, la cena fue un acto demasiado pesado. Lady Catherine, la condesa viuda, apareció envuelta en crespones, con los ojos vidriosos por el láudano. Alice apenas tocó la sopa, sus ojos azules —tan grandes, tan brillantes— saltando entre su hermano y su hermana trataban de comprender que la muerte de su padre era la menor parte.

—He oído —dijo Alice, con una voz audible apenas—, que la señora Pemberton ha despedido a su doncella el mes pasado. ¿Es cierto que nosotros también... podríamos perder servicio?

—Sí —respondió Arthur, sin levantar la vista de su plato. —Esta misma semana.—¿A cuántos?

—A doce. Incluyendo a las doncellas de cámara.

Alice dejó la cuchara. El sonido metálico resonó demasiado fuerte en el comedor vacío.

—¿Y quién nos atenderá?

—Nos atenderemos nosotros mismos —intervino Aurora, suavemente como si no se tratara más que de perderse el postre—. Como hacen las familias que no tienen un título que les sirva de escudo. Es bueno para el carácter.

—¡Pero… pero…! —La voz de Alice se quebró, aún sensible por tantos cambios en medio de un luto familiar.

El silencio que siguió fue absoluto. Incluso el viento pareció contener la respiración. Alice, nunca fue una chica frívola que tuviera su mente siempre en los bailes. Sin embargo, por cosas de su padre, no habían podido presentarla en la temporada pasada y ella lo había aceptado. Este año, había sentido auténtica ilusión.

Arthur respiró profundo, lentamente, y limpió sus labios con la servilleta. Luego se levantó, rodeó la mesa, y se inclinó frente a su hermana menor. Con una mano, —elegante, de dedos largos y nudillos prominentes— le levantó la barbilla. La miró fijamente a sus grandes ojos azules.

—Esta es una nueva vida —dijo comprensivo pero firme—. Y deja de llorar por tonterías... Aún hay mucho que enfrentar.

Alice asintió, abrumada. Arthur le soltó la barbilla, le dio un beso en la frente —suave, casi paternal—, y salió del comedor. Él sabía que Alice, probablemente sería la que tuviera la carga de cambios más pesada de todos. Su madre, adormecida con el láudano, a veces no notaba casi nada frente a ella. Aurora, casada y con su propio hogar y dependiendo de la economía, aceptable de su esposo, no debería verse afectada. Pero Alice… Alice era la chica que apenas sería presentada. Sus prospectos matrimoniales, sus posibilidades reales, la casa reducida en servicio… Lo entendía. La comprendía.

Aurora observó la escena con los párpados entornados. En la penumbra, su expresión revelaba poco de lo que realmente habitaba su cabeza. Ella sabía que tenía su casa, y que en ese momento se encontraba en su hogar natal por la muerte de su padre. Pero era su hogar el que estaba cayéndose a pedazos frente a ella. Su familia la que recibía los peñascos sobre sí. Lo sentía como si fuera ella misma. Son la misma familia. Los Ashcroft.